martes, 22 de julio de 2014

Nosotros y los miedos







“Me pregunto quién cuidará mis caballos /cuando caiga la antena/me pregunto quién cuidará mis caballos/cuando cruces mi frontera”. Se escucha Phonalex por la radio con “Quién cuidará mis caballos”, y en esta mañana llamativamente soleada y tibia de invierno, cruza un camión plateado que lleva animales al hipódromo.  Siguen cuadras con árboles de todo tipo: casuarinas, jacarandás, tilos, fresnos, plátanos.  Esta zona debe de ser la de más árboles por metro cuadrado del Gran Buenos Aires.  El sol riega las parcelas de césped de las veredas,  un hombre descarga un bolso con palos de golf de un auto bordó, tres chicos con equipo de gimnasia azul y blanco almuerzan en un banco de piedra de una esquina.

  A lo lejos crepitan los sonidos de los autos que vuelan por Panamericana. Cerca, una pared tapizada de enredaderas verdes, distraídas del invierno por el calor sorpresivo. A un costado, una puerta. Timbre, y pocos segundos después, se abre la puerta y una mujer rubia, vestida con ropas claras, que hacen juego con la luz del día, invita a ingresar a su casa. Un perro macizo, que parece tallado en madera, merodea por el jardín.  Ya bajo techo, el ambiente tiene más sombra. Unos pocos pasos, otra puerta que se abre y se cierra, un estudio. Y, sentada al lado de un escritorio, en un ambiente muy ordenado, con hebras de sol que se filtran por las cortinas blancas a sus espaldas, la anfitriona, la psicóloga Julia Álvarez Iguña, quien aparece en la foto al comiezo de este escrito,, especializada en deporte de alto rendimiento y en particular en rugby, se dispone a conversar. Michel Foucault decía que ir al psicólogo tiene algo de semejante con la confesión ante un sacerdote; la intimidad, las cosas que se dicen porque ya no se pueden ocultar más, las confidencias….Álvarez Iguña ha recibido y recibe a jugadores de rugby, entrenadores, preparadores físicos, en este mismo espacio, que debe tener impreso las huellas dejadas por cada secreto que se revela…


-¿Cómo se acerca al mundo del rugby?


- Empecé primero a atender a golfistas; trabajé con más de 15 profesionales y también aficionados. Y después empecé a escribir en una revista de golf y en una de polo. Entonces se empezó a acercar gente del polo, y como iba a Hindú, a través de estos artículos conocí a Rodrigo Quesada; le conté a lo que me dedicaba, me dijo que era interesante.  Y me invitó a escribir artículos en www.rugbytime.com hace 5 años. Y empezaron ahí a acercarse muchas personas del rugby.


-¿Encontró algún cambio respecto de quienes juegan polo o golf?


-Bueno, en el polo y en el golf hay mucho narcisismo. En esos deportes, cuando llegan a un nivel se creen que las saben todas. Hay que ser muy humildes para poder trabajar con el “yo”. En los deportes individuales es muy fuerte mirada del otro, el valor social que tienen esos deportes, cómo me miran los demás… en el deporte grupal se pierde más el tema de los egos. No tiene que existir el ego en un equipo, en cambio sí tiene que existir un “yo” cohesionado, que haga que todos tiren para el mismo lado. Hay, es cierto, un narcisismo reinante en la sociedad, esto de “Yo valgo de acuerdo a como el otro me mira y no como yo me juzgo”.


-¿Miedo a qué le confiesan los jugadores, cuando vienen a su consultorio?


-Miedo al error. En chicos se ve poca tolerancia el error y a la frustración. Esto tiene que ver con poca capacidad de esperar. No te podés perdonar un error, no podés tolerar una falta. Muchos jugadores se quedan “pegados” mentalmente en esa falta, en ese error, cuando en realidad ya pasó, hay que seguir adelante. “Hago una jugada mala, por lo tanto, soy malo”…no, esto no es así. Es un (enfatiza) jugador que hace jugadas buenas o malas. Se suele arrastrar el “soy malo, soy malo, soy malo” y empiezan a pensar  “qué va a decir el entrenador, me va a sacar”. Se hace un espiral. Se juega como piensa. Hay que trabajar con visualizaciones Como la técnica de Johnny Wilkinson, que no pensaba en pegarle a los palos. Se imaginaba que estaba parado frente a los palos, y que detrás, en el medio, había una chica llamada Doris, con unas papas fritas en una mano y un vaso de Coca en la otra, y él pensaba que con la pelota tenía que acertarle a una cosa u a otra. Eso es algo neutro, porque nunca hay que pensar palabras relacionadas a un resultado. Resultado es evaluación, y evaluación únicamente  bueno o malo.


-¿Hay jugadores que le plantean su miedo a lesionarse?


-No, el miedo a lesionarse en general se produce una vez que te lesionaste. Porque está esta idea de “si me lesiono no pertenezco más al grupo”.  Se ven una cantidad de lesionados antes del Mundial de fútbol o antes de que comience el torneo de la URBA porque muchos van más allá de sus límites, con este de querer seguir jugando u jugando aunque el cuerpo te vaya dando otros mensajes.


-¿Ninguno le plantea miedos a tener lesiones de columna?


-No. Lo tienen oculto, “a mí nunca me va a pasar”, dicen o piensan. Es más un miedo de los padres de los chicos. Son negadores con eso.  Deberían saber que cuando el referee aplica una ley, te está cuidando. Me sorprende de chicos que entrenan días y días muy duro, y  luego se revientan con el alcohol. ¿Cómo es que se cuidan así?


-¿Nota esa situación de abuso de alcohol?


- Lo vi, lo palpé trabajando con chicos. Les dicen: “No tomen, no tomen”, pero en un tercer tiempo hay padres o dirigentes borrachos. Las leyes cuesta imponerlas, pero hay que hacerlo, hay que poner en práctica eso. Que empiecen por no tomar tanto los adultos. O como esos adultos que dicen: “Mi hijo se pasa todo el día comprando cosas”, y ese padre hace lo mismo. O los que dicen a su hijo: “Vos nunca te tomás un colectivo”…¿y cuándo un padre se tomó un colectivo con el chico?


-Un tema del que se habla muy poco es de los “bautismos” a los jugadores que llegan a Primera. En algunos clubes, a veces, suelen ser muy crueles…


¬- Es como una iniciación. Sí, algunos “bautismos” son muy salvajes y, los chicos lo toleran por la necesidad de pertenencia. Si no lo aceptás, quedás afuera.  Eso está relacionado con el machismo. Evidentemente, la persona que pone en juego un “bautismo” muy cruel, lo ha sentido en forma pasiva. Está esta idea de “si yo lo viví, que lo viva el otro”. Hay algo de sometimiento. ¿Cuál es el objeto de esas agresiones? Descargar la agresividad que uno siente. Es parte del machismo tonto.


-Volviendo a un tema anterior, ¿cómo se trabaja, psicológicamente, con un jugador lesionado?


- Hay que quitarle el miedo a la lesión y a que tenga otra, trabajando con un equipo interdisciplinario. Y tiene que tener confianza en el médico. Hay que tener un lugar de confianza básica al que recurrir. Si el jugador siente que le hablan como diciéndole: “Sos una rodilla, sos una cadera”, no va. El jugador es una persona con angustia  y con miedos, y a veces por falso machismo no preguntan sus dudas. Hay que poder confiar en el entrenador, en el médico y en el psicólogo.


-Cuando atiende a entrenadores, ¿qué rasgos negativos suele encontrar?


-La falta de comunicación. Por ejemplo, entrenar la parte técnica, de la misma manera, y, sin que la hayan aprendido del todo, pasar a otro ejercicio. Entonces, si sale mal algo, insultan al jugador. No es así, las cosas hay que explicarlas. Explicar, practicar, entender, y recién después agregar cosas. A veces está esta idea de algún entrenador de “Ah, porque yo soy Puma”. ¿Y? Hay que explicar las cosas, o en Juveniles, explicar por qué sacás a un chico o a otro…por la causa que sea: “Porque tenés que practicar más”, “Porque no viniste a entrenar”, o lo que fuere.  Si un chico no está bien de autoestima se destruye. Necesita el “ya te va a salir”, no que lo insulten. Estamos formando chicos, no ejércitos. El chico en ese caso va a sufrir, no a divertirse. Con amenazas del entrenador nadie se divierte.


-Dejando de lado otros factores (distancia, problemas de horarios), ¿qué elementos pesan, psicológicamente, para que un chico deje de jugar rugby?


- En esos casos el abandono puede ser por falta de presencia de los padres o por excesiva presencia de los padres, porque si el padre está obsesivamente encima del chico, también influye para mal, y el chico juega por el deseo del padre, no por el de él. Luego puede estar la poca comunicación con el entrenador. O el “bullying” (maltrato, en castellano, o, como se decía antes, “tomar de punto a alguien”, con violencia verbal y/o física).


-¿"Bullying" en el rugby?


-Claro, a veces lo ves. Los chicos lo sufren cuando en un  club hay  maltrato, porque, por ejemplo, jugás en Primera y creés que dominás todo. O los insultos. En mis consultas me dicen que lo que no soportan es el insulto, dentro de la cancha o fuera. Un jugador me decía que no soportaba que el capitán lo insultara dentro de la cancha, le hacía mal. O la exclusión del grupo. En un club, porque un chico era "negrito" no jugaba, no le daban bola, el entrenador ni lo miraba. Tenía buena posición económica, pero era de tez mate…


-Eso es un antivalor...


-¿Dónde están los valores en esos casos? Los valores se demuestran en actitudes. ¿Cómo enseño valores?  Ayudando al que necesita. O preguntándole al otro si se siente mal, o qué le pasa. No medirlo por lo que tiene. Ser un buen jugador es también ser una buena persona.


-Hablemos de los valores…


-Estuve en un congreso en Mar del Plata en donde se abordó centralmente el rugby como herramienta de inclusión social para personas privadas de su libertad. Es increíble cómo el rugby puede fomentar el escuchar, saber que hay otro al lado, saber esperar tu turno, saber cumplir con normas. Eso, al menos a mí, no me lo mostró ningún otro deporte. O proyectos como el Virreyes, que hacen una tarea increíble. Pero son normas que imparten valores que se están perdiendo en la familia y en la sociedad.  Hay que trabajar en el compartir, en tener confianza en un compañero. Y en respetar el referee. El referee se banca todo solo, sin hinchada. ¿Por qué no respetamos al que tiene que imponer la Ley? Y hay que privilegiar el ser sobre el tener, y trabajar para no inflar el ego.



  El sol siguió con su camino esta hora y media y los rayos que entran por la ventana tienen otra angulación. Es hora de saludarse y de partir, de caminar por el jardín y ver al perro casi de madera que mira curioso. La puerta que se abre y, como al principio, se cierra enseguida. En pocas horas, quizá, ingrese algún jugador de Grupo I, o II, o un entrenador, a derramar sobre el escritorio de madera sus angustias y miedos, esos para los que las épocas que corren no suelen ofrecer tiempo ni atención. Por eso, con seguridad, esta casa con su frente engalanado con enredaderas seguirá
registrando el eco de muchas confesiones.  
registrando el eco de muchas confesiones.  

miércoles, 14 de mayo de 2014

Flores de otoño

 Ya probé, ya fumé, ya tomé, ya dejé/ ya firmé, ya viajé, ya pegué/ ya sufrí, ya eludí, ya huí, ya asumí/ ya me fui, ya volví, ya fingí, ya mentí /y entre tantas falsedades, muchas de mis mentiras ya son verdades/ hice fácil las adversidades y me compliqué en las nimiedades.”  Y mientras el Cuarteto de Nos canta su canción por la radio,  la oscuridad del otoño cae sobre Flores. Calle Varela hacia el sur, una pescadería abierta y una mujer señalando con el dedo qué calamares va a llevar, una confitería a punto de cerrar, el Hospital Piñero y las luces prendidas de habitaciones que contienen quién sabe qué historias,  las paredes del Cementerio, la terminal del 132, un taller mecánico con un perro negro en la vereda, y  una esquina.
  
  La de la sede central del Club DAOM, aquel fundado en 1927 por los empleados municipales y que con los años se abrió a los vecinos de distintos barrios que, con el rugby y con el béisbol levantaron los colores azul, blanco y rojo de su escudo. El predio es grande y algo laberíntico. Después de escurrirse por la calle interior del club, se llega a la zona de las canchas, donde se practica tenis, béisbol, hockey, y claro está, rugby.  Esta noche desborda de rugbiers varones, de distintas categorías.  Pero en uno de los sectores del predio, también están Las Panteras, el equipo de mujeres nacido en 2009. A pocos días de que comience un nuevo campeonato de la URBA, cuyas actuales campeonas son Las Vikingas de GEI y La Plata Rugby,  las chicas de DAOM se entrenan con rigor.

  La primera parte del entrenamiento se la lleva la preparación física. A cargo de Cris De Vita,  “La Peti”, practicante de muchos deportes, jugadora del plantel  y, a la vez, profesora de Lengua y Literatura,  Las Panteras hacen piques, flexiones, pases.  “Bajá la espalda”, indica De Vita a una compañera, en plena sesión física. De fondo, llegan los gritos de los entrenadores de las categorías juveniles: “Todo mal, todo mal, todo mal están haciendo”, se ofusca uno, mientras que el de otra división se queja ante sus dirigidos: “¿Es tan difícil lo que les digo que hagan”? A unos 50 metros, dos chicos de remeras negras practican bateo de pelotas.  La luna, redonda y con una gran aureola grisácea, parece uno de los tantos faroles que alumbran la noche en el predio.

    Termina la fase física, y De Vita comenta, mientras las jugadoras se trasladan a otra cancha para la parte técnica: “Empecé a jugar hace 4 años, por intermedio de Flavia Pugliese, que siempre me venía hinchando con que juegue. En un cumpleaños de ella conocí a Aurore (nota del r: Aurore, francesa de Lille y jugadora de DAOM desde hace años), vine y me enganché definitivamente. Yo había hecho muchos años tenis en Vélez Sarsfield, y también corrido maratones y jugado fútbol, cosa que sigo haciendo”.

  Cabe recordar que Flavia Pugliese fue una de las pioneras del rugby femenino en el club de Flores. Murió asesinada en 2011, en un hecho de inseguridad por el que no hay ni hubo detenidos. Este domingo se realizará, como todos los años desde su muerte, una maratón en homenaje a Pugliese y en reclamo del esclarecimiento del crimen. Varias compañeras de Flavia en DAOM participarán de la carrera, que se hará en la localidad de Villa Sarmiento.

  Por estas mismas canchas pasó Flavia Pugliese. Ahora, su amiga De Vita,  continúa con el relato: “Para este campeonato tenemos 15 jugadoras fichadas. El rugby femenino está creciendo, en parte por la difusión, también por la existencia del seleccionado nacional femenino, Las Pumas, y porque la URBA está dando más atención que antes.  Pero todavía quedan bastantes personas, dentro del rugby, con una visión muy machista, que piensan que el único deporte para las mujeres es el hockey”.  Para el campeonato 2014 que comienza este domingo en las instalaciones de La Plata, se anotó una cantidad récord de clubes: 15. La lista está formada por los locales, DAOM, Universitario de La Plata, GEI, Centro Naval, Almafuerte, Ezeiza, SITAS, San Miguel, SAPA, Las Heras, Tiro Federal de Baradero, Lanús, Berazategui y Atlético San Andrés.

  Comienza la parte técnica, a cargo de Ariel Doeyo, ex tres cuartos de DAOM en los ’80, arquitecto de profesión y también uno de los entrenadores de la M-18 de varones del club. Mientras se escuchan raquetazos y el sonido de las pelotas amarillas picando sobre los flejes de las canchas de tenis, y los gritos de las jugadoras de hockey que se entrenan cerca, Las Panteras comienzan los ejercicios técnicos; pases cruzados, estrategias de defensa y ataque, prácticas sobre cómo abrir el juego de un ruck, posicionamientos.

  Cuando el entrenador lo considera, interrumpe la práctica e indica correcciones. A los pocos segundos, la pelota vuelve a girar entre las manos de las jugadoras. “Decisión, decisión”, ordena el coach. Y las Panteras profundan la tarea.  Uno de los chicos de remera negra que practicaba béisbol un rato antes, pasa por el costado del entrenamiento, con un bate también negro, y mira, quizá sorprendido, bajo la luz de las torres y de la luna aureolada.

  Termina el entrenamiento, El entrenador, amable, se acerca y se dispone a la charla, en el bar del club. “Los resultados que puedan darse en el torneo son consecuencia de un proceso y de un compromiso. Me conformo con que estas chicas conformen lo que yo considero que tiene que ser un equipo de rugby. Lo importante es comprender el significado de llevar la camiseta de DAOM”, dice.

  Doeyo pertenece a las camadas que se tomaron mayor protagonismo en la conducción del rugby del club durante los últimos años, que coinciden con un crecimiento en juego y resultados (también hay proyectos sociales en la entidad, como DAOM Solidario y las recorridas  que algunos jugadores hacen en invierno por la zona para acercar contención a personas que viven en la calle).  “Gente de mi época tomó la posta; en este tipo de clubes falta de todo... managers, entrenadores.  Me metí con el rugby femenino porque si yo puedo darle a gente de DAOM algo que yo pueda dar, sean hombres, mujeres, chicos o grandes, lo voy a hacer.”

   El entrenador, que en paralelo conduce un grupo de jugadores juveniles, responde, sobre qué tiene que cambiar un coach al manejar un equipo formado por mujeres: “No tengo idea (risas)…hay que ir llevando la situación. Hay situaciones distintas a las que existen en un grupo de hombres, habrá que ir adaptándose.  Lo que sí, acá son todas adultas, que vienen por voluntad propia. Lo importante es lograr que confíen en quien está al lado, dentro de la cancha. Cada una de las 7 que entran, tiene su responsabilidad. La palabra clave es compromiso”.

  Se despide Doeyo. Las Panteras se han ido retirando; De Vita, Aurore Bar, Yamila, Ayde, Natalia, María, Florencia, Carolina, Gina, Alex, Eva.  El jueves será el último entrenamiento, y el domingo, al fin, el debut. En DAOM ahora quedan menos personas; los autos, despacio, buscan la salida. La esquina de Varela y Castañares, la medianoche que se acerca, el semáforo en rojo, un colectivo 76 vacío. En la radio ahora canta Soda Stéreo: “…sólo encuentro en la oscuridad, lo que me une, con la ciudad de la furia”.


 

martes, 22 de abril de 2014

Caleidoscopio


 Todo sucede al mismo tiempo, el giro de la Tierra sobre su eje, las olas que se agitan, las vidas de nosotros, un Citroën C3 negro que se pone en marcha, un gato de tres colores que se asusta y se fuga hacia la copa de un árbol.  El mediodía del domingo que se desliza con lentitud por Buenos Aires, el hombre con tatuajes en los brazos que pasea al perro para escaparse de la monotonía familiar, “Siento que pasan los días/ Y sigo adelante tracción a sangre /Tras una melodía /Creo que te hice tan mía /Que por un instante te olvidé” canta el inolvidable Gustavo Cerati desde la radio. Los vidrios que se empañan por la calefacción, las hojas amarillas, rojas y marrones que revolotean como papel picado, una parejita pasea de la mano con  la tibieza creciente de las primeras salidas, un padre alza a una nena de campera multicolor y le sube la capucha para protegerla del frío.  Las calles se vacían bajo el cielo blanco, vapores nacen de las alcantarillas, perfumes a carne, a sopa, a pan casero, a pastas, de las ventanas de las casas.  “Antes, hace ya tiempo /conquistadores, nos imponían, su dios del miedo”, dicen ahora Ciro y Los Persas, un puñado de hinchas de River, todos vestidos de negro, con gorritas blancas, apuran vasos de vino mientras esperan asado en una esquina de Núñez, la Avenida Libertador todavía escuálida de coches, la ESMA poblada de fantasmas, el control de la Prefectura, una mujer que maneja un Gol rojo busca nerviosa algo en la guantera, giro a la derecha, un camino serpenteante, dos policías bonaerenses completan planillas, “Platense capo” grita una columna de hormigón que sostiene el final de la General Paz, escombros, una rotonda, asfalto, dos canchas ocupadas por equipos de remeras verdes y naranjas que juegan fútbol, “dale, dale”, “goool!.


    Metros más adelante, un portón abierto, la chica de campera gris con las manos bien escondidas en los bolsillos que dice “pase” con los dientes rechinando, muchos autos con los colores aburridos de los últimos años, grises, azules, blancos, negros, algún que otro bordó, un micro naranja con el techo blanco. Un quincho, pibes de 16 años, risas, a la izquierda una cancha de rugby casi pisando el Río de la Plata. Liceo Naval-Manuel Belgrano, menores de 18 años, entrenadores, familiares y amigos en los costados, algunos con botas azules para sortear el barro, charcos en la cancha, kick off, lines, scrums. Tries, free kicks, penales, conversiones, hasta un drop, de fondo otra vez “goool". Llovizna, el cielo de blanco a gris, en el horizonte barquitos que parecen adornos de armario de abuela, un tipo canoso de remera dri fit gris y negra, corriendo y mirando el partido, dos chicos filmando desde un mangrullo, el referee salteando pozos en el campo, uno que protesta “penaaal”, otro que se queja “que la suelte, que la suelte”, uno más allá grita “están pasaaados..”, el papelito que pide respeto al árbitro en el piso.


  Vasitos de café en la mano, goles a lo lejos, los barquitos parecen clavados en el agua marrón pero de a poco parecen moverse, final del partido, duchas, los gritos de siempre de los hombres en los vestuarios (¿por qué gritan tanto en medio del vapor, el agua, los bancos de madera, el jabón y los armarios metálicos), tercer tiempo, las preguntas de rigor, cuántos jugadores tienen anotados, con quién jugaron, quieren algo más, choripanes, vacío, gaseosas y cerveza, planillas, bolsos, padres que cargan a los hijos en los autos o camionetas, saludos, abrazos, poner en marcha el C3 negro, arrancar, dejar atrás el cartel que dice “Predio de la Armada”, giro a la izquierda, las canchas de fútbol ya vacías, a lo lejos el rugido del Monumental, algo más cerca, Centro Naval y acordarse de que Matías Sánchez se lastimó de gravedad quién sabe cómo, Virus en la radio ya en el crepúsculo y otro inolvidable Federico Moura cantando “Las cosas se alejan de mí / Y es difícil poder tocarlas / Las cosas se alejan de mí /Y yo debo seguir soñando”...

martes, 11 de marzo de 2014

Los exámenes de marzo


  “Como quisiera ser/ el dios del amor/ llevarte al  Olimpo para darte un beso/ tenerte a mi lado  junto a las estrellas por el  infinito más allá del cielo/ sé que por ser pobre  vivo tu desprecio no tengo dinero que lo compre  todo/ ojalá que un día  encuentres el oro que te hace falta  como a ti te quiero/ el dolor se acaba/ el alma no muere/ay ay ay cariño como me haces falta…” Esa canción que interpretaba la banda tucumana de cumbia Granizo Rojo se escuchaba a principios de los ’90 y cuando uno pensaba que se había extinguido, ahora,  a las 8 y 30 de la mañana de un domingo, a metros del Camino del Buen Ayre, rebota por el aire de la zona. El origen: el equipo de audio de un Falcon gris, rodeado de pibes y pibas que, probablemente, estén quemando los últimos cartuchos de una noche larga. Hay un par con la remera de River, algunas botellas de cerveza por el asfalto, un kiosco que funciona en el ventanal de una casa con carteles escritos con tiza blanca para promocionar la mercadería.  El grupo mira a los que cruzan la esquina dentro de sus autos. Es lógico: ¿a qué viene la gente a esta hora de la mañana, por el barrio? Pese a los prejuicios, no pasa nada. Los visitantes ingresan, con caras de dormidos,  con sus coches, al predio de El Retiro Rugby Club.


   Mientras por el fondo del club se sucede la autopista, con autos grises, azules y negros que pasan como flashes por el cemento,  en la cancha de hockey del club florecen conos naranjas, amarillos y violetas.  Los temas de Granizo Rojo se mezclan con otra voz masculina, metálica, que sale de otro equipo de audio colocado sobre una mesa, y dice cosas como: “En 18 segundos comenzará la prueba”:…”nivel dos tres”, “escuche la cassette” y así. Una tercera franja de sonido se suma: el traqueteo de los vagones azules y blancos del ramal San Martín, que, por una vez, no viajan repletos de gente.  En este día que comenzó con sol y cielo limpio El Retiro albergará en pocos minutos el testeo físico obligatorio de los referees porteños.


  El “Beep Test” es la prueba que deben realizar los árbitros menores de 45 años, y los mayores de esa edad que así lo deseen.  Es un examen con bastante desgaste, inventado en Canadá hace más de 30 años, que implica correr de un lado a otro entre dos marcas colocadas a 20 metros de distancia. De a poco, se suman los referees que llegan desde distintos lados: uno de Moreno, otro de Lomas de Zamora, otro de Pacheco, otro de Villa Urquiza, allá uno de Barrio Norte, por acá otro de Almagro.


  Comienzan a pasar el test los referees, en tandas, como muestra la foto extraída de la página de ARURBA.  Con el correr de los segundos, más que de los minutos, las piernas pesan, falta el aire y, en general de a uno, dejan la prueba. Los más aguantadores llegan hasta niveles muy altos, y, como corresponde, los que miran  lo despiden con aplausos.


   Sin llegar a creer que es un martirio (a fin de cuentas, nadie obliga a un referee de rugby a tener ese rol), no quedan dudas de que es una posición con un sacrificio particular: se referea por un viático, el árbitro va y llega solo al club donde lo designan, que obviamente nunca es el suyo, siempre está expuesto a ser el pararrayos de cualquier quejoso y, en sí, el rugby es un deporte difícil de arbitrar, por la cantidad de leyes y de márgenes que quedan a cargo del juez.  Además, y quizá por herencia de la cultura inglesa, hay reglas escritas pero también otras que no, basadas en la costumbre, que se ajustan cada temporada.


  El Retiro está bien cuidado; los más de 100 autos de los referees entran sin problemas; hay juegos para los chicos, los espacios verdes están muy bien mantenidos.  El rugby llegó a este club de la mano de ex jugadores de Cardenal Stepinac, equipo que durante años transitó las categorías del ascenso  porteño.  Mientras en este instante los árbitros ingresan al quincho del club para una charla de unificación de criterios, a cargo de Sebastián Figueroa,  se ven colgadas en las paredes fotos y camisetas del viejo Stepinac, incluida una remera enmarcada, con los colores azul, rojo y blanco, que perteneció al “Polaco” Riedel, histórico jugador, dirigente y entrenador, fallecido en 2013.  También hay imágenes de diferentes categorías de El Retiro, ya con la vigente remera roja.


   Figueroa explica los criterios sobre todos los aspectos del juego: ruck, maul, scrum, tackle, line out, juego peligroso y demás.  Los árbitros de todas las divisiones prestan atención;  salvo la voz de quien explica, apenas se oye el giro de las aspas de dos ventiladores antiguos y algún ringtone, inevitable, que suena en un bolsillo. La charla dura un buen rato y termina pasado el mediodía. Todos hacen fila para llevarse algo de la parrilla humeante, mientras dos perros flacos y de colores indefinidos suplican un bocado.

   Así se comparten historias: dudas reglamentarias, una vez que al árbitro lo asaltaron cuando a pocas cuadras de la cancha de tal equipo, cambios en los entrenadores de tal otro. Uno de los valores del rugby que se predica desde siempre es que “el referee siempre tiene la razón” y que no se le discuten los fallos, menos que menos se lo insulta desde las tribunas.  Abundan los carteles con esas advertencias en muchos clubes, de metal, de madera, de plástico, en forma de volantes entregados en mano.  Pero probablemente varios de estos árbitros deben creer que, muchas veces, es a esta altura una frase que queda bien pintarla pero no cumplirla.


   Con el correr de los minutos, el grupo empieza a disgregarse. El Camino del Buen Ayre, ya en hora pico, transporta más y más autos a toda velocidad. El sol está escondido desde hace varias horas y el cielo tiene color blanco mate.  Los pibes del kiosco de la casa de la entrada duermen en sus casas, y Granizo Rojo es apenas un recuerdo en el aire.  Los autos de los árbitros buscan las calles para tomar la Avenida Roca, de Hurlingham, y, mientras en una placita se reúnen vecinos con banderas tricolores de Chacarita Juniors, cada conductor imagina su próximo partido, en donde ocupa esa posición tan particular, que oscila entre lo invisible la mayor parte del tiempo y lo súbitamente llamativo. Porque cuando suena el silbato y las miradas se concentran en su figura, más precisamente en sus manos, todos buscamos  interpretar cómo sigue ese  dibujo que desarrolla sobre el césped también llamado “partido de rugby”.

 

 

lunes, 17 de febrero de 2014

Todo es historia

El Parque Rivadavia, llamado hace décadas Parque Lezica, es de los pocos espacios verdes en el barrio de Caballito, cada vez más tapado por edificios.  En ese lugar, también desde hace años florecen los amantes de las estampillas, algo que parece ya prehistórico, y vendedores de libros y revistas usadas.  Un domingo a la mañana,  entre los matrimonios que se aburren deambulando por la vereda para hacer tiempo hasta la hora de almorzar y algunos veteranos que juegan ajedrez en las mesas con los tableros de azulejos pintados en el cemento,  entre las montañas de hojas amarillentas aparecen siempre joyitas. A fin de cuentas, por más vida digital que querramos,  los libros no dependen de electricidad o baterías. Y allí está, en un cajón mezclado con discos de vinilo de Kiss, Serú Girán y Julio Sosa, con guías de colectivos del año 1928 y textos de Castellano, Geografía y Matemáticas,  el libro de Hugo Mackern “Historia del rugby argentino (1917-1930) y La Era de San Isidro. Gira británica de 1927”.

   “Freelance” se hacía llamar Mackern, a lo largo de los 50 años en los que escribió sus columnas sobre rugby en El Gráfico, por décadas la revista más importante sobre deportes en Argentina. Cuando terminaba su adolescencia como alumno del Colegio Nacional de Buenos Aires, comenzaba a trabajar de periodista en el diario “The Standard”, de habla inglesa, anterior inclusive al más conocido “Buenos Aires Herald”.  En 1931 debutó en El Gráfico. Abogado, fue además socio del Buenos Aires Cricket & Rugby Club, árbitro y dirigente de la Unión Argentina de Rugby (UAR).  Cubrió todo tipo de partidos, desde encuentros en el ascenso porteño hasta giras internacionales de Los Pumas. De hecho, viajó a Sudáfrica con el seleccionado argentino.

 Mackern vivió 90 años, y hoy, como todo el que escribe un libro, su recuerdo reverbera entre nosotros a través de lo que dejó escrito. Una vez comprada su obra por un precio económico en un stand del Parque, encontramos los siguientes hallazgos:

Nunca jugó al rugby, lo que no lo impidió destacarse como referee, periodista y dirigente.

*Pudo reconstruir la historia de los comienzos del CASI por el testimonio de su amigo Oscar Meana, uno de los fundadores del club sansidrense.  Párrafo aparte: un proverbio africano dice que “cuando muere un anciano es como si se quemase una biblioteca llena de libros”. ¡Hay que registrar las historias de los mayores!

*El CASI, fundado originalmente en 1902 como un club de fútbol, se afilió a la entidad que regía el rugby argentino en 1917.

*De ese primer equipo del CASI, que salió campeón el mismo año, el grupo mayoritario de jugadores venía de GEBA. Y la remera original era roja, tomada del equipo de la Facultad de Medicina, en donde otros compañeros habían jugado.

*Uno de esos pioneros del rugby en el CASI, Jorge Hirschi, había jugado al deporte de la ovalada en Estudiantes de La Plata, y años después llegaría a presidir ese club platense.

*En 1917, a la asamblea anual de la Unión de Rugby del Río de la Plata asistieron apenas 3 delegados: los de Belgrano,  Buenos Aires y Lomas.  El campeonato de ese año lo disputaron, además de esos equipos, lo del CASI y Sportive Francaise, antecesora de Deportiva Francesa.

*La final el CASI se la ganó a Belgrano, se jugó en la cancha de Lomas y todo lo recaudado fue a beneficio del Hospital Británico.

*En 1919 se afilia CUBA, y presenta como su primera cancha un terreno ubicado en Dock Sud. Y ese año, como preliminar de un partido de fútbol entre los seleccionados de Argentina y Uruguay, se jugó un encuentro de rugby entre dos equipos denominados “Argentinos” y “Anglo-porteños”.  En 1920, la final entre el CASI-que ganó todos los torneos entre 1917 y 1930-y Belgrano, se llevó a cabo en la cancha de Porteño, en los Bosques de Palermo.

*El misterioso Huemac, que jugó en Primera en 1922, había sido formado por ex jugadores de la YMCA, y jugó de local en el campo de deportes del Buenos Aires English High School, en el mismo lugar donde existe hoy en día, a metros de la cancha de Belgrano Athletic.

*Old Georgians, que está reafiliándose a la URBA, se inscribió por primera vez en 1922. Y en 1925, se afilió Gimnasia y Esgrima de La Plata, que ya practicaba fútbol organizado desde muchos años antes. Por esos años, Hindú hacía de local en la cancha del Club Ferrocarril Sud, en Remedios de Escalada.

*Por aquellos, años, los referees dirigían de blazer y/o pantalones largos blancos. Y, según Mackern, “era rarísimo que un jugador cuestionara un fallo y los silbidos y rechiflas del público eran desconocidas”…..mejor, por el momento, cerrar este repaso por el libro de “Freelance”…

viernes, 27 de diciembre de 2013

Vidas en ascenso


   Abre la puerta de su casa del Barrio Presidente Perón, que da a la ruta 202. Mira a los costados por si viene algún auto o los morosos 371 y 203. La tarde está calma, soleada y con chicharras de fondo,  que florecen con los primeros calores. Cruza la ruta, entra en el predio del Virreyes Rugby Club, saluda al cuidador del lugar, se sienta en una silla de plástico y cuenta su historia.

  “Vivo enfrente desde que nací, hace 20 años. Vivo con mi mamá, que es empleada doméstica, y mis tres hermanos.  Mi vieja labura a full de lunes a sábado.  Mi papá está separado de ella; él es policía, del Centro de Operaciones de Tigre”, dice Jonatan David Cáceres, sentado a un costado del buffet del club donde juega al rugby desde hace 6 años.  Virreyes, que nació en 2002, como consecuencia del estallido social de esa época y con el objetivo de acercar el deporte a pibes de esa localidad y de alrededores, acaba de ascender de categoría, por primera vez, en el rugby porteño.  Y Jonatan, conocido por todos como “Collar”, es una de las figuras del equipo.

“La verdad que está muy bueno este club.  Además está a la vista lo que es”, reconoce y señala con su mano derecha las canchas bien señalizadas, el estacionamiento  y el salón de usos múltiples, que en el primer piso tiene aulas donde chicos de las categorías juveniles reciben clases particulares de apoyo escolar, una de las tantas actividades extradeportivas de la entidad. “Collar” había jugado al fútbol en un club de San Fernando, hasta que un hermano se enganchó con la pelota ovalada y arrastró a toda la familia. “Al principio mi mamá nos veía llegar los sábados a la noche golpeados o raspados, medio que se asustaba. Pero después lo fue tomando bien”, agrega.

   A través de un conocido del club, Jonatan consiguió trabajo como gestor de seguros en una empresa. Antes,  y siempre en paralelo con jugar al rugby y entrenar todos los martes y jueves por la noche, había trabajado como repositor en supermercados, como jardinero y como cadete de una tienda de zapatos de mujer.  “El laburo más cansador era el de jardinero, tenés que estar paleando todo el día bajo el sol. Llegaba a casa, me daba un baño me acostaba un rato y después iba a entrenar”, recuerda. También cursó el CBC para Ciencias Económicas. “Metí tres materias pero me desaprobaron en otras tres y eso me bajoneó y dejé, pero pienso volver”, asegura.

  Con la mayoría de los jugadores de los otros equipos de la última categoría, “Collar” tiene buena relación. “Pero jugando en juveniles contra clubes importantes tuve discusiones, para algunos éramos ‘los negritos de Virreyes’. Ahí yo era calentón, pero mis compañeros me contenían”, dice. Con el ascenso, al éxito social la institución le suma el deportivo.

  “Collar” vive en una casita de dos pisos; en la planta baja viven sus abuelos y en la superior él con sus tres hermanos varones y su madre.  Desde la ventana de la vivienda hasta la entrada del Virreyes hay 50 metros, como mucho. “Por eso, cuando falta un árbitro en partidos de juveniles, me llaman a mí para que vaya”, relata. En el mismo barrio, “La Perón”, como le dicen los vecinos, también viven otros rugbiers del club: “Chicho”, “Marta” y “Chiche”, entre otros. ¿Y qué dicen en el barrio de que jueguen al rugby? “Y, acá a una mina del barrio si le decís queriendo chapear: ‘Soy jugador de rugby’,  te dice: ‘Qué me importa” (risas).
*Nota publicada por este autor en el número de la revista Tercer Sector (www.tercersector.org.ar) que ya está en la calle.
 

 

miércoles, 11 de diciembre de 2013

¡Cielos!




  “Las palabras como la violencia /rompen el silencio/Irrumpen con estruendo/en mi pequeño mundo”, dice, originalmente en inglés, claro está, Depeche Mode en “Enjoy the silence”, joya de 1990. En el video de la canción, David Gahan interpreta a un rey que, apenas acompañado por una reposera, deambula por un paisaje de montaña, contemplando un mar de piedras y nubes. Y termina diciendo: “Disfruta el silencio”.  En enero de 2014, quien quizá esté paladeando los sonidos de las alturas sea César Padilla (en la foto, durante uno de sus viajes), junto a 4 compañeros más.  Profesor de Educación Física, Licenciado en Alto Rendimiento Deportivo, preparador físico del Club Banco Hipotecario y entrenador de las Vikingas, el equipo de rugby femenino de Gimnasia y Esgrima de Ituzaingó (GEI), César, nacido en Lomas de Zamora, piensa clavar en la altura del Aconcagua, una bandera. ¿La argentina? Puede ser, pero aparte otra; la de Rugby Inclusivo, la escuela para chicos con síndrome de down que funciona todos los sábados en Banco Hipotecario, en Villa Celina. “El Aconcagua es para todo aquel que se esfuerce, tenga valores muy altos y sea capaz de trabajar en equipo… y el rugby es un deporte para todos y reúne las mismas virtudes”, dice Padilla.

  Después de un paso fugaz por el deporte de la ovalada cuando era estudiante, él comenzó a acercarse a la preparación física y la docencia del rugby. Desde hace 10 años, trabaja en Banco Hipotecario, y en 2014 será coordinador de la preparación física de los planteles del club. Además, durante 2013 condujo a las Vikingas, que salieron campeonas del torneo femenino de la URBA, por primera vez en su historia. Y, en paralelo, también se acercó a las montañas.  “Una de mis actividades preferidas, aparte del rugby, el atletismo y otros deportes, es la alta montaña. El año pasado hicimos una bastante difícil, el volcán Llullailaco, en Salta, y este año queríamos una más difícil: el Aconcagua”. Para la aventura a la montaña mendocina, techo de América del Sur, subirá con otros 4 montañistas.

  “El año pasado colaboré con una ONG que hace campaña por el cuidado del agua. Me parece bueno colaborar con alguien, ya que estas actividades tienen mucha exposición. Y pensé en Rugby Inclusivo porque están en mi club, Hipotecario. Les planteé la idea de llevar su mensaje y una bandera a la cima, se coparon y estamos trabajando en eso. En sí, el objetivo es alcanzar la cumbre más alta de América, como algo personal, algo que me ayuda a crecer, y si ese evento puede ayudar a alguien,  sumémoslo””, dice.

-¿A nivel personal  qué te lleva a exponerte a ese ascenso?

-  Amo el deporte…en el atletismo de fondo buscás ir cada vez más lejos e ir más rápido, y en alta montaña, buscás algo que  supere lo anterior. Y la raíz de eso es desafiarse uno mismo.  El Aconcagua presenta muchísimas dificultades, para alguien preparado es muy desafiante.

  Una persona nacida en Lomas, sin parientes con la práctica intensiva de algún deporte o del trekking, planea trepar una montaña de 7 mil metros, junto a otros 4 hombres.  ¿Locura? “Es un encuentro y un desafío a la naturaleza. La relación con las montañas no la aprendí en ningún lugar, hice muchos campamentos y travesías, y cuando pasaban los años y crecían las dificultades, querés seguir”.  Él ha hecho caminatas, subidas y ascensos a montañas de Salta, Córdoba y Río Negro.  “El año pasado, hicimos el Llullailaco, el volcán en donde encontraron hace unos años momias incas. Era complicado, porque es un lugar sin infraestructura. Llegué hasta los 6200 metros y la cumbre estaba en los 6500 metros, pero por frío en los pies, no pude seguir”.

    Para llevar el mensaje de Rugby Inclusivo hasta la punta del Aconcagua, hay gastos de todo tipo. Sin embargo, César cuenta que tiene la mayor parte del presupuesto cubierta por sponsors.  Él y otros montañista de Buenos Aires salen de la Capital el 2 de enero, y se encuentran con los demás, que vienen de Salta, en la ciudad mendocina de San Rafael. Ahí comprarán y alquilarán las últimas cosas, y el 4 parten hacia Los Horcones. Los primeros días subirán y bajarán, para ir aclimatándose. El último campamento se llama “Berlín”, y de ahí atacarán la cumbre. La idea es intentar llegar el 13.

  “La cabeza tiene que prepararse….nos vamos a agarrar mareos, vómitos, insolaciones, hipotermia…pero la experiencia hace que uno llegue mejor. Ah, en los primeros campamentos, la temperatura está entre los 0 y los 15 grados, pero más arriba puede llegar a 30 grados bajo cero. Somos 5 varones, todos estaremos en una carpa de 3 personas. Va  a ser divertido”,  dice.

  Si prepararse en una pretemporada de rugby es duro, para subir una montaña el esfuerzo parece mayor. “Entrenamos 4 veces por semana, yo hace poco corrí los 42 kilómetros de la maratón de Mar del Plata, una prueba muy dura por el calor y las pendientes, la elegí para trabajar la templanza. Terminé destruido”, cuenta Padilla. ¿Y cómo recrear la situación de montaña en una zona llana como el Gran Buenos Aires? “Y, lo más similar es en una pileta, donde hacemos ejercicios para esforzarnos en contener el aire. Después el resto es mucho gimnasio y correr mucho”, agrega.

  Esfuerzos, ejercitar, entrenar. Y  él también entrena a las Vikingas. “Trabajé en rugby femenino por el placer de hacerlo. Espero seguir en Gei, veré mis tiempos. Yo venía de terminar la licenciatura en Alto Rendimiento Deportivo, y quería trabajar en grupo para desarrollar buenos equipos. En Hipotecario manejo grupos muy grandes, en femenino son 15 jugadoras, uno puede abarcar más. El desafío fue tomar un grupo de jugadores y volverlas un equipo”, cuenta, y afirma ue las Vikingas mejoraron “en lo actitudinal y en la disciplina”.

  Entre los manchones de nieve y las rocas, estará representado Rugby Inclusivo y sus valores. “Bueno, el rugby transmite valores de forma inmediata, porque un chico gordo y otro petiso son bien recibidos, en otros deportes, si no tenés habilidad”, remata César. Desde distintas zonas de Capital y Gran Buenos Aires, además de los familiares de César y sus compañeros, también estarán haciendo fuerza los chicos de la escuelita de los sábados de Rugby Inclusivo, como Lautaro, Tomás, Joaquín, Catalina, Nahiara, Enzo, Richard y muchos  más.  Como cierra la canción Depeche Mode, tanto ahora como en el Aconcagua: “Enjoy the silence”.

miércoles, 27 de noviembre de 2013

Seven


 A la izquierda, el Riachuelo se abre para desagotar sus aguas en el Río de la Plata; a la derecha, la Isla Maciel,  con sus casas de chapa y ladrillos y la platea de San Telmo que emerge entre las viviendas, como un monumento.  El calor que se condensa en la Autopista, aunque sean recién las 7 de la mañana, anticipa un sábado pesado.  La cinta gris que conecta Buenos Aires con La Plata recibe a los autos que se fugan de la ciudad en la última escapada del año. Dock Sud, Wilde, Bernal, Quilmes, Berazategui, Hudson, los nombres que se suceden a los costados.  Se ven tosqueras, monoblocks, viviendas de emergencia, descampados, countries, puentes, peajes, estaciones de servicio.  Una salida indica “Mar del Plata”, y hacia allí se va el grueso de la manada de vehículos, oliendo arena y espuma de mar. 

 

  Pero en línea recta uno se acerca a La Plata. Villa Elisa, Ringuelet, los accesos a Ensenada y Punta Lara…y rotondas mediante, se ingresa en la capital provincial.  La Avenida 32 con su boulevard nos acompaña, mientras nos acostumbramos a los semáforos que pasan del verde al rojo sin escalas y a la cantidad de árboles que se ven por toda la ciudad: acacias, plátanos, fresnos, naranjos.  Más adelante, se gira a la derecha en la Avenida 19, y unas cuadras más, otro giro hacia la izquierda, por la calle 522, y, en pleno Barrio Obrero, está el Club Los Tilos, otro de los árboles más vistos en La Plata.

 

   Uno de los costados del club lo serpentea el Arroyo El Gato, ese que se desbordó en las inundaciones de abril que pocos recuerdan. Son las 8 de la mañana, y el estacionamiento está prácticamente vacío. Apenas hay 2 o 3 autos, de los que bajan unos hombres con heladeritas y paquetes de facturas. Entran a uno de los quinchos del club, y comienzan a cambiar su ropa por remeras negras, verdes o naranjas.

 

  Por el resto del predio, de la nada, empiezan a brotar grupos de pibes y adultos, con bolsos, termos, sombrillas.  Podría pensarse que se trata de un gran picnic. Pero de a poco empiezan a aparecer chicos de 18 años cambiados, y junto a aquellos hombres de la heladerita y las facturas, referees, van hacia las canchas 1, 2, 3, 4, y 5.  Son las 9 de la mañana, y entre modorras y apuros, comienza el Seven anual de la categoría M-18, Grupo II, que organiza la URBA.

 

  Este tipo de torneos lleva en su ADN la fiesta; suelen hacerse para terminar el año, o durante el verano, lo que lo acerca a las Fiestas y las vacaciones;  es más dinámico que el rugby de 15 y también más chispeante, como un champagne.  Y además permite el cruce de muchos equipos en un mismo día: así, Varela Junior juega con Newman (el campeón, en la foto) , Municipalidad de Vicente López con el CUBA, El Retiro con Belgrano, Albatros con Buenos Aires.

 

 “Seven”, más allá de remitir a una gaseosa, también  se relaciona con una gran película de 1995, protagonizada por Brad Pitt, Morgan Freeman y Gwyneth Paltrow, llamada en castellano “Pecados capitales”. Recapitulando esa lista de vicios de los que habla el cristianismo, y observando el sábado de sol en Los Tilos, con los sub 18 corriendo como gacelas y música electrónica saliendo de los parlantes al lado de los quinchos,  uno encuentra, mientras toma velocidad mental:

 

+Lujuria: en aquel padre panzón, con chomba celeste Lacoste, bermudas grises y sombrero de cow boy blanco, que mira a la novia de su hijo que, con musculosa negra y minishorts de jean, se pasea de aquí para allá como en una pasarela, ajena a CUQ-Alumni.

+Pereza: en ese wing pasado de peso, que tiene que ir a jugar el último partido de su equipo, ya sin chances de clasificar, de la cancha 1 a la 5, en la otra punta del predio.

+Gula: en el entrenador  de remera blanca y jeans, que busca desesperadamente el tercer sándwich de bondiola de la jornada.

+ira: en otro padre, de camisa a cuadros, que cree que la derrota del equipo de su hijo es poco menos que una desgracia.

+Envidia: del referee que mira a un jugador que no pasa los 70 kilos cuando él ya superó los 100 hace rato.

+Avaricia:  de la madre que le dice a su hijo menor, de 5 años, que no le compra otra gaseosa, “porque le va a hacer mal”.

+Soberbia:  del pilar que encara decidido hacia el ingoal contrario en mitad de cancha, no le pasa la pelota a su compañero tres cuartos mejor ubicado y, sobre la línea de 22 metros del rival, es tackleado como una bolsa de papas por un adversario, que además la saca el balón e inicia un contraataque letal…

 

  Y así, con pecados capitales, se consume el sábado platense, con Newman campeón, y con el regreso cansado de todos a sus hogares, la gran mayoría por la Autopista, con el sol dándose su baño de inmersión diario en el horizonte.

miércoles, 9 de octubre de 2013

Conquistadoras



Pasada la espuma del Rugby Championship, las que tomaron la gloria fueron Las Vikingas de Gimnasia y Esgrima de Ituzaingó (GEI). Por primera vez en su historia, que comenzó hace casi 28 años, salieron campeonas de la categoría superior del torneo de rugby femenino de la Unión de Rugby de Buenos Aires (URBA).  Con un plantel de jugadoras que combina diferentes edades, experiencias y hasta localidades (no todas viven en Ituzaingó), las continuadoras de aquel equipo que en 1985 jugó con Alumni los primeros partidos de rugby entre mujeres en el país, ganaron el torneo mayor de  Buenos Aires el domingo pasado, luego de la última jornada realizada en Lanús, mientras que el local obtuvo la Zona Formativa y Tiro Federal de Baradero la Zona Desarrollo.  Un martes a la noche, Mónica Mottura, una de las jugadoras de esos encuentros ya históricos, que sigue como titular en el plantel de Las Vikingas, cuenta sus sensaciones después de un nuevo entrenamiento de las campeonas, que se preparan para viajar a Tucumán este fin de semana a jugar el Nacional de Clubes (al que irán junto con La Plata, subcampeón, de gran campaña, y Centro Naval, tercero, que había ganado los campeonatos de 2011 Y 2012).

R-Hoy…¿cómo fue el entrenamiento después de quedarse con el título?

MM: Fue como cualquier otro entrenamiento, estábamos contentas, claro, pero Pato (Nota del Redactor: Patricia Fusco, jugadora de GEI, convocada a la selección nacional y una de las mejores jugadoras del plantel), nos decía: “Vamos, eh, que tenemos que ir a Tucumán, hay que seguir.” Nos toca jugar con Cardenales de Tucumán, que es un equipo muy duro, no podemos relajarnos. Nuestro estado de ánimo es de alegría, tranquilidad en sí no, quedan un montón de cosas por resolver….por ejemplo, conseguir sponsors, contactarnos con la Municipalidad de Ituzaingó que en su momento nos dieron su apoyo….

R-¿Sucedieron cosas especiales a partir del campeonato?
 

MM: Lo primero que pasó hoy fue que “Pichi” Ruffo,  nuestro entrenador en 1985, no se había enterado del campeonato. Así que se enteró. Y hoy también nos vinieron a saludar el “Chapa” Branca (nota del r: entrenador del plantel superior de GEI de varones), y un dirigente del club. Y pudimos cantar “dale campeón” en nuestra cancha.

R ¿Por qué salieron campeones Las Vikingas?

MM ¿Sabés lo que siento? Que hubo justicia divina. Nosotras siempre hemos estado entrenando, pero antes nos faltaba unión en el grupo, unión del corazón. En este equipo ahora hay amor, cada una se esfuerza mucho. Eso fue muy emocionante. Hemos aprendido a jugar mejor, hemos aprendido a jugar más en equipo, no se destacan tanto las individualidades.. Esto es justicia divina porque desde que empezamos en GEI nos bancamos siempre con la gente nuestra, siempre jugamos con la gente nuestra. Esos son nuestros principios.

R ¿Cómo fue la rutina de entrenamientos? ¿Y el tema de las lesiones?

MM-Este año no tuvimos problemas graves en cuanto a lesiones, porque se está entrenando más duro. Tuvimos lesiones leves. Entrenamos martes y viernes, las que podían completaban con gimnasio.

R-¿Y a nivel técnico, qué cambios creen haber logrado?

MM-Siempre nosotras tuvimos forwards poderosas, pero esta vez las forwards no fuimos tanto al choque, abrimos más la pelota y la línea se encargaba de jugarla. Mejoró también el pase de manos, la manera de ruckear, y el  hacer lo más dinámico posible el juego. Nosotras estábamos convencidas que lo podíamos lograr. Esto baja mucho también de parte de César Padilla, el entrenador y preparador físico, alguien que nos cambió la cabeza.  Nos metió que  podíamos lograr el campeonato.

R- ¿Hubo algún momento del año, donde interiormente pensaste: “Sí, podemos ser campeonas”, ya con más certeza?

MM-Bueno, por un lado, en el verano ganamos el Seven de Varese, que es un torneo muy importante, que nunca habíamos  ganado. Por otro lado, como te decía,  César nos cambió la cabeza.  Nos habla, nos da serenidad, no dice una mala palabra ni levanta el tono de voz. Hay armonía en el equipo. Y por otra parte, Gabriela (Sánchez, otra de las pioneras del ’85, que también juega y a un muy buen nivel), decía: “Nadie nos tiene en cuenta, eso está bueno, porque nosotras estamos trabajando para salir campeonas”.  Hubo amor de todos, como una comunión. Cada una hizo lo suyo en pos del objetivo. Hasta Ely González (otra de las figuras de las Vikingas), dejó uno de sus trabajos para poder estar con nosotras. Hubo mucho amor a la camiseta.

R-¿Qué esperan para 2014, tanto para Las Vikingas como para el rugby femenino en general?

MM- A nivel general, queremos que las reglas estén claras desde el principio. No que se cambien a cada rato. Queremos reglas inamovibles, establecidas a principios de año.  Y para GEI, bueno, hay que defender el título de campeonas. Y siempre del campeón se espera mucho más….

*En la foto,  Las Vikingas tras una jornada realizada en SITAS.