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miércoles, 25 de febrero de 2015

Welcome to San Telmo reggae

  “Si digo que te levantes /es porque creo y siento en tu reacción/Y es que sentado en ese lugar no te puede ver nadie”, dice Nonpalidece en “Tu presencia”, canción que puede inspirar a Xoana Sosa a seguir adelante cuando un tackle la lleva al césped. “Nonpa” es una de las bandas favoritas de esta jugadora de rugby de Sociedad Italiana de Tiro al Segno (SITAS), club ubicado en El Palomar, que trabaja de empleada administrativa en el Ministerio de Economía de la Nación y que estudió unos años Ciencias de la Comunicación en la UBA.

  “Dejé Comunicación porque se me complicaba para entrenar. Pero me encantaba la onda de la facultad, hice todo el CBC en Puán, también un ambiente muy bohemio y de mucha militancia, yo estaba fascinada. Cuando estudiaba Ciencias de la Comunicación en la sede de Parque Centenario también disfrutaba mucho; me gustaban los talleres de Expresión, cursé y aprobé los tres niveles. Y Semiótica me encantaba, nunca volvés a ser el mismo una vez que la estudiás”(risas), cuenta Xoana, capitana de SITAS y jugadora por muchos años del seleccionado argentino de rugby para mujeres.  Ella tiene 27 años, vive en San Telmo y viaja tres veces por semana a El Palomar, para entrenarse junto a sus compañeras.

  “Quiero volver a estudiar en la UBA, pero no sé si Comunicación; capaz me meto en Antropología, Sociología o Trabajo Social, no lo definí”, reflexiona. Cuando cursaba en la Facultad, no solía ser frecuente hablar con otros compañeros de deporte. “No había muchas chicas que hicieran deporte; capaz algunas hacían hockey, con ellas hablabas de que por los entrenamientos no podés reunirte a estudiar, o de alguna lesión. Igual, me encantaba lo heterogéneo del ambiente, todo el mundo tenía la mejor, no podría haber estado en un lugar donde todo era deporte y nada más”, añade.  También algunos les señalaban, desde el prejuicio, que el rugby era elitista. “Estaba en algunos eso, pero en mi casi y en muchos otros, sobre todo en rugby jugado por mujeres, nada que ver. Yo todos los gastos me los pago, no tengo a nadie que me banque. Yo soy una laburante”.

  Claro que las diferencias socioeconómicas que existen por fuera del deporte, repercuten dentro de él.  “Y, a un chico de Alumni ya desde los 3 les dan una pelota de rugby, a los 18 ya tiene todas unas destrezas que una chica no. A lo mejor ese chico estudiará en la UCA, los padres le exigirán que estudie pero no necesariamente que trabaje, ahí hay otro poder adquisitivo. Ese chico tendrá acceso más rápido a un auto, y todas esas cosas”, dice.

  La familia de Xoana no tenía nada que ver con el rugby. Ya de chica, cuando tenía 11 años, les había pedido a sus padres que la llevaran a jugar ese deporte a algún club. Ellos se negaron y esperó a ser mayor de edad para empezar a practicarlo. Primero recaló en Gimnasia y Esgrima de Ituzaingó (GEI), uno de los clubes pioneros en el rugby para mujeres, y al tiempo, junto a otras jugadoras, buscó otros rumbos y se fue a SITAS, club de la colectividad italiana que tiene muchos otros deportes. En la foto, ella aparece con la remera de esa institución.
 “Sitas nos abrió las puertas desde un primer momento, nos brindaron todo. Ellos querían tener rugby para mujeres y nosotras ya éramos un grupo. Y siempre nos sentimos muy cómodas en el club. Ni bien hablamos con la Subcomisión de Rugby, nos pusieron un entrenador. Y con los chicos de las categorías juveniles y con los del plantel superior está todo bien”, destaca. Inclusive la parte física de los entrenamientos semanales la realizan junto con los jugadores de divisiones inferiores. “Los chicos entrenan con nosotros, entonces ya van viendo como algo natural ver a una mujer tacklear, o dar un buen pase. El machismo es algo cultural”, agrega.
  Xoana, una de las mejores jugadoras del torneo de rugby de Buenos Aires, asegura que en Argentina “hay mucho machismo y el ambiente del rugby es todavía más machista. De los clubes de Primera solamente La Plata tiene rugby para mujeres. En SITAS, los chicos de juveniles ya tienen incorporados vernos entrenar y jugar, ya ven de otra manera el rol de la mujer”.  El club donde juega Xoana es uno de los más sólidos del campeonato, y el año pasado terminó tercero, detrás del campeón Centro Naval y de La Plata.  “Veníamos siendo pocas chicas, 8 o 9, hasta llegamos a jugar partidos con 6, pero ahora somos entre 15 y 18 entrenando, un muy buen número”, agrega, con miras al comienzo del campeonato de Buenos Aires, previsto para el 12 de abril. Cabe aclarar que el torneo se juega en versión seven, no con quince jugadores como en el rugby de hombres.

  Sosa fue convocada para la selección argentina entre 2008 y 2014, y jugó torneos en Estados Unidos, Chile y Uruguay, entre otros lados, defendiendo los colores de Argentina.  “Con las uruguayas y con las chilenas, especialmente, salen partidos muy aguerridos, duros, pero después del partido, en el tercer tiempo, está todo bien”, cuenta. A nivel de América del Sur, el seleccionado argentino está detrás del brasileño.

  “Hay cosas culturales. En Argentina a las chicas nos educan para ser pasivas, y a los nenes para que sean más activos. O mismo en el gimnasio, cuando voy a entrenar y le pido la mancuerna de 10 kilos a un chico, se me queda mirando como diciendo: ‘¿Para qué la querés’”, explica. También sorprende a sus vecinos de San Telmo con los cambios de look, que alternan entre ropa muy deportiva para ir a entrenar  y pollera con tacos altos, con pocas horas de diferencia.

  Sus compañeras en SITAS tiene ocupaciones diferentes: hay dos profesoras de Educación Física, una chica que trabaja en una heladería, otra que está en la Marina, otra cuida personas mayores y así. Dice no temer a los golpes propios del juego. “Yo si me tacklean fuerte sigo; si algo me dolió, que no se note. En todos los partidos siento mucha adrenalina, me pongo nerviosa de querer jugar, nunca sentí miedo ante la posibilidad de un golpe o una lesión. A veces hay mitos; hay chicas que tacklean un montón, y hombres que no lo hacen. He visto la garra que le ponen las chicas de Ezeiza Rugby o de Atlético San Andrés, ¿qué sabemos si los hombres de esos equipos tacklean  más que ellas?”.


   “A veces me preguntan qué piensa mi novio de que juego al rugby. Por suerte vos no me preguntaste eso (risas). ¿Me preguntarían qué piensa mi novio que trabaje de empleada administrativa? Así que no me importa qué piense mi novio, ya me conoció jugando”, remarca.  Tiene hechos tres dreadlocks en su pelo, aparte de Nonpalidece escucha a los portorriqueños de Cultura Profética y por estos días vuelve fundida de la pretemporada exigente con su equipo. Xoana concluye: “La pretemporada genera amor/odio, a veces estás contenta por haberla resistido y a veces pienso por qué llego a medianoche a mi casa, cansada y muerta de hambre. Como todas las pasiones, somos esclavas de ellas.” 

domingo, 7 de diciembre de 2014

Sarmiento y Cerati

  “Por aquí ya estuve/te largas a reír/pues con mi zoom/dame un zoom/luz, cámara y acción”. Así termina la canción “Zoom” de Soda Stéreo, cuyo video se filmó a mediados de los ’90 en el Planetario de Buenos Aires.  Y acá empieza el fútbol en Argentina, o al menos el primer partido del  que hay registros periodísticos, en junio de 1867, en lo que era el estadio del Buenos Aires Football Club, en una historia que une a ese deporte con el rugby, ya que el actual Buenos Aires Rugby & Cricket Club, “Biei”, fue la institución madre y hermana de ese primer equipo porteño de futbolistas.

   Gracias a un gran amigo y mejor persona, conocedor del mundo de los libros y jugador de Biei durante muchos años, Fernando López Llovet, supe de la existencia y pude leer “Tackle al tiempo”, de Roberto Schamun. En ese libro, el autor, socio del mismo club, recorre la larga historia de una institución pionera en tres deportes: rugby, fútbol y cricket. En este mismo terreno donde desde fines de los ’60 se levanta el Planetario Galileo Galilei, como una nave espacial olvidada por alienígenas en el medio de Palermo, rodó por primera vez una pelota de fútbol durante un partido del que hay constancia periodística. Y el rugby ya andaba metiendo la cola.

   Schamun cuenta que en las primeras décadas del siglo XIX, después de las Invasiones Inglesas de 1806 y 1807, algunos residentes británicos en Buenos Aires se agrupaban, más o menos informalmente, para jugar cricket, ese deporte del que los argentinos no tenemos mucha idea y que lo asemejamos al béísbol.  En 1861 le dieron encarnadura formal  a las actividades y fundaron el Buenos Aires Cricket Club.  Después de peregrinar por distintas canchas en Palermo, se asentaron en ese barrio, en lo que hoy es la esquina de Figueroa Alcorta y Sarmiento, por esa época una zona de arroyos, pajonales y palmeras.  Muy pocos años antes, esos terrenos habían pertenecido al gobernador de Buenos Aires, Juan Manuel de Rosas.

    El 8 de diciembre de 1864, es decir, hace 150 años, se inauguraba oficialmente el campo de deportes del Buenos Aires con un torneo internacional de cricket.  Schamun extrajo estos datos del libro de actas 1864-1868 de ese club, que se conserva en el archivo del Buenos Aires Cricket & Rugby Club, continuador institucional de aquel. Poco después, un decreto del por entonces presidente argentino, Domingo Faustino Sarmiento, traspasaría los terrenos de Palermo al Buenos Aires y la institución lo nombraría-no era para menos-  “socio honorario”.

  Ingleses como Thomas Hogg, J. Brookes y A.Brandshaw organizaron en ese predio las primeras carreras de atletismo con reglas modernas, en Argentina, en 1866. Thomas Hogg y su hermano James crearon otro club deportivo, el Buenos Aires Athletic  Sports, con sede en la calle Florida y que usaba el campo de deportes del Buenos Aires Cricket.  El 30 de mayo de 1867, según el libro de Schamún, los hermanos Hogg organizaron en Palermo un torneo con 13 actividades diferentes, con mucho público “especialmente femenino”.  Los apellidos de los ganadores de las distintas pruebas acentúan el color inglés de los inicios del deporte organizado en Buenos Aires:  Roberts, Jacob, Cooper, Smith, Howden, Simpson, Bennet, Jackson y Perry, entre otros.

La era del fútbol

  El Buenos Aires Cricket era una especie de hermano mayor del Buenos Aires Athletic, ya que los socios de las dos entidades eran prácticamente los mismos. Siguiendo esa dinámica, el ya mencionado Thomas Hogg y otros asociados crearon un tercer club, el Buenos Aires Football Club (BAFC), con sede en la calle Temple (actual Viamonte), y que iba a utilizar el predio del Buenos Aires Cricket para sus partidos de fútbol, toda una novedad en la época.

   El primer encuentro se iba a jugar en el barrio de La Boca, pero se suspendió por mal tiempo. Y, finalmente, el 20 de junio de 1867, socios del BAFC jugaron entre sí el primer partido de fútbol del que hay registro en Argentina, ya que la crónica del mismo salió publicada al día siguiente en el diario “The Standard”. Los equipos se diferenciaron usando uno gorras rojas y otro blancas.  De acuerdo a Schamun, ganó el equipo de Thomas Hogg, el del color rojo, por 4 a 0 y ese encuentro original duró….2 horas. Víctor Raffo, un profundo conocedor de la historia del deporte en Argentina, cuenta que Thomas Hogg y Walter Heald llegaron dos horas y media antes del comienzo del encuentro, adaptaron la cancha de cricket de Palermo para el fútbol, picaron pan, queso y cerveza en el legendario Café “Hansen”, que quedaba enfrente, y esperaron a que llegara el resto de los jugadores.
La era del rugby

  Por esos años, no estaban claramente diferenciados el rugby y el fútbol, y en ocasiones se jugaba una mezcla de ambos, En la propia Inglaterra, cuna de las reglamentaciones modernas de esos dos deportes, no estaban consolidadas las diferencias. En Argentina sucedía lo mismo y en de acuerdo  a “Tackle en el tiempo”, en 1874 los socios del BAFC adoptaron definitivamente el código reglamentario del rugby cuando jugaron el primer partido bajo esas leyes en un estadio en Flores. En paralelo, el fútbol fue decayendo entre los socios de Biei y los últimos partidos de ese deporte jugado por el club llegan hasta 1881.

  Pero el Buenos Aires Football Club había iniciado otra etapa, refundado en 1866 y concentrado en el rugby, mientras también seguía con vida el Buenos Aires Cricket, el club “madre” del anterior y, de hecho, dueño de los terrenos famosos de Palermo; el 20 de junio de aquel año, en Flores, se jugó otro partido de rugby entre dos equipos del club. Y nueve días más tarde, con refuerzos del Club Ferrocarril Sud, un representativo de los palermitanos jugó en Rosario con el Athletic de esa ciudad. Durante un puñado de años, los partidos del Buenos Aires se jugaban en ese Polo Ground de Flores, que regenteaba un religioso anglicano, el Reverendo Gybson Spilbury.

  En 1891 se jugó el primer torneo porteño de rugby, y el BAFC ya lucía el color azul en la camiseta, que identifica hasta hoy a BIei. En 1893 se decide dejar el campo en Flores y seguir con el rugby en el predio-ya entonces histórico-de Palermo. A fin de 1899, a instancias del BAFC, se creó la Unión del Rugby del Río de la Plata, y Buenos Aires fue uno de los 4 clubes fundadores, junto a  Belgrano Athletic, Lomas Athletic y Atlético del Rosario. Al año siguiente, con el fin del siglo XIX, Biei salía campeón por primera vez.

  Por esos tiempos, el club alternaba entre su campo y la cancha de Talleres de Remedios de Escalada, lo que no era extraño en la época, ya que las dos entidades habían sido fundados por ingleses. En 1915, cuando la Primera Guerra Mundial ya llevaba un año, Biei comenzó a  desgranarse, al irse varios de sus jugadores de rugby a pelear del lado del ejército británico, contra la alianza formada por Alemania, Austria y Hungría. Lyle Blarr, Bladgen, Clarke, Crawford y Rogers fueron algunos de los deportistas de Biei que murieron en esa guerra. Esas pérdidas hicieron que el club durante 1918 dejara momentáneamente de jugar el torneo porteño, por escasez de jugadores. Por ese entonces, los azules de Palermo tenían 89 socios.

    Con el tiempo, Biei se pudo recomponer. Cabe aclarar que el club ganó el campeonato máximo del rugby de Buenos Aires en 1900, como queda dicho, y en 1901, 1902, 1903, 1904, 1908, 1909, 1915, 1958 y 1959. En los 40’ sucedió algo clave: un incendio destruyó casi todas las instalaciones de esa cancha en donde se había jugado el primer partido de fútbol del que hay registros en Argentina. Al ser de madera gran parte del estadio, es simple imaginar cómo las lenguas de fuego lamieron al club en pocas horas hasta dejar gran parte en cenizas. Algunos aseguraron que el incendio fue intencional, y lo atribuyen a algún sector del peronismo que gobernaba al país en ese 1948.  Nunca se pudo comprobar ese rumor. Lo cierto es que por un decreto presidencial, se le sacaron esas instalaciones a Biei. Ante el nomadismo, por fin, los dos clubes sobrevivientes, el Buenos Aires Cricket Club y el Buenos Aires Football Club se fusionaron y dieron forma al Buenos Aires Cricket & Rugby Club.

   Biei consiguió un predio en Don Torcuato, que usó muchos años; luego construyó otro en San Miguel, que llegó a alojar un estadio muy grande en donde jugaron Los Pumas en varias ocasiones. Y hace pocos años recaló en San Fernando, al lado del Virreyes Rugby Club. A nivel rugby, los azules siguen en la máxima categoría del rugby porteño, aunque no siempre cerca de la punta. Pero esa es otra historia.

  La del predio de Palermo era la principal. Y una tarde 
de primavera, con el Planetario de fondo, leo en el monolito blanco, instalado en 1934, que recuerda que allí se jugó el primer partido de fútbol en Argentina y las primeras veces de otros tantos deportes. Y fue un día como hoy, 8 de diciembre, pero hace 150 años, cuando se inauguró el predio, originalmente para jugar cricket. Ahora las estrellas del fútbol titilan en otros estadios y las otras se pueden ver en el Planetario y,cuando las nubes lo permiten, en el cielo.

lunes, 8 de abril de 2013

Belgrano "R" (de "referees" y de "respeto")


   Depeche Mode es lo que suena por los parlantes.  “All I wanted, all I needed is here, in my arms…words are very unnecessary, they can do only harm”, rebota la voz de David Gaham por las paredes revestidas de madera, los carteles verdes que dicen “Beer is the answer but I don’t remember the question”, las botellas de cointreau, vodka, ron, cognac, tequila, que descansan sobre la barra,  una parejita que toma café mientras cada uno tiene la vista clavada en su notebook,  la chica que se queja a la camarera porque el jugo “no es exprimido”, tres hombres de camisa blancas y jeans que dicen “competitividad”, “facturación”, “ganancias”.  Al costado, la vía del tren.  Un par de cuadras más lejos, el cruce de la calle Sucre, donde se ambienta una parte de la novela Últimos días de la víctima, de José Pablo Feinmann y también El túnel, de Ernesto Sabato.  Unas cuadras más, Belgrano Athletic.

  Caminar unos pasos y ver la Plaza Castelli, que enrejaron.  Recordar que cuando se volvía de mañana de los boliches, la plaza servía para dormir un par de horas en los toboganes o en los bancos, y llegar más fresco a la casa.  Del otro lado de la calle, el local de Maru Botana repleto de gente, en su mayoría mujeres, catando brownies, cheesecakes o scones. A  los pocos metros, la librería Caleidoscopio, con libros muy interesantes en la vidriera. A la vuelta, la pizzería Croxy y el restorán Jolie, cuya fundadora con el tiempo se volvió pareja del obispo católico Fernando Bargalló. En el medio de los dos locales, quedaba la Asociación Cultural Irlandesa, desaparecida a principios de los ’90.

   Ya de regreso en la calle Echeverría, el gimnasio del Colegio Saint Brendan’s, históricamente relacionado con Irlanda.  De hecho, San Brendano fue un santo irlandés, del siglo VI después de Cristo, y los colores del colegio, y los de su equipo de rugby, son verde, blanco y naranja, como la bandera de República de Irlanda.  A pocas cuadras, sobre la misma calle Echeverría, está el santuario de Schöenstatt, y un poco más lejos, la iglesia San Patricio, cuyo nombre recuerda al santo patrono irlandés, y en la que en 1976 fueron asesinados cinco religiosos, crimen aún sin esclarecer.  Todo se une. En los ’80, el gimnasio del Saint Brendan’s era cedido por el colegio para que los chicos que formaban parte de las actividades de San Patricio pudieran jugar al fútbol.

   Y ahora, en esa misma canchita techada, hay un montón de conos de todos los colores en el suelo, organizados en filas.  Y muy cerca de ahí, 2, 3, 10, 50 personas, de distintas edades, todos con ropa deportiva, se suben a una balanza, se dejan tomar la presión, miran papeles, charlan entre sí y, finalmente, corren de una punta a otra de la cancha, cada vez con más velocidad. Son los referees de la Unión de Rugby de Buenos Aires (URBA), haciendo el sufrido test Navette, que mide la resistencia aeróbica.

   Como es previsible, los más rendidores en la corrida son los más jóvenes y con menor sobrepeso. Los coordinadores de la prueba se toman el trabajo en serio: anotan los números de cada referee, toman el pulso a cada uno después de la prueba, organizan las listas…ya son más de 80 los árbitros congregados en el gimnasio. Los que están por dar el test precalientan en un patio lateral; los que recién terminaron, buscan respiro, agua, sentarse. Desde un gimnasio vecino, seguramente jugadores del Saint Brendan’s miran con curiosidad a los referees.

   El de referee es una actividad con mucho de solitario; por más que lo asistan los jueces de touch, suele llegar solo para dirigir su partido y se va de la misma manera. No tiene hinchada propia ni un equipo grande en qué apoyarse y, por más cortesía que haya, siempre alguno lo mira torcido, o directamente lo critica, le grita, lo insulta.

   También debe de tener sus placeres, sus satisfacciones. Formar parte de un juego, ayudar a que el partido sea limpio y que haya la menor cantidad de lastimados posible, sancionar al tramposo o al violento…y de última, el referee tiene la última palabra en la cancha: su decisión hay que acatarla, guste o no.

   Los referees corren, de punta a punta; los que están afuera charlan entusiasmados sobre los partidos que le tocan dirigir esta semana; otros cuentan anécdotas o hacen preguntas técnicas.  Hay pibes de 18 años y otros que pasaron los 50; con un estado atlético buenísimo y otros que no; que jugaron años al rugby y otros que apenas lo hicieron en un puñado de partidos o nunca practicaron el deporte; uno se vino desde Ituzaingó, el otro desde Pacheco, aquel desde Bella Vista, ella (porque también hay mujeres referees), desde Moreno, aquella otra chica desde Villa Celina…

   Con más frecuencia que antes, mucha más, se escuchan en las canchas insultos a los referees. Puede suceder en partidos de cualquier categoría.  Suelen ser socios enardecidos porque le echan la culpa al árbitro por tal o cual fallo, responsabilizándolo de una derrota; pero también pueden ser jugadores suplentes, dirigentes, quizá algún entrenador, hasta un médico.  O hinchas de un club de Grupo I que además escupen  a un árbitro asistente.   O un entrenador, que le asegura  a un referee en el tercer tiempo: “Voy a hablar con mis contactos para que no dirijas nunca más”. También están los padres de jugadores juveniles que se enfurecen por cualquier cosa y calientan el partido desde afuera.  “La culpa de todo es tuya”, “sos un desastre”, se escuchó después de un partido de juveniles, de boca de dos padres, hacia un referee.  Pareciera que en ocasiones, el árbitro funcionara como una especie de pararrayos que concentrara las furias de los alrededores.  Quizá por eso escaseen las personas dispuestas a dedicarse al referato. Ya en en 1929, The River Plate Rugby Union, antecesora de la UAR, se mostraba preocupada por “los inconvenientes derivados de la falta de un número de referees, proporcionado al de los partidos a jugarse”.

  Qué extraño y necesario es el rol del árbitro. Más en un deporte como el rugby, que sin reglas claras terminaría en una carnicería.  Y es un rol extraño porque en un deporte de equipo, suelen tener que estar solos.  Y a su vez cada decisión que toman, hasta modifica la forma en que se juega el partido. Si uno  mirara el encuentro desde el cielo, vería cómo los jugadores forman distintas figuras, según el fallo que señala cada referee.  No todas son pálidas; a veces también se ven a jugadores, coaches o dirigentes felicitar a las autoridades del partido.

   Cada uno que termina el test resopla, busca descanso, agua, se sienta en algún rincón del gimnasio del Saint Brendan’s, elonga.  Uno, apoyado sobre las paredes verdes del lugar,  le pregunta a otro qué le toca dirigir el fin de semana.  Otro mueve la cabeza de un lado a otro y se toma uno de los muslos, preocupado por una posible lesión.  De a poco, los referees comienzan a retirarse, ya con la noche bien entrada, en pleno Belgrano “R”.  Es hora de desandar el camino, Echeverría hacia la zona de Cabildo, cruzar la vía, de vuelta en el Down Town Matias, sentarse en la mesa de manteles rojos, pedir un Irish Flag (trago con licor de Menta y Bailey’s),  y escuchar a Depeche Mode ahora cantando “your own, personal, Jesus, someone to hear your prayers, someone who cares…”

  

jueves, 22 de marzo de 2012

El vértigo de las listas

  Como el título de la entrada se llama un libro delicioso de Umberto Eco. En esa obra, el semiólogo y novelista italiano recopila listas y listas de cosas, personas, nombres, lugares, e imágenes que dan cuenta de esas enumeraciones. ¿Quién no sintió alguna vez cierto placer en recordar la lista alfabética de sus compañeros de escuela? ¿O la formación de su equipo favorito? ¿O en contar quiénes, de nuestros amigos, estaban esa noche en la fiesta de tal? Listar es proponer un tipo de orden en el mundo caótico en el que vivimos. En las listas, colocamos palabras unidas por determinada propiedad en común. O, si somos más vanguardistas, creamos una en la que justamente lo que une a los términos es que aparentan no tener ninguna relación el uno con el otro. 

  Este listado quizá nadie lo haya hecho, simplemente porque puede haberle parecido irrealizable, inútil o aburrido a mucha gente. Pero, en vísperas del Día Nacional de la Memoria, la Verdad  y la Justicia,  recordemos a los que ya no están, en particular modo a seres quizá intangibles: los clubes.  Hagamos un vertiginoso homenaje a algunos de los equipos que alguna vez estuvieron afiliados a la Unión Argentina de Rugby (UAR) y a la Unión de Rugby de Buenos Aires (URBA) y que hoy sus nombres están en las penumbras del mundo del rugby.

   En vez de un minuto de silencio, hagamos un minuto de lectura y recordemos a:

*YMCA (sí, los de “youuuuemmmciei”, que cantaba Village People)
*Sportivo Barracas, que en los ’20 era un club muy importante, y que en su cancha sobre la Avenida Vélez Sarsfield jugaba de local la selección argentina de fútbol) 
*Yurucas  
*Gimnasia y Esgrima de La Plata  
*Estudiantes de La Plata
*Unión Telefónica 
*Club Cadete Universitario
*Crusaders Rugby Football Club
*Ituzaingó
*Rugby Club Los Charrúas
*Ferrocarril Oeste 
*El Tala 
*Black Cats 
*Asociación Deportiva Lomas 
*Saint George’s  
*Asociación Deportiva del Comercio 
*Central Argentino   
*Regatas de Avellaneda  
*Ateneo de la Juventud 
*Dirección de Alumbrado   
*Kanguru Rugby Club   
*Asociación Ex Alumnos INEF 
*Correos y Telégrafos
*Arquitectura
*Yporá Rugby Club 
*Harrods Gath y Cháves 
*YPF 
*Sucu 
*Lomas Rugby Club  
*H.A.G.A 
*Adrogué  
*El Bosque 
*Escuela Naval 
*Lealtad  
*Tiro Federal  
*Roma Rugby Club 
*Colegio del Salvador  
*Sociedad Alemana de Gimnasia de Vicente López  
*Percivil 
*Los Quilmes   
*Duques Rugby Club  
*Gimnasia y Esgrima de Lanús  
*Ultracanes  
*Atahualpa Rugby Club 
*Padua Rugby Club  
*Los Sauces  
*Los Tábanos   
*Avellaneda Automóvil Club   
*Buenos Aires Rowing Club  
*Greens Club 
*Río de la Plata  
*Manuel Dorrego   
*Escuela Argentina Modelo  
*Nueve de Julio 
*Universidad de Belgrano
*Belgrano Day School 
*La Aguada 
*Nueva Pompeya (cuya camiseta es la de la foto) 
*San Ignacio  
*Tiro Federal de Campana  
*Banco Provincia 
*Pilar 
*Porteño de General Rodríguez
*Central Buenos Aires
*Ateneo de Padua 
*Cardenal Stepinac
*Hans Christian Andersen
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