domingo, 12 de mayo de 2013

Citas con mujeres


   El Acceso Oeste,  despejado.  Como el cielo, sin una nube. A  los costados, restoranes. Y también hoteles,  madereras, talleres mecánicos.  Y una horrenda gigantrogafía de “Beto” Casella promocionando una marca de lentes.  Hasta cuando uno intenta mirar al cielo, se cuela algo de la televisión.  Más adelante, la mole del Hospital Posadas. ¿Qué estará pasando, hoy, domingo a la mañana, detrás de esas ventanas, allá en lo alto? Habrá convalecientes de un accidente de auto, un hombre luchando por su vida ante un infarto, una madre dando a luz….

   El Posadas hace esquina con uno de los extremos de la Avenida Marconi, llamada así en homenaje el Premio Nobel italiano Guglielmo Marconi, impulsor de la radio y de la telegrafía-una tecnología que parece destinada al museo.  Y algo relacionado con Italia tiene que aparecer, viajando por esta avenida, angosta como varias de las que cruzan El Palomar, Haedo, Padua, Morón, Ituzaingó. Y después de sortear lomos de burro, pozos y motos, aparece, sí, la Sociedad Italiana de Tiro al Segno, conocida como SITAS, club originalmente dedicado al tiro al blanco.  Pero no es sobre Marconi que hay que entrar. Un giro a la izquierda, algunas cuadras que pasan, mientras los vecinos pasean perros, barren la vereda y lavan los autos,  canchas de tenis de polvo de ladrillo, un partido de fútbol con muchos gritos de hombres, panzas y remeras flúo, y otra calle con nombre italiano: Bergamini.

    Ahí está la otra parte de SITAS: el anexo, con sus canchas de rugby. Pero hoy no juega la primera división de hombres ningún partido del Grupo II. Hoy, día soleado, cuando muchos todavía duermen para despejarse la resaca de la noche del sábado, comienza el torneo de rugby femenino de la URBA, con récord de equipos inscriptos. De aquel 1985 con las Vikingas de Gimnasia y Esgrima de Ituzaingó   y sus partidos con Alumni, hasta este 2013. De 2 equipos a 15.

   Está “Ñandú”, de Centro Naval, campeonas de los últimos torneos; “las Vikingas” de GEI, con dos de aquellas pioneras como Gabriela Sánchez y Mónica Mottura, que jugaron aquel partido de los ’80; SITAS, otro de los equipos fuertes; SAPA, de Marcos Paz; las Troyanas, que representan a Almafuerte; San Miguel Rugby & Hockey Club, llamadas “Las gladiadoras”; “Las Panteras”, de DAOM; Ezeiza Rugby Club; y las que debutan: Tiro Federal de Baradero (en la foto, jugando ante SAPA), Lanús, La Plata y Universitario, también de esa ciudad (estos dos equipos originalmente previstos con “A” y “B”). Beromama estaba anunciado pero no apareció por SITAS.

   Para los resultados, seguramente la página imprescindible desdeabajorugby.com.ar dará cuenta de ellos. Los equipos cabeza de serie: Centro Naval, GEI y SITAS, ganaron sus compromisos.  Pero esta crónica no busca abundar en números  y sí en otras impresiones.

 *Por primera vez, un club habituado al Top 14 en varones, como La Plata, presenta un equipo de rugby femenino. ¿Son las primeras fisuras de los prejuicios que muchos mantienen todavía, hacia las mujeres que juegan este deporte? ¿Veremos en pocos años un equipo de rugby femenino de Belgrano Athletic, del CASI o de CUBA? Si tuvo uno Alumni ya en 1985, y ahora está La Plata, por qué no imaginarlo. Las mujeres no tienen por qué tener como única opción el hockey o servir de adornos en los terceros tiempos.

 *El ex jugador del SIC y del rugby inglés, Tomás de Vedia, se acerca al borde de una de las canchas y entrevista para la… televisión a Vanesa Garnelo, figura de Ñandú y de la selección argentina, junto a su compañera de equipo y de seleccionado, Vanesa Salas.  Pareciera que algo se empieza a mover en ciertos medios, porque por lo general rápidamente se difunden los resultados de una M-15 de varones o de un partido entre equipos irlandeses que de los partidos de rugby femenino.  

  *Los dos referees oficiales, Jorgelina Ávalos y Carlos Vargaz, corren de un lado a otro, pero son pocos para la cantidad de partidos. Hay otra referee oficial, la Licenciada en Educación Física Lidia Acosta, pero hoy se debe a su equipo, ya que además juega para las Vikingas. Ya en 1923, la antecesora de la URBA se lamentaba por la falta de referees…¿cuándo cambiará?

*Algunas jugadoras descansan en el pasto, entre partido y partido, y hamacan a sus bebes, o les dan de comer. En minutos, se transformarán en tackleadoras.

 *La barra de Ezeiza es la más ruidosa, la que más alienta: remeras y banderas naranjas, blancas y negras, flamean en el aire de SITAS.

 *Vanesa Olivera, de SAPA, vuela por los costados de la cancha, y se cansa de hacer tries.  Un vecino que se asoma desde la ventana de una casa de ladrillo a la vista mira su pique con la boca abierta.

 *"Pato” Fusco, otra Licenciada en Educación Física, en tanto, desequilibra cada vez que juega GEI. No por casualidad es tenida en cuenta por los seleccionadores argentinos. Además se destacan Micaela Braña, Eliana González y Jennifer Barreiro, entre otras.

 *Xoana Sosa y Sofía González, de SITAS, también son un dúo desequilibrante y forman parte de las jugadoras designadas para el Plan de Alto Rendimiento Deportivo, de la Unión Argentina de Rugby (UAR).

 *Hay pocos varones en el público. ¿Por qué será? Algún que otro novio o esposo que le hace el aguante a su mujer, y poquitos más.  ¿Son los hombres igual de apuntaladores con las mujeres, como suelen ser ellas con ellos/nosotros?

   Llega la hora de ir a otros rumbos, mientras el humo de la parrilla se escabulle en tirabuzones por los árboles de SITAS.  Las mujeres siguen con la jornada de rugby.  Hay que salir del Anexo y retomar por la calle Formosa. A pocos metros, hay un altar con una imagen del Gauchito Gil, ese “santo” popular correntino, de camisa celeste y pañuelo rojo en la cabeza.  La periodista Gabriela Saidon escribió un libro entero dedicado a esa figura, llamado Santos ruteros.  Allí cuenta las promesas que se le hacen al Gauchito Gil, o que algunos automovilistas le tocan bocina para pedir buenos deseos.  Es en ese instante en el que uno piensa en las personas que estarán curándose en el Posadas, acá cerca, o en la chica que se lesionó el tobillo en uno de los partidos y salió en camilla. Y piensa también en los miedos y deseos que cada uno lleva consigo, pero no se anima a compartir. En ese momento, se recuerda la frase que se dice en las misas: “Por las intenciones particulares de cada uno”. Y toca la bocina.

 

 

miércoles, 1 de mayo de 2013

Lunes por la madrugada


….yo cierro los ojos y veo tu cara/que sonríe cómplice de amor/días en la carretera/yo siento aquí dentro/la emoción de haber dejado lo mejor…”. Así empieza la canción de Los Abuelos de la Nada, inmortalizada por la voz única de Miguel Abuelo, y con letra de “Cachorro” López, hoy un productor musical multipremiado, antes ex rugbier de Alumni.  Esa canción fue uno de los sonidos de los ’80 que se volvieron inoxidables, y hoy se la sigue escuchando en las radios, se ven videos de sus interpretaciones por youtube, se la tararea en la ducha…

  Los mediados de los ’80 fueron Los Abuelos de la Nada, Virus, Soda, Sumo, pero también marcas como Aero, Wrangler, New York City, nombres como Alfonsín, Ubaldini, Rico, Luis Zamora (otro ex rugbier, como “Cachorro”).  En los torneos de Buenos Aires, los equipos protagonistas eran Banco Nación, CASI, Alumni, y el SIC.  Recuerdo algunas tardes de invierno, pegado al alambrado de Belgrano Athletic, las manos bien metidas en los bolsillos de mi campera, sacando vapor por la boca, y las camisetas blancas con rayas celestes y negras del SIC dentro de la cancha. ¿Nombres? Si la memoria no falla, algunos como Soares Gache, Petti, Conti, Gassó, Madero, De Vedia, Chevallier Boutell, Cuesta Silva, Loffreda, Angelillo, Cash y Sainz Trápaga, entre otros. ¿Qué será de la vida de Fernando Sainz Trápaga, una de las figuras de ese equipo? También formó parte del equipo del SIC que empató un amistoso ante los Wallabies y le ganó a Fiji (como ilustra la foto de esta entrada, en la que el propio Sainz Trápaga vuela hacia el ingoal de los de Oceanía), hoy algo que parecería de ciencia ficción. Cuestión de buscarlo a Sainz Trápaga. Y de que aparezca y quiera contestar. Y accede, de muy buena manera y revelando cosas interesantes de su vida. Aquí va:

-¿En qué ciudad vive actualmente?

  -Vivo en Majadahonda, a 20 km de Madrid

-¿Desde cuándo y por qué se fue a vivir a España?

  Vine a principio de 2002, estaba bien en Buenos Aires, aunque trabajaba en la banca y lo del corralito no había sido fácil; fundamentalmente le venía dando vueltas al tema de irme porque vivía muy mal el tema de la inseguridad y la cosa iba a peor; me di cuenta que llamaba varias veces a casa para ver si habían llegado mis hijos del colegio, conocí casos de secuestros express, y decidí que eso no era lo que quería.

-¿A qué se dedica actualmente?

 - Trabajo desde que llegué a España en formación; he estado años en consultoras y luego como autónomo, colaborando con alguna escuela de negocios. He trabajado con más de 20 empresas del Ibex 35 (Nota del r: es el índice que se utiliza en la Bolsa de España) en la formación de sus directivos.

  Actualmente, además, estoy colaborando en una Consultora Internacional de Conferenciantes (www. grupobcc.com), representamos a todo tipo de personalidades, desde ex presidentes, Premios Nobel, referentes mundiales o locales de ciencia, tecnología, deportes, redes sociales, management, etc, es decir, todo aquel personaje que consideremos mejor se ajusten a los eventos o convenciones de nuestros clientes. Divertido, se conoce gente interesante, se aprende mucho.

  En los últimos dos mundiales de rugby he colaborado en la transmisión de partidos para radio y TV.

-Tengo entendido que sus hijos juegan al rugby (uno, de hecho, formó parte de una selección española juvenil). ¿Cómo está organizado el rugby español? ¿Hay clubes, o son empresas o colegios o universidades? ¿Es profesional a nivel de liga?

  -Tengo dos hijos que juegan rugby, y efectivamente, uno de ellos, desde los 15 años representa a España en los distintos torneos europeos, mundiales universitarios, etc; Actualmente tiene 20, y hace tres Juega en División de Honor (eso es la Primera de allí).

   En España hay algo más de 25.000 fichas, y a niveles juveniles está organizado por Comunidades Autónomas, y de mayores ya juegan torneos nacionales, aunque con un nivel de gastos de traslado muy difícil de cubrir por parte de muchos equipos.

  El concepto de club es muy diferente al nuestro de allí; la mayoría no tiene un lugar físico, sino que suelen jugar en instalaciones de los ayuntamientos, Universidades, etc. No existe la vida de Club como en Argentina.

  En cuanto al profesionalismo, es un tema muy raro. Un equipo consigue un sponsor, y de repente se llena de jugadores extranjeros (hay muchos argentinos, y hasta ingleses y neozelandeses); han habido y hay casos, que el sponsor cierra la canilla, y de un día para el otro, no paga más sueldos. El campeón de liga de hace tres años, se fue quedando sin patrocinadores, y este año desciende. El equipo que va primero éste año, tiene un subsidio importante de su ayuntamiento, entrenador y jugadores extranjeros, se está quedando sin dinero, y ya empezó a perder, y probablemente empiecen a irse jugadores.

Otro equipo, trajo ahora, y por tres meses, un apertura y un centro neocelandés, ha ganado ya un par de partidos, y se salvará de descender. Un profesionalismo muy raro e inestable.

-¿Encuentra diferencias claras entre la forma de ser del rugbier español y el argentino? ¿Cuáles serían?

   Mi punto de comparación es bastante extremo; en el SIC hay 1500 jugadores, la competencia interna es muy importante, y para destacar y jugar en los mejores equipos tienes que tomártelo muy en serio. Aquí hay pocos jugadores y muchos clubes, y en las divisiones inferiores, juegas aun faltando a entrenamiento.

  Allí nos lesionábamos, y si podíamos jugábamos igual para no perder el tren; aquí en general, un lesionado se toma las cosas muy tranqui, rehabilitaciones largas...En equipos en donde hay más gente en los planteles superiores hay un poco de competencia, pero muy diferente al rugby Argentino. No son tan fanáticos.

Aquí no es tan raro que un jugador se cambie de club. Hay más movilidad por estudios y son habituales los cambios, y en algunos casos, las contrataciones temporales.

-En una clasificación, ¿qué lugar ocupa hoy el rugby en España, como deporte? ¿Detrás del fútbol, el basquetbol, el handball…?

  Sin duda, el rugby está detrás del fútbol, baloncesto, balonmano (te lo digo con los nombres locales), hay muchísima afición por las motos y los autos de carrera, pero fundamentalmente no hay mucha tradición ni afición.

-Conozco de leídas la historia de uno de sus hijos, Nicolás…me tomo el atrevimiento de preguntarle si desea contarla para los lectores del blog…..

  Nico es mi hijo mayor, y también ha representado a España, pero en su caso en Esgrima Paralímpica; tiene una minusvalía de nacimiento por una epilepsia, una operación delicada en USA a los 3 años, una rehabilitación increíble (han escrito un libro sobre él en Harvard "Half a brain is enought, the story of Nico"), un crack, aprendo de él cada día.

-Le tocó atravesar la muerte del “Veco” Villegas y su mujer, en aquel accidente áereo…¿cómo fue el primer entrenamiento sin él? ¿Qué recuerda de esa noche? ¿Y el primer partido?

  -La temporada siguiente a la muerte del Veco, fue para mí una de las situaciones que me han convencido a mí, de la importancia de un gran equipo, y del rugby. Éramos los campeones de 1987, Veco muere en junio del 88, hubo un pequeño bajón pero también ganamos. En el 89 estuvimos cerca de jugar por el descenso, y éramos los mismos, muchos internacionales, grandes jugadores, pero fundamentalmente, grandes personas. No hubo una discusión, nadie recriminaba nada a nadie; era un grupo de personas poco acostumbradas a perder, y la actitud ante las derrotas y mal momento, fue, a mi juicio, un ejemplo.  Años siguientes,  volvimos a ganar el torneo.

  La ausencia del Veco y Maricha fué un palo muy duro para todos nosotros, grandes personas, y un gran gestor de equipos.

-Hoy parecería muy lejano que el SIC pudiera jugar con los Wallabies..¿qué recuerda de aquel partido, más allá de que jugó sin estar al 100 por ciento de sus condiciones?

  Sin duda es uno de esos recuerdos importantes de la época de jugador; efectivamente, ya tenía prevista una operación de rodilla para la semana siguiente al partido, una lástima no haberlo podido aprovechar más, probablemente fue un error jugar, pero sin duda lo intentaría nuevamente.

-Ya le habrán hecho esta pregunta, pero…¿qué cosas que aprendió en el deporte le sirvieron para encarar y solucionar problemas de su vida personal y familiar?

  Pienso que el deporte es un gran complemento a la educación que he recibido de mis padres y hermanos; en el caso del rugby en particular, como lo hemos practicado y se practica en el SIC, te desarrolla un gran sentido de la responsabilidad, tanto del cumplimiento en cuanto a asistencia, como el estar en condiciones para aportar lo mejor de ti a tu equipo. Te enseña a competir sanamente por un sitio que quieres y a superar adversidades. Exige esfuerzo, y enseña solidaridad. Todo esto es la vida misma y lo debes aplicar al resto de situaciones. Si lo tienes "entrenado" habrá más posibilidades de llegar a mejores resultados.

-¿Qué queda de aquel chico que salió del colegio en San Isidro?

  Creo que queda de todo, buenos recuerdos que compartes con tus hijos, y fundamentalmente amigos con los que compartimos tanto dentro y fuera de la cancha y lo seguimos haciendo.

-Por último, a modo de “despedida virtual”, lo que quiera contar a los lectores de este blog, que son de distintos países y edades....

  Seguramente los seguidores de éste blog  sean fanáticos de éste gran deporte que nos une; poco puedo decirles, es difícil aprender de las experiencias de otros; yo lo he vivido intensamente y lo volvería a hacer, sin duda. Las gratificaciones han justificado sacrificios. Pasada la época de jugador, que obviamente es la mejor, quedan muchas otras cosas, y éstas sí que son para siempre, siguen gratificando.

  Por unos minutos, trajimos a Fernando Sainz Trápaga-bueno, a sus palabras, al menos-a este blog.  ¿Por qué? Porque sí,  por su trayectoria,  porque este es el otro lado del rugby y porque como decía Fabián Polosecki: “Toda persona tiene historias interesantes para contar”.

lunes, 8 de abril de 2013

Belgrano "R" (de "referees" y de "respeto")


   Depeche Mode es lo que suena por los parlantes.  “All I wanted, all I needed is here, in my arms…words are very unnecessary, they can do only harm”, rebota la voz de David Gaham por las paredes revestidas de madera, los carteles verdes que dicen “Beer is the answer but I don’t remember the question”, las botellas de cointreau, vodka, ron, cognac, tequila, que descansan sobre la barra,  una parejita que toma café mientras cada uno tiene la vista clavada en su notebook,  la chica que se queja a la camarera porque el jugo “no es exprimido”, tres hombres de camisa blancas y jeans que dicen “competitividad”, “facturación”, “ganancias”.  Al costado, la vía del tren.  Un par de cuadras más lejos, el cruce de la calle Sucre, donde se ambienta una parte de la novela Últimos días de la víctima, de José Pablo Feinmann y también El túnel, de Ernesto Sabato.  Unas cuadras más, Belgrano Athletic.

  Caminar unos pasos y ver la Plaza Castelli, que enrejaron.  Recordar que cuando se volvía de mañana de los boliches, la plaza servía para dormir un par de horas en los toboganes o en los bancos, y llegar más fresco a la casa.  Del otro lado de la calle, el local de Maru Botana repleto de gente, en su mayoría mujeres, catando brownies, cheesecakes o scones. A  los pocos metros, la librería Caleidoscopio, con libros muy interesantes en la vidriera. A la vuelta, la pizzería Croxy y el restorán Jolie, cuya fundadora con el tiempo se volvió pareja del obispo católico Fernando Bargalló. En el medio de los dos locales, quedaba la Asociación Cultural Irlandesa, desaparecida a principios de los ’90.

   Ya de regreso en la calle Echeverría, el gimnasio del Colegio Saint Brendan’s, históricamente relacionado con Irlanda.  De hecho, San Brendano fue un santo irlandés, del siglo VI después de Cristo, y los colores del colegio, y los de su equipo de rugby, son verde, blanco y naranja, como la bandera de República de Irlanda.  A pocas cuadras, sobre la misma calle Echeverría, está el santuario de Schöenstatt, y un poco más lejos, la iglesia San Patricio, cuyo nombre recuerda al santo patrono irlandés, y en la que en 1976 fueron asesinados cinco religiosos, crimen aún sin esclarecer.  Todo se une. En los ’80, el gimnasio del Saint Brendan’s era cedido por el colegio para que los chicos que formaban parte de las actividades de San Patricio pudieran jugar al fútbol.

   Y ahora, en esa misma canchita techada, hay un montón de conos de todos los colores en el suelo, organizados en filas.  Y muy cerca de ahí, 2, 3, 10, 50 personas, de distintas edades, todos con ropa deportiva, se suben a una balanza, se dejan tomar la presión, miran papeles, charlan entre sí y, finalmente, corren de una punta a otra de la cancha, cada vez con más velocidad. Son los referees de la Unión de Rugby de Buenos Aires (URBA), haciendo el sufrido test Navette, que mide la resistencia aeróbica.

   Como es previsible, los más rendidores en la corrida son los más jóvenes y con menor sobrepeso. Los coordinadores de la prueba se toman el trabajo en serio: anotan los números de cada referee, toman el pulso a cada uno después de la prueba, organizan las listas…ya son más de 80 los árbitros congregados en el gimnasio. Los que están por dar el test precalientan en un patio lateral; los que recién terminaron, buscan respiro, agua, sentarse. Desde un gimnasio vecino, seguramente jugadores del Saint Brendan’s miran con curiosidad a los referees.

   El de referee es una actividad con mucho de solitario; por más que lo asistan los jueces de touch, suele llegar solo para dirigir su partido y se va de la misma manera. No tiene hinchada propia ni un equipo grande en qué apoyarse y, por más cortesía que haya, siempre alguno lo mira torcido, o directamente lo critica, le grita, lo insulta.

   También debe de tener sus placeres, sus satisfacciones. Formar parte de un juego, ayudar a que el partido sea limpio y que haya la menor cantidad de lastimados posible, sancionar al tramposo o al violento…y de última, el referee tiene la última palabra en la cancha: su decisión hay que acatarla, guste o no.

   Los referees corren, de punta a punta; los que están afuera charlan entusiasmados sobre los partidos que le tocan dirigir esta semana; otros cuentan anécdotas o hacen preguntas técnicas.  Hay pibes de 18 años y otros que pasaron los 50; con un estado atlético buenísimo y otros que no; que jugaron años al rugby y otros que apenas lo hicieron en un puñado de partidos o nunca practicaron el deporte; uno se vino desde Ituzaingó, el otro desde Pacheco, aquel desde Bella Vista, ella (porque también hay mujeres referees), desde Moreno, aquella otra chica desde Villa Celina…

   Con más frecuencia que antes, mucha más, se escuchan en las canchas insultos a los referees. Puede suceder en partidos de cualquier categoría.  Suelen ser socios enardecidos porque le echan la culpa al árbitro por tal o cual fallo, responsabilizándolo de una derrota; pero también pueden ser jugadores suplentes, dirigentes, quizá algún entrenador, hasta un médico.  O hinchas de un club de Grupo I que además escupen  a un árbitro asistente.   O un entrenador, que le asegura  a un referee en el tercer tiempo: “Voy a hablar con mis contactos para que no dirijas nunca más”. También están los padres de jugadores juveniles que se enfurecen por cualquier cosa y calientan el partido desde afuera.  “La culpa de todo es tuya”, “sos un desastre”, se escuchó después de un partido de juveniles, de boca de dos padres, hacia un referee.  Pareciera que en ocasiones, el árbitro funcionara como una especie de pararrayos que concentrara las furias de los alrededores.  Quizá por eso escaseen las personas dispuestas a dedicarse al referato. Ya en en 1929, The River Plate Rugby Union, antecesora de la UAR, se mostraba preocupada por “los inconvenientes derivados de la falta de un número de referees, proporcionado al de los partidos a jugarse”.

  Qué extraño y necesario es el rol del árbitro. Más en un deporte como el rugby, que sin reglas claras terminaría en una carnicería.  Y es un rol extraño porque en un deporte de equipo, suelen tener que estar solos.  Y a su vez cada decisión que toman, hasta modifica la forma en que se juega el partido. Si uno  mirara el encuentro desde el cielo, vería cómo los jugadores forman distintas figuras, según el fallo que señala cada referee.  No todas son pálidas; a veces también se ven a jugadores, coaches o dirigentes felicitar a las autoridades del partido.

   Cada uno que termina el test resopla, busca descanso, agua, se sienta en algún rincón del gimnasio del Saint Brendan’s, elonga.  Uno, apoyado sobre las paredes verdes del lugar,  le pregunta a otro qué le toca dirigir el fin de semana.  Otro mueve la cabeza de un lado a otro y se toma uno de los muslos, preocupado por una posible lesión.  De a poco, los referees comienzan a retirarse, ya con la noche bien entrada, en pleno Belgrano “R”.  Es hora de desandar el camino, Echeverría hacia la zona de Cabildo, cruzar la vía, de vuelta en el Down Town Matias, sentarse en la mesa de manteles rojos, pedir un Irish Flag (trago con licor de Menta y Bailey’s),  y escuchar a Depeche Mode ahora cantando “your own, personal, Jesus, someone to hear your prayers, someone who cares…”

  

sábado, 2 de marzo de 2013

Gabinete de curiosidades


“…mezclados con el mundo cotidiano, se mueven extraños mundos ignorados por el común de la gente. Lazos ocultos de deseos y hábitos afines, rastros secretos de necesidades coincidentes, que la mirada común no advierte, conectan de pronto a seres solitarios, aparentemente distantes entre sí, entremezclando fugazmente sus vidas”. Eso dice Juan José Sebreli en Buenos Aires. Vida cotidiana y alienación.  Y en el Tren de la Costa, un jueves por la tarde, se cruzan una bandada de chicos del Colegio San Andrés, de Olivos, con algunas parejas de jubilados o pares de amigas que pasan la tarde quizá de visita por alguna de las ferias de anticuarios de la zona o con alguna caminata cerca del río. En la Estación San Isidro se baja casi todo el pasaje. Los chicos del San Andrés se desparraman por la zona y las parejas de jubilados, con ritmo pausado, deciden cómo seguir el paseo, algunas hablándose mediante quejas mutuas, otras con cariño y dándose la mano.

 Una vez que parte el tren, lo que resuena es el silencio. Muy poca gente camina por la estación a esta hora de la tarde. Unas chicas imitan coreografías y se sacan fotos, un empleado de seguridad, aburrido, las mira, un par de cafeterías están abiertas y casi vacías. La fuente del centro de la estación domina la escena, con sus chorros de agua y el murmullo de sus caídas. De un lado, las vías y más allá del Río de la Plata; del otro, la plaza de San Isidro vecina a la catedral, que desciende hacia la estación.

  Después de recorrer algunas escalinatas y desniveles, hay un local con puerta de vidrio y ropa deportiva en la vidriera.  Un hombre escribe concentrado en la computadora. Las chicas, en el piso superior, siguen con sus coreografías. El empleado de seguridad ya se retiró. Un cajero de un maxikiosco cercano cuenta el cambio en billetes y monedas.

  Ni de Nike ni de Adidas ni de Puma ni de Topper. La ropa de la vidriera no está a la venta. Está para contemplar, imaginar, recordar; es el primer contacto visual que se ve desde el exterior, del Museo del Rugby, en el corazón de San Isidro. Se abre la puerta de vidrio, y, muy amablemente, el señor de la computadora nos tiende la mano, se presenta como Jorge Luccioni y nos introduce en un tiempo que parece distinto al corriente, un tiempo suspendido, una galería de objetos que marcan la presencia de otras personas, clubes, historias.

“Por iniciativa del museólogo Nicolás Montiel, de La Plata Rugby, y otros ex jugadores, surgió la idea de hacer este museo. Por eso se formó la Asociación Civil Amigos del Museo del Rugby de Argentina, para hacerlo viable. El 2003 se inauguró oficialmente, en otra sede, también en San Isidro”, explica Luccioni, desde detrás de un escritorio, con libros sobre rugby a sus espaldas y una foto de un plantel de Los Duques (equipo ya desafiliado) a su derecha, colgada en la pared.

    El Museo tiene secciones: interior, referees, rugby femenino, clubes desafiliados, Pumas, clubes de la URBA. “El Museo tiene más de 6600 piezas, dentro de su catálogo. Claro que por cuestiones de espacio, no podemos mostrar todo y vamos rotando el material de exhibición”, cuenta Luccioni.

  Todo museo tiene el encanto del surtido, de una antología de cuentos, de un “grandes éxitos”, combinado con la sensación de hacer un viaje en el tiempo; o, mejor dicho, un viaje a diferentes tiempos, según el espacio que se recorra.  Así, una pelota de rugby de metal, apoyada sobre una base, nos lleva a la década del ’20, en la localidad santafecina de Cañada de Gómez. “Es una copa que se puso en disputa entre dos equipos ferroviarios de la zona”, acota Jorge. A pocos metros, dentro de un exhibidor de vidrio, una remera blanca, muy vieja, con un escudo ovalado a la altura del corazón, que contiene el gorro frigio, el sol, los colores de la bandera. Si uno mira de cerca a la camiseta, cuya imagen ilustra esta nota, ve apenas insinuadas unas rayas, que fueron celestes. Se trata de la casaca de la selección argentina que se usó en 1932 ante los Junior Springboks. El yaguareté como símbolo todavía no había nacido.

  Dando una vuelta corta, en una vidriera se exhiben objetos de los clubes desafiliados: una camiseta azul y blanca, de Central Buenos Aires-donde jugó el propio Luccioli-otra negra con mangas rojas del Roma Rugby Club, una foto de Los Charrúas, un escudo de YPF y un banderín y un chopp con el escudo de Old Georgian’s. “Estos dos los tengo que sacar y ponerles en el otro sector”, dice Jorge sonriendo, ya que el equipo de remera blanca y dragón rojo en el pecho volvió a los torneos oficiales.

 Hay camisetas de Defensores de Glew, de Alumni, de CASA de Padua, de Los Matreros, de la selección de Escocia, de la francesa, una histórica de Irlanda, una exótica del seleccionado soviético sub19 que jugó el mundial de la categoría de 1991, corbatas de distintos clubes, y la de los fundadores de la River Plate Rugby Union Championship, primera entidad “madre del rugby nacional: Belgrano, Buenos Aires, Atlético del Rosario y Lomas.

-Falta la de Flores.

-Sí, lo sé, la tengo que mandar a hacer, pero no consigo quien me haga una sola camiseta. Flores tenía remera blanca con una banda diagonal negra, en el sentido contrario a la de River, y jugaba en lo que hoy es la cancha de Ferro-explica Luccioni.

  Los referees tienen su sector, en donde se exhibe la ropa que usó Efraim Sklar durante los partidos de la Copa del Mundo de 1991 en Inglaterra, y vestimentas actuales de Francisco Pastrana, uno de los referees jóvenes argentinos de más proyección. Y un cartel antiguo del Lomas Athletic, pidiendo que los simpatizantes respeten las decisiones del juez.

-Cuando vienen chicos de visita, les digo que la seña más importante es la de ‘silencio’. Al referee no se le protesta, en el rugby, dice Jorge.

-Ya no se los respeta tanto, ahora…

-Es cierto. Pero yo siempre digo…”los jugadores se equivocan miles de veces…¿por qué el árbitro no puede equivocarse?-agrega este museólogo, que durante años tuvo un cargo muy importante en el Museo de Luján y después trabajó en el área de museos de la ciudad de Buenos Aires.

“Hemos hecho muestras del material del museo durante los mundiales de Francia y de Nueva Zelanda, y también en los partidos en Argentina de la Rugby Championship y en la finales del torneo de la URBA en La Plata. También hemos llevado material a las provincias, por ejemplo a Santa Fe y Chaco”, cuenta Luccioni, y señala la camiseta blanca y azul de Sixty, de Resistencia, el equipo de rugby femenino chaqueño, colocada sobre un maniquí. De cerca, un conjunto de Estudiantes de Paraná y un banderín de La Puna Rugby, de La Quiaca.  Hay una remera naranja de Gnomos, de Mar de Ajó, y otra muy percudida, blanca y roja a franjas horizontales, de Tumbas, de Carlos Casares.  Y especialmente una remera amarilla, de CURNE, brilla contra la pared. “Esa remera perteneció a un chico que, por una lesión cervical y las complicaciones posteriores, murió. Cuando fuimos a Resistencia la mamá del chico nos dio esa remera, que es la que usaba él. No sabés lo que fue ese momento….”, recuerda Jorge, y la emoción lo calla. Habla de Gonzalo Federico Acosta, accidentado en un partido de su categoría M-17. Después de su muerte, el 1 de diciembre de 2004, su mamá Gloria junto a otras madres, crearon la “Red Solidaria Federico Acosta”, que colabora en la mejora del servicio de rehabilitación del Hospital Perrando, de Resistencia, y organiza el ciclo Camino a Ser Puma, destinado, entre otras cosas, a prevenir lesiones en el rugby.

  Nos quedamos unos segundos con la mirada fija en la remera amarilla que usaba Federico, que tiene las firmas de todos sus compañeros. Nos miramos a los ojos y seguimos la recorrida.

   Luccioni conoce historias, resultados, datos. Es un gran guía. El material está bien clasificado y tiene carteles indicativos. Pero hay un objeto misterioso: una escultura en madera del Quijote, sosteniendo una lanza y un libro, con una inscripción en francés en la base, que todavía nadie puede determinar el origen. “Me vuelvo loco buscando y todavía no sé qué es. Ya lo voy a encontrar. Estaba medio arrumbada en la Unión Argentina de Rugby (UAR)”, dice el director del museo.

  Más rarezas: una silla que se usaba en el CASI, metálica y de color celeste, de la década del ’20; una foto del puma “Yerua”, mascota de los sanisidrenses que hacían entrar a la cancha antes de los partidos; otra foto, pero del Atalaya Polo Club, con el “Che” Guevara en la formación, en la fila interior y con la pelota ovalada bajo sus manos; un remo de mando maorí, tallado en madera, traído de Nueva Zelanda; un libro escrito especialmente para el Museo, con la historia del Club Sucu, formado por vecinos de la esquina de Sucre y Cuba, del barrio de Belgrano…

   Está un juego de camiseta, pantalón y medias que Agustín Pichot usó con Los Pumas en el Mundial de 2007, ante Namibia; la que usó Fernando Morel con Sudamérica XV para ganarle a Sudáfrica en 1982; y una camiseta de Los Pampas, de aquel plantel que ganó la Vodacom Cup en 2011. Y como todo museo, hay tesoros que no se exhiben momentáneamente, para hacerles lugar a otros objetos. Dice el director: “Hay de todo...una remera original de Hurling cuando era verde, blanca y naranja….¿fotos?, miles, cuadros…una camiseta de Los Pumas de 1971 cuando fueron a Sudáfrica… un banderín hecho por negros sudafricanos para alentar a Los Pumas en el ’65, porque los negros querían que perdieran los Springboks, si a ellos ni los dejaban entrar a la cancha…”.

“Este local  pertenece a la Municipalidad de San Isidro, que lo cedió a la Asociación para que funcione el Museo. Como tenemos muchas cosas, estamos viendo de tratar de abrir una subsede en Capital. O en otro lado; escuchamos ofertas”, revela Luccioni. “El museo abre de martes a domingo, de 10 a 18 y la dirección es Lasalle 653, Estación San Isidro del Tren de la Costa. Y no es obligatorio pagar entrada. El que quiere, paga lo que puede” dice, y señala una alcancía transparente que aloja billetes de 5  y de 10 pesos, dólares, algunos euros, libras.

-¿Y hay alguna prenda que siempre deja exhibida?

-Sí, la remera amarilla de Federico Acosta. Esa no la saco nunca.

  Es hora de cerrar el Museo. La tarde comienza a diluirse. Jorge se despide cordial, y hay que subir escaleras, ganar el andén, las parejitas que se acurrucan en los bancos de la estación, el sonido del tren que llega, la ciudad enorme tan lejos y tan cerca, tantos mundos distintos que se superponen...

  

sábado, 9 de febrero de 2013

Buena madera-Volumen II


Leicester, Parma, Leeds, Agen, Worcester, L’Aquila, Perpignan, Calvisano, Brive. Por todas esas ciudades europeas anduvo Alejandro Moreno jugando al rugby.  Ahora, de regreso a Río Negro, la provincia en la que nació, viaja por Viedma, Bariloche, Ingeniero Jacobacci, Choele Choel y hasta cruza la cordillera y toca Temuco, en Chile. Pero su base de operaciones es General Roca, donde nació en abril de 1973 y se formó como jugador en el Roca Rugby Club, ese del predio bordeado de álamos en las afueras de la ciudad y que tuvo sus orígenes a fines de los ’50, en lo que era un baldío en donde hoy está la capilla Cristo Resucitado, como recordamos en la primera parte de esta historia.
  En el Bar 43 están las camisetas que usó en Los Pumas, la selección italiana y el Roca Rugby, que acompañan desde las paredes del local las tardes y noches de quienes comparten unas cervezas o pizzas en el local, quizás como previa antes del boliche, quizá para cortar el día antes de retornar al hogar.  Pero esas imágenes son flashes de enero, y ya en febrero la ciudad de Buenos Aires, calurosa y húmeda como nunca, nos retiene en su nudo de ruidos y nervios. Mejor volver a aquellos flashes y recordar el sabor de la cerveza en el 43, las camisetas de Alejandro Moreno, y, ¿magia?, él está del otro lado del teléfono.
  Yo me retiré en diciembre de 2010 en el Leeds Carnegie, de Inglaterra. Estuve entrenando allá y a fines de 2011 me volví. Y en febrero de 2012, junto a mi amigo Gabriel Villalba, comenzamos a armar ‘Rugby en Acción para la Inclusión Social’.  Se lo habíamos anticipado el gobernador Carlos Soria, pero bueno…pasó lo que pasó, pero él lo había dejado registrado, digamos, y seguimos adelante.  Gabriel y yo no somos políticos, así que en el 2012 tuvimos que remar directamente en el dulce de leche repostero. Pero el proyecto camina, ahora le dimos forma de asociación civil y podremos recibir donaciones”, dice. 
-¿Qué es concretamente "Rugby en Acción para la Inclusión Social"?
  -Es un programa que depende de la Secretaría de Deportes de Río Negro,  pero ahora además es una asociación civil. Surge con la idea de acercar el rugby a los chicos de los barrios. Yo escuchaba gente en el Roca que decía “no hay pibes, “no hay pibes”. Y no se quieren mover, los pibes están en el barrio, andá al barrio, no te sentés esperando a que vengan. Es un laburo de locos, eso sí. 
  Empezamos el barrio Quinta 25, acá en Roca, tomando como base un merendero y un comedor. Ahora estamos con 40 pibes en uno y 50 en otro. Y ya hicimos encuentros de rugby en toda la provincia. En El Cóndor había 300 pibes, en Dina Huapi 500 y en uno que hicimos en Roca, fueron 800.
-¿Cómo te acercás a los barrios?
- Vamos barrio por barrio...voy a comedores, a fundaciones...me paro en el barrio en un potrero y ahí arrancamos con pelotas y conos a enseñar rugby a los chicos que quieren jugar. Después viene el tema clubes…a los chicos que realmente se interesan, los contactamos y los mandamos a los clubes, tratando de que tengan cierta contención. También trabajamos con una psicóloga social, para saber bien la problemática de la zona en la que nos metemos. Al principio los padres mucho no nos querían, decían “eh, el rugby es para chetos”. Pero ahora ya nos quieren, nos felicitan por el trabajo.
-Hay chicas también…
-Sí, un montón. Yo les decía al principio: “Miren que tienen hockey”. Y me contestaban: “Naah, queremos jugar rugby” (risas). Además en Roca hay un equipo de rugby femenino, son creo que unas 40 jugadoras, y la capitana jugaba en la selección argentina de fútbol (nota del r: habla de Valeria Cotelo).
-¿Pero cómo surge en vos la inquietud por fusionar el deporte con el trabajo social?
-Siempre me gustó ser entrenador, en Inglaterra hice hasta el nivel 4 de la IRB y entrené allá. Y en Europa, tanto en Perpignan como en Leeds, me habían ofrecido dar una mano con equipos en cárceles de menores. Y ahí empecé. Cuando volví a Roca, pensamos con Gabriel en este proyecto. Por eso también estamos armando equipos de rugby en cárceles. Con la de Roca ya empezamos, tenemos unos 90 jugadores.  El grupo mejoró mucho dentro de la cárcel, cambiaron de actitud, mejoraron en disciplina, hay menos droga y menos quilombo. Les pusimos pautas claras: el que hace algún quilombo no juega, no hay vuelta. También nos apoyamos en psicólogos y abogados.   La idea es llevar el proyecto a las otras unidades de la provincia. Esto depende del Ministerio de Gobierno de Río Negro.
-Hablaste de Europa; ¿es cierto que había rivalidad entre los jugadores argentinos que jugaban para la selección italiana y Los Pumas?
-No, para nada. Bah, al menos yo nunca sentí eso. Nos conocíamos todos…salíamos juntos, nos juntábamos para las Fiestas
-Tuviste la oportunidad de ser dirigido por Marcelo Loffreda, cuando él dirigió al Leicester Tigers y vos jugabas ahí…
-Sí. Fue difícil para él porque el equipo venía de ganar tres finales y él llegó solo, sin nadie propio de su staff. Yo creo que con el staff que tuvieron Los Pumas en el 2007, en Leicester, le hubiera ido mucho mejor.  Marcelo es súper profesional, propone un rugby genial, es un tipo súper comunicativo…pero estaba muy solo allá, y en ese tipo de clubes pesan mucho las estrellas..
-¿Este año entrenarás algún equipo?
-No sé, tengo que ver, porque la asociación lleva muchísimo tiempo. El año pasado dirigí la M-17 de Roca Rugby, pero este año no sé qué voy a hacer.
-El año pasado fue la “juntada” de madera por parte de los chicos…
-Claro. Tenía un grupo medio reacio a ir al gimnasio. Entonces les dije: “Bueno, ok, entonces vamos a juntar leña.  Y juntamos miles de kilos de leña. La idea la había acercado un padre, que hace laburo social en Línea Sur (nota del r: una región al sur de General Roca), para llevarles leña a la gente que vive allá. El grupo se súper unió con eso. Terminamos el último día comiendo un asadito en las orillas del Río Negro…
   Es la hora de terminar la llamada, y que cada uno vuelva a sus ocupaciones, a más de mil kilómetros de distancia.  Moreno agradece y se despide y uno piensa en el día que en las paredes del Bar 43 de Roca también esté una foto como la que ilustra esta nota, tomada en esa ciudad durante los encuentros de "Rugby en Acción por la Inclusión Social"

viernes, 18 de enero de 2013

Buena madera



“Entre la ruta y este cielo eterno/Entre los árboles y el verde suelo”, canta Chiatello, en una de sus canciones más  bellas, titulada “Viajando”, del disco “Lo simple”.  Algo así se palpa en el ambiente, cuando comienzan a desfilar los álamos al costado de la ruta 22, protegiendo manzanos, ciruelos y perales.  Ya quedaron muy atrás Chimpay, cuna de Ceferino Namuncurá, y también Villa Regina y Padre Stefenelli.  Un giro a la derecha, ingreso a una avenida, atravesar un canal apodado “canalito”, después las vías del ferrocarril y ya se está en el centro de General Roca. La plaza con una feria, la iglesia, una fuente, un pianista que toca canciones a la gorra; la calle Tucumán, restoranes, kioscos de revistas, bancos, locales de ropa. En una esquina, el Bar 43, parada obligatoria para muchos roquenses. Unas cervezas para matizar el calor del verano, y, mientras se toman los últimos sorbos, contemplar en la pared de ladrillos a la vista una camiseta azul y roja enmarcada, junto a recortes de diarios, una remera de la selección italiana de rugby, otra de Los Pumas.  
   Alguien pasa el dato: “le das derecho por la calle de la vía, le das y le das, y ahí lo tenés”. ¿De qué habla? Del Roca Rugby Club. Entonces, le das derecho por la calle de la vía, le das y le das, aunque para el que está acostumbrado a padecer las distancias de Buenos Aires no resulta largo el trayecto, y ahí aparece el club, asoleándose y vacío, salvo por una persona que estacionó su auto en la entrada y ahora corre bajo el calor de la tarde roquense, dando vueltas a una de las canchas. Un calor, como se sabe, con poca humedad y sin ser anticipo de tormenta rabiosa. Hay tantos eneros en Argentina como ciudades. Los álamos, otra vez, aparecen, rodeando todas las instalaciones del club.
   “En los inicios del rugby en General Roca, jugábamos en lo que era un baldío, de tierra,  enfrente de la cancha actual del Deportivo Roca y donde hoy, justamente, se encuentra la parroquia Cristo Resucitado. Éramos chicos de entre 9 y 12 años, y nos enseñaban obviamente personas más grandes. Ya nos llamábamos Roca Rugby”.  Bernardo Carbajal, ingeniero químico, roquense de nacimiento, cuenta desde el living de su casa, una noche de inicios de enero, esa historia, la del rugby en el corazón de Río Negro.
  “Después dejé porque me fui pupilo a Buenos Aires, al Colegio Ward, que no tenía rugby en ese momento, entonces ahí yo jugaba al básquet. Cuando volví, ya con edad de secundario, me prendí de vuelta, no con el Roca Rugby, sino con un equipo del colegio, que era el Domingo Savio. Armamos un equipo para participar de torneos intercolegiales. En realidad, el equipo surge porque había un equipo en Neuquén, del Colegio Don Bosco, y había una rivalidad entre los dos colegios, porque los dos eran salesianos”.
 
  Los resultados acompañaban. Carbajal agrega: “el equipo del Don Bosco de Neuquén se llamaba Los Indios. Había bastante pica. Un torneo intercolegial, recuerdo, lo ganamos nosotros. Y como nos iba bien, se decide armar un club, que se llamó Piraña”. Para esa época,  Bernardo se afincó más al sur, en Comodoro Rivadavia, para estudiar en la Universidad San Juan Bosco. Allí siguió jugando en el equipo universitario de esa ciudad. La vida y sus etapas lo llevaron para lados distintos del rugby. Dejó de jugar, regresó  a Roca, se casó, formó una familia, construyó una carrera profesional y también se dedicó a participar en distintas actividades de la parroquia Cristo Resucitado, en el mismo terreno en donde hace más de 50 años aprendió a jugar rugby.
   Las instituciones, las personas, la vida misma, tienen sus giros, sus piques inesperados. Algunos padres que colaboraban con la parroquia también tenían a sus hijos en los planteles juveniles del Roca Rugby; los chicos querían irse de gira y necesitaban fondos. Se organizó una maratón, en conjunto con la Fundación Marianista, y se repartieron los ingresos por publicidad. Y ahí nació la semilla de que, como parte del entrenamiento de los pibes, tuviesen que hachar y recolectar leña y llevarla a zonas empobrecidas al sur de Roca, como Cerro Policía, Aguada Guzmán, Loncovaca y Mencué, entre otros lugares, para que sus habitantes la puedan utilizar durante el invierno.
   Carbajal explica: “Fue una confluencia de tres entidades. Una, la parroquia, que tiene una extensión muy grande, y que hace un gran trabajo social, enfocado en mitigar las diferencias sociales, sobre todo con la gente de la meseta, que vive en medio de un clima tremendamente adverso. Otra, la Fundación Marianista, con sede en Buenos Aires, de la que también formo parte, que consiguió distintos recursos y ayudas. Y el Roca Rugby Club, a través de los padres y los chicos, que recolectaron la leña”.
   Mientras la noche avanza, en un barrio tranquilo de la ciudad, Carbajal sigue: “Los chicos  arrancaron sauces y mimbres, o talaron frutales de  gente quería cambiar esa variedad. Se les dieron hachas y motosierras para que ellos cortaran la leña. Cargaron varios camiones con leña para la gente de la meseta. Por otro lado, con ayudas de Fundación Marianista y de empresas locales, se construyeron estufas de  leña de alto rendimiento que también se les llevaron a las personas que recibían la madera”.  Apenas una muestra de lo reunido aparece en la foto que ilustra esta entrada.
  Carbajal es ordenado para hablar. Nunca pierde el hilo del relato y además no deja cabos sueltos. Y dice: “Todo significó una complementación de las tres instituciones, para que los chicos tomaran conciencia de las realidades de esta gente de la meseta, y de cómo ellos,  con el rugby, podían colaborar. Se entusiasmaron tanto que al terminar la movida, en invierno, ya planearon volver, y ya están viendo que lugares tienen leña para ir a recolectar este año.” 
    Y aparece mencionado el nombre de Alejandro Moreno, rugbier que, después de iniciarse en el Roca Rugby, llegó a jugar en Los Pumas y en la selección italiana, Ya de regreso a su ciudad, entrena, junto a Gabriel Villalba, la categoría M-17 del club de colores rojo y azul que hizo la juntada de leña. Carbajal afirma: “Él quiere llevar el rugby a los barrios, y es una buena idea. Al rugby hay que popularizarlo más”.  La noche se estira pero hay que partir hacia otros lados. De vuelta en el Bar 43, mirando con más detalle las camisetas enmarcadas que cuelgan de la pared, surge de nuevo el nombre y apellido de Alejandro Moreno, ya que de él  fueron esas remeras. 
 – Hay que hablar con Moreno-piensa quien esto escribe, mientras toma otro sorbo de cerveza

miércoles, 12 de diciembre de 2012

Nadie acabará con los libros


   “El libro es como la cuchara, el martillo, la rueda, las tijeras. Una vez que se han inventado, no se puede hacer nada mejor.” Eso dice el semiólogo y novelista Umberto Eco, en el libro que da título a esta entrada, escrito junto al francés Jean-Claude Carrière. Habla del libro en papel, claro está. Sí, existe el libro electrónico, pero es otro objeto, otra especie en el ecosistema. El libro que se puede prestar, que se puede regalar, que se puede dedicar, es el de papel. Y justamente en tiempos de fiestas, qué mejor que encontrarse con un libro-libro, que no necesita batería ni cargador ni señal, que no se destruye si se cae el piso o si se moja un poco. Que no te dispersa para que chequees tu perfil de Facebook o respondas alguna estupidez por Twitter. Y que te cuenta una historia apenas conocida: la de los clubes que jugaron al rugby en Buenos Aires y, por distintos motivos, abandonaron ese deporte y sus nombres apenas se pronuncian en las bocas de algunos memoriosos.

   Por todo eso, y para festejar un nuevo libro en papel, aunque esa celebración sea en un blog, leímos El secreto del rugby argentino. Breve historia de los clubes que practicaron rugby afiliados a la Unión Argentina y ya no lo hacen o desaparecieron, escrito por Juan Carlos Bertta y Gustavo Ezequiel Severo.

   Desde la tapa de fondo verde,  parece que saliera un jugador de Los Pumas, a punto de ser tackleado por un rival, mientras otro adversario está en el piso, resignado a perder la marca. La ilustración es de Pablo Pereyra, rugbier durante muchos años de Deportiva Francesa e ilustrador de la colección Robin Hood, esa famosa de tapas amarillas. Luego, en un texto introductorio (hay además un prólogo de Marcelo Loffreda) los autores remarcan que el libro es un “pequeño homenaje a todas esas instituciones y a quienes las llevaron adelante porque se esforzaron por transmitir el espíritu y los valores del rugby”. A fin de cuentas, del universo de este deporte forman parte tanto Los Pumas y el CASI o Hindú como Atalaya, La Aguada o Nueva Pompeya. Y tantos otros que los autores rastrearon, en archivos y hemerotecas.

  A modo de punteo, y para entusiasmar a aquellos apasionados por estas historias (y a quienes deberían serlo, también), decimos lo siguiente, basados en la completa investigación de Bertta y Severo:

*Duda despejada: el primer partido de rugby del que hay registro en Argentina, se jugó el 14 de mayo de 1874, entre los equipos del señor Trench y del señor Hogg, ambos socios del Buenos Ayres Football Club, en la cancha del Flores Athletic, ubicada en Caballito.

*Precisamente, el Flores Athletic fue club fundador de la River Plate Rugby Union, en 1898, junto a los ya hiper nombrados Lomas, Belgrano, Atlético del Rosario y Buenos Aires Football Club (hoy Biei). La cancha del Flores era el escenario de los partidos decisivos de los primeros campeonatos del rugby porteño, y a los pocos años de empezado el siglo XX  el club se disolvió y hasta una glorieta y un tanque de agua fueron comprados por Ferrocarril Oeste.

*El caudillo conservador Manuel Fresco, electo gobernador mediante el fraude, jugó al rugby en el Columbian y en Facultad de Medicina.

*Quilmes Athletic Club, más conocido como el equipo “cervecero” y clásico club de fútbol, jugó al rugby en 1909. Por aquella época, tenía un convenio de intercambio de socios con Atlético del Rosario y el CASI.

*Racing, “La Academia de Avellaneda”; jugó un partido oficial en el rugby porteño, en 1910, ante Belgrano Athletic, y terminó con incidentes.

*Atlanta, los “bohemios” de Villa Crespo, también jugaron al rugby oficialmente en 1912.

*Sportivo Barracas: histórico equipo de la época amateur del fútbol argentino, jugó al rugby entre 1927 y 1934.

*Club Atlético Ituzaingó: hoy en la Primera “D” de la AFA, el equipo de remera verde, tuvo su participación en la ovalada entre 1930 y 1931 y entre 1950 y 1956. Muchos de sus jugadores recalaron en Gimnasia y Esgrima de Ituzaingó (GEI) y Los Matreros.

*Kangurú jugaba de local en la vieja cancha del Club Arquitectura (cerca de donde hoy es el CENARD) y tenía remera a franjas horizontales negras y verdes y una letra “K” roja en el pecho. Jugó entre 1941 y 1948.

*YPF se afilió en 1947 y jugaba donde existió el club hasta fines de los ’90, en Núñez, cerca de Muni. Jugó en Primera de 1959 a 1962, y uno de sus jugadores, Krossler, jugó en el seleccionado argentino en 1960.

*Pocos recuerdan a Estudiantes de Paraná, que jugó como invitado en la Unión de Rugby del Río e la Plata entre 1949 y 1954, y llegó a disputar un amistoso con la selección francesa como local, perdiendo 14 a 0.

*Atahualpa Rugby tenía su sede en Ramos Mejía, ahí jugó al rugby un hermano del cómico Antonio Gasalla en los ’60.

*La Aguada, que se llama igual que un conocido equipo de polo, jugó apenas dos años, en 1986 y 1987, en el rugby de Buenos Aires. Jugaba en al Parque de la Reconquista, junto al Camino del Buen Ayre, y en el Parque San Martín. Algunos apellidos (¿qué será de la vida de ellos?): Gandini, Moscoso, Gotlieb, Filas, García Berg, Laplacette, Oneto, Roulet.

    Y hay mucho más, gracias al trabajo de Bertta y Severo. Además de información de los casi 100 clubes que jugaron al rugby en Buenos Aires y ya no lo hacen, El secreto del rugby argentino tiene un anexo con imágenes muy poco conocidas, como de un equipo de Estudiantes de La Plata de 1912, Montevideo Cricket Club de los ’50, Porteño de Morón de 1928, Juan Domingo Perón saludando a un jugador argentino surgido del club Los Duques, y los festejos de San Ignacio campeón de una categoría de ascenso en 1997, pocos años después de desaparecer. Los autores son ubicables, como el libro: se les puede escribir a elsecretodelrugby@hotmail.com