miércoles, 17 de septiembre de 2014

Pasado y presente

   Siempre que las yemas de mis dedos recorren las hojas de una revista, pienso en el prodigio que genera el papel; aún hoy uno puede conseguir una publicación de hace 100 años, o un libro de mayor antigüedad. En cambio, solemos perder un archivo de Word en el Triángulo de las Bermudas de nuestra computadora, no podemos asegurarnos de ver nuevamente un noticiero de hace un año y a veces un artículo muy interesante que pescamos en Internet se diluye en la corriente del ciberespacio.  Y, cosa curiosa, desde un blog, comparto las impresiones al palpar, tocar y leer un ejemplar de Rugby Mundial, de 1991. Está en mis manos, sin usar buscadores ni pendrives ni descargas desde sitios misteriosos.  

  La moneda todavía era el austral. Poco tiempo después, llegaría el peso, en el contexto de la Convertibilidad. En la tapa de la revista de 1991 -que sigue saliendo, y que es altamente recomendable- aparece Guillermo Holmgren, jugadorazo del Olivos Rugby Club y también Puma, entrevistado por ese gran periodista que es Jorge Búsico. De Holmgren, que jugaba de medio scrum, aparte de su talento, se destacaba su miedo  a volar en avión, lo que le impidió formar parte de giras con el seleccionado nacional en más de una ocasión.  Valiente el jugador de Olivos: reconocía un temor que muchos tienen y que por el nefasto “qué dirán”, ocultan como si fuese una peste.

  En el editorial de la revista, los directores (Adolfo Echegaray, Mariano Molina Berro y Luis y Julio Gindre) anunciaban la visita inminente de los All Blacks, todo un acontecimiento en épocas en donde algo parecido a participar en el Rugby Championship era impensado para Los Pumas. Otra sección pedía: “Eduquemos a los padres y mejoraremos el rugby”, y daba cuenta de lo inoportuno de los “papás” despotricando contra los referees, y de las presiones sobre los chicos que sean “ganadores” a toda costa. “No quiera fabricar un campeón”, decía la nota. ¿Le habrán  hecho caso? Hoy los chicos de 1991 ya están al borde del retiroy más de uno será padre….

  Otra sección dedicada a aconsejar, enfatizaba los cuidados del corazón para los rugbiers. El artículo, firmado por el ex referee y cardiólogo Félix Luzuriaga, resaltaba la importancia de hacerse los controles médicos necesarios antes de cada campeonato. Para ser justos, hoy se piden muchísimos más estudios que en esa época. Y en buena hora.

  El poster color traía una foto de Rolando “Yanqui” Martin, titán del SIC y en la nota balance de la mitad del campeonato, Alejandro Coccia analizaba el rendimiento de Alumni, uno de los punteros del campeonato de Buenos Aires. También había una entrevista a Normando Ferrari, una de las figuras del equipo de Tortuguitas de aquellos años, y otro reportaje a Hernán García Simón, tres cuartos destacado de Pueyrredón, ambos textos firmados por Búsico. Otro entrevistado era José Javier “Tito” Fernández, surgido de Deportiva Francesa, Puma en su momento,  entrenador y padre de Santiago.
  El informe sobre la inminente gira de los All Blacks (que le ganarían los dos partidos a Los Pumas) incluía el fixture de los neocelandeses por el país: además de enfrentar al seleccionado argentino, los “hombres de negro” se iban a enfrentar a Rosario, Córdoba, Tucumán, Buenos Aires, Mendoza, Pumas “B” y Mar del Plata, rivales hoy impensados para esa selección. Faltaban muy pocos años para que el rugby internacional tomara las características comerciales y de hiperexigencia atlética que tiene en la actualidad. ¿Alguien se imagina hoy un Mar del Plata-All Blacks?

  El panorama internacional de la revista se nutría de algunos datos del Mundial que iba a realizar en Inglaterra, Gales, Escoca, Irlanda y Francia. Un informe de una consultora decía que el favorito para ganar la Copa era Nueva Zelanda, seguida de Inglaterra. Sin embargo, sería Australia quien obtendría el certamen, en el que Los Pumas no pasaron de la ronda inicial.

  Rugby Mundial también nos informaba que Lomas cumplía 100 años-ya van por los 125-y comentaba que el club del sur del Gran Buenos Aires tenía a su primera división participando de la tercera categoría, llamada “Ascenso”.

  En la sección dedicada al rugby juvenil, un hasta entonces poco conocido “Bebe” Contepomi, que no había cruzado hacia el terreno del rock, describía la actualidad de las distintas categorías. Como rarezas, en M-17 Banco Nación “A” había goleado a La Plata “B” 172 a 0, y La Plata “A” a San Carlos, por 194 a 0. Por último, una entrevista, hecha por Contepomi, al dirigente del SIC Carlos Barceló, sobre rugby infantil, dejaba estas frases el reporteado:

“Yo siempre les digo a los chicos que no se avergüencen si tienen miedo de tacklear. A veces escuchamos a los padres que se desesperan por ver tacklear a sus hijos. Y los chicos tienen temor, y es un temor fundado y razonable. Para tacklear sin lastimarse, primero hay que saber tacklear”. 


   Cuando las yemas de mis dedos recorren las páginas de revistas viejas, siempre alguna idea interesante renace y comienza a rebotar en la mente.  Es hora de cerrar esa edición de julio de 1991 de Rugby Mundial, y pensar, pensar….

jueves, 7 de agosto de 2014

Crayones



  “Había una vez”…, .como siempre comenzaban los cuentos para chicos, al menos los clásicos. Y sí, “había una vez”, un pibito de 8, 9 años, que todavía no jugaba el rugby, pero al que su papá lo llevaba a ver partidos de ese deporte, del que no entendía casi ninguna regla, salvo que la pelota no se podía pasar adelante con la mano y que no se podía caer hacia el ingoal contrario. Y que un “try”, era algo muy importante, casi como un gol en el fútbol, pero no tanto porque sucedía más seguido.  El chico no siempre se divertía con el partido de rugby. A veces, cuando empezaba el segundo tiempo, se quedaba a 20 o 30 metros del padre, caminando, observando, viendo un mundo nuevo.  Olía el aroma mentolado del líquido que se frotaban los jugadores, que quedaba presente en el aire un buen rato; el barro por todas partes, el olor del pasto fresco,  pisado por los botines de los rugbiers, las zapatillas de chicos como él y los zapatos de los grandes; las nubes de vapor que salían de las bocas de los espectadores, mientras metían las manos cada vez más adentro de los bolsillos de las camperas. Camperas inflables, que estaban de moda, o de jean, que algún distraído había llevado, porque también se usaban, aunque el frío perforaba esa tela con facilidad. 

 Después de un rato volvía a colocarse al lado del alambrado, en el hueco que lograba hacerle su papá, entre tantos señores que parecían tan altos. Una vez lograda esa posición, trataba de descifrar qué pasaba en el campo que juego, que en más de una ocasión parecía una pileta de barro, agua e islotes de césped. Seguía sin entender muchas cosas. Los grandes hablaban de “montoneras”, un término que fue quedando en el olvido; al referee no le hablaba absolutamente nadie, salvo el capitán; los jueces de touch podían ser empleados del club local, allegados del visitante, algún padre, que agitaba como banderín un pulóver, un trapo, lo que fuera. 

    Algún chico como él, con la camiseta del local, comía un chocolate Aero; otro amigo, cerca, masticaba un chicle Bubaloo; algún otro, más cerca del banco de suplentes de los visitantes, tomaba una TAB. También veía a los adultos con café en vasitos de plástico, tomándolo apurados, ansiosos por calentar el cuerpo. Pero el café no le llamaba la atención, no era una bebida que entrara en el universo de los chicos.

  El partido avanzaba hasta el final, sin que él siguiese entendiendo que ese deporte, apasionante, parecía por momentos una combinación de lucha con fútbol americano. Pero había algo épico en ese juego:  en algunas situaciones, cuando un equipo estaba a punto de convertir un try con sus forwards, todo parecía una batalla medieval, cuerpo a cuerpo, con actos de heroísmo colectivo, que terminaban con la toma del castillo, que en el campo se traducía al apoyar la pelota ovalada, generalmente Mitre, en el ingoal. Y ahí la gente saltaba, se abrazaba, se derramaba el café de los vasitos de plástico, el chocolate Aero saltaba por el aire.

  Terminaba el partido, los jugadores se saludaban, tapizados de barro y sudor. Y los espectadores, después de algunas palabras con sus amigos, corrían despavoridos a abrigarse en sus autos, sus casas o en el bar del club, con gin tonic, cerveza o lo que fuere.  Y el chico del comienzo de la historia volvía a su casa con su papá, y se quedaba repasando las imágenes, aromas, sonidos y sabores que había detectado esa tarde, y tantas otras, durante los sábados. Y cuando el día se iba tornando de color azul, anticipando la noche, ya en el living de su casa, en una mesa, con los crayones Jovi de colores que le había regalado su mamá, y una hoja Camson N° 5, de las que usaba para Actividades Plásticas, en la escuela primaria, comenzó a recordar todas las camisetas que había visto en esos últimos meses. Y las que sabía por referencias de su papá, de algún amiguito, o porque había leído el dato en alguna Test Match. Y así, de las yemas de sus dedos y de las puntas de los crayones fue dibujando y pintando cómo eran las camisetas que él conocía (o creía conocer) de  clubes de rugby de Buenos Aires.  Sabía que había muchos, pero él había memorizado las camisetas de un puñado. No se desanimó y coloreó la tarde con esos crayones, sobre la hoja blanca, que fue volviéndose también verde, amarilla, celeste, roja, negra, naranja, celeste.  Incluyó un club que ya se había desafiliado, el Old Georgian’s  (ahora reaparecido), y ese fue fácil de ilustrar. Dejó el espacio en blanco, entre los dibujos de las remeras de CASI y de Olivos (en la imagen que está al comienzo del texto, las tres últimas ilustraciones de la tercera fila). A San Andrés lo hizo verde con una franja diagonal blanca, porque creyó que el club de rugby de ese nombre era el mismo que jugaba la Liga Nacional de Básquet, que en realidad se llamaba Deportivo San Andrés y no tenía nada que ver con el de los escoceses. 

   Quién sabe por qué error, a San Luis li pintó todo de azul, sin rojo. Y la camiseta correcta del club platense se la atribuyó a Deportiva Francesa.  También aparecía la de Banco Hipotecario, porque el novio de su prima, Gustavo (hoy exitosísimo preparador físico), jugaba ahí y le había contado cómo eran los colores. Y la de Lasalle, porque se la había visto puesta a un nene vecino del barrio y le había preguntado de qué club era. Obviamente, figuraban también las remeras del SIC, Alumni, Belgrano, CUBA, Pucará, Los Matreros, La Plata y varios más.

  Ese sábado siguió su recorrido; un par de horas después cenaron pizza, hecha por su mamá, como era costumbre, y disfrutaron de la comida él, sus padres y su hermana mayor. Terminada la cena, guardó la hoja Camson N°5 con su mundo de camisetas, colores y nombres, entre sus papeles y juegos. Y pese a que era desordenado, la hoja sobrevivió años, mudanzas, pérdidas, accidentes, muertes. Y hoy la rescata para compartirla en el indefinido espacio virtual.
    
  Especialmente, el mensaje de ese chico, es con cariño para todos los pibes que juegan al rugby en cualquier rincón del planeta, como Lautaro, Joaquín y Tomás, algunos de los cracks de Rugby Inclusivo; pero también para los que, ya adultos, lo jugaron de pequeños; y además para los que nunca jugaron, pero lo disfrutaron desde el otro lado del alambrado o en la televisión. Y, por qué no, para el chico que cada uno lleva adentro, pese a las hipocresías sociales. Porque, como dijo el poeta alemán Rainer María Rilke: “La verdadera patria de las personas es la infancia”. Así que este domingo…¡Feliz Día del Niño!

martes, 22 de julio de 2014

Nosotros y los miedos







“Me pregunto quién cuidará mis caballos /cuando caiga la antena/me pregunto quién cuidará mis caballos/cuando cruces mi frontera”. Se escucha Phonalex por la radio con “Quién cuidará mis caballos”, y en esta mañana llamativamente soleada y tibia de invierno, cruza un camión plateado que lleva animales al hipódromo.  Siguen cuadras con árboles de todo tipo: casuarinas, jacarandás, tilos, fresnos, plátanos.  Esta zona debe de ser la de más árboles por metro cuadrado del Gran Buenos Aires.  El sol riega las parcelas de césped de las veredas,  un hombre descarga un bolso con palos de golf de un auto bordó, tres chicos con equipo de gimnasia azul y blanco almuerzan en un banco de piedra de una esquina.

  A lo lejos crepitan los sonidos de los autos que vuelan por Panamericana. Cerca, una pared tapizada de enredaderas verdes, distraídas del invierno por el calor sorpresivo. A un costado, una puerta. Timbre, y pocos segundos después, se abre la puerta y una mujer rubia, vestida con ropas claras, que hacen juego con la luz del día, invita a ingresar a su casa. Un perro macizo, que parece tallado en madera, merodea por el jardín.  Ya bajo techo, el ambiente tiene más sombra. Unos pocos pasos, otra puerta que se abre y se cierra, un estudio. Y, sentada al lado de un escritorio, en un ambiente muy ordenado, con hebras de sol que se filtran por las cortinas blancas a sus espaldas, la anfitriona, la psicóloga Julia Álvarez Iguña, quien aparece en la foto al comiezo de este escrito,, especializada en deporte de alto rendimiento y en particular en rugby, se dispone a conversar. Michel Foucault decía que ir al psicólogo tiene algo de semejante con la confesión ante un sacerdote; la intimidad, las cosas que se dicen porque ya no se pueden ocultar más, las confidencias….Álvarez Iguña ha recibido y recibe a jugadores de rugby, entrenadores, preparadores físicos, en este mismo espacio, que debe tener impreso las huellas dejadas por cada secreto que se revela…


-¿Cómo se acerca al mundo del rugby?


- Empecé primero a atender a golfistas; trabajé con más de 15 profesionales y también aficionados. Y después empecé a escribir en una revista de golf y en una de polo. Entonces se empezó a acercar gente del polo, y como iba a Hindú, a través de estos artículos conocí a Rodrigo Quesada; le conté a lo que me dedicaba, me dijo que era interesante.  Y me invitó a escribir artículos en www.rugbytime.com hace 5 años. Y empezaron ahí a acercarse muchas personas del rugby.


-¿Encontró algún cambio respecto de quienes juegan polo o golf?


-Bueno, en el polo y en el golf hay mucho narcisismo. En esos deportes, cuando llegan a un nivel se creen que las saben todas. Hay que ser muy humildes para poder trabajar con el “yo”. En los deportes individuales es muy fuerte mirada del otro, el valor social que tienen esos deportes, cómo me miran los demás… en el deporte grupal se pierde más el tema de los egos. No tiene que existir el ego en un equipo, en cambio sí tiene que existir un “yo” cohesionado, que haga que todos tiren para el mismo lado. Hay, es cierto, un narcisismo reinante en la sociedad, esto de “Yo valgo de acuerdo a como el otro me mira y no como yo me juzgo”.


-¿Miedo a qué le confiesan los jugadores, cuando vienen a su consultorio?


-Miedo al error. En chicos se ve poca tolerancia el error y a la frustración. Esto tiene que ver con poca capacidad de esperar. No te podés perdonar un error, no podés tolerar una falta. Muchos jugadores se quedan “pegados” mentalmente en esa falta, en ese error, cuando en realidad ya pasó, hay que seguir adelante. “Hago una jugada mala, por lo tanto, soy malo”…no, esto no es así. Es un (enfatiza) jugador que hace jugadas buenas o malas. Se suele arrastrar el “soy malo, soy malo, soy malo” y empiezan a pensar  “qué va a decir el entrenador, me va a sacar”. Se hace un espiral. Se juega como piensa. Hay que trabajar con visualizaciones Como la técnica de Johnny Wilkinson, que no pensaba en pegarle a los palos. Se imaginaba que estaba parado frente a los palos, y que detrás, en el medio, había una chica llamada Doris, con unas papas fritas en una mano y un vaso de Coca en la otra, y él pensaba que con la pelota tenía que acertarle a una cosa u a otra. Eso es algo neutro, porque nunca hay que pensar palabras relacionadas a un resultado. Resultado es evaluación, y evaluación únicamente  bueno o malo.


-¿Hay jugadores que le plantean su miedo a lesionarse?


-No, el miedo a lesionarse en general se produce una vez que te lesionaste. Porque está esta idea de “si me lesiono no pertenezco más al grupo”.  Se ven una cantidad de lesionados antes del Mundial de fútbol o antes de que comience el torneo de la URBA porque muchos van más allá de sus límites, con este de querer seguir jugando u jugando aunque el cuerpo te vaya dando otros mensajes.


-¿Ninguno le plantea miedos a tener lesiones de columna?


-No. Lo tienen oculto, “a mí nunca me va a pasar”, dicen o piensan. Es más un miedo de los padres de los chicos. Son negadores con eso.  Deberían saber que cuando el referee aplica una ley, te está cuidando. Me sorprende de chicos que entrenan días y días muy duro, y  luego se revientan con el alcohol. ¿Cómo es que se cuidan así?


-¿Nota esa situación de abuso de alcohol?


- Lo vi, lo palpé trabajando con chicos. Les dicen: “No tomen, no tomen”, pero en un tercer tiempo hay padres o dirigentes borrachos. Las leyes cuesta imponerlas, pero hay que hacerlo, hay que poner en práctica eso. Que empiecen por no tomar tanto los adultos. O como esos adultos que dicen: “Mi hijo se pasa todo el día comprando cosas”, y ese padre hace lo mismo. O los que dicen a su hijo: “Vos nunca te tomás un colectivo”…¿y cuándo un padre se tomó un colectivo con el chico?


-Un tema del que se habla muy poco es de los “bautismos” a los jugadores que llegan a Primera. En algunos clubes, a veces, suelen ser muy crueles…


¬- Es como una iniciación. Sí, algunos “bautismos” son muy salvajes y, los chicos lo toleran por la necesidad de pertenencia. Si no lo aceptás, quedás afuera.  Eso está relacionado con el machismo. Evidentemente, la persona que pone en juego un “bautismo” muy cruel, lo ha sentido en forma pasiva. Está esta idea de “si yo lo viví, que lo viva el otro”. Hay algo de sometimiento. ¿Cuál es el objeto de esas agresiones? Descargar la agresividad que uno siente. Es parte del machismo tonto.


-Volviendo a un tema anterior, ¿cómo se trabaja, psicológicamente, con un jugador lesionado?


- Hay que quitarle el miedo a la lesión y a que tenga otra, trabajando con un equipo interdisciplinario. Y tiene que tener confianza en el médico. Hay que tener un lugar de confianza básica al que recurrir. Si el jugador siente que le hablan como diciéndole: “Sos una rodilla, sos una cadera”, no va. El jugador es una persona con angustia  y con miedos, y a veces por falso machismo no preguntan sus dudas. Hay que poder confiar en el entrenador, en el médico y en el psicólogo.


-Cuando atiende a entrenadores, ¿qué rasgos negativos suele encontrar?


-La falta de comunicación. Por ejemplo, entrenar la parte técnica, de la misma manera, y, sin que la hayan aprendido del todo, pasar a otro ejercicio. Entonces, si sale mal algo, insultan al jugador. No es así, las cosas hay que explicarlas. Explicar, practicar, entender, y recién después agregar cosas. A veces está esta idea de algún entrenador de “Ah, porque yo soy Puma”. ¿Y? Hay que explicar las cosas, o en Juveniles, explicar por qué sacás a un chico o a otro…por la causa que sea: “Porque tenés que practicar más”, “Porque no viniste a entrenar”, o lo que fuere.  Si un chico no está bien de autoestima se destruye. Necesita el “ya te va a salir”, no que lo insulten. Estamos formando chicos, no ejércitos. El chico en ese caso va a sufrir, no a divertirse. Con amenazas del entrenador nadie se divierte.


-Dejando de lado otros factores (distancia, problemas de horarios), ¿qué elementos pesan, psicológicamente, para que un chico deje de jugar rugby?


- En esos casos el abandono puede ser por falta de presencia de los padres o por excesiva presencia de los padres, porque si el padre está obsesivamente encima del chico, también influye para mal, y el chico juega por el deseo del padre, no por el de él. Luego puede estar la poca comunicación con el entrenador. O el “bullying” (maltrato, en castellano, o, como se decía antes, “tomar de punto a alguien”, con violencia verbal y/o física).


-¿"Bullying" en el rugby?


-Claro, a veces lo ves. Los chicos lo sufren cuando en un  club hay  maltrato, porque, por ejemplo, jugás en Primera y creés que dominás todo. O los insultos. En mis consultas me dicen que lo que no soportan es el insulto, dentro de la cancha o fuera. Un jugador me decía que no soportaba que el capitán lo insultara dentro de la cancha, le hacía mal. O la exclusión del grupo. En un club, porque un chico era "negrito" no jugaba, no le daban bola, el entrenador ni lo miraba. Tenía buena posición económica, pero era de tez mate…


-Eso es un antivalor...


-¿Dónde están los valores en esos casos? Los valores se demuestran en actitudes. ¿Cómo enseño valores?  Ayudando al que necesita. O preguntándole al otro si se siente mal, o qué le pasa. No medirlo por lo que tiene. Ser un buen jugador es también ser una buena persona.


-Hablemos de los valores…


-Estuve en un congreso en Mar del Plata en donde se abordó centralmente el rugby como herramienta de inclusión social para personas privadas de su libertad. Es increíble cómo el rugby puede fomentar el escuchar, saber que hay otro al lado, saber esperar tu turno, saber cumplir con normas. Eso, al menos a mí, no me lo mostró ningún otro deporte. O proyectos como el Virreyes, que hacen una tarea increíble. Pero son normas que imparten valores que se están perdiendo en la familia y en la sociedad.  Hay que trabajar en el compartir, en tener confianza en un compañero. Y en respetar el referee. El referee se banca todo solo, sin hinchada. ¿Por qué no respetamos al que tiene que imponer la Ley? Y hay que privilegiar el ser sobre el tener, y trabajar para no inflar el ego.



  El sol siguió con su camino esta hora y media y los rayos que entran por la ventana tienen otra angulación. Es hora de saludarse y de partir, de caminar por el jardín y ver al perro casi de madera que mira curioso. La puerta que se abre y, como al principio, se cierra enseguida. En pocas horas, quizá, ingrese algún jugador de Grupo I, o II, o un entrenador, a derramar sobre el escritorio de madera sus angustias y miedos, esos para los que las épocas que corren no suelen ofrecer tiempo ni atención. Por eso, con seguridad, esta casa con su frente engalanado con enredaderas seguirá
registrando el eco de muchas confesiones.  
registrando el eco de muchas confesiones.  

miércoles, 14 de mayo de 2014

Flores de otoño

 Ya probé, ya fumé, ya tomé, ya dejé/ ya firmé, ya viajé, ya pegué/ ya sufrí, ya eludí, ya huí, ya asumí/ ya me fui, ya volví, ya fingí, ya mentí /y entre tantas falsedades, muchas de mis mentiras ya son verdades/ hice fácil las adversidades y me compliqué en las nimiedades.”  Y mientras el Cuarteto de Nos canta su canción por la radio,  la oscuridad del otoño cae sobre Flores. Calle Varela hacia el sur, una pescadería abierta y una mujer señalando con el dedo qué calamares va a llevar, una confitería a punto de cerrar, el Hospital Piñero y las luces prendidas de habitaciones que contienen quién sabe qué historias,  las paredes del Cementerio, la terminal del 132, un taller mecánico con un perro negro en la vereda, y  una esquina.
  
  La de la sede central del Club DAOM, aquel fundado en 1927 por los empleados municipales y que con los años se abrió a los vecinos de distintos barrios que, con el rugby y con el béisbol levantaron los colores azul, blanco y rojo de su escudo. El predio es grande y algo laberíntico. Después de escurrirse por la calle interior del club, se llega a la zona de las canchas, donde se practica tenis, béisbol, hockey, y claro está, rugby.  Esta noche desborda de rugbiers varones, de distintas categorías.  Pero en uno de los sectores del predio, también están Las Panteras, el equipo de mujeres nacido en 2009. A pocos días de que comience un nuevo campeonato de la URBA, cuyas actuales campeonas son Las Vikingas de GEI y La Plata Rugby,  las chicas de DAOM se entrenan con rigor.

  La primera parte del entrenamiento se la lleva la preparación física. A cargo de Cris De Vita,  “La Peti”, practicante de muchos deportes, jugadora del plantel  y, a la vez, profesora de Lengua y Literatura,  Las Panteras hacen piques, flexiones, pases.  “Bajá la espalda”, indica De Vita a una compañera, en plena sesión física. De fondo, llegan los gritos de los entrenadores de las categorías juveniles: “Todo mal, todo mal, todo mal están haciendo”, se ofusca uno, mientras que el de otra división se queja ante sus dirigidos: “¿Es tan difícil lo que les digo que hagan”? A unos 50 metros, dos chicos de remeras negras practican bateo de pelotas.  La luna, redonda y con una gran aureola grisácea, parece uno de los tantos faroles que alumbran la noche en el predio.

    Termina la fase física, y De Vita comenta, mientras las jugadoras se trasladan a otra cancha para la parte técnica: “Empecé a jugar hace 4 años, por intermedio de Flavia Pugliese, que siempre me venía hinchando con que juegue. En un cumpleaños de ella conocí a Aurore (nota del r: Aurore, francesa de Lille y jugadora de DAOM desde hace años), vine y me enganché definitivamente. Yo había hecho muchos años tenis en Vélez Sarsfield, y también corrido maratones y jugado fútbol, cosa que sigo haciendo”.

  Cabe recordar que Flavia Pugliese fue una de las pioneras del rugby femenino en el club de Flores. Murió asesinada en 2011, en un hecho de inseguridad por el que no hay ni hubo detenidos. Este domingo se realizará, como todos los años desde su muerte, una maratón en homenaje a Pugliese y en reclamo del esclarecimiento del crimen. Varias compañeras de Flavia en DAOM participarán de la carrera, que se hará en la localidad de Villa Sarmiento.

  Por estas mismas canchas pasó Flavia Pugliese. Ahora, su amiga De Vita,  continúa con el relato: “Para este campeonato tenemos 15 jugadoras fichadas. El rugby femenino está creciendo, en parte por la difusión, también por la existencia del seleccionado nacional femenino, Las Pumas, y porque la URBA está dando más atención que antes.  Pero todavía quedan bastantes personas, dentro del rugby, con una visión muy machista, que piensan que el único deporte para las mujeres es el hockey”.  Para el campeonato 2014 que comienza este domingo en las instalaciones de La Plata, se anotó una cantidad récord de clubes: 15. La lista está formada por los locales, DAOM, Universitario de La Plata, GEI, Centro Naval, Almafuerte, Ezeiza, SITAS, San Miguel, SAPA, Las Heras, Tiro Federal de Baradero, Lanús, Berazategui y Atlético San Andrés.

  Comienza la parte técnica, a cargo de Ariel Doeyo, ex tres cuartos de DAOM en los ’80, arquitecto de profesión y también uno de los entrenadores de la M-18 de varones del club. Mientras se escuchan raquetazos y el sonido de las pelotas amarillas picando sobre los flejes de las canchas de tenis, y los gritos de las jugadoras de hockey que se entrenan cerca, Las Panteras comienzan los ejercicios técnicos; pases cruzados, estrategias de defensa y ataque, prácticas sobre cómo abrir el juego de un ruck, posicionamientos.

  Cuando el entrenador lo considera, interrumpe la práctica e indica correcciones. A los pocos segundos, la pelota vuelve a girar entre las manos de las jugadoras. “Decisión, decisión”, ordena el coach. Y las Panteras profundan la tarea.  Uno de los chicos de remera negra que practicaba béisbol un rato antes, pasa por el costado del entrenamiento, con un bate también negro, y mira, quizá sorprendido, bajo la luz de las torres y de la luna aureolada.

  Termina el entrenamiento, El entrenador, amable, se acerca y se dispone a la charla, en el bar del club. “Los resultados que puedan darse en el torneo son consecuencia de un proceso y de un compromiso. Me conformo con que estas chicas conformen lo que yo considero que tiene que ser un equipo de rugby. Lo importante es comprender el significado de llevar la camiseta de DAOM”, dice.

  Doeyo pertenece a las camadas que se tomaron mayor protagonismo en la conducción del rugby del club durante los últimos años, que coinciden con un crecimiento en juego y resultados (también hay proyectos sociales en la entidad, como DAOM Solidario y las recorridas  que algunos jugadores hacen en invierno por la zona para acercar contención a personas que viven en la calle).  “Gente de mi época tomó la posta; en este tipo de clubes falta de todo... managers, entrenadores.  Me metí con el rugby femenino porque si yo puedo darle a gente de DAOM algo que yo pueda dar, sean hombres, mujeres, chicos o grandes, lo voy a hacer.”

   El entrenador, que en paralelo conduce un grupo de jugadores juveniles, responde, sobre qué tiene que cambiar un coach al manejar un equipo formado por mujeres: “No tengo idea (risas)…hay que ir llevando la situación. Hay situaciones distintas a las que existen en un grupo de hombres, habrá que ir adaptándose.  Lo que sí, acá son todas adultas, que vienen por voluntad propia. Lo importante es lograr que confíen en quien está al lado, dentro de la cancha. Cada una de las 7 que entran, tiene su responsabilidad. La palabra clave es compromiso”.

  Se despide Doeyo. Las Panteras se han ido retirando; De Vita, Aurore Bar, Yamila, Ayde, Natalia, María, Florencia, Carolina, Gina, Alex, Eva.  El jueves será el último entrenamiento, y el domingo, al fin, el debut. En DAOM ahora quedan menos personas; los autos, despacio, buscan la salida. La esquina de Varela y Castañares, la medianoche que se acerca, el semáforo en rojo, un colectivo 76 vacío. En la radio ahora canta Soda Stéreo: “…sólo encuentro en la oscuridad, lo que me une, con la ciudad de la furia”.


 

martes, 22 de abril de 2014

Caleidoscopio


 Todo sucede al mismo tiempo, el giro de la Tierra sobre su eje, las olas que se agitan, las vidas de nosotros, un Citroën C3 negro que se pone en marcha, un gato de tres colores que se asusta y se fuga hacia la copa de un árbol.  El mediodía del domingo que se desliza con lentitud por Buenos Aires, el hombre con tatuajes en los brazos que pasea al perro para escaparse de la monotonía familiar, “Siento que pasan los días/ Y sigo adelante tracción a sangre /Tras una melodía /Creo que te hice tan mía /Que por un instante te olvidé” canta el inolvidable Gustavo Cerati desde la radio. Los vidrios que se empañan por la calefacción, las hojas amarillas, rojas y marrones que revolotean como papel picado, una parejita pasea de la mano con  la tibieza creciente de las primeras salidas, un padre alza a una nena de campera multicolor y le sube la capucha para protegerla del frío.  Las calles se vacían bajo el cielo blanco, vapores nacen de las alcantarillas, perfumes a carne, a sopa, a pan casero, a pastas, de las ventanas de las casas.  “Antes, hace ya tiempo /conquistadores, nos imponían, su dios del miedo”, dicen ahora Ciro y Los Persas, un puñado de hinchas de River, todos vestidos de negro, con gorritas blancas, apuran vasos de vino mientras esperan asado en una esquina de Núñez, la Avenida Libertador todavía escuálida de coches, la ESMA poblada de fantasmas, el control de la Prefectura, una mujer que maneja un Gol rojo busca nerviosa algo en la guantera, giro a la derecha, un camino serpenteante, dos policías bonaerenses completan planillas, “Platense capo” grita una columna de hormigón que sostiene el final de la General Paz, escombros, una rotonda, asfalto, dos canchas ocupadas por equipos de remeras verdes y naranjas que juegan fútbol, “dale, dale”, “goool!.


    Metros más adelante, un portón abierto, la chica de campera gris con las manos bien escondidas en los bolsillos que dice “pase” con los dientes rechinando, muchos autos con los colores aburridos de los últimos años, grises, azules, blancos, negros, algún que otro bordó, un micro naranja con el techo blanco. Un quincho, pibes de 16 años, risas, a la izquierda una cancha de rugby casi pisando el Río de la Plata. Liceo Naval-Manuel Belgrano, menores de 18 años, entrenadores, familiares y amigos en los costados, algunos con botas azules para sortear el barro, charcos en la cancha, kick off, lines, scrums. Tries, free kicks, penales, conversiones, hasta un drop, de fondo otra vez “goool". Llovizna, el cielo de blanco a gris, en el horizonte barquitos que parecen adornos de armario de abuela, un tipo canoso de remera dri fit gris y negra, corriendo y mirando el partido, dos chicos filmando desde un mangrullo, el referee salteando pozos en el campo, uno que protesta “penaaal”, otro que se queja “que la suelte, que la suelte”, uno más allá grita “están pasaaados..”, el papelito que pide respeto al árbitro en el piso.


  Vasitos de café en la mano, goles a lo lejos, los barquitos parecen clavados en el agua marrón pero de a poco parecen moverse, final del partido, duchas, los gritos de siempre de los hombres en los vestuarios (¿por qué gritan tanto en medio del vapor, el agua, los bancos de madera, el jabón y los armarios metálicos), tercer tiempo, las preguntas de rigor, cuántos jugadores tienen anotados, con quién jugaron, quieren algo más, choripanes, vacío, gaseosas y cerveza, planillas, bolsos, padres que cargan a los hijos en los autos o camionetas, saludos, abrazos, poner en marcha el C3 negro, arrancar, dejar atrás el cartel que dice “Predio de la Armada”, giro a la izquierda, las canchas de fútbol ya vacías, a lo lejos el rugido del Monumental, algo más cerca, Centro Naval y acordarse de que Matías Sánchez se lastimó de gravedad quién sabe cómo, Virus en la radio ya en el crepúsculo y otro inolvidable Federico Moura cantando “Las cosas se alejan de mí / Y es difícil poder tocarlas / Las cosas se alejan de mí /Y yo debo seguir soñando”...

martes, 11 de marzo de 2014

Los exámenes de marzo


  “Como quisiera ser/ el dios del amor/ llevarte al  Olimpo para darte un beso/ tenerte a mi lado  junto a las estrellas por el  infinito más allá del cielo/ sé que por ser pobre  vivo tu desprecio no tengo dinero que lo compre  todo/ ojalá que un día  encuentres el oro que te hace falta  como a ti te quiero/ el dolor se acaba/ el alma no muere/ay ay ay cariño como me haces falta…” Esa canción que interpretaba la banda tucumana de cumbia Granizo Rojo se escuchaba a principios de los ’90 y cuando uno pensaba que se había extinguido, ahora,  a las 8 y 30 de la mañana de un domingo, a metros del Camino del Buen Ayre, rebota por el aire de la zona. El origen: el equipo de audio de un Falcon gris, rodeado de pibes y pibas que, probablemente, estén quemando los últimos cartuchos de una noche larga. Hay un par con la remera de River, algunas botellas de cerveza por el asfalto, un kiosco que funciona en el ventanal de una casa con carteles escritos con tiza blanca para promocionar la mercadería.  El grupo mira a los que cruzan la esquina dentro de sus autos. Es lógico: ¿a qué viene la gente a esta hora de la mañana, por el barrio? Pese a los prejuicios, no pasa nada. Los visitantes ingresan, con caras de dormidos,  con sus coches, al predio de El Retiro Rugby Club.


   Mientras por el fondo del club se sucede la autopista, con autos grises, azules y negros que pasan como flashes por el cemento,  en la cancha de hockey del club florecen conos naranjas, amarillos y violetas.  Los temas de Granizo Rojo se mezclan con otra voz masculina, metálica, que sale de otro equipo de audio colocado sobre una mesa, y dice cosas como: “En 18 segundos comenzará la prueba”:…”nivel dos tres”, “escuche la cassette” y así. Una tercera franja de sonido se suma: el traqueteo de los vagones azules y blancos del ramal San Martín, que, por una vez, no viajan repletos de gente.  En este día que comenzó con sol y cielo limpio El Retiro albergará en pocos minutos el testeo físico obligatorio de los referees porteños.


  El “Beep Test” es la prueba que deben realizar los árbitros menores de 45 años, y los mayores de esa edad que así lo deseen.  Es un examen con bastante desgaste, inventado en Canadá hace más de 30 años, que implica correr de un lado a otro entre dos marcas colocadas a 20 metros de distancia. De a poco, se suman los referees que llegan desde distintos lados: uno de Moreno, otro de Lomas de Zamora, otro de Pacheco, otro de Villa Urquiza, allá uno de Barrio Norte, por acá otro de Almagro.


  Comienzan a pasar el test los referees, en tandas, como muestra la foto extraída de la página de ARURBA.  Con el correr de los segundos, más que de los minutos, las piernas pesan, falta el aire y, en general de a uno, dejan la prueba. Los más aguantadores llegan hasta niveles muy altos, y, como corresponde, los que miran  lo despiden con aplausos.


   Sin llegar a creer que es un martirio (a fin de cuentas, nadie obliga a un referee de rugby a tener ese rol), no quedan dudas de que es una posición con un sacrificio particular: se referea por un viático, el árbitro va y llega solo al club donde lo designan, que obviamente nunca es el suyo, siempre está expuesto a ser el pararrayos de cualquier quejoso y, en sí, el rugby es un deporte difícil de arbitrar, por la cantidad de leyes y de márgenes que quedan a cargo del juez.  Además, y quizá por herencia de la cultura inglesa, hay reglas escritas pero también otras que no, basadas en la costumbre, que se ajustan cada temporada.


  El Retiro está bien cuidado; los más de 100 autos de los referees entran sin problemas; hay juegos para los chicos, los espacios verdes están muy bien mantenidos.  El rugby llegó a este club de la mano de ex jugadores de Cardenal Stepinac, equipo que durante años transitó las categorías del ascenso  porteño.  Mientras en este instante los árbitros ingresan al quincho del club para una charla de unificación de criterios, a cargo de Sebastián Figueroa,  se ven colgadas en las paredes fotos y camisetas del viejo Stepinac, incluida una remera enmarcada, con los colores azul, rojo y blanco, que perteneció al “Polaco” Riedel, histórico jugador, dirigente y entrenador, fallecido en 2013.  También hay imágenes de diferentes categorías de El Retiro, ya con la vigente remera roja.


   Figueroa explica los criterios sobre todos los aspectos del juego: ruck, maul, scrum, tackle, line out, juego peligroso y demás.  Los árbitros de todas las divisiones prestan atención;  salvo la voz de quien explica, apenas se oye el giro de las aspas de dos ventiladores antiguos y algún ringtone, inevitable, que suena en un bolsillo. La charla dura un buen rato y termina pasado el mediodía. Todos hacen fila para llevarse algo de la parrilla humeante, mientras dos perros flacos y de colores indefinidos suplican un bocado.

   Así se comparten historias: dudas reglamentarias, una vez que al árbitro lo asaltaron cuando a pocas cuadras de la cancha de tal equipo, cambios en los entrenadores de tal otro. Uno de los valores del rugby que se predica desde siempre es que “el referee siempre tiene la razón” y que no se le discuten los fallos, menos que menos se lo insulta desde las tribunas.  Abundan los carteles con esas advertencias en muchos clubes, de metal, de madera, de plástico, en forma de volantes entregados en mano.  Pero probablemente varios de estos árbitros deben creer que, muchas veces, es a esta altura una frase que queda bien pintarla pero no cumplirla.


   Con el correr de los minutos, el grupo empieza a disgregarse. El Camino del Buen Ayre, ya en hora pico, transporta más y más autos a toda velocidad. El sol está escondido desde hace varias horas y el cielo tiene color blanco mate.  Los pibes del kiosco de la casa de la entrada duermen en sus casas, y Granizo Rojo es apenas un recuerdo en el aire.  Los autos de los árbitros buscan las calles para tomar la Avenida Roca, de Hurlingham, y, mientras en una placita se reúnen vecinos con banderas tricolores de Chacarita Juniors, cada conductor imagina su próximo partido, en donde ocupa esa posición tan particular, que oscila entre lo invisible la mayor parte del tiempo y lo súbitamente llamativo. Porque cuando suena el silbato y las miradas se concentran en su figura, más precisamente en sus manos, todos buscamos  interpretar cómo sigue ese  dibujo que desarrolla sobre el césped también llamado “partido de rugby”.

 

 

lunes, 17 de febrero de 2014

Todo es historia

El Parque Rivadavia, llamado hace décadas Parque Lezica, es de los pocos espacios verdes en el barrio de Caballito, cada vez más tapado por edificios.  En ese lugar, también desde hace años florecen los amantes de las estampillas, algo que parece ya prehistórico, y vendedores de libros y revistas usadas.  Un domingo a la mañana,  entre los matrimonios que se aburren deambulando por la vereda para hacer tiempo hasta la hora de almorzar y algunos veteranos que juegan ajedrez en las mesas con los tableros de azulejos pintados en el cemento,  entre las montañas de hojas amarillentas aparecen siempre joyitas. A fin de cuentas, por más vida digital que querramos,  los libros no dependen de electricidad o baterías. Y allí está, en un cajón mezclado con discos de vinilo de Kiss, Serú Girán y Julio Sosa, con guías de colectivos del año 1928 y textos de Castellano, Geografía y Matemáticas,  el libro de Hugo Mackern “Historia del rugby argentino (1917-1930) y La Era de San Isidro. Gira británica de 1927”.

   “Freelance” se hacía llamar Mackern, a lo largo de los 50 años en los que escribió sus columnas sobre rugby en El Gráfico, por décadas la revista más importante sobre deportes en Argentina. Cuando terminaba su adolescencia como alumno del Colegio Nacional de Buenos Aires, comenzaba a trabajar de periodista en el diario “The Standard”, de habla inglesa, anterior inclusive al más conocido “Buenos Aires Herald”.  En 1931 debutó en El Gráfico. Abogado, fue además socio del Buenos Aires Cricket & Rugby Club, árbitro y dirigente de la Unión Argentina de Rugby (UAR).  Cubrió todo tipo de partidos, desde encuentros en el ascenso porteño hasta giras internacionales de Los Pumas. De hecho, viajó a Sudáfrica con el seleccionado argentino.

 Mackern vivió 90 años, y hoy, como todo el que escribe un libro, su recuerdo reverbera entre nosotros a través de lo que dejó escrito. Una vez comprada su obra por un precio económico en un stand del Parque, encontramos los siguientes hallazgos:

Nunca jugó al rugby, lo que no lo impidió destacarse como referee, periodista y dirigente.

*Pudo reconstruir la historia de los comienzos del CASI por el testimonio de su amigo Oscar Meana, uno de los fundadores del club sansidrense.  Párrafo aparte: un proverbio africano dice que “cuando muere un anciano es como si se quemase una biblioteca llena de libros”. ¡Hay que registrar las historias de los mayores!

*El CASI, fundado originalmente en 1902 como un club de fútbol, se afilió a la entidad que regía el rugby argentino en 1917.

*De ese primer equipo del CASI, que salió campeón el mismo año, el grupo mayoritario de jugadores venía de GEBA. Y la remera original era roja, tomada del equipo de la Facultad de Medicina, en donde otros compañeros habían jugado.

*Uno de esos pioneros del rugby en el CASI, Jorge Hirschi, había jugado al deporte de la ovalada en Estudiantes de La Plata, y años después llegaría a presidir ese club platense.

*En 1917, a la asamblea anual de la Unión de Rugby del Río de la Plata asistieron apenas 3 delegados: los de Belgrano,  Buenos Aires y Lomas.  El campeonato de ese año lo disputaron, además de esos equipos, lo del CASI y Sportive Francaise, antecesora de Deportiva Francesa.

*La final el CASI se la ganó a Belgrano, se jugó en la cancha de Lomas y todo lo recaudado fue a beneficio del Hospital Británico.

*En 1919 se afilia CUBA, y presenta como su primera cancha un terreno ubicado en Dock Sud. Y ese año, como preliminar de un partido de fútbol entre los seleccionados de Argentina y Uruguay, se jugó un encuentro de rugby entre dos equipos denominados “Argentinos” y “Anglo-porteños”.  En 1920, la final entre el CASI-que ganó todos los torneos entre 1917 y 1930-y Belgrano, se llevó a cabo en la cancha de Porteño, en los Bosques de Palermo.

*El misterioso Huemac, que jugó en Primera en 1922, había sido formado por ex jugadores de la YMCA, y jugó de local en el campo de deportes del Buenos Aires English High School, en el mismo lugar donde existe hoy en día, a metros de la cancha de Belgrano Athletic.

*Old Georgians, que está reafiliándose a la URBA, se inscribió por primera vez en 1922. Y en 1925, se afilió Gimnasia y Esgrima de La Plata, que ya practicaba fútbol organizado desde muchos años antes. Por esos años, Hindú hacía de local en la cancha del Club Ferrocarril Sud, en Remedios de Escalada.

*Por aquellos, años, los referees dirigían de blazer y/o pantalones largos blancos. Y, según Mackern, “era rarísimo que un jugador cuestionara un fallo y los silbidos y rechiflas del público eran desconocidas”…..mejor, por el momento, cerrar este repaso por el libro de “Freelance”…

viernes, 27 de diciembre de 2013

Vidas en ascenso


   Abre la puerta de su casa del Barrio Presidente Perón, que da a la ruta 202. Mira a los costados por si viene algún auto o los morosos 371 y 203. La tarde está calma, soleada y con chicharras de fondo,  que florecen con los primeros calores. Cruza la ruta, entra en el predio del Virreyes Rugby Club, saluda al cuidador del lugar, se sienta en una silla de plástico y cuenta su historia.

  “Vivo enfrente desde que nací, hace 20 años. Vivo con mi mamá, que es empleada doméstica, y mis tres hermanos.  Mi vieja labura a full de lunes a sábado.  Mi papá está separado de ella; él es policía, del Centro de Operaciones de Tigre”, dice Jonatan David Cáceres, sentado a un costado del buffet del club donde juega al rugby desde hace 6 años.  Virreyes, que nació en 2002, como consecuencia del estallido social de esa época y con el objetivo de acercar el deporte a pibes de esa localidad y de alrededores, acaba de ascender de categoría, por primera vez, en el rugby porteño.  Y Jonatan, conocido por todos como “Collar”, es una de las figuras del equipo.

“La verdad que está muy bueno este club.  Además está a la vista lo que es”, reconoce y señala con su mano derecha las canchas bien señalizadas, el estacionamiento  y el salón de usos múltiples, que en el primer piso tiene aulas donde chicos de las categorías juveniles reciben clases particulares de apoyo escolar, una de las tantas actividades extradeportivas de la entidad. “Collar” había jugado al fútbol en un club de San Fernando, hasta que un hermano se enganchó con la pelota ovalada y arrastró a toda la familia. “Al principio mi mamá nos veía llegar los sábados a la noche golpeados o raspados, medio que se asustaba. Pero después lo fue tomando bien”, agrega.

   A través de un conocido del club, Jonatan consiguió trabajo como gestor de seguros en una empresa. Antes,  y siempre en paralelo con jugar al rugby y entrenar todos los martes y jueves por la noche, había trabajado como repositor en supermercados, como jardinero y como cadete de una tienda de zapatos de mujer.  “El laburo más cansador era el de jardinero, tenés que estar paleando todo el día bajo el sol. Llegaba a casa, me daba un baño me acostaba un rato y después iba a entrenar”, recuerda. También cursó el CBC para Ciencias Económicas. “Metí tres materias pero me desaprobaron en otras tres y eso me bajoneó y dejé, pero pienso volver”, asegura.

  Con la mayoría de los jugadores de los otros equipos de la última categoría, “Collar” tiene buena relación. “Pero jugando en juveniles contra clubes importantes tuve discusiones, para algunos éramos ‘los negritos de Virreyes’. Ahí yo era calentón, pero mis compañeros me contenían”, dice. Con el ascenso, al éxito social la institución le suma el deportivo.

  “Collar” vive en una casita de dos pisos; en la planta baja viven sus abuelos y en la superior él con sus tres hermanos varones y su madre.  Desde la ventana de la vivienda hasta la entrada del Virreyes hay 50 metros, como mucho. “Por eso, cuando falta un árbitro en partidos de juveniles, me llaman a mí para que vaya”, relata. En el mismo barrio, “La Perón”, como le dicen los vecinos, también viven otros rugbiers del club: “Chicho”, “Marta” y “Chiche”, entre otros. ¿Y qué dicen en el barrio de que jueguen al rugby? “Y, acá a una mina del barrio si le decís queriendo chapear: ‘Soy jugador de rugby’,  te dice: ‘Qué me importa” (risas).
*Nota publicada por este autor en el número de la revista Tercer Sector (www.tercersector.org.ar) que ya está en la calle.