martes, 11 de marzo de 2014

Los exámenes de marzo


  “Como quisiera ser/ el dios del amor/ llevarte al  Olimpo para darte un beso/ tenerte a mi lado  junto a las estrellas por el  infinito más allá del cielo/ sé que por ser pobre  vivo tu desprecio no tengo dinero que lo compre  todo/ ojalá que un día  encuentres el oro que te hace falta  como a ti te quiero/ el dolor se acaba/ el alma no muere/ay ay ay cariño como me haces falta…” Esa canción que interpretaba la banda tucumana de cumbia Granizo Rojo se escuchaba a principios de los ’90 y cuando uno pensaba que se había extinguido, ahora,  a las 8 y 30 de la mañana de un domingo, a metros del Camino del Buen Ayre, rebota por el aire de la zona. El origen: el equipo de audio de un Falcon gris, rodeado de pibes y pibas que, probablemente, estén quemando los últimos cartuchos de una noche larga. Hay un par con la remera de River, algunas botellas de cerveza por el asfalto, un kiosco que funciona en el ventanal de una casa con carteles escritos con tiza blanca para promocionar la mercadería.  El grupo mira a los que cruzan la esquina dentro de sus autos. Es lógico: ¿a qué viene la gente a esta hora de la mañana, por el barrio? Pese a los prejuicios, no pasa nada. Los visitantes ingresan, con caras de dormidos,  con sus coches, al predio de El Retiro Rugby Club.


   Mientras por el fondo del club se sucede la autopista, con autos grises, azules y negros que pasan como flashes por el cemento,  en la cancha de hockey del club florecen conos naranjas, amarillos y violetas.  Los temas de Granizo Rojo se mezclan con otra voz masculina, metálica, que sale de otro equipo de audio colocado sobre una mesa, y dice cosas como: “En 18 segundos comenzará la prueba”:…”nivel dos tres”, “escuche la cassette” y así. Una tercera franja de sonido se suma: el traqueteo de los vagones azules y blancos del ramal San Martín, que, por una vez, no viajan repletos de gente.  En este día que comenzó con sol y cielo limpio El Retiro albergará en pocos minutos el testeo físico obligatorio de los referees porteños.


  El “Beep Test” es la prueba que deben realizar los árbitros menores de 45 años, y los mayores de esa edad que así lo deseen.  Es un examen con bastante desgaste, inventado en Canadá hace más de 30 años, que implica correr de un lado a otro entre dos marcas colocadas a 20 metros de distancia. De a poco, se suman los referees que llegan desde distintos lados: uno de Moreno, otro de Lomas de Zamora, otro de Pacheco, otro de Villa Urquiza, allá uno de Barrio Norte, por acá otro de Almagro.


  Comienzan a pasar el test los referees, en tandas, como muestra la foto extraída de la página de ARURBA.  Con el correr de los segundos, más que de los minutos, las piernas pesan, falta el aire y, en general de a uno, dejan la prueba. Los más aguantadores llegan hasta niveles muy altos, y, como corresponde, los que miran  lo despiden con aplausos.


   Sin llegar a creer que es un martirio (a fin de cuentas, nadie obliga a un referee de rugby a tener ese rol), no quedan dudas de que es una posición con un sacrificio particular: se referea por un viático, el árbitro va y llega solo al club donde lo designan, que obviamente nunca es el suyo, siempre está expuesto a ser el pararrayos de cualquier quejoso y, en sí, el rugby es un deporte difícil de arbitrar, por la cantidad de leyes y de márgenes que quedan a cargo del juez.  Además, y quizá por herencia de la cultura inglesa, hay reglas escritas pero también otras que no, basadas en la costumbre, que se ajustan cada temporada.


  El Retiro está bien cuidado; los más de 100 autos de los referees entran sin problemas; hay juegos para los chicos, los espacios verdes están muy bien mantenidos.  El rugby llegó a este club de la mano de ex jugadores de Cardenal Stepinac, equipo que durante años transitó las categorías del ascenso  porteño.  Mientras en este instante los árbitros ingresan al quincho del club para una charla de unificación de criterios, a cargo de Sebastián Figueroa,  se ven colgadas en las paredes fotos y camisetas del viejo Stepinac, incluida una remera enmarcada, con los colores azul, rojo y blanco, que perteneció al “Polaco” Riedel, histórico jugador, dirigente y entrenador, fallecido en 2013.  También hay imágenes de diferentes categorías de El Retiro, ya con la vigente remera roja.


   Figueroa explica los criterios sobre todos los aspectos del juego: ruck, maul, scrum, tackle, line out, juego peligroso y demás.  Los árbitros de todas las divisiones prestan atención;  salvo la voz de quien explica, apenas se oye el giro de las aspas de dos ventiladores antiguos y algún ringtone, inevitable, que suena en un bolsillo. La charla dura un buen rato y termina pasado el mediodía. Todos hacen fila para llevarse algo de la parrilla humeante, mientras dos perros flacos y de colores indefinidos suplican un bocado.

   Así se comparten historias: dudas reglamentarias, una vez que al árbitro lo asaltaron cuando a pocas cuadras de la cancha de tal equipo, cambios en los entrenadores de tal otro. Uno de los valores del rugby que se predica desde siempre es que “el referee siempre tiene la razón” y que no se le discuten los fallos, menos que menos se lo insulta desde las tribunas.  Abundan los carteles con esas advertencias en muchos clubes, de metal, de madera, de plástico, en forma de volantes entregados en mano.  Pero probablemente varios de estos árbitros deben creer que, muchas veces, es a esta altura una frase que queda bien pintarla pero no cumplirla.


   Con el correr de los minutos, el grupo empieza a disgregarse. El Camino del Buen Ayre, ya en hora pico, transporta más y más autos a toda velocidad. El sol está escondido desde hace varias horas y el cielo tiene color blanco mate.  Los pibes del kiosco de la casa de la entrada duermen en sus casas, y Granizo Rojo es apenas un recuerdo en el aire.  Los autos de los árbitros buscan las calles para tomar la Avenida Roca, de Hurlingham, y, mientras en una placita se reúnen vecinos con banderas tricolores de Chacarita Juniors, cada conductor imagina su próximo partido, en donde ocupa esa posición tan particular, que oscila entre lo invisible la mayor parte del tiempo y lo súbitamente llamativo. Porque cuando suena el silbato y las miradas se concentran en su figura, más precisamente en sus manos, todos buscamos  interpretar cómo sigue ese  dibujo que desarrolla sobre el césped también llamado “partido de rugby”.

 

 

lunes, 17 de febrero de 2014

Todo es historia

El Parque Rivadavia, llamado hace décadas Parque Lezica, es de los pocos espacios verdes en el barrio de Caballito, cada vez más tapado por edificios.  En ese lugar, también desde hace años florecen los amantes de las estampillas, algo que parece ya prehistórico, y vendedores de libros y revistas usadas.  Un domingo a la mañana,  entre los matrimonios que se aburren deambulando por la vereda para hacer tiempo hasta la hora de almorzar y algunos veteranos que juegan ajedrez en las mesas con los tableros de azulejos pintados en el cemento,  entre las montañas de hojas amarillentas aparecen siempre joyitas. A fin de cuentas, por más vida digital que querramos,  los libros no dependen de electricidad o baterías. Y allí está, en un cajón mezclado con discos de vinilo de Kiss, Serú Girán y Julio Sosa, con guías de colectivos del año 1928 y textos de Castellano, Geografía y Matemáticas,  el libro de Hugo Mackern “Historia del rugby argentino (1917-1930) y La Era de San Isidro. Gira británica de 1927”.

   “Freelance” se hacía llamar Mackern, a lo largo de los 50 años en los que escribió sus columnas sobre rugby en El Gráfico, por décadas la revista más importante sobre deportes en Argentina. Cuando terminaba su adolescencia como alumno del Colegio Nacional de Buenos Aires, comenzaba a trabajar de periodista en el diario “The Standard”, de habla inglesa, anterior inclusive al más conocido “Buenos Aires Herald”.  En 1931 debutó en El Gráfico. Abogado, fue además socio del Buenos Aires Cricket & Rugby Club, árbitro y dirigente de la Unión Argentina de Rugby (UAR).  Cubrió todo tipo de partidos, desde encuentros en el ascenso porteño hasta giras internacionales de Los Pumas. De hecho, viajó a Sudáfrica con el seleccionado argentino.

 Mackern vivió 90 años, y hoy, como todo el que escribe un libro, su recuerdo reverbera entre nosotros a través de lo que dejó escrito. Una vez comprada su obra por un precio económico en un stand del Parque, encontramos los siguientes hallazgos:

Nunca jugó al rugby, lo que no lo impidió destacarse como referee, periodista y dirigente.

*Pudo reconstruir la historia de los comienzos del CASI por el testimonio de su amigo Oscar Meana, uno de los fundadores del club sansidrense.  Párrafo aparte: un proverbio africano dice que “cuando muere un anciano es como si se quemase una biblioteca llena de libros”. ¡Hay que registrar las historias de los mayores!

*El CASI, fundado originalmente en 1902 como un club de fútbol, se afilió a la entidad que regía el rugby argentino en 1917.

*De ese primer equipo del CASI, que salió campeón el mismo año, el grupo mayoritario de jugadores venía de GEBA. Y la remera original era roja, tomada del equipo de la Facultad de Medicina, en donde otros compañeros habían jugado.

*Uno de esos pioneros del rugby en el CASI, Jorge Hirschi, había jugado al deporte de la ovalada en Estudiantes de La Plata, y años después llegaría a presidir ese club platense.

*En 1917, a la asamblea anual de la Unión de Rugby del Río de la Plata asistieron apenas 3 delegados: los de Belgrano,  Buenos Aires y Lomas.  El campeonato de ese año lo disputaron, además de esos equipos, lo del CASI y Sportive Francaise, antecesora de Deportiva Francesa.

*La final el CASI se la ganó a Belgrano, se jugó en la cancha de Lomas y todo lo recaudado fue a beneficio del Hospital Británico.

*En 1919 se afilia CUBA, y presenta como su primera cancha un terreno ubicado en Dock Sud. Y ese año, como preliminar de un partido de fútbol entre los seleccionados de Argentina y Uruguay, se jugó un encuentro de rugby entre dos equipos denominados “Argentinos” y “Anglo-porteños”.  En 1920, la final entre el CASI-que ganó todos los torneos entre 1917 y 1930-y Belgrano, se llevó a cabo en la cancha de Porteño, en los Bosques de Palermo.

*El misterioso Huemac, que jugó en Primera en 1922, había sido formado por ex jugadores de la YMCA, y jugó de local en el campo de deportes del Buenos Aires English High School, en el mismo lugar donde existe hoy en día, a metros de la cancha de Belgrano Athletic.

*Old Georgians, que está reafiliándose a la URBA, se inscribió por primera vez en 1922. Y en 1925, se afilió Gimnasia y Esgrima de La Plata, que ya practicaba fútbol organizado desde muchos años antes. Por esos años, Hindú hacía de local en la cancha del Club Ferrocarril Sud, en Remedios de Escalada.

*Por aquellos, años, los referees dirigían de blazer y/o pantalones largos blancos. Y, según Mackern, “era rarísimo que un jugador cuestionara un fallo y los silbidos y rechiflas del público eran desconocidas”…..mejor, por el momento, cerrar este repaso por el libro de “Freelance”…

viernes, 27 de diciembre de 2013

Vidas en ascenso


   Abre la puerta de su casa del Barrio Presidente Perón, que da a la ruta 202. Mira a los costados por si viene algún auto o los morosos 371 y 203. La tarde está calma, soleada y con chicharras de fondo,  que florecen con los primeros calores. Cruza la ruta, entra en el predio del Virreyes Rugby Club, saluda al cuidador del lugar, se sienta en una silla de plástico y cuenta su historia.

  “Vivo enfrente desde que nací, hace 20 años. Vivo con mi mamá, que es empleada doméstica, y mis tres hermanos.  Mi vieja labura a full de lunes a sábado.  Mi papá está separado de ella; él es policía, del Centro de Operaciones de Tigre”, dice Jonatan David Cáceres, sentado a un costado del buffet del club donde juega al rugby desde hace 6 años.  Virreyes, que nació en 2002, como consecuencia del estallido social de esa época y con el objetivo de acercar el deporte a pibes de esa localidad y de alrededores, acaba de ascender de categoría, por primera vez, en el rugby porteño.  Y Jonatan, conocido por todos como “Collar”, es una de las figuras del equipo.

“La verdad que está muy bueno este club.  Además está a la vista lo que es”, reconoce y señala con su mano derecha las canchas bien señalizadas, el estacionamiento  y el salón de usos múltiples, que en el primer piso tiene aulas donde chicos de las categorías juveniles reciben clases particulares de apoyo escolar, una de las tantas actividades extradeportivas de la entidad. “Collar” había jugado al fútbol en un club de San Fernando, hasta que un hermano se enganchó con la pelota ovalada y arrastró a toda la familia. “Al principio mi mamá nos veía llegar los sábados a la noche golpeados o raspados, medio que se asustaba. Pero después lo fue tomando bien”, agrega.

   A través de un conocido del club, Jonatan consiguió trabajo como gestor de seguros en una empresa. Antes,  y siempre en paralelo con jugar al rugby y entrenar todos los martes y jueves por la noche, había trabajado como repositor en supermercados, como jardinero y como cadete de una tienda de zapatos de mujer.  “El laburo más cansador era el de jardinero, tenés que estar paleando todo el día bajo el sol. Llegaba a casa, me daba un baño me acostaba un rato y después iba a entrenar”, recuerda. También cursó el CBC para Ciencias Económicas. “Metí tres materias pero me desaprobaron en otras tres y eso me bajoneó y dejé, pero pienso volver”, asegura.

  Con la mayoría de los jugadores de los otros equipos de la última categoría, “Collar” tiene buena relación. “Pero jugando en juveniles contra clubes importantes tuve discusiones, para algunos éramos ‘los negritos de Virreyes’. Ahí yo era calentón, pero mis compañeros me contenían”, dice. Con el ascenso, al éxito social la institución le suma el deportivo.

  “Collar” vive en una casita de dos pisos; en la planta baja viven sus abuelos y en la superior él con sus tres hermanos varones y su madre.  Desde la ventana de la vivienda hasta la entrada del Virreyes hay 50 metros, como mucho. “Por eso, cuando falta un árbitro en partidos de juveniles, me llaman a mí para que vaya”, relata. En el mismo barrio, “La Perón”, como le dicen los vecinos, también viven otros rugbiers del club: “Chicho”, “Marta” y “Chiche”, entre otros. ¿Y qué dicen en el barrio de que jueguen al rugby? “Y, acá a una mina del barrio si le decís queriendo chapear: ‘Soy jugador de rugby’,  te dice: ‘Qué me importa” (risas).
*Nota publicada por este autor en el número de la revista Tercer Sector (www.tercersector.org.ar) que ya está en la calle.
 

 

miércoles, 11 de diciembre de 2013

¡Cielos!




  “Las palabras como la violencia /rompen el silencio/Irrumpen con estruendo/en mi pequeño mundo”, dice, originalmente en inglés, claro está, Depeche Mode en “Enjoy the silence”, joya de 1990. En el video de la canción, David Gahan interpreta a un rey que, apenas acompañado por una reposera, deambula por un paisaje de montaña, contemplando un mar de piedras y nubes. Y termina diciendo: “Disfruta el silencio”.  En enero de 2014, quien quizá esté paladeando los sonidos de las alturas sea César Padilla (en la foto, durante uno de sus viajes), junto a 4 compañeros más.  Profesor de Educación Física, Licenciado en Alto Rendimiento Deportivo, preparador físico del Club Banco Hipotecario y entrenador de las Vikingas, el equipo de rugby femenino de Gimnasia y Esgrima de Ituzaingó (GEI), César, nacido en Lomas de Zamora, piensa clavar en la altura del Aconcagua, una bandera. ¿La argentina? Puede ser, pero aparte otra; la de Rugby Inclusivo, la escuela para chicos con síndrome de down que funciona todos los sábados en Banco Hipotecario, en Villa Celina. “El Aconcagua es para todo aquel que se esfuerce, tenga valores muy altos y sea capaz de trabajar en equipo… y el rugby es un deporte para todos y reúne las mismas virtudes”, dice Padilla.

  Después de un paso fugaz por el deporte de la ovalada cuando era estudiante, él comenzó a acercarse a la preparación física y la docencia del rugby. Desde hace 10 años, trabaja en Banco Hipotecario, y en 2014 será coordinador de la preparación física de los planteles del club. Además, durante 2013 condujo a las Vikingas, que salieron campeonas del torneo femenino de la URBA, por primera vez en su historia. Y, en paralelo, también se acercó a las montañas.  “Una de mis actividades preferidas, aparte del rugby, el atletismo y otros deportes, es la alta montaña. El año pasado hicimos una bastante difícil, el volcán Llullailaco, en Salta, y este año queríamos una más difícil: el Aconcagua”. Para la aventura a la montaña mendocina, techo de América del Sur, subirá con otros 4 montañistas.

  “El año pasado colaboré con una ONG que hace campaña por el cuidado del agua. Me parece bueno colaborar con alguien, ya que estas actividades tienen mucha exposición. Y pensé en Rugby Inclusivo porque están en mi club, Hipotecario. Les planteé la idea de llevar su mensaje y una bandera a la cima, se coparon y estamos trabajando en eso. En sí, el objetivo es alcanzar la cumbre más alta de América, como algo personal, algo que me ayuda a crecer, y si ese evento puede ayudar a alguien,  sumémoslo””, dice.

-¿A nivel personal  qué te lleva a exponerte a ese ascenso?

-  Amo el deporte…en el atletismo de fondo buscás ir cada vez más lejos e ir más rápido, y en alta montaña, buscás algo que  supere lo anterior. Y la raíz de eso es desafiarse uno mismo.  El Aconcagua presenta muchísimas dificultades, para alguien preparado es muy desafiante.

  Una persona nacida en Lomas, sin parientes con la práctica intensiva de algún deporte o del trekking, planea trepar una montaña de 7 mil metros, junto a otros 4 hombres.  ¿Locura? “Es un encuentro y un desafío a la naturaleza. La relación con las montañas no la aprendí en ningún lugar, hice muchos campamentos y travesías, y cuando pasaban los años y crecían las dificultades, querés seguir”.  Él ha hecho caminatas, subidas y ascensos a montañas de Salta, Córdoba y Río Negro.  “El año pasado, hicimos el Llullailaco, el volcán en donde encontraron hace unos años momias incas. Era complicado, porque es un lugar sin infraestructura. Llegué hasta los 6200 metros y la cumbre estaba en los 6500 metros, pero por frío en los pies, no pude seguir”.

    Para llevar el mensaje de Rugby Inclusivo hasta la punta del Aconcagua, hay gastos de todo tipo. Sin embargo, César cuenta que tiene la mayor parte del presupuesto cubierta por sponsors.  Él y otros montañista de Buenos Aires salen de la Capital el 2 de enero, y se encuentran con los demás, que vienen de Salta, en la ciudad mendocina de San Rafael. Ahí comprarán y alquilarán las últimas cosas, y el 4 parten hacia Los Horcones. Los primeros días subirán y bajarán, para ir aclimatándose. El último campamento se llama “Berlín”, y de ahí atacarán la cumbre. La idea es intentar llegar el 13.

  “La cabeza tiene que prepararse….nos vamos a agarrar mareos, vómitos, insolaciones, hipotermia…pero la experiencia hace que uno llegue mejor. Ah, en los primeros campamentos, la temperatura está entre los 0 y los 15 grados, pero más arriba puede llegar a 30 grados bajo cero. Somos 5 varones, todos estaremos en una carpa de 3 personas. Va  a ser divertido”,  dice.

  Si prepararse en una pretemporada de rugby es duro, para subir una montaña el esfuerzo parece mayor. “Entrenamos 4 veces por semana, yo hace poco corrí los 42 kilómetros de la maratón de Mar del Plata, una prueba muy dura por el calor y las pendientes, la elegí para trabajar la templanza. Terminé destruido”, cuenta Padilla. ¿Y cómo recrear la situación de montaña en una zona llana como el Gran Buenos Aires? “Y, lo más similar es en una pileta, donde hacemos ejercicios para esforzarnos en contener el aire. Después el resto es mucho gimnasio y correr mucho”, agrega.

  Esfuerzos, ejercitar, entrenar. Y  él también entrena a las Vikingas. “Trabajé en rugby femenino por el placer de hacerlo. Espero seguir en Gei, veré mis tiempos. Yo venía de terminar la licenciatura en Alto Rendimiento Deportivo, y quería trabajar en grupo para desarrollar buenos equipos. En Hipotecario manejo grupos muy grandes, en femenino son 15 jugadoras, uno puede abarcar más. El desafío fue tomar un grupo de jugadores y volverlas un equipo”, cuenta, y afirma ue las Vikingas mejoraron “en lo actitudinal y en la disciplina”.

  Entre los manchones de nieve y las rocas, estará representado Rugby Inclusivo y sus valores. “Bueno, el rugby transmite valores de forma inmediata, porque un chico gordo y otro petiso son bien recibidos, en otros deportes, si no tenés habilidad”, remata César. Desde distintas zonas de Capital y Gran Buenos Aires, además de los familiares de César y sus compañeros, también estarán haciendo fuerza los chicos de la escuelita de los sábados de Rugby Inclusivo, como Lautaro, Tomás, Joaquín, Catalina, Nahiara, Enzo, Richard y muchos  más.  Como cierra la canción Depeche Mode, tanto ahora como en el Aconcagua: “Enjoy the silence”.

miércoles, 27 de noviembre de 2013

Seven


 A la izquierda, el Riachuelo se abre para desagotar sus aguas en el Río de la Plata; a la derecha, la Isla Maciel,  con sus casas de chapa y ladrillos y la platea de San Telmo que emerge entre las viviendas, como un monumento.  El calor que se condensa en la Autopista, aunque sean recién las 7 de la mañana, anticipa un sábado pesado.  La cinta gris que conecta Buenos Aires con La Plata recibe a los autos que se fugan de la ciudad en la última escapada del año. Dock Sud, Wilde, Bernal, Quilmes, Berazategui, Hudson, los nombres que se suceden a los costados.  Se ven tosqueras, monoblocks, viviendas de emergencia, descampados, countries, puentes, peajes, estaciones de servicio.  Una salida indica “Mar del Plata”, y hacia allí se va el grueso de la manada de vehículos, oliendo arena y espuma de mar. 

 

  Pero en línea recta uno se acerca a La Plata. Villa Elisa, Ringuelet, los accesos a Ensenada y Punta Lara…y rotondas mediante, se ingresa en la capital provincial.  La Avenida 32 con su boulevard nos acompaña, mientras nos acostumbramos a los semáforos que pasan del verde al rojo sin escalas y a la cantidad de árboles que se ven por toda la ciudad: acacias, plátanos, fresnos, naranjos.  Más adelante, se gira a la derecha en la Avenida 19, y unas cuadras más, otro giro hacia la izquierda, por la calle 522, y, en pleno Barrio Obrero, está el Club Los Tilos, otro de los árboles más vistos en La Plata.

 

   Uno de los costados del club lo serpentea el Arroyo El Gato, ese que se desbordó en las inundaciones de abril que pocos recuerdan. Son las 8 de la mañana, y el estacionamiento está prácticamente vacío. Apenas hay 2 o 3 autos, de los que bajan unos hombres con heladeritas y paquetes de facturas. Entran a uno de los quinchos del club, y comienzan a cambiar su ropa por remeras negras, verdes o naranjas.

 

  Por el resto del predio, de la nada, empiezan a brotar grupos de pibes y adultos, con bolsos, termos, sombrillas.  Podría pensarse que se trata de un gran picnic. Pero de a poco empiezan a aparecer chicos de 18 años cambiados, y junto a aquellos hombres de la heladerita y las facturas, referees, van hacia las canchas 1, 2, 3, 4, y 5.  Son las 9 de la mañana, y entre modorras y apuros, comienza el Seven anual de la categoría M-18, Grupo II, que organiza la URBA.

 

  Este tipo de torneos lleva en su ADN la fiesta; suelen hacerse para terminar el año, o durante el verano, lo que lo acerca a las Fiestas y las vacaciones;  es más dinámico que el rugby de 15 y también más chispeante, como un champagne.  Y además permite el cruce de muchos equipos en un mismo día: así, Varela Junior juega con Newman (el campeón, en la foto) , Municipalidad de Vicente López con el CUBA, El Retiro con Belgrano, Albatros con Buenos Aires.

 

 “Seven”, más allá de remitir a una gaseosa, también  se relaciona con una gran película de 1995, protagonizada por Brad Pitt, Morgan Freeman y Gwyneth Paltrow, llamada en castellano “Pecados capitales”. Recapitulando esa lista de vicios de los que habla el cristianismo, y observando el sábado de sol en Los Tilos, con los sub 18 corriendo como gacelas y música electrónica saliendo de los parlantes al lado de los quinchos,  uno encuentra, mientras toma velocidad mental:

 

+Lujuria: en aquel padre panzón, con chomba celeste Lacoste, bermudas grises y sombrero de cow boy blanco, que mira a la novia de su hijo que, con musculosa negra y minishorts de jean, se pasea de aquí para allá como en una pasarela, ajena a CUQ-Alumni.

+Pereza: en ese wing pasado de peso, que tiene que ir a jugar el último partido de su equipo, ya sin chances de clasificar, de la cancha 1 a la 5, en la otra punta del predio.

+Gula: en el entrenador  de remera blanca y jeans, que busca desesperadamente el tercer sándwich de bondiola de la jornada.

+ira: en otro padre, de camisa a cuadros, que cree que la derrota del equipo de su hijo es poco menos que una desgracia.

+Envidia: del referee que mira a un jugador que no pasa los 70 kilos cuando él ya superó los 100 hace rato.

+Avaricia:  de la madre que le dice a su hijo menor, de 5 años, que no le compra otra gaseosa, “porque le va a hacer mal”.

+Soberbia:  del pilar que encara decidido hacia el ingoal contrario en mitad de cancha, no le pasa la pelota a su compañero tres cuartos mejor ubicado y, sobre la línea de 22 metros del rival, es tackleado como una bolsa de papas por un adversario, que además la saca el balón e inicia un contraataque letal…

 

  Y así, con pecados capitales, se consume el sábado platense, con Newman campeón, y con el regreso cansado de todos a sus hogares, la gran mayoría por la Autopista, con el sol dándose su baño de inmersión diario en el horizonte.

miércoles, 9 de octubre de 2013

Conquistadoras



Pasada la espuma del Rugby Championship, las que tomaron la gloria fueron Las Vikingas de Gimnasia y Esgrima de Ituzaingó (GEI). Por primera vez en su historia, que comenzó hace casi 28 años, salieron campeonas de la categoría superior del torneo de rugby femenino de la Unión de Rugby de Buenos Aires (URBA).  Con un plantel de jugadoras que combina diferentes edades, experiencias y hasta localidades (no todas viven en Ituzaingó), las continuadoras de aquel equipo que en 1985 jugó con Alumni los primeros partidos de rugby entre mujeres en el país, ganaron el torneo mayor de  Buenos Aires el domingo pasado, luego de la última jornada realizada en Lanús, mientras que el local obtuvo la Zona Formativa y Tiro Federal de Baradero la Zona Desarrollo.  Un martes a la noche, Mónica Mottura, una de las jugadoras de esos encuentros ya históricos, que sigue como titular en el plantel de Las Vikingas, cuenta sus sensaciones después de un nuevo entrenamiento de las campeonas, que se preparan para viajar a Tucumán este fin de semana a jugar el Nacional de Clubes (al que irán junto con La Plata, subcampeón, de gran campaña, y Centro Naval, tercero, que había ganado los campeonatos de 2011 Y 2012).

R-Hoy…¿cómo fue el entrenamiento después de quedarse con el título?

MM: Fue como cualquier otro entrenamiento, estábamos contentas, claro, pero Pato (Nota del Redactor: Patricia Fusco, jugadora de GEI, convocada a la selección nacional y una de las mejores jugadoras del plantel), nos decía: “Vamos, eh, que tenemos que ir a Tucumán, hay que seguir.” Nos toca jugar con Cardenales de Tucumán, que es un equipo muy duro, no podemos relajarnos. Nuestro estado de ánimo es de alegría, tranquilidad en sí no, quedan un montón de cosas por resolver….por ejemplo, conseguir sponsors, contactarnos con la Municipalidad de Ituzaingó que en su momento nos dieron su apoyo….

R-¿Sucedieron cosas especiales a partir del campeonato?
 

MM: Lo primero que pasó hoy fue que “Pichi” Ruffo,  nuestro entrenador en 1985, no se había enterado del campeonato. Así que se enteró. Y hoy también nos vinieron a saludar el “Chapa” Branca (nota del r: entrenador del plantel superior de GEI de varones), y un dirigente del club. Y pudimos cantar “dale campeón” en nuestra cancha.

R ¿Por qué salieron campeones Las Vikingas?

MM ¿Sabés lo que siento? Que hubo justicia divina. Nosotras siempre hemos estado entrenando, pero antes nos faltaba unión en el grupo, unión del corazón. En este equipo ahora hay amor, cada una se esfuerza mucho. Eso fue muy emocionante. Hemos aprendido a jugar mejor, hemos aprendido a jugar más en equipo, no se destacan tanto las individualidades.. Esto es justicia divina porque desde que empezamos en GEI nos bancamos siempre con la gente nuestra, siempre jugamos con la gente nuestra. Esos son nuestros principios.

R ¿Cómo fue la rutina de entrenamientos? ¿Y el tema de las lesiones?

MM-Este año no tuvimos problemas graves en cuanto a lesiones, porque se está entrenando más duro. Tuvimos lesiones leves. Entrenamos martes y viernes, las que podían completaban con gimnasio.

R-¿Y a nivel técnico, qué cambios creen haber logrado?

MM-Siempre nosotras tuvimos forwards poderosas, pero esta vez las forwards no fuimos tanto al choque, abrimos más la pelota y la línea se encargaba de jugarla. Mejoró también el pase de manos, la manera de ruckear, y el  hacer lo más dinámico posible el juego. Nosotras estábamos convencidas que lo podíamos lograr. Esto baja mucho también de parte de César Padilla, el entrenador y preparador físico, alguien que nos cambió la cabeza.  Nos metió que  podíamos lograr el campeonato.

R- ¿Hubo algún momento del año, donde interiormente pensaste: “Sí, podemos ser campeonas”, ya con más certeza?

MM-Bueno, por un lado, en el verano ganamos el Seven de Varese, que es un torneo muy importante, que nunca habíamos  ganado. Por otro lado, como te decía,  César nos cambió la cabeza.  Nos habla, nos da serenidad, no dice una mala palabra ni levanta el tono de voz. Hay armonía en el equipo. Y por otra parte, Gabriela (Sánchez, otra de las pioneras del ’85, que también juega y a un muy buen nivel), decía: “Nadie nos tiene en cuenta, eso está bueno, porque nosotras estamos trabajando para salir campeonas”.  Hubo amor de todos, como una comunión. Cada una hizo lo suyo en pos del objetivo. Hasta Ely González (otra de las figuras de las Vikingas), dejó uno de sus trabajos para poder estar con nosotras. Hubo mucho amor a la camiseta.

R-¿Qué esperan para 2014, tanto para Las Vikingas como para el rugby femenino en general?

MM- A nivel general, queremos que las reglas estén claras desde el principio. No que se cambien a cada rato. Queremos reglas inamovibles, establecidas a principios de año.  Y para GEI, bueno, hay que defender el título de campeonas. Y siempre del campeón se espera mucho más….

*En la foto,  Las Vikingas tras una jornada realizada en SITAS.

jueves, 29 de agosto de 2013

Touch


   Estoy parado sobre la muralla que divide todo lo que fue de lo que será…no, no. Estoy parado en la esquina de Anchorena y Charcas, barrio porteño de Recoleta,  rodeado de ruidos de bocinas y fragmentos de conversaciones por celular. Una chica de trajecito azul camina apurada con una bolsa grande bajo uno de sus brazos, mientras que con el otro sostiene su teléfono y discute con alguien. En sentido contrario, un hombre mayor, de saco gris y pantalones color marrón, se desplaza en otra velocidad, apuntalado por un bastón de madera y con la cabeza inclinada hacia adelante, como si necesitara ese gesto para avanzar. Yo sigo en la misma esquina. Cuando se cruzan las tres posiciones, miro hacia el edificio de ladrillos rojos y ventanas con rejas negras. Camino unos metros, y una enorme puerta de madera se encuentra ante mis ojos. Sobre el vano de la misma, hay un escudo grabado en piedra, con dos guerreros esculpidos. A los costados, dos bestias entre laureles, grises por el material, el humo y los años.  Toco el timbre, me abren la puerta, me anuncio ante un empleado de seguridad y pido por la persona que me indicó la escritora Anna Kazumi. “Te va a caer muy bien”, me había dicho Anna, autora de los libros Catástrofes naturales y Flores de un solo día, con su tono de voz siempre suave.

  Y aparece bajando las escaleras Rob Mumford, flaco, vestido de negro, ojos algo rasgados.  Nos saludamos, salimos del lugar, le damos la espalda al escudo, las bestias y los laureles de piedra, cruzamos Anchorena y entramos a un bar. “Jugué al rugby en Stokes Valley, ese es mi club, en Nueva Zelanda. Es cerca de Wellington, la capital. Jugaba de centro y de wing, y en el colegio también jugaba de ala, aunque era muy livianito. Es que allá hay categorías por peso, en los torneos colegiales”, dice. ¿Cómo es eso de “categorías según el peso de cada jugador”?

  “Claro,  se arman las divisiones por peso; mi colegio tenía más o menos 10 equipos, e iban desde equipos para chicos que pesaban no más de  40 kilos, otros entre 40 y 50, después entre 50 a 60, y después era abierto.  Si llegabas por habilidad, no importaba el peso, era para dividir a los más jóvenes. Un chico no sigue jugando con rugby si solo tiene que tacklear chicos más grandes, y hay chicos que no crecen de la misma manera.  Hasta en los clubes hay una división de rugby pero para los que pesan menos de 85 kilos.  Eso ayuda a la gente de tamaño  más normal, de disfrutar sin tener que tacklear a unas bestias” (risas).

   Rob se fue de viaje a Inglaterra, y allí su hermano le propuso viajar a América del Sur. Él tenía pensado ir a África, pero, recuerda: “Caminando por el Hyde Park de Londres, le dije a mi hermano: ‘ok, vamos a América Latina”. Ya en esta parte del continente, “conocí gente, un país…increíblemente bello  y una gente repositiva, que sabe disfrutar lo que tiene, con un espíritu generoso…uno siente ese cariño”. Años más tarde regresó a Argentina, con un amigo, para hacer una travesía  a bordo de un Ford Torino V8, modelo 1971, auto exótico para estas tierras. Partieron de Buenos Aires y y llegaron hasta Ushuaia. Como apunta Rob, la banda de sonido de ese viaje fueron The Killers,  Massive Attack, Portishead y Stellar, un grupo pop neozelandés. Él creó una página, www.challengeeverything.com.ar ,en la que se puede bucear entre sus historias, datos, letras de canciones y fotos.

  En Argentina conoció una mujer, tuvieron una hija, vivieron en Nueva Zelanda y  allí se separaron. “Cuando nos separamos, ella quería volver, y yo dije: ‘Voy a venir también, para estar con mi hija’.   Era un desafío personal vivir en otra cultura. Hace 15 años que vivo acá”, agrega.  Y formó pareja con otra argentina. “Bueno, las argentinas, comparadas con las neozelandesas, son más cariñosas, más demostrativas, y, físicamente, la mezcla latina es linda. Pero también son más celosas y calentonas, mientras que en Nueva Zelanda son más tranquilas e independientes”.

  Ese rasgo de pasión lo encuentra Rob en el deporte. “En Nueva Zelanda no hay hinchadas, inclusive si juegan los All Blacks casi que hay silencio. Ahora no tanto, pero igual nada que ver con lo que es acá. Allá son más de poner carteles ingeniosos, creativos. Pero canciones de hinchada, por ejemplo, no existen”.

   ¿Otras diferencias? Rob, en medio del ruido del bar, logra decir: “Hay menos diferencias sociales en Nueva Zelanda, no está todo tan marcado como acá. Y allá se juega fútbol, pero no es lo que es acá, en Nueva Zelanda ves canchas de rugby por todos lados. Me gusta el fútbol, jugaba con mis amigos en la calle, porque en la calle más que una tocata no podés jugar rugby. Igual, a veces practicábamos pateando la pelota de rugby por encima de los cables de electricidad, y el otro tenía que agarrarla”.

  “Y en cuanto al rugby, en Nueva Zelanda jugás primero en el club, hasta más o menos 10 años. Después lo jugás en el colegio hasta los 18, y ahí volvés a jugarlo en los clubes. Un deporte que se juega mucho es el ‘touch rugby’.” ¿Y en qué consiste esa disciplina, poco o nada conocida entre los argentinos?

  Explica Rob: “se juega con 6 jugadores por cada equipo, no hay haches, ni scrums, ni mauls ni se puede patear la pelota. La pelota se pasa con la mano, y al sexto toque que te hace un contrario, tenés que dejar la pelota en el piso y pasa al otro equipo. El referee es el que cuenta cada toque, o el jugador que toca va diciendo: ‘Touch one’ y así”. Uno se imagina al jugador argentino ventajeando….”Y, una vez jugamos con mi equipo de acá un torneo en el Luján Rugby Club, y algunos partidos eran un lío, vivían discutiendo todo el tiempo” (risas). Ahora están en plena búsqueda de un campo de juego para volver a practicar...

   Al compás de la mayor exigencia física que plantea el rugby actual, surgen alternativas, como el “touch rugby”. Rob se entusiasma: “Es un deporte lindísimo, das pases, corrés con la pelota, trabajás en equipo… pueden jugar hombres y mujeres  juntos, no hay golpes. Hoy no todos pueden tener el físico para jugar rugby, pero todos pueden jugar 'touch'. En los colegios se juega 'touch' en los almuerzos, y los All Blacks juegan al 'touch' en casi todos los entrenamientos, para entrar en  calor. Eso desarrolla mucho las habilidades, por eso los pilares neozelandeses dan los pases que dan”.

  El almuerzo se agota, y el tiempo de la charla, también. Rob debe regresar a su trabajo en la administración de la sede porteña de la Universidad de Nueva York, en el edificio de los laureles de piedra. Se acerca el fin de semana y este Licenciado en Administración por la Victoria University de Wellington, recomienda buenas bandas neozelandesas, aparte de Stellar: Bic Runga, The Feelers, Shihad, Tim Finn, Dave Dobbyn, The Datsuns, los clásicos Crowded House…

  Rob asegura: “Los contrastes te enriquecen. Yo cuando me iba de Nueva Zelanda y no sabía cuándo volvía, me despedía de mi papá con un ‘handshake’ (apretón de manos). Ahora, cuando mi papá viene a la Argentina-ya vino 13 veces, le encanta el país-, siempre le doy un abrazo antes de que se vaya a dormir”. Dentro de pocas horas, en el Waikato Stadium, el “handshake” se lo darán los capitanes de Los Pumas y de los All Blacks. ¿Cuánto contraste habrá?

martes, 23 de julio de 2013

¿Frío? ¡Te fuiste!


  Personalmente creo que todo esto es una locura”, dice la canción de Las Pelotas que suena por Mega, en La Noche del Rock, conducida por ese gran locutor que es Alejandro Scarso.  El tema rebota por una Avenida Beiró vacía, con una llovizna que es casi aguanieve. Sobre las veredas, los plátanos tienen sus ramas peladas, que parecen dedos torcidos que apuntan al cielo oscuro de Buenos Aires.  Quedan atrás los clubes Comunicaciones y Arquitectura, que supieron tener varios años equipos de rugby, y, ya en Nazca, ahora se escucha “Blues de la artillería”, de Los Redondos, esa que dice “cierran los bares donde vas”, justo lo que sucede en las últimas horas de un lunes, con locales que bajan las cortinas con apuro.  Cerca de Caballito, aparece por el aire La Mancha de Rolando, que en “Olvidarte”, dice “Es tarde y no hay nadie por acá y hace frío.” A los pocos minutos, se llega a Parque Chacabuco, más precisamente a la vereda de la “calesita de Tatín”.

  Muy pocos caminan por las calles a esa hora.  Sin embargo, sobre el cordón, un grupo de pibes, todos bien abrigados, charlan entre ellos. Algunos juegan al rugby en DAOM, el histórico club de Varela y Castañares, otros lo hicieron pero ya no, y algún otro es amigo pero nunca tocó la pelota ovalada. Y hasta hay dos jugadores de básquet de San Lorenzo. A los pocos minutos, desembarcan de un auto más personas, y dos chicas, Yanina y Aurore, jugadora de Las Panteras, de quien hablamos acá

  Guido Bonofiglio, estudiante de Ingeniería de Sistemas de la Universidad Tecnológica Nacional (UTN), cuenta: “A principios de mayo de este año empezamos esto, que llamamos ‘Frío te fuiste’.  Lo armamos básicamente junto a los chicos de las categorías 90 y 91 de DAOM. Nos reunimos en Parque Chacabuco, y cubrimos un radio de más o menos 10 cuadras a la redonda, para llevarle comida y abrigo a personas que viven en la calle. La mayoría vive debajo de la autopista”. El grupo, que esta noche está formado por unas 15 personas, se divide para comenzar la recorrida.  Mientras dos toman sus bicicletas para transportar las cosas, otros se suben a un auto y el subgrupo de Guido va a pie. Son cinco personas que caminan por la Avenida Asamblea y giran por Curapaligüe, portando termos con café, bandejas con pastel de papas que cocinaron Yanina y Aurore y bolsas con ropa.  Enfrente, la iglesia Nuestra Señora de la Medalla Milagrosa, iluminada con reflectores, con una estatua de la Virgen María que parece vigilar desde el remate de la cúpula, muy cerca de la Autopista 25 de Mayo.

  Precisamente, bajo la autopista, hay mesas y bancos de cemento, faroles prendidos y cinco personas sentadas. Una de ellas grita: “Ehhh, Daomm!!!”.  Aparecen las bandejas con el pastel de papas, de los termos sale café caliente, también Yanina ofrece piononos con dulce de leche.  Una chica con mirada triste está sentada en unos de los bancos.  Tiene un moretón indisimulable debajo del ojo izquierdo. A su lado, en un cochecito, está su bebé de 9 meses, tapado con abrigos y con un gorrito de lana en la cabeza.

 Cerca, al lado de una bolsa con bananas, está Omar.  “Soy de Montevideo, hincha de Peñarol y de Racing de Montevideo. Hace 4 años que vivo acá, y 7 que llegué a Buenos Aires.  Cartoneo; el cartón te lo pagan el kilo a setenta centavos, acá en un depósito enfrente de la cancha de San Lorenzo. Pero yo trato de juntar papel blanco, latitas y metales, que te lo pagan mejor. Además cartón no puedo llevar, no tengo carro ni nada.  En un viaje puedo hacer 50 pesos. Capaz que en un día puedo hacer 2 o 3 viajes.  Prefiero hacer eso. Acá siempre vienen y me dicen ‘eh, dale, vamos a afanar’.  Y yo les digo siempre: ‘No, déjame tranquilo’. Yo prefiero trabajar.”  Las bananas se las dejaron empleados del gobierno de la ciudad, que reciben llamados al 108 sobre personas en situación de calle. Omar dice que también les dieron gorros y guantes.  Alguien comenta: “Es la primera vez que aparece gente del 108 por esta zona”.

  De esta ranchada forman parte además “El Equi” y Alfredo, que termina el pastel de papas y asegura: “Está muy muy rico”. También vive otra chica, que mientras habla se sube y se baja la parte inferior de un buzo, todo el tiempo. Ella cuenta: “Estoy yendo al psicólogo y al psiquiatra, me dieron medicación, Clonazepam, y empecé hoy. Yo no consumo nada de nada pero soy esquizofrénica e hiperkinética, viste.”  Se reservó parte de su porción de pastel de papas para después, avisa, mientras señala el plato que está sobre una de las mesas.

  Después de un rato de charla, la recorrida sigue.  Los que se quedan debajo de la autopista, se acomodan en unos cartones que hacen de techo entre una de las columnas que sostiene la estructura y el enrejado que da a Curapaligüe.  Los chicos de Frío te Fuiste comentan lo que vieron lo que escucharon, intercambian impresiones.

 “Queríamos hacer algo bien por el barrio, para la gente que vemos en la calle, para acortar distancias, y tratar de que  DAOM se integre al barrio.  Y Yo quería que nosotros hagamos la comida, y darlas a las personas, entrar en con contacto directo”, dice Guido. Por su parte, Yanina afirma: “Cocinamos en mi casa y después pasan los chicos a buscar la comida y salimos”. Otro lunes prepararon 18 porciones de polenta, junto a Aurore, y Laura Brandimarte y Laura Weyer, otras amigas.  “Otras veces  hice arroz con salsa, guiso de lentejas….muchos hacen sopa, pero con verduritas,  carne, de todo”, agrega.

  Ella encabeza el proyecto Daom Solidario, mediante el cual recolecta en el club donaciones de todo tipo (alimentos, ropa, hasta muebles) que luego destina tanto a Frío te Fuiste como a fundaciones  contactadas a través de la Red Solidaria. ¿Qué necesitan? “Ropa de abrigo, frazadas, galletitas, turrones, alfajores,  leche larga vida, salsas, lentejas, fideos, arroz”, contesta.

  En tanto, Bonofiglio, explica: “Necesitamos ropa y frazadas, pero hay ropa que no se puede dar, cosas agujereadas, por ejemplo. O sea, ropa que vos no la usarías, ropa que no te pondrías, no la donés”.   Ambos ofrecen direcciones de contacto: friotefuiste@gmail.com y daomsolidario@hotmail.com.

  En otro lugar debajo de la autopista, cerca del acceso a la estación Medalla Milagrosa del subte de la línea “E”, sobre unas escalinatas pasa la noche una pareja. La mujer, que se llama Claudia, se levanta y acepta la comida y la ropa que se le ofrece. Le pregunta a su pareja, que se mantiene debajo de las frazadas, a 20 metros: “¿Querés pastel de papas”? “No, no”, contesta.  A los pocos minutos, el hombre se levanta y se acerca. Y acepta una bufanda que le dan los visitantes.  Claudia agradece todo el tiempo la comida, mientras su pareja se sienta en un cantero y come facturas que le acerca Aurore.

   Pasó una hora y media del inicio de la recorrida. Es hora de retornar. Claudia se despide y vuelve a su colchón, sobre las escalinatas. Su pareja se queda sentada. Frio te Fuiste regresa al punto de partida, en la vereda de la calesita de Parque Chacabuco. También hay espacio para hablar de rugby, y comentar el triunfo de la primera de DAOM ante Tiro Federal de San Pedro. Facundo Lorenzo , ala del equipo e integrante de las recorridas (en la foto junto a Guido y Julián Ongay), comenta: “Era un partido que teníamos que ganar”, dice, apuntando a que el equipo de remera azul, blanca y roja quiere mantener la categoría en el Grupo III.  DAOM aparece hasta en la ropa: Guido lleva una campera con los colores del club y está quien lleva un gorrito tricolor.

   Cerca de la una de la madrugada, cada uno vuelve a su hogar.  Algunos a pie, otros en bici, un par en auto. Se intercambian datos para dividirse las tareas, y saber quién puede traer ropa de hombre, pañales, café, zapatillas.  Por las calles no queda nadie, salvo Omar, “El Equi”, la mamá con su ojo morado, la chica en tratamiento, la pareja de las escalinatas…

jueves, 20 de junio de 2013

Otra copa de ron


 Dice el periodista Ernesto Schoo en su libro Cuadernos de la sombra: “…la muchacha de la que se había enamorado se llamaba Georgia, bailaba en un cabaret y era bellísima. Yo, a mi vez, me enamoré de Georgia”.  Cierro el libro y pienso en ese nombre…claro, este sábado Los Pumas juegan con la selección georgiana, por la Copa Bacardi, en San Juan.  Un grupo de personas de un país del este de Europa, que tiene un alfabeto único, cruza el globo para jugar en una provincia montañosa argentina, por un trofeo con nombre de ron.

  En Georgia, un deporte ancestral se llama “Lelo”, como se contó acá, y tiene ciertas semejanzas con el rugby. Quizá eso haya ayudado al buen desarrollo de este deporte en ese país.  Nos cuenta el georgiano Giorgi Gamtsemlidze, quien jugó rugby en su país, en Bélgica y hasta en Jordania y trabajó como manager en la Unión Georgiana de Rugby (cuyo logo aparece en la foto de esta entrada): “En realidad, no creo que el Lelo haya ayudado al desarrollo del rugby en Georgia, pero la verdad es un deporte parecido. El Lelo se juega una vez por año, en Pascuas, en la aldea de Shukuti. Después está el Leloburti, que es una versión más aggiornada del Leloi”.

  En el Lelo original, dos equipos, representativos cada uno de un pueblo distinto, jugaban un partido generalmente en el terreno ubicado entre dos ríos, y ganaba el que más veces apoyaba una pelota sobre la orilla del curso del agua del contrario.  La pelota podía patearse o llevarse con las manos. Y, a veces, hasta podían usarse caballos para llevarla.  En la antigüedad, el terreno de juego podía tener ¡kilómetros! de extensión, e incluir valles, arroyos, bosques.

  Ya bajo dominio soviético, el “Lelo” fue reglamentado, y se decidió que cada equipo tenga 15 jugadores, que se pueda pasar la pelota (rellena de pasto o lana de oveja) hacia adelante, y que cada jugador puede tener el balón no más de cinco segundos.  Los participantes pueden sacarle la pelota de las manos a sus rivales, pero no deben obstruirlos sin la pelota, ni empujarlos deliberadamente. 

 El rugby unión llegó al país a fines del siglo XIX, cuando, como en tantos lados, empleados ingleses de una compañía y amantes del deporte, se unieron a georgianos que jugaban “Lelo”. En 1967, la visita de coachs franceses reactivó el progreso del rugby georgiano.

   Gamtsemlidze asegura que “el rugby es el segundo deporte después del fútbol y es el seleccionado deportivo más exitoso; tenemos 6000 jugadores fichados, muchos de ellos profesionales que juegan en Francia.” En cuanto a la organización de las competencias del rugby local, cuenta: “Tenemos 3 ligas, la principal con 10 equipos, la segunda división y una amateur. En la primera división el gobierno financia a los clubes, y los jugadores cobran un pequeño salario”. Eso sí: “los referees son muy pocos, tenemos un problema importante con eso”, agrega.

  Georgia ganó a principios de año la Copa Europea de Naciones  (una especie de “6 Naciones B”), superando a Bélgica, España, Rusia y Portugal y empatando con Rumania. Pero en la reciente Copa Tbilisi (nombre de la capital georgiana), que se realizó por primera vez, quedó tercero entre cuatro equipos, dejando atrás  a Uruguay pero abajo del campeón, South Africa President’s XV y del segundo, Emerging Ireland.  Según Gamtsemlidze,  dos de los titulares georgianos para enfrentar a Los Pumas,  Vasil Kakovin y Dazil Zirakashvili, son figuras de su país y juegan en el Toulouse y en el Clermont, respectivamente.

  Si bien las potencias siguen siendo las mismas, la pelota ovalada pica más y más en distintos países.  ¿O quién imaginaba hace 20 años que Finlandia, Camboya o Costa Rica tuvieran selección de rugby? Georgia, con mucha más historia, quiere seguir pisando fuerte. ¿Qué harán ante Los Pumas,  en el oeste argentino?

 

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lunes, 10 de junio de 2013

Aurore


 
En la esquina de Guido y Ortiz, de frente a uno de los muros de ladrillos del Cementerio de la Recoleta, estaba el restorán “Lola”, lugar súper sofisticado,  en el que se congregaban empresarios, políticos y sibaritas, especializado en comida francesa. Allí, con vista a las cúpulas de las bóvedas de familias poderosas,  se ofrecían platos como magret de pato, paté de ave y  tournedos de lomo, y postres como créme brulée y crepe Suzette. “Lola” cerró sus puertas definitivamente hace pocos meses, y apenas quedan fantasmas y recuerdos de aquel restaurante afrancesado, nacido en 1985, el año de “Una luna de miel en la mano” y del primer partido de rugby femenino en Argentina.


  A pocos metros de lo que queda de “Lola”, sentada en un banco, hay una chica rubia de pelo lacio y largo. Lleva puesta una polera blanca sobre una remera negra, y jeans.

-Hola, ¿cómo andás?-,dice, en un castellano impecable.

  Minutos después, en un bar sobre la calle Vicente López, también con vista al cementerio, Aurore Bar, francesa de Lille, ciudad del norte de ese país, nacida en….¡1985! cuenta su historia.

  “En Francia estudiaba Administración de Empresas, y tenía que hacer una residencia en el exterior para recibirme. Ya había hecho un viaje en 2006 a Perú, Bolivia y Ecuador, y me dije: ‘Ya que lo tengo que hacer, lo hago en América Latina’. Encontré una pasantía en Guadalajara, otra en Caracas y otra en Buenos Aires, y terminé acá. Mis amigos franceses ya me habían dicho que era una ciudad muy linda, parecida a Europa en algunas cosas, pero con otras de América Latina”, dice, mientras se pide una Quilmes. “Me encanta la cerveza, soy del norte de Francia y allí se toma mucho y se sabe mucho de cerveza”, agrega.

  De fondo, Bob Marley. Una camarera va de acá para allá, haciendo slalom con porrones, daiquiris y cafés.  “Allá en Lille habíamos armado un equipo con amigas, en la Universidad. Un amigo que estaba lesionado, nos dijo: ‘Si quieren yo las entreno’. Éramos todas más o menos deportistas. Le dijimos: ‘Bueno, dale’, pero medio en joda. Y así empezó.  Pero se desarmó el equipo, porque yo me vine para acá, otra chica se fue a Singapur, y así…”

  Ya en Buenos Aires, quiso seguir con el rugby en su sangre. “Al llegar acá busqué un equipo de rugby femenino. Quería hablar mejor español, y conocer más a la Argentina, y cuando practicás un deporte entendés más la cultura del país. Busqué club y me acuerdo que cuando llamé a Ciudad de Buenos Aires, la persona que me atendió al teléfono, al darse cuenta de que era francesa, me dijo: ‘Ah, querés aprender las técnicas argentinas para enseñarlas en Francia’” (risas). Ese llamado había sido pocos meses después del Mundial de 2007, con los dos triunfos de Los Pumas sobre la selección francesa.

  Suenan los celulares, y los ringtones de chocan con las voces de las personas, de las copas y de los taconeos de la camarera que sube y baja las escaleras. “Así llegué a Arpías, el equipo de rugby femenino de Ciudad de Buenos Aires, en abril de 2008, y estuve hasta fines de 2009, cuando el equipo se disolvió.  Nos quedamos sin club, pero seguimos entrenando en los Bosques de Palermo, hasta que fuimos a jugar el Seven de Olivos. Ahí apareció un chico que jugaba y entrenaba en DAOM, y se ofreció a proponerle al club tener rugby femenino”.  Y así llegaron esa chica de Lille y sus compañeras de esa época al club del Bajo Flores, cuyos colores son los mismos que los de la bandera de Francia y que jugó en la primera división del rugby porteño a principios de los ‘70.

  Nacieron entonces “Las Panteras” de DAOM. Y siempre con presencia internacional.  “Sí, de Canadá y de Estados Unidos,  hay una chica colombiana….pero de aquel grupo original de Arpías que vino a DAOM quedé yo nada más”, recuerda Aurore. “DAOM nos apoya mucho, el presidente del club conoce el nombre de cada jugadora. Con los varones de la primera división también está todo más que bien”, dice. Ahora “Las Panteras” son 18, entrenan dos veces por semana en el club y juegan el torneo anual de la URBA que comenzó a principios de mayo.  Queda un nombre en el recuerdo: “Sí, Flavia Pugliese, la mataron hace dos años”, rememora Aurore, y cuenta que el 14 de julio se hará una maratón en la localidad de Villa Sarmiento, en homenaje a aquella jugadora de DAOM y en reclamo de justicia para ese crimen.

  Aurore juega de medio scrum (en la foto es quien pasa la pelota desde el suelo) y se sorprende por el crecimiento del rugby femenino en Argentina durante los últimos años. “Es impresionante, porque también están creciendo las destrezas de las jugadoras.”. ¿Y algo malo de Argentina? “Ah, sí, que los hombres sean chamuyeros mal”, afirma, mientras el bar comienza a llenarse de gente…