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domingo, 7 de diciembre de 2014

Sarmiento y Cerati

  “Por aquí ya estuve/te largas a reír/pues con mi zoom/dame un zoom/luz, cámara y acción”. Así termina la canción “Zoom” de Soda Stéreo, cuyo video se filmó a mediados de los ’90 en el Planetario de Buenos Aires.  Y acá empieza el fútbol en Argentina, o al menos el primer partido del  que hay registros periodísticos, en junio de 1867, en lo que era el estadio del Buenos Aires Football Club, en una historia que une a ese deporte con el rugby, ya que el actual Buenos Aires Rugby & Cricket Club, “Biei”, fue la institución madre y hermana de ese primer equipo porteño de futbolistas.

   Gracias a un gran amigo y mejor persona, conocedor del mundo de los libros y jugador de Biei durante muchos años, Fernando López Llovet, supe de la existencia y pude leer “Tackle al tiempo”, de Roberto Schamun. En ese libro, el autor, socio del mismo club, recorre la larga historia de una institución pionera en tres deportes: rugby, fútbol y cricket. En este mismo terreno donde desde fines de los ’60 se levanta el Planetario Galileo Galilei, como una nave espacial olvidada por alienígenas en el medio de Palermo, rodó por primera vez una pelota de fútbol durante un partido del que hay constancia periodística. Y el rugby ya andaba metiendo la cola.

   Schamun cuenta que en las primeras décadas del siglo XIX, después de las Invasiones Inglesas de 1806 y 1807, algunos residentes británicos en Buenos Aires se agrupaban, más o menos informalmente, para jugar cricket, ese deporte del que los argentinos no tenemos mucha idea y que lo asemejamos al béísbol.  En 1861 le dieron encarnadura formal  a las actividades y fundaron el Buenos Aires Cricket Club.  Después de peregrinar por distintas canchas en Palermo, se asentaron en ese barrio, en lo que hoy es la esquina de Figueroa Alcorta y Sarmiento, por esa época una zona de arroyos, pajonales y palmeras.  Muy pocos años antes, esos terrenos habían pertenecido al gobernador de Buenos Aires, Juan Manuel de Rosas.

    El 8 de diciembre de 1864, es decir, hace 150 años, se inauguraba oficialmente el campo de deportes del Buenos Aires con un torneo internacional de cricket.  Schamun extrajo estos datos del libro de actas 1864-1868 de ese club, que se conserva en el archivo del Buenos Aires Cricket & Rugby Club, continuador institucional de aquel. Poco después, un decreto del por entonces presidente argentino, Domingo Faustino Sarmiento, traspasaría los terrenos de Palermo al Buenos Aires y la institución lo nombraría-no era para menos-  “socio honorario”.

  Ingleses como Thomas Hogg, J. Brookes y A.Brandshaw organizaron en ese predio las primeras carreras de atletismo con reglas modernas, en Argentina, en 1866. Thomas Hogg y su hermano James crearon otro club deportivo, el Buenos Aires Athletic  Sports, con sede en la calle Florida y que usaba el campo de deportes del Buenos Aires Cricket.  El 30 de mayo de 1867, según el libro de Schamún, los hermanos Hogg organizaron en Palermo un torneo con 13 actividades diferentes, con mucho público “especialmente femenino”.  Los apellidos de los ganadores de las distintas pruebas acentúan el color inglés de los inicios del deporte organizado en Buenos Aires:  Roberts, Jacob, Cooper, Smith, Howden, Simpson, Bennet, Jackson y Perry, entre otros.

La era del fútbol

  El Buenos Aires Cricket era una especie de hermano mayor del Buenos Aires Athletic, ya que los socios de las dos entidades eran prácticamente los mismos. Siguiendo esa dinámica, el ya mencionado Thomas Hogg y otros asociados crearon un tercer club, el Buenos Aires Football Club (BAFC), con sede en la calle Temple (actual Viamonte), y que iba a utilizar el predio del Buenos Aires Cricket para sus partidos de fútbol, toda una novedad en la época.

   El primer encuentro se iba a jugar en el barrio de La Boca, pero se suspendió por mal tiempo. Y, finalmente, el 20 de junio de 1867, socios del BAFC jugaron entre sí el primer partido de fútbol del que hay registro en Argentina, ya que la crónica del mismo salió publicada al día siguiente en el diario “The Standard”. Los equipos se diferenciaron usando uno gorras rojas y otro blancas.  De acuerdo a Schamun, ganó el equipo de Thomas Hogg, el del color rojo, por 4 a 0 y ese encuentro original duró….2 horas. Víctor Raffo, un profundo conocedor de la historia del deporte en Argentina, cuenta que Thomas Hogg y Walter Heald llegaron dos horas y media antes del comienzo del encuentro, adaptaron la cancha de cricket de Palermo para el fútbol, picaron pan, queso y cerveza en el legendario Café “Hansen”, que quedaba enfrente, y esperaron a que llegara el resto de los jugadores.
La era del rugby

  Por esos años, no estaban claramente diferenciados el rugby y el fútbol, y en ocasiones se jugaba una mezcla de ambos, En la propia Inglaterra, cuna de las reglamentaciones modernas de esos dos deportes, no estaban consolidadas las diferencias. En Argentina sucedía lo mismo y en de acuerdo  a “Tackle en el tiempo”, en 1874 los socios del BAFC adoptaron definitivamente el código reglamentario del rugby cuando jugaron el primer partido bajo esas leyes en un estadio en Flores. En paralelo, el fútbol fue decayendo entre los socios de Biei y los últimos partidos de ese deporte jugado por el club llegan hasta 1881.

  Pero el Buenos Aires Football Club había iniciado otra etapa, refundado en 1866 y concentrado en el rugby, mientras también seguía con vida el Buenos Aires Cricket, el club “madre” del anterior y, de hecho, dueño de los terrenos famosos de Palermo; el 20 de junio de aquel año, en Flores, se jugó otro partido de rugby entre dos equipos del club. Y nueve días más tarde, con refuerzos del Club Ferrocarril Sud, un representativo de los palermitanos jugó en Rosario con el Athletic de esa ciudad. Durante un puñado de años, los partidos del Buenos Aires se jugaban en ese Polo Ground de Flores, que regenteaba un religioso anglicano, el Reverendo Gybson Spilbury.

  En 1891 se jugó el primer torneo porteño de rugby, y el BAFC ya lucía el color azul en la camiseta, que identifica hasta hoy a BIei. En 1893 se decide dejar el campo en Flores y seguir con el rugby en el predio-ya entonces histórico-de Palermo. A fin de 1899, a instancias del BAFC, se creó la Unión del Rugby del Río de la Plata, y Buenos Aires fue uno de los 4 clubes fundadores, junto a  Belgrano Athletic, Lomas Athletic y Atlético del Rosario. Al año siguiente, con el fin del siglo XIX, Biei salía campeón por primera vez.

  Por esos tiempos, el club alternaba entre su campo y la cancha de Talleres de Remedios de Escalada, lo que no era extraño en la época, ya que las dos entidades habían sido fundados por ingleses. En 1915, cuando la Primera Guerra Mundial ya llevaba un año, Biei comenzó a  desgranarse, al irse varios de sus jugadores de rugby a pelear del lado del ejército británico, contra la alianza formada por Alemania, Austria y Hungría. Lyle Blarr, Bladgen, Clarke, Crawford y Rogers fueron algunos de los deportistas de Biei que murieron en esa guerra. Esas pérdidas hicieron que el club durante 1918 dejara momentáneamente de jugar el torneo porteño, por escasez de jugadores. Por ese entonces, los azules de Palermo tenían 89 socios.

    Con el tiempo, Biei se pudo recomponer. Cabe aclarar que el club ganó el campeonato máximo del rugby de Buenos Aires en 1900, como queda dicho, y en 1901, 1902, 1903, 1904, 1908, 1909, 1915, 1958 y 1959. En los 40’ sucedió algo clave: un incendio destruyó casi todas las instalaciones de esa cancha en donde se había jugado el primer partido de fútbol del que hay registros en Argentina. Al ser de madera gran parte del estadio, es simple imaginar cómo las lenguas de fuego lamieron al club en pocas horas hasta dejar gran parte en cenizas. Algunos aseguraron que el incendio fue intencional, y lo atribuyen a algún sector del peronismo que gobernaba al país en ese 1948.  Nunca se pudo comprobar ese rumor. Lo cierto es que por un decreto presidencial, se le sacaron esas instalaciones a Biei. Ante el nomadismo, por fin, los dos clubes sobrevivientes, el Buenos Aires Cricket Club y el Buenos Aires Football Club se fusionaron y dieron forma al Buenos Aires Cricket & Rugby Club.

   Biei consiguió un predio en Don Torcuato, que usó muchos años; luego construyó otro en San Miguel, que llegó a alojar un estadio muy grande en donde jugaron Los Pumas en varias ocasiones. Y hace pocos años recaló en San Fernando, al lado del Virreyes Rugby Club. A nivel rugby, los azules siguen en la máxima categoría del rugby porteño, aunque no siempre cerca de la punta. Pero esa es otra historia.

  La del predio de Palermo era la principal. Y una tarde 
de primavera, con el Planetario de fondo, leo en el monolito blanco, instalado en 1934, que recuerda que allí se jugó el primer partido de fútbol en Argentina y las primeras veces de otros tantos deportes. Y fue un día como hoy, 8 de diciembre, pero hace 150 años, cuando se inauguró el predio, originalmente para jugar cricket. Ahora las estrellas del fútbol titilan en otros estadios y las otras se pueden ver en el Planetario y,cuando las nubes lo permiten, en el cielo.

jueves, 7 de agosto de 2014

Crayones



  “Había una vez”…, .como siempre comenzaban los cuentos para chicos, al menos los clásicos. Y sí, “había una vez”, un pibito de 8, 9 años, que todavía no jugaba el rugby, pero al que su papá lo llevaba a ver partidos de ese deporte, del que no entendía casi ninguna regla, salvo que la pelota no se podía pasar adelante con la mano y que no se podía caer hacia el ingoal contrario. Y que un “try”, era algo muy importante, casi como un gol en el fútbol, pero no tanto porque sucedía más seguido.  El chico no siempre se divertía con el partido de rugby. A veces, cuando empezaba el segundo tiempo, se quedaba a 20 o 30 metros del padre, caminando, observando, viendo un mundo nuevo.  Olía el aroma mentolado del líquido que se frotaban los jugadores, que quedaba presente en el aire un buen rato; el barro por todas partes, el olor del pasto fresco,  pisado por los botines de los rugbiers, las zapatillas de chicos como él y los zapatos de los grandes; las nubes de vapor que salían de las bocas de los espectadores, mientras metían las manos cada vez más adentro de los bolsillos de las camperas. Camperas inflables, que estaban de moda, o de jean, que algún distraído había llevado, porque también se usaban, aunque el frío perforaba esa tela con facilidad. 

 Después de un rato volvía a colocarse al lado del alambrado, en el hueco que lograba hacerle su papá, entre tantos señores que parecían tan altos. Una vez lograda esa posición, trataba de descifrar qué pasaba en el campo que juego, que en más de una ocasión parecía una pileta de barro, agua e islotes de césped. Seguía sin entender muchas cosas. Los grandes hablaban de “montoneras”, un término que fue quedando en el olvido; al referee no le hablaba absolutamente nadie, salvo el capitán; los jueces de touch podían ser empleados del club local, allegados del visitante, algún padre, que agitaba como banderín un pulóver, un trapo, lo que fuera. 

    Algún chico como él, con la camiseta del local, comía un chocolate Aero; otro amigo, cerca, masticaba un chicle Bubaloo; algún otro, más cerca del banco de suplentes de los visitantes, tomaba una TAB. También veía a los adultos con café en vasitos de plástico, tomándolo apurados, ansiosos por calentar el cuerpo. Pero el café no le llamaba la atención, no era una bebida que entrara en el universo de los chicos.

  El partido avanzaba hasta el final, sin que él siguiese entendiendo que ese deporte, apasionante, parecía por momentos una combinación de lucha con fútbol americano. Pero había algo épico en ese juego:  en algunas situaciones, cuando un equipo estaba a punto de convertir un try con sus forwards, todo parecía una batalla medieval, cuerpo a cuerpo, con actos de heroísmo colectivo, que terminaban con la toma del castillo, que en el campo se traducía al apoyar la pelota ovalada, generalmente Mitre, en el ingoal. Y ahí la gente saltaba, se abrazaba, se derramaba el café de los vasitos de plástico, el chocolate Aero saltaba por el aire.

  Terminaba el partido, los jugadores se saludaban, tapizados de barro y sudor. Y los espectadores, después de algunas palabras con sus amigos, corrían despavoridos a abrigarse en sus autos, sus casas o en el bar del club, con gin tonic, cerveza o lo que fuere.  Y el chico del comienzo de la historia volvía a su casa con su papá, y se quedaba repasando las imágenes, aromas, sonidos y sabores que había detectado esa tarde, y tantas otras, durante los sábados. Y cuando el día se iba tornando de color azul, anticipando la noche, ya en el living de su casa, en una mesa, con los crayones Jovi de colores que le había regalado su mamá, y una hoja Camson N° 5, de las que usaba para Actividades Plásticas, en la escuela primaria, comenzó a recordar todas las camisetas que había visto en esos últimos meses. Y las que sabía por referencias de su papá, de algún amiguito, o porque había leído el dato en alguna Test Match. Y así, de las yemas de sus dedos y de las puntas de los crayones fue dibujando y pintando cómo eran las camisetas que él conocía (o creía conocer) de  clubes de rugby de Buenos Aires.  Sabía que había muchos, pero él había memorizado las camisetas de un puñado. No se desanimó y coloreó la tarde con esos crayones, sobre la hoja blanca, que fue volviéndose también verde, amarilla, celeste, roja, negra, naranja, celeste.  Incluyó un club que ya se había desafiliado, el Old Georgian’s  (ahora reaparecido), y ese fue fácil de ilustrar. Dejó el espacio en blanco, entre los dibujos de las remeras de CASI y de Olivos (en la imagen que está al comienzo del texto, las tres últimas ilustraciones de la tercera fila). A San Andrés lo hizo verde con una franja diagonal blanca, porque creyó que el club de rugby de ese nombre era el mismo que jugaba la Liga Nacional de Básquet, que en realidad se llamaba Deportivo San Andrés y no tenía nada que ver con el de los escoceses. 

   Quién sabe por qué error, a San Luis li pintó todo de azul, sin rojo. Y la camiseta correcta del club platense se la atribuyó a Deportiva Francesa.  También aparecía la de Banco Hipotecario, porque el novio de su prima, Gustavo (hoy exitosísimo preparador físico), jugaba ahí y le había contado cómo eran los colores. Y la de Lasalle, porque se la había visto puesta a un nene vecino del barrio y le había preguntado de qué club era. Obviamente, figuraban también las remeras del SIC, Alumni, Belgrano, CUBA, Pucará, Los Matreros, La Plata y varios más.

  Ese sábado siguió su recorrido; un par de horas después cenaron pizza, hecha por su mamá, como era costumbre, y disfrutaron de la comida él, sus padres y su hermana mayor. Terminada la cena, guardó la hoja Camson N°5 con su mundo de camisetas, colores y nombres, entre sus papeles y juegos. Y pese a que era desordenado, la hoja sobrevivió años, mudanzas, pérdidas, accidentes, muertes. Y hoy la rescata para compartirla en el indefinido espacio virtual.
    
  Especialmente, el mensaje de ese chico, es con cariño para todos los pibes que juegan al rugby en cualquier rincón del planeta, como Lautaro, Joaquín y Tomás, algunos de los cracks de Rugby Inclusivo; pero también para los que, ya adultos, lo jugaron de pequeños; y además para los que nunca jugaron, pero lo disfrutaron desde el otro lado del alambrado o en la televisión. Y, por qué no, para el chico que cada uno lleva adentro, pese a las hipocresías sociales. Porque, como dijo el poeta alemán Rainer María Rilke: “La verdadera patria de las personas es la infancia”. Así que este domingo…¡Feliz Día del Niño!

lunes, 8 de abril de 2013

Belgrano "R" (de "referees" y de "respeto")


   Depeche Mode es lo que suena por los parlantes.  “All I wanted, all I needed is here, in my arms…words are very unnecessary, they can do only harm”, rebota la voz de David Gaham por las paredes revestidas de madera, los carteles verdes que dicen “Beer is the answer but I don’t remember the question”, las botellas de cointreau, vodka, ron, cognac, tequila, que descansan sobre la barra,  una parejita que toma café mientras cada uno tiene la vista clavada en su notebook,  la chica que se queja a la camarera porque el jugo “no es exprimido”, tres hombres de camisa blancas y jeans que dicen “competitividad”, “facturación”, “ganancias”.  Al costado, la vía del tren.  Un par de cuadras más lejos, el cruce de la calle Sucre, donde se ambienta una parte de la novela Últimos días de la víctima, de José Pablo Feinmann y también El túnel, de Ernesto Sabato.  Unas cuadras más, Belgrano Athletic.

  Caminar unos pasos y ver la Plaza Castelli, que enrejaron.  Recordar que cuando se volvía de mañana de los boliches, la plaza servía para dormir un par de horas en los toboganes o en los bancos, y llegar más fresco a la casa.  Del otro lado de la calle, el local de Maru Botana repleto de gente, en su mayoría mujeres, catando brownies, cheesecakes o scones. A  los pocos metros, la librería Caleidoscopio, con libros muy interesantes en la vidriera. A la vuelta, la pizzería Croxy y el restorán Jolie, cuya fundadora con el tiempo se volvió pareja del obispo católico Fernando Bargalló. En el medio de los dos locales, quedaba la Asociación Cultural Irlandesa, desaparecida a principios de los ’90.

   Ya de regreso en la calle Echeverría, el gimnasio del Colegio Saint Brendan’s, históricamente relacionado con Irlanda.  De hecho, San Brendano fue un santo irlandés, del siglo VI después de Cristo, y los colores del colegio, y los de su equipo de rugby, son verde, blanco y naranja, como la bandera de República de Irlanda.  A pocas cuadras, sobre la misma calle Echeverría, está el santuario de Schöenstatt, y un poco más lejos, la iglesia San Patricio, cuyo nombre recuerda al santo patrono irlandés, y en la que en 1976 fueron asesinados cinco religiosos, crimen aún sin esclarecer.  Todo se une. En los ’80, el gimnasio del Saint Brendan’s era cedido por el colegio para que los chicos que formaban parte de las actividades de San Patricio pudieran jugar al fútbol.

   Y ahora, en esa misma canchita techada, hay un montón de conos de todos los colores en el suelo, organizados en filas.  Y muy cerca de ahí, 2, 3, 10, 50 personas, de distintas edades, todos con ropa deportiva, se suben a una balanza, se dejan tomar la presión, miran papeles, charlan entre sí y, finalmente, corren de una punta a otra de la cancha, cada vez con más velocidad. Son los referees de la Unión de Rugby de Buenos Aires (URBA), haciendo el sufrido test Navette, que mide la resistencia aeróbica.

   Como es previsible, los más rendidores en la corrida son los más jóvenes y con menor sobrepeso. Los coordinadores de la prueba se toman el trabajo en serio: anotan los números de cada referee, toman el pulso a cada uno después de la prueba, organizan las listas…ya son más de 80 los árbitros congregados en el gimnasio. Los que están por dar el test precalientan en un patio lateral; los que recién terminaron, buscan respiro, agua, sentarse. Desde un gimnasio vecino, seguramente jugadores del Saint Brendan’s miran con curiosidad a los referees.

   El de referee es una actividad con mucho de solitario; por más que lo asistan los jueces de touch, suele llegar solo para dirigir su partido y se va de la misma manera. No tiene hinchada propia ni un equipo grande en qué apoyarse y, por más cortesía que haya, siempre alguno lo mira torcido, o directamente lo critica, le grita, lo insulta.

   También debe de tener sus placeres, sus satisfacciones. Formar parte de un juego, ayudar a que el partido sea limpio y que haya la menor cantidad de lastimados posible, sancionar al tramposo o al violento…y de última, el referee tiene la última palabra en la cancha: su decisión hay que acatarla, guste o no.

   Los referees corren, de punta a punta; los que están afuera charlan entusiasmados sobre los partidos que le tocan dirigir esta semana; otros cuentan anécdotas o hacen preguntas técnicas.  Hay pibes de 18 años y otros que pasaron los 50; con un estado atlético buenísimo y otros que no; que jugaron años al rugby y otros que apenas lo hicieron en un puñado de partidos o nunca practicaron el deporte; uno se vino desde Ituzaingó, el otro desde Pacheco, aquel desde Bella Vista, ella (porque también hay mujeres referees), desde Moreno, aquella otra chica desde Villa Celina…

   Con más frecuencia que antes, mucha más, se escuchan en las canchas insultos a los referees. Puede suceder en partidos de cualquier categoría.  Suelen ser socios enardecidos porque le echan la culpa al árbitro por tal o cual fallo, responsabilizándolo de una derrota; pero también pueden ser jugadores suplentes, dirigentes, quizá algún entrenador, hasta un médico.  O hinchas de un club de Grupo I que además escupen  a un árbitro asistente.   O un entrenador, que le asegura  a un referee en el tercer tiempo: “Voy a hablar con mis contactos para que no dirijas nunca más”. También están los padres de jugadores juveniles que se enfurecen por cualquier cosa y calientan el partido desde afuera.  “La culpa de todo es tuya”, “sos un desastre”, se escuchó después de un partido de juveniles, de boca de dos padres, hacia un referee.  Pareciera que en ocasiones, el árbitro funcionara como una especie de pararrayos que concentrara las furias de los alrededores.  Quizá por eso escaseen las personas dispuestas a dedicarse al referato. Ya en en 1929, The River Plate Rugby Union, antecesora de la UAR, se mostraba preocupada por “los inconvenientes derivados de la falta de un número de referees, proporcionado al de los partidos a jugarse”.

  Qué extraño y necesario es el rol del árbitro. Más en un deporte como el rugby, que sin reglas claras terminaría en una carnicería.  Y es un rol extraño porque en un deporte de equipo, suelen tener que estar solos.  Y a su vez cada decisión que toman, hasta modifica la forma en que se juega el partido. Si uno  mirara el encuentro desde el cielo, vería cómo los jugadores forman distintas figuras, según el fallo que señala cada referee.  No todas son pálidas; a veces también se ven a jugadores, coaches o dirigentes felicitar a las autoridades del partido.

   Cada uno que termina el test resopla, busca descanso, agua, se sienta en algún rincón del gimnasio del Saint Brendan’s, elonga.  Uno, apoyado sobre las paredes verdes del lugar,  le pregunta a otro qué le toca dirigir el fin de semana.  Otro mueve la cabeza de un lado a otro y se toma uno de los muslos, preocupado por una posible lesión.  De a poco, los referees comienzan a retirarse, ya con la noche bien entrada, en pleno Belgrano “R”.  Es hora de desandar el camino, Echeverría hacia la zona de Cabildo, cruzar la vía, de vuelta en el Down Town Matias, sentarse en la mesa de manteles rojos, pedir un Irish Flag (trago con licor de Menta y Bailey’s),  y escuchar a Depeche Mode ahora cantando “your own, personal, Jesus, someone to hear your prayers, someone who cares…”

  

martes, 14 de agosto de 2012

Barro tal vez

 "Si no canto lo que siento/me voy a morir por dentro/ he de gritarle a los vientos hasta reventar/ aunque sólo quede tiempo en mi lugar”.  Eso dejó plasmado Luis Alberto Spinetta en la canción que lleva como título el mismo de esta entrada. Pasado el furor mediático después de la muerte del músico, en estos días invernales de lluvias y cielos blancos se recuerda esa canción.  Y más cuando uno camina por las calles del barrio de Belgrano, el mismo que el de Spinetta, aunque un poco lejos de su zona de influencia, que era la cercana a las Barrancas.

   La calle Virrey del Pino entre Forest y Superí, adoquinada, rodeada por casas de techos de tejas, jardines misteriosos, claraboyas que alumbran algún ático y hojas que se agitan como mariposas por el viento de agosto.  Los charcos de agua que nacen en las hondonadas de las veredas reflejan las ramas desnudas de los árboles y el blanco de las nubes.

  Cerca, en una mansión, está la Embajada de Corea del Sur. En otra, una “residencia para mayores”, silenciosa en la hora de la siesta, huérfana de visitas también.  Más adelante, un colegio católico, que tiene en su frente las banderas de Argentina y del Vaticano. Al lado, otro colegio, con los colores nacionales y con los de Armenia. Unos metros más,  pasando la casa que tiene una veleta de hierro junto a la chimenea,  la Embajada de Japón, siempre de blanco brillante sus paredes. Enfrente, la sede diplomática de Libia, otro país ahora de nuevo olvidado por los medios. Y entre todas esas residencias, un muro amarillo, una entrada con techo de tejas, hierros pintados de verde inglés, y una garita en donde una chica morocha de pelo lacio, siempre muy seria, informa que para ver Belgrano Athletic-Atlético del Rosario, hay que pagar 35 pesos.

   Durante muchos años, si la persona que quería ver el partido no quería pagar, ingresaba por un portón de tablas verdes, sobre la calle Superí, y veía el encuentro pegado al alambrado,  frente a la tribuna local techada.  Ya hace mucho que esa puerta la cerraron y hoy todo el mundo paga. Seguirán los cambios, seguramente, porque ni bien uno abona los 35 pesos de la entrada, un cartel de una empresa especializada en identificación informa sobre las bondades de sus productos para controlar el ingreso de personas.  La cartelera del club informa los montos de las cuotas (la más cara es de 520 pesos),  novedades legales y demás.

  Hacia la derecha suelen escucharse los piques de las pelotas de tenis sobre el polvo de ladrillo, y algún “bien”, o un “vamos” de algún jugador cuando acierta un revés o un drive. Hoy no es el caso, y el naranja de las canchas parece más oscuro por el agua, y las pelotas y los tenistas están bien guardados.  Las redes y los flejes son los únicos que permanecen, estoicos, bajo la lluvia.

   Unos metros más, y está una de las entradas al bar del club y a los baños, de puertas de madera impecables. En el hall de entrada, camisetas de Argentina de los jugadores de Belgrano que pasaron por Los Pumas cuelgan desde las paredes, junto con la cartelera de hockey, noticias sobre tenis, bowls, squash y recomendaciones para no insultar a los referees de rugby. También se destaca una guía sobre qué hacer ante una persona que ha tomado alcohol en exceso, tanto si está inconsciente como si no lo está.

  El partido está por comenzar. Es un duelo de fundadores, y el mundo del rugby hace pesar las tradiciones. De hecho, todos los clubes que crearon la primera Unión Argentina de Rugby existen y en buena forma, salvo el Flores Athletic Club, condenado al olvido. Curiosamente, casi todas las instituciones que iniciaron los torneos de fútbol en Argentina ya no se dedican a ese deporte o desaparecieron.

  Así que hoy, se enfrentan dos clubes más que centenarios: Atlético del Rosario nació en 1867 y Belgrano en 1896.  Los dos fueron creados por empleados de las empresas dueñas por entonces de los ferrocarriles, en manos de capitales británicos.  Los rosarinos nacieron como club de cricket, y también se destacaron en fútbol. Belgrano Athletic también brilló durante muchos años como un club de fútbol hasta bien entrado el siglo XX.

  El rugby debe ser el único deporte sobre césped que se juega aun con  el campo de juego embarrado y lleno de charcos. Así, una tarde como esta, en minutos los 30 jugadores parecen monstruos de la laguna, tapizados de barro, agua y césped.  Desde Rosario apenas llegaron unas 20 personas.  De Belgrano habrá unas 300, repartidas entre la tribuna verde de madera y zonas vecinas.

  Un empleado del club local está atento para ir a buscar la pelota cada vez que sale del campo de juego. Lleva un piloto de plástico amarillo, gorra y fuma, mientras mira el juego y cuando la ovalada vuela por el aire, sale de la cancha, y cae de lleno en algún charco, él va, en puntas de pie, con sus botas negras, a buscarla para que los rugbiers sigan con su juego.  

  El partido es una trenza e cuerpos embarrados, en la que predominan los de Belgrano. Uno, dos, tres tries, la cuenta sigue, a favor de los de Virrey del Pino. El público de los partidos de rugby suele conocer de primera mano lo que pasa en los clubes; no es frecuente-aunque hay casos-que alguien que vaya a ver un encuentro de rugby no sea socio de alguno de los dos clubes, o familiar de los jugadores. Es raro encontrar “hinchas” de un club que no sean o hayan sido socios, o que al menos no hayan jugado en su equipo. Eso le da un tono familiar, por momentos íntimo, al público.

  Así, en las tribunas de madera casi vacías de esta tarde de lluvia, un grupito de hombres, paraguas en mano, comentan, entre bromas sobre fútbol, que es el último partido de uno de los alas de Belgrano, Mateo Olivari, porque se va a estudiar.  Otro comenta que “parece” que a Hernán Olivari, primo de Mateo, le llegó la hora de dejar el deporte, pero por lesiones.  El partido se escurre como el agua entre las huellas de los zapatos que quedan grabados sobre la tierra, al costado de la cancha. El referee Ariel Guillén indica con el silbato que el partido termina. Belgrano 46-Atlético del Rosario 0.

  Hay que desandar el camino, adivinar dónde pisar para no hundirse en el barro, pasar por la puerta del bar desde donde salen aromas a café y tortas, pasar por el camino que bordea las canchas de tenis y que a su lado tiene un muro tapizado de enredaderas, salir a Virrey del Pino, caminar hacia la esquina de Forest, pasar por la “residencia para mayores” que sigue sin visitas, hacer dos cuadras por esa avenida y terminar en el cruce con Sucre, para ver dónde estaba la sala de ensayos de Soda Stéreo, ahora vuelta mansión, y cerrar el relato iniciado con Spinetta conectándolo con Gustavo Cerati.  Signos.