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miércoles, 14 de octubre de 2015
Fuera de juego
*Un ex luchador de Titanes en el Ring que da clases de tango
*Un ex militar israelí que vive en Florida
*Un gasista de Bolivia que vive en la Villa 31
*Un museólogo que fue policía y tiene un hermano desaparecido.
*Una dueña de un bazar en San Antonio de Padua
*Una locutora de una fm de San Fernando, madre de 9 hijos.
*Un estudiante de Abogacía en Mendoza, que se traslada en silla de ruedas.
*Un zarateño detenido en la cárcel de Campana.
Y muchos personajes más, dan forma a "Fuera de juego. Crónicas sociales en la frontera del rugby"....
domingo, 9 de agosto de 2015
El pasado es otro país
Hace 50 años, los
jugadores de la selección argentina de rugby, después de un viaje interminable
en aviones “lecheros”, que paraban en Senegal,Liberia, Nigeria y Congo, se convirtieron en “Los Pumas”, cuando los periodistas sudafricanos
transformaron el yaguareté del logo del equipo en aquel animal. Cuenta Jorge
Búsico, en su excelente, imprescindible y bien documentado “El rugido.
Sudáfrica 1965. El nacimiento de Los Pumas”(publicado por Club House) cómo la delegación apenas tuvo 25
jugadores, 3 entrenadores y un solo dirigente. También, que el traje oficial
para la gira se lo tuvieron que costear los jugadores, aunque con un descuento
conseguido por la Unión Argentina de Rugby en una sastrería. Como dice la
escritora Alma Guillermoprieto, “el pasado es otro país”, y, por lo tanto,
visitemos de la mano de Búsico aquellos recuerdos.
Con los ecos de la
victoria nacional ante los Springboks, por 37 a 25, vale la pena repasar
aquella semilla, tan bien recreada por el autor de “El rugido” en su libro.
Búsico, periodista deportivo experimentadísimo, y creador del necesario y
masivo blog denominado “periodismo rugby”, recuerda los lazos rugbísticos entre argentinos
y sudafricanos, que incluyen a un jugador del otro continente, Fairy Heatlie, que se radicó en Argentina y que en 1910 llegó
a jugar un partido par aun combinado argentino, y que en 1932, la selección
nacional debutó con una camisera celeste y blanca a rayas, en un partido jugado
en la cancha de Ferro ante los Juniors Springboks, un equipo “B” pero muy
poderoso para la época. Ese mismo combinado visitaría Argentina en 1959, en
donde jugaría varios partidos, hoy impensados, como ante Deportiva Francesa,
Buenos Aires Cricket & Rugby Club y Olivos, entre otros.
Los avatares de la época, en donde el rugby en Argentina era
absolutamente amateur, hacían que los jugadores seleccionados tenían que pedir
permiso en sus trabajos para ausentarse dos meses, con motivo de la gira, que
incluía muchos partidos. Uno de aquellos deportistas, Guillermo McCormick,
estuvo solo un mes con el equipo porque en el trabajo no le autorizaban más
días. Ni hablar de cobrar por jugar. Roberto Cazenave, del SIC, recuerda: “Yo
no llevé nada. No tenía un mango”. Una vez en el continente africano, las
autoridades deportivas locales les acercaban mensualmente a los jugadores un
viático mínimo. El seleccionado, en tanto, estaba conformado por jugadores de distintas
procedencias, y, algo no frecuente hasta entonces, había de Duendes, de
Rosario, de Pucará, de Burzaco , uno de Universitario de Córdoba, uno de San
Martín, otro de San Fernando, otro de Los Tilos. Ser parte del mejor combinado
argentino ya no era un patrimonio exclusivo de los clubes tradicionales.
Por otra parte,
otro acierto de Búsico es contar cómo las autoridades sudafricanas trataban de
estrechar lazos puntuales con algunos países, porque con el correr de la
segunda mitad del siglo XX, sus seleccionados iban siendo dejados de lado de
las competencias internacionales, como boicot al régimen racista de ese país,
aliado histórico de Gran Bretaña y Estados Unidos. Bajo el “apartheid”, tal
como que se denominaba a esa forma de gobierno, los blancos concentraban todo
el poder, y la población negra, que era la mayoría en el país, no podía
gobernar y tenía todo tipo de restricciones económicas, sociales y culturales. Por
esos años, Nelson Mandela era encarcelado, como líder del Congreso Nacional
Africano (CNA), un movimiento popular opuesto al gobierno basado en criterios
raciales de los afrikaaners.
“El rugido” describe
cómo durante la gira, las personas negras que osaban ir a ver los partidos de
rugby tenían que amontonarse en un rincón de la cancha, rodeados de alambrados
de púa, mientras que las plateas eran para los blancos. Obviamente, los
sudafricanos negros deseaban que Argentina le ganara a la selección de su país,
que por esas épocas representaba, en la práctica, solamente a la población que
descendía de los colonizadores holandeses, ingleses, franceses y alemanes. “Please,
master, win tomorrow”, recuerda en el libro el Puma Adolfo Etchegaray, que le
decían los habitantes originales del país.
Así llegó el día, en el que, como se sabe, los
flamantes Pumas derrotaron a Juniors Springboks 11 a 6 y se metieron en la
agenda internacional del rugby. Nicanor González del Solar, Marcelo Pascual,
Ronald Foster, Luis García Yáñez, Héctor
“Pochola” Silva y Arturo Rodríguez Jurado fueron algunos de los que lograron
ese éxito. Era la primera victoria en el exterior ante un rival de peso,
inclusive, en los papeles, muy superior. Cuando regresaron al país, 4 mil personas
recibieron a la delegación en Ezeiza, y El
Gráfico, Clarín, Gente, Crónica y el desaparecido diario El Mundo, aparte de La Nación,
La Prensa y La Razón, cubrieron con holgura la llegada.
Otro acierto del
libro es colocar datos contextuales para entender qué pasaba en Argentina y en
el mundo, en el medio de esa gira. Así, se recuerda la lucha por los derechos
civiles de las personas negras en Estados Unidos, el plan de estrangulamiento
económico en Argentina, diseñado por Álvaro Alsogaray, las huelgas de cañeros y
metalúrgicos en el país, el golpe
militar que dio Juan Carlos Onganía y demás. Por último, el volumen contiene
varias fotos de la gira y de programas de los partidos (seguramente acopiados
por Guillermo Illia, uno de los Pumas del ’65) y un completo anexo con
minibiografías de todos los participantes de esa gira histórica, además de los
resúmenes de todos los encuentros. La investigación documental estuvo a cargo de Oscar Barnade y Víctor Raffo y la producción periodística, de Sergio Renna. En síntesis, un gran viaje al otro país que
es el pasado, y que se conecta con este presente.
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domingo, 10 de mayo de 2015
Imágenes retro
Por las vueltas de
la vida y gracias a este blog, conseguí
la colección completa de la revista Test Match, verdadera “Biblia” para la
gente de rugby en los ’80. Es una de las ventajas del papel: es más fácil de
conservar y hoy tengo en mis manos todas las notas de la revista. A modo de
debut del rescate, y con el Mundial de Rugby de Inglaterra a meses vista,
extraigo datos de Test Match de los números previos al primer certamen
internacional jugado en Australia y Nueva Zelanda en 1987, en donde
Argentina no pasó de la primera ronda, sorprendida, sobre todo, por la derrota
en el primer partido ante Fiji. Así palpitamos el Mundial y recordamos el primero, que parece que sucedió en la Prehistoria.
*“El grupo entrena de manera responsable aunque sin
presiones, con esperanzas de que Los Pumas sean la revelación del campeonato que
ya empieza”, decía el periodista Alberto Sáenz en uno de los números previos, cuando Los
Pumas ya estaban instalados en Oceanía.
*El Mundial comenzaría el 22 de mayo, con el partido entre
All Blacks e Italia, que finalmente ganarían los de negro 70 a 6, y terminaría el 20 de junio, ganándole la final de Francia por 29 a 9.
*Por otro lado, en una encuesta entre distintas
personalidades del rugby argentino previo al inicio, la mayoría apostaba a que Los Pumas
llegaban tranquilamente a semifinales.
*En la encuesta a las mismas personas después de la rápida
eliminación del Mundial, casi todos los consultados calificaba la actuación
blanquiceleste de “pobre”, “baja”, “decepcionante”,
“un rotundo fracaso” y “siniestra”.
*Otros tiempos, en todo sentido: Los Pumas eran amateurs, y
además los campeonatos locales en Argentina se seguían jugando en paralelo al
Mundial.
*La televisación del Mundial iba por Canal 2, que en algunos
barrios de la Capital se veía pésimo y había que hacer malabares con las
antenas de televisión ubicadas en las terrazas para tratar de captar alguna
imagen. Pasaron 28 años pero a muchos nos parece que transcurrieron 100.
*Los relatos y comentarios por Canal 2 estaban a cargo de
Guillermo Alonso y Alberto Sáenz, y en los estudios en Buenos Aires figuraba
Luis Bavio.
*Eran tiempos sin Internet y con muy poco acceso al cable.
Por eso la revista traía datos sobre, por ejemplo, los colores de las camisetas
de los seleccionados, como se ve en la foto que ilustra este post, verdadera imagen retro.
*La revista, en la nota de cierre del Mundial, decía que el evento "puso al descubierto a todos los que han dejado de sentir la pureza del amateurismo", ya que se habían visto cómo jugadores de las potencias (Australia, Nueva Zelanda, Francia, Inglaterra), recibían "viáticos" o filmaban publicidades y ganaban plata con ello. Test Match decía que; "o nos movemos todos con las mismas reglas o cada uno se mueve por su lado". A los pocos años, las reglas claramente las instaló el profesionalismo y a nivel internacional es asumido públicamente y no está mal visto cobrar por jugar al rugby en las selecciones o en los clubes de rugby de Europa. En Argentina, a nivel clubes, sigue siendo en 2015 un tema tabú, al menos en el ámbito porteño. ¿Cambiará post Mundial?
domingo, 14 de diciembre de 2014
El secreto de sus ojos
Este vagón del
Mitre parece que tuviera como destino Villa Gesell o Pinamar; muchas parejitas,
ellas con musculosas y shorts con tela de jean, ellos con remeras y cargando
equipos de mate. Los que viajan solos también apenas pasan los 20 años, como la
chica de labios pintados de rojo intenso que contrastan con la blancura de su
piel, o el chico de rastas que teclea frenético su celular. Este convoy es
cómodo, con aire acondicionado, carteles indicadores que funcionan y asientos
en estado perfecto. ¿Tendrán el mismo servicio las personas que viajan a
Quilmes en el Roca, o a González Catán en el Belgrano Sur? Por lo pronto,
mientras a los costados de las vías crecen las violetas en flor y se ven
paredes con pintadas que dicen “Defe Campeón”, el tren sale de Capital y se
mete en las estaciones de Vicente López, Olivos, La Lucila, Beccar, Martínez. Y
nadie baja. Recién los primeros que descienden lo hacen en San Isidro. El resto se presume que seguirá viaje para
pasar el domingo por Tigre o alrededores.
Pero yo bajo en territorio sanisidrense.
Las calles están
silenciosas como los parquímetros que están sembrados por todo el centro de la
ciudad. A las pocas cuadras de la estación, está una de las entradas del Club
Atlético San Isidro (CASI), fundado en 1902 y símbolo deportivo de la zona, en
general, y del rugby, en particular. Se ven grupitos de chicas ir y venir, el
clima no parece el de un clásico CASI-SIC. Mientras el 168, siempre vestido de rojo, azul y
negro, lleva a sus pasajeros de regreso a Capital, tomo la calle Martín Fierro y después Labaradén, que desemboca en una
rotonda. Otra vuelta más, ya por la calle Juan Cruz Varela, y llego a la
entrada a la cancha, en donde hay 150 metros de cola, formada por, sobre todo,
chicas de entre 15 y 20 años, aunque también hay padres, madres y algunos varones jóvenes. Es el comienzo de la jornada que la ong
Audela, que lucha porque la sociedad se concientice acerca de las necesidades y
derechos de las personas con discapacidad, realiza en el CASI.
A los pocos metros
de ingresar al club, uno se topa con el “Gallito Ciego Móvil”: un container
negro, en donde la ong difunde la experiencia de comer a oscuras, con platos
elaborados por personas ciegas o con una disminución importante en la
vista. Más allá de ser algo semejante a
lo que vive alguien que no tiene visión,
quizá lo significativo sea poner de relieve la importancia de generar
puestos de trabajo para todos, porque quien tiene una discapacidad está en
muchas peores condiciones para que le den una posibilidad laboral. Más de 100
personas, en su mayoría chicas, esperan su turno para ingresar al móvil.
¿A qué se debe
tanta presencia de nenas y no tan nenas? A que uno de los platos fuertes será
un desafío de hockey sobre césped entre algunos Pumas versus jugadoras del
seleccionado femenino “Las Leonas”. Por eso se ven chicas con los colores de
sus clubes: se ven jugadoras de Laferrere, Olivos, Defensores de Gaboto, Liceo
Naval, San Albano, Liceo Militar, Náutico Hacoaj. La simbiosis entre rugby y
hockey sobre césped es muy fuerte, y el estadio del CASI representa esa
combinación.
El predomino de mujeres quizá explique que en los puestos de comida y se vendan ensaladas de frutas
y chocolates. Aunque hay, claro, espacio para los choripanes. Las jugadoras de
hockey del CASI recorren las instalaciones para ofrecer rifas para Audela, con
el premio de una remera de Las Leonas, otra de Los Pumas, ropa deportiva,
pelotas de rugby y palos.
Audela realiza
charlas de sensibilización para fomentar la integración de las personas con
discapacidad tanto en escuelas como en empresas. Y además, lleva adelante el “Gallito
Ciego Móvil”, verdadero restorán ambulante gestionado por no videntes. Desde
2010, realiza para diciembre el desafío en hockey entre Leonas y Pumas.
Por todas las
canchas del CASI se realizan clínicas básicas para practicar destrezas en
hockey y rugby, a cargo de jugadoras y jugadores de los seleccionados
argentinos. Esta vez, el hockey domina: cada vez que la conductora del acto
pregunta a la multitud quién quiere que gane el Desafío, la mayoría abrumadora
grita: “Las Leonassss”. También hay
agradecimientos públicos para la Municipalidad de San Isidro y los sponsors.
Después de las
clínicas, tocan Los Bonnitos, una banda del estilo de Agapornis, formada por
rugbiers del CASI. Luego dijo unas
palabras la directora de Audela, Mónica Espina, lo que ayuda a que no se
desdibuje el perfil solidario del evento, riesgo siempre latente cuando hay
deportistas muy conocidos.
Acto seguido, los
jugadores de fútbol para ciegos de Huracán ofrecen una exhibición de ese
deporte. Seguramente es un domingo de gloria para ellos, tanto porque
pudieron mostrar lo que saben hacer ante miles de personas como porque el club
de Parque Patricios volvió a Primera “A” en el fútbol profesional.
Antes del Desafío de
hockey, Sandra Mihanovich canta el Himno Nacional, que además es interpretado
en lengua de señas. Ya en plena noche,
con la iluminación artificial de CASI a pleno, y miles de personas en las tres
tribunas del club, se juega el partido entre Pumas y Leonas. Para los primeros
participan Belisario Agulla, Felipe y Manuel Contepomi, Juan Martín Hernández
(en la foto, tomada por Federico Castro Olivera, junto a una Leona), Lucas
Borges, Lucas Ponce, Martín Landajo, Matías Moroni, Santiago González Iglesias,
Javier Ortega Desio, Matías Vila, Bici Querejeta (estos dos últimos, jugadores
de hockey). Por las Leonas están Belén
Succi, Carla Rebecchi, Cecilia Rognoni, Rosario Luchetti, Claudia Burkart,
Delfina Merino, Inés Arrondo, Jorgelina Bertoni, Agustina Albertario, Jorgelina
Rimoldi, Magdalena Aicega, Noel Barrionuevo, Vanina Oneto y Silvina D'Elia. El
partido termina 1 a 1, pero eso es
apenas un detalle.
Las chicas del CASI,
con pasión, corretean a todo el mundo
para conseguir que les compraran rifas para Audela. Quien esto escribe, al
retirarse, escucha el siguiente diálogo:
-Señor, ¿no me compra una rifa para Audela?
-Es que ya compré cinco.
-¿Y si compra seis….?,, dice, con una sonrisa.
martes, 22 de julio de 2014
Nosotros y los miedos
“Me pregunto quién cuidará mis caballos /cuando caiga la
antena/me pregunto quién cuidará mis caballos/cuando cruces mi frontera”. Se
escucha Phonalex por la radio con “Quién cuidará mis caballos”, y en esta
mañana llamativamente soleada y tibia de invierno, cruza un camión plateado que
lleva animales al hipódromo. Siguen
cuadras con árboles de todo tipo: casuarinas, jacarandás, tilos,
fresnos, plátanos. Esta zona debe de ser la
de más árboles por metro cuadrado del Gran Buenos Aires. El sol riega las parcelas de césped de las veredas, un hombre descarga un bolso con
palos de golf de un auto bordó, tres chicos con equipo de gimnasia azul y
blanco almuerzan en un banco de piedra de una esquina.
El sol siguió con su camino esta hora y media y los rayos que entran por la ventana tienen otra angulación. Es hora de saludarse y de partir, de caminar por el jardín y ver al perro casi de madera que mira curioso. La puerta que se abre y, como al principio, se cierra enseguida. En pocas horas, quizá, ingrese algún jugador de Grupo I, o II, o un entrenador, a derramar sobre el escritorio de madera sus angustias y miedos, esos para los que las épocas que corren no suelen ofrecer tiempo ni atención. Por eso, con seguridad, esta casa con su frente engalanado con enredaderas seguirá
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A lo lejos crepitan
los sonidos de los autos que vuelan por Panamericana. Cerca, una pared tapizada
de enredaderas verdes, distraídas del invierno por el calor sorpresivo. A un
costado, una puerta. Timbre, y pocos segundos después, se abre la puerta y una
mujer rubia, vestida con ropas claras, que hacen juego con la luz del día,
invita a ingresar a su casa. Un perro macizo, que parece tallado en madera,
merodea por el jardín. Ya bajo techo, el
ambiente tiene más sombra. Unos pocos pasos, otra puerta que se abre y se
cierra, un estudio. Y, sentada al lado de un escritorio, en un ambiente muy
ordenado, con hebras de sol que se filtran por las cortinas blancas a sus
espaldas, la anfitriona, la psicóloga Julia Álvarez Iguña, quien aparece en la foto al comiezo de este escrito,, especializada en
deporte de alto rendimiento y en particular en rugby, se dispone a conversar.
Michel Foucault decía que ir al psicólogo tiene algo de semejante con la
confesión ante un sacerdote; la intimidad, las cosas que se dicen porque ya no
se pueden ocultar más, las confidencias….Álvarez Iguña ha recibido y recibe a
jugadores de rugby, entrenadores, preparadores físicos, en este mismo espacio,
que debe tener impreso las huellas dejadas por cada secreto que se revela…
-¿Cómo se acerca al mundo del rugby?
- Empecé primero a atender a golfistas; trabajé con más de
15 profesionales y también aficionados. Y después empecé a escribir en una
revista de golf y en una de polo. Entonces se empezó a acercar gente del polo,
y como iba a Hindú, a través de estos artículos conocí a Rodrigo Quesada; le
conté a lo que me dedicaba, me dijo que era interesante. Y me invitó a escribir artículos en
www.rugbytime.com hace 5 años. Y empezaron ahí a acercarse muchas personas del
rugby.
-¿Encontró algún cambio respecto de quienes juegan polo o
golf?
-Bueno, en el polo y en el golf hay mucho narcisismo. En
esos deportes, cuando llegan a un nivel se creen que las saben todas. Hay que
ser muy humildes para poder trabajar con el “yo”. En los deportes individuales
es muy fuerte mirada del otro, el valor social que tienen esos deportes, cómo
me miran los demás… en el deporte grupal se pierde más el tema de los egos. No
tiene que existir el ego en un equipo, en cambio sí tiene que existir un “yo”
cohesionado, que haga que todos tiren para el mismo lado. Hay, es cierto, un
narcisismo reinante en la sociedad, esto de “Yo valgo de acuerdo a como el otro
me mira y no como yo me juzgo”.
-¿Miedo a qué le confiesan los jugadores, cuando vienen a su
consultorio?
-Miedo al error. En chicos se ve poca tolerancia el error y
a la frustración. Esto tiene que ver con poca capacidad de esperar. No te podés
perdonar un error, no podés tolerar una falta. Muchos jugadores se quedan
“pegados” mentalmente en esa falta, en ese error, cuando en realidad ya pasó,
hay que seguir adelante. “Hago una jugada mala, por lo tanto, soy malo”…no,
esto no es así. Es un (enfatiza) jugador que hace jugadas buenas o malas. Se
suele arrastrar el “soy malo, soy malo, soy malo” y empiezan a pensar “qué va a decir el entrenador, me va a
sacar”. Se hace un espiral. Se juega como piensa. Hay que trabajar con
visualizaciones Como la técnica de Johnny Wilkinson, que no pensaba en pegarle
a los palos. Se imaginaba que estaba parado frente a los palos, y que detrás,
en el medio, había una chica llamada Doris, con unas papas fritas en una mano y
un vaso de Coca en la otra, y él pensaba que con la pelota tenía que acertarle
a una cosa u a otra. Eso es algo neutro, porque nunca hay que pensar palabras
relacionadas a un resultado. Resultado es evaluación, y evaluación únicamente bueno o malo.
-¿Hay jugadores que le plantean su miedo a lesionarse?
-No, el miedo a lesionarse en general se produce una vez que
te lesionaste. Porque está esta idea de “si me lesiono no pertenezco más al
grupo”. Se ven una cantidad de lesionados
antes del Mundial de fútbol o antes de que comience el torneo de la URBA porque
muchos van más allá de sus límites, con este de querer seguir jugando u jugando
aunque el cuerpo te vaya dando otros mensajes.
-¿Ninguno le plantea miedos a tener lesiones de columna?
-No. Lo tienen oculto, “a mí nunca me va a pasar”, dicen o
piensan. Es más un miedo de los padres de los chicos. Son negadores con
eso. Deberían saber que cuando el
referee aplica una ley, te está cuidando. Me sorprende de chicos que entrenan
días y días muy duro, y luego se
revientan con el alcohol. ¿Cómo es que se cuidan así?
-¿Nota esa situación de abuso de alcohol?
- Lo vi, lo palpé trabajando con chicos. Les dicen: “No
tomen, no tomen”, pero en un tercer tiempo hay padres o dirigentes borrachos.
Las leyes cuesta imponerlas, pero hay que hacerlo, hay que poner en práctica
eso. Que empiecen por no tomar tanto los adultos. O como esos adultos que dicen:
“Mi hijo se pasa todo el día comprando cosas”, y ese padre hace lo mismo. O los
que dicen a su hijo: “Vos nunca te tomás un colectivo”…¿y cuándo un padre se
tomó un colectivo con el chico?
-Un tema del que se habla muy poco es de los “bautismos” a
los jugadores que llegan a Primera. En algunos clubes, a veces, suelen ser muy
crueles…
¬- Es como una iniciación. Sí, algunos “bautismos” son muy
salvajes y, los chicos lo toleran por la necesidad de pertenencia. Si no lo
aceptás, quedás afuera. Eso está
relacionado con el machismo. Evidentemente, la persona que pone en juego un
“bautismo” muy cruel, lo ha sentido en forma pasiva. Está esta idea de “si yo
lo viví, que lo viva el otro”. Hay algo de sometimiento. ¿Cuál es el objeto de
esas agresiones? Descargar la agresividad que uno siente. Es parte del machismo
tonto.
-Volviendo a un tema anterior, ¿cómo se trabaja,
psicológicamente, con un jugador lesionado?
- Hay que quitarle el miedo a la lesión y a que tenga otra,
trabajando con un equipo interdisciplinario. Y tiene que tener confianza en el
médico. Hay que tener un lugar de confianza básica al que recurrir. Si el
jugador siente que le hablan como diciéndole: “Sos una rodilla, sos una
cadera”, no va. El jugador es una persona con angustia y con miedos, y a veces por falso machismo no
preguntan sus dudas. Hay que poder confiar en el entrenador, en el médico y en
el psicólogo.
-Cuando atiende a entrenadores, ¿qué rasgos negativos suele
encontrar?
-La falta de comunicación. Por ejemplo, entrenar la parte
técnica, de la misma manera, y, sin que la hayan aprendido del todo, pasar a
otro ejercicio. Entonces, si sale mal algo, insultan al jugador. No es así, las
cosas hay que explicarlas. Explicar, practicar, entender, y recién después
agregar cosas. A veces está esta idea de algún entrenador de “Ah, porque yo soy
Puma”. ¿Y? Hay que explicar las cosas, o en Juveniles, explicar por qué sacás a
un chico o a otro…por la causa que sea: “Porque tenés que practicar más”,
“Porque no viniste a entrenar”, o lo que fuere.
Si un chico no está bien de autoestima se destruye. Necesita el “ya te
va a salir”, no que lo insulten. Estamos formando chicos, no ejércitos. El
chico en ese caso va a sufrir, no a divertirse. Con amenazas del entrenador
nadie se divierte.
-Dejando de lado otros factores (distancia, problemas de
horarios), ¿qué elementos pesan, psicológicamente, para que un chico deje de
jugar rugby?
- En esos casos el abandono puede ser por falta de presencia
de los padres o por excesiva presencia de los padres, porque si el padre está
obsesivamente encima del chico, también influye para mal, y el chico juega por
el deseo del padre, no por el de él. Luego puede estar la poca comunicación con
el entrenador. O el “bullying” (maltrato, en castellano, o, como se decía
antes, “tomar de punto a alguien”, con violencia verbal y/o física).
-¿"Bullying" en el rugby?
-Claro, a veces lo ves. Los chicos lo sufren cuando en
un club hay maltrato, porque, por ejemplo, jugás en
Primera y creés que dominás todo. O los insultos. En mis consultas me dicen que
lo que no soportan es el insulto, dentro de la cancha o fuera. Un jugador me decía que no soportaba que el capitán lo insultara dentro de la cancha, le hacía mal. O la exclusión
del grupo. En un club, porque un chico era "negrito" no jugaba, no le daban bola,
el entrenador ni lo miraba. Tenía buena posición económica, pero era de tez
mate…
-Eso es un antivalor...
-¿Dónde están los valores en esos casos? Los valores se
demuestran en actitudes. ¿Cómo enseño valores?
Ayudando al que necesita. O preguntándole al otro si se siente mal, o
qué le pasa. No medirlo por lo que tiene. Ser un buen jugador es también ser
una buena persona.
-Hablemos de los valores…
-Estuve en un congreso en Mar del Plata en donde se abordó
centralmente el rugby como herramienta de inclusión social para personas
privadas de su libertad. Es increíble cómo el rugby puede fomentar el escuchar,
saber que hay otro al lado, saber esperar tu turno, saber cumplir con normas.
Eso, al menos a mí, no me lo mostró ningún otro deporte. O proyectos como el
Virreyes, que hacen una tarea increíble. Pero son normas que imparten valores
que se están perdiendo en la familia y en la sociedad. Hay que trabajar en el compartir, en tener
confianza en un compañero. Y en respetar el referee. El referee se banca todo
solo, sin hinchada. ¿Por qué no respetamos al que tiene que imponer la Ley? Y
hay que privilegiar el ser sobre el tener, y trabajar para no inflar el ego.
El sol siguió con su camino esta hora y media y los rayos que entran por la ventana tienen otra angulación. Es hora de saludarse y de partir, de caminar por el jardín y ver al perro casi de madera que mira curioso. La puerta que se abre y, como al principio, se cierra enseguida. En pocas horas, quizá, ingrese algún jugador de Grupo I, o II, o un entrenador, a derramar sobre el escritorio de madera sus angustias y miedos, esos para los que las épocas que corren no suelen ofrecer tiempo ni atención. Por eso, con seguridad, esta casa con su frente engalanado con enredaderas seguirá
registrando el eco de muchas confesiones.
registrando el eco de muchas confesiones. jueves, 29 de agosto de 2013
Touch
Estoy parado sobre
la muralla que divide todo lo que fue de lo que será…no, no. Estoy parado en la
esquina de Anchorena y Charcas, barrio porteño de Recoleta, rodeado de ruidos de bocinas y fragmentos de
conversaciones por celular. Una chica de trajecito azul camina apurada con una
bolsa grande bajo uno de sus brazos, mientras que con el otro sostiene su
teléfono y discute con alguien. En sentido contrario, un hombre mayor, de saco
gris y pantalones color marrón, se desplaza en otra velocidad, apuntalado por
un bastón de madera y con la cabeza inclinada hacia adelante, como si
necesitara ese gesto para avanzar. Yo sigo en la misma esquina. Cuando se
cruzan las tres posiciones, miro hacia el edificio de ladrillos rojos y
ventanas con rejas negras. Camino unos metros, y una enorme puerta de madera se
encuentra ante mis ojos. Sobre el vano de la misma, hay un escudo grabado en
piedra, con dos guerreros esculpidos. A los costados, dos bestias entre
laureles, grises por el material, el humo y los años. Toco el timbre, me abren la puerta, me anuncio
ante un empleado de seguridad y pido por la persona que me indicó la escritora
Anna Kazumi. “Te va a caer muy bien”, me había dicho Anna, autora de los libros
Catástrofes naturales y Flores de un solo día, con su tono de
voz siempre suave.
Y aparece bajando
las escaleras Rob Mumford, flaco, vestido de negro, ojos algo rasgados. Nos saludamos, salimos del lugar, le damos la
espalda al escudo, las bestias y los laureles de piedra, cruzamos Anchorena y
entramos a un bar. “Jugué al rugby en Stokes Valley, ese es mi club, en Nueva
Zelanda. Es cerca de Wellington, la capital. Jugaba de centro y de wing, y en
el colegio también jugaba de ala, aunque era muy livianito. Es que allá hay
categorías por peso, en los torneos colegiales”, dice. ¿Cómo es eso de “categorías
según el peso de cada jugador”?
“Claro, se arman las divisiones por peso; mi colegio
tenía más o menos 10 equipos, e iban desde equipos para chicos que pesaban no
más de 40 kilos, otros entre 40 y 50, después
entre 50 a 60, y después era abierto. Si
llegabas por habilidad, no importaba el peso, era para dividir a los más jóvenes.
Un chico no sigue jugando con rugby si solo tiene que tacklear chicos más
grandes, y hay chicos que no crecen de la misma manera. Hasta en los clubes hay una división de rugby
pero para los que pesan menos de 85 kilos. Eso ayuda a la gente de tamaño más normal, de disfrutar sin tener que
tacklear a unas bestias” (risas).
Rob se fue de viaje
a Inglaterra, y allí su hermano le propuso viajar a América del Sur. Él tenía
pensado ir a África, pero, recuerda: “Caminando por el Hyde Park de Londres, le
dije a mi hermano: ‘ok, vamos a América Latina”. Ya en esta parte del
continente, “conocí gente, un país…increíblemente bello y una gente repositiva, que sabe disfrutar lo
que tiene, con un espíritu generoso…uno siente ese cariño”. Años más tarde
regresó a Argentina, con un amigo, para hacer una travesía a bordo de un Ford Torino V8, modelo 1971, auto
exótico para estas tierras. Partieron de Buenos Aires y y llegaron hasta
Ushuaia. Como apunta Rob, la banda de sonido de ese viaje fueron The
Killers, Massive Attack, Portishead y Stellar,
un grupo pop neozelandés. Él creó una página, www.challengeeverything.com.ar ,en
la que se puede bucear entre sus historias, datos, letras de canciones y fotos.
En Argentina conoció
una mujer, tuvieron una hija, vivieron en Nueva Zelanda y allí se separaron. “Cuando nos separamos,
ella quería volver, y yo dije: ‘Voy a venir también, para estar con mi hija’. Era un desafío personal vivir en otra
cultura. Hace 15 años que vivo acá”, agrega. Y formó pareja con otra argentina. “Bueno, las
argentinas, comparadas con las neozelandesas, son más cariñosas, más
demostrativas, y, físicamente, la mezcla latina es linda. Pero también son más
celosas y calentonas, mientras que en Nueva Zelanda son más tranquilas e
independientes”.
Ese rasgo de pasión lo encuentra Rob en el
deporte. “En Nueva Zelanda no hay hinchadas, inclusive si juegan los All Blacks
casi que hay silencio. Ahora no tanto, pero igual nada que ver con lo que es
acá. Allá son más de poner carteles ingeniosos, creativos. Pero canciones de
hinchada, por ejemplo, no existen”.
¿Otras diferencias? Rob, en medio del ruido
del bar, logra decir: “Hay menos diferencias sociales en Nueva Zelanda, no está
todo tan marcado como acá. Y allá se juega fútbol, pero no es lo que es acá, en
Nueva Zelanda ves canchas de rugby por todos lados. Me gusta el fútbol, jugaba
con mis amigos en la calle, porque en la calle más que una tocata no podés
jugar rugby. Igual, a veces practicábamos pateando la pelota de rugby por
encima de los cables de electricidad, y el otro tenía que agarrarla”.
“Y en cuanto al rugby,
en Nueva Zelanda jugás primero en el club, hasta más o menos 10 años. Después
lo jugás en el colegio hasta los 18, y ahí volvés a jugarlo en los clubes. Un
deporte que se juega mucho es el ‘touch rugby’.” ¿Y en qué consiste esa
disciplina, poco o nada conocida entre los argentinos?
Explica Rob: “se
juega con 6 jugadores por cada equipo, no hay haches, ni scrums, ni mauls ni se
puede patear la pelota. La pelota se pasa con la mano, y al sexto toque que te
hace un contrario, tenés que dejar la pelota en el piso y pasa al otro equipo.
El referee es el que cuenta cada toque, o el jugador que toca va diciendo: ‘Touch
one’ y así”. Uno se imagina al jugador argentino ventajeando….”Y, una vez
jugamos con mi equipo de acá un torneo en el Luján Rugby Club, y algunos partidos eran un lío,
vivían discutiendo todo el tiempo” (risas). Ahora están en plena búsqueda de un campo de juego para volver a practicar...
Al compás de la
mayor exigencia física que plantea el rugby actual, surgen alternativas, como
el “touch rugby”. Rob se entusiasma: “Es un deporte lindísimo, das pases,
corrés con la pelota, trabajás en equipo… pueden jugar hombres y mujeres juntos, no hay golpes. Hoy no todos pueden
tener el físico para jugar rugby, pero todos pueden jugar 'touch'. En los
colegios se juega 'touch' en los almuerzos, y los All Blacks juegan al 'touch' en
casi todos los entrenamientos, para entrar en
calor. Eso desarrolla mucho las habilidades, por eso los pilares neozelandeses
dan los pases que dan”.
El almuerzo se
agota, y el tiempo de la charla, también. Rob debe regresar a su trabajo en la
administración de la sede porteña de la Universidad de Nueva York, en el
edificio de los laureles de piedra. Se acerca el fin de semana y este Licenciado
en Administración por la Victoria University de Wellington, recomienda buenas
bandas neozelandesas, aparte de Stellar: Bic Runga, The Feelers, Shihad, Tim
Finn, Dave Dobbyn, The Datsuns, los clásicos Crowded House…
Rob asegura: “Los contrastes te enriquecen. Yo
cuando me iba de Nueva Zelanda y no sabía cuándo volvía, me despedía de mi papá
con un ‘handshake’ (apretón de manos). Ahora, cuando mi papá viene a la
Argentina-ya vino 13 veces, le encanta el país-, siempre le doy un abrazo antes
de que se vaya a dormir”. Dentro de pocas horas, en el Waikato Stadium, el “handshake”
se lo darán los capitanes de Los Pumas y de los All Blacks. ¿Cuánto contraste
habrá?
jueves, 20 de junio de 2013
Otra copa de ron
Dice el periodista
Ernesto Schoo en su libro Cuadernos de la
sombra: “…la muchacha de la que se había enamorado se llamaba Georgia,
bailaba en un cabaret y era bellísima. Yo, a mi vez, me enamoré de
Georgia”. Cierro el libro y pienso en
ese nombre…claro, este sábado Los Pumas juegan con la selección georgiana, por
la Copa Bacardi, en San Juan. Un grupo
de personas de un país del este de Europa, que tiene un alfabeto único, cruza
el globo para jugar en una provincia montañosa argentina, por un trofeo con nombre de ron.
En Georgia, un deporte
ancestral se llama “Lelo”, como se contó acá, y tiene ciertas semejanzas con el
rugby. Quizá eso haya ayudado al buen desarrollo de este deporte en ese
país. Nos cuenta el georgiano Giorgi Gamtsemlidze,
quien jugó rugby en su país, en Bélgica y hasta en Jordania y trabajó como
manager en la Unión Georgiana de Rugby (cuyo logo aparece en la foto de esta
entrada): “En realidad, no creo que el Lelo haya ayudado al desarrollo del
rugby en Georgia, pero la verdad es un deporte parecido. El Lelo se juega una
vez por año, en Pascuas, en la aldea de Shukuti. Después está el Leloburti, que
es una versión más aggiornada del Leloi”.
En el Lelo original,
dos equipos, representativos cada uno de un pueblo distinto, jugaban un partido
generalmente en el terreno ubicado entre dos ríos, y ganaba el que más veces
apoyaba una pelota sobre la orilla del curso del agua del contrario. La pelota podía patearse o llevarse con las
manos. Y, a veces, hasta podían usarse caballos para llevarla. En la antigüedad, el terreno de juego podía
tener ¡kilómetros! de extensión, e incluir valles, arroyos, bosques.
Ya bajo dominio soviético,
el “Lelo” fue reglamentado, y se decidió que cada equipo tenga 15 jugadores,
que se pueda pasar la pelota (rellena de pasto o lana de oveja) hacia adelante,
y que cada jugador puede tener el balón no más de cinco segundos. Los participantes pueden sacarle la pelota de
las manos a sus rivales, pero no deben obstruirlos sin la pelota, ni empujarlos
deliberadamente.
El rugby unión llegó
al país a fines del siglo XIX, cuando, como en tantos lados, empleados ingleses
de una compañía y amantes del deporte, se unieron a georgianos que jugaban
“Lelo”. En 1967, la visita de coachs franceses reactivó el progreso del
rugby georgiano.
Gamtsemlidze asegura que “el rugby es el segundo
deporte después del fútbol y es el seleccionado deportivo más exitoso; tenemos
6000 jugadores fichados, muchos de ellos profesionales que juegan en Francia.”
En cuanto a la organización de las competencias del rugby local, cuenta: “Tenemos
3 ligas, la principal con 10 equipos, la segunda división y una amateur. En la
primera división el gobierno financia a los clubes, y los jugadores cobran un
pequeño salario”. Eso sí: “los referees son muy pocos, tenemos un problema
importante con eso”, agrega.
Georgia ganó a
principios de año la Copa Europea de Naciones
(una especie de “6 Naciones B”), superando a Bélgica, España, Rusia y
Portugal y empatando con Rumania. Pero en la reciente Copa Tbilisi (nombre de
la capital georgiana), que se realizó por primera vez, quedó tercero entre
cuatro equipos, dejando atrás a Uruguay
pero abajo del campeón, South Africa President’s XV y del segundo, Emerging
Ireland. Según Gamtsemlidze, dos de los titulares georgianos para
enfrentar a Los Pumas, Vasil Kakovin y
Dazil Zirakashvili, son figuras de
su país y juegan en el Toulouse y en el Clermont, respectivamente.
Si bien las
potencias siguen siendo las mismas, la pelota ovalada pica más y más en
distintos países. ¿O quién imaginaba
hace 20 años que Finlandia, Camboya o Costa Rica tuvieran selección de rugby?
Georgia, con mucha más historia, quiere seguir pisando fuerte. ¿Qué harán ante
Los Pumas, en el oeste argentino?
.
lunes, 10 de junio de 2013
Aurore
A pocos metros de lo
que queda de “Lola”, sentada en un banco, hay una chica rubia de pelo lacio y
largo. Lleva puesta una polera blanca sobre una remera negra, y jeans.
-Hola, ¿cómo andás?-,dice, en un castellano impecable.
Minutos después, en
un bar sobre la calle Vicente López, también con vista al cementerio, Aurore
Bar, francesa de Lille, ciudad del norte de ese país, nacida en….¡1985! cuenta
su historia.
“En Francia
estudiaba Administración de Empresas, y tenía que hacer una residencia en el
exterior para recibirme. Ya había hecho un viaje en 2006 a Perú, Bolivia y
Ecuador, y me dije: ‘Ya que lo tengo que hacer, lo hago en América Latina’.
Encontré una pasantía en Guadalajara, otra en Caracas y otra en Buenos Aires, y
terminé acá. Mis amigos franceses ya me habían dicho que era una ciudad muy
linda, parecida a Europa en algunas cosas, pero con otras de América Latina”,
dice, mientras se pide una Quilmes. “Me encanta la cerveza, soy del norte de
Francia y allí se toma mucho y se sabe mucho de cerveza”, agrega.
De fondo, Bob
Marley. Una camarera va de acá para allá, haciendo slalom con porrones,
daiquiris y cafés. “Allá en Lille
habíamos armado un equipo con amigas, en la Universidad. Un amigo que estaba
lesionado, nos dijo: ‘Si quieren yo las entreno’. Éramos todas más o menos
deportistas. Le dijimos: ‘Bueno, dale’, pero medio en joda. Y así empezó. Pero se desarmó el equipo, porque yo me vine para
acá, otra chica se fue a Singapur, y así…”
Ya en Buenos Aires, quiso seguir con el rugby
en su sangre. “Al llegar acá busqué un equipo de rugby femenino. Quería hablar
mejor español, y conocer más a la Argentina, y cuando practicás un deporte
entendés más la cultura del país. Busqué club y me acuerdo que cuando llamé a
Ciudad de Buenos Aires, la persona que me atendió al teléfono, al darse cuenta
de que era francesa, me dijo: ‘Ah, querés aprender las técnicas argentinas para
enseñarlas en Francia’” (risas). Ese llamado había sido pocos meses después del
Mundial de 2007, con los dos triunfos de Los Pumas sobre la selección francesa.
Suenan los
celulares, y los ringtones de chocan con las voces de las personas, de las
copas y de los taconeos de la camarera que sube y baja las escaleras. “Así
llegué a Arpías, el equipo de rugby femenino de Ciudad de Buenos Aires, en
abril de 2008, y estuve hasta fines de 2009, cuando el equipo se disolvió. Nos quedamos sin club, pero seguimos
entrenando en los Bosques de Palermo, hasta que fuimos a jugar el Seven de
Olivos. Ahí apareció un chico que jugaba y entrenaba en DAOM, y se ofreció a
proponerle al club tener rugby femenino”. Y así llegaron esa chica de Lille y sus
compañeras de esa época al club del Bajo Flores, cuyos colores son los mismos
que los de la bandera de Francia y que jugó en la primera división del rugby
porteño a principios de los ‘70.
Nacieron entonces “Las
Panteras” de DAOM. Y siempre con presencia internacional. “Sí, de Canadá y de Estados Unidos, hay una chica colombiana….pero de aquel grupo
original de Arpías que vino a DAOM quedé yo nada más”, recuerda Aurore. “DAOM
nos apoya mucho, el presidente del club conoce el nombre de cada jugadora. Con
los varones de la primera división también está todo más que bien”, dice. Ahora
“Las Panteras” son 18, entrenan dos veces por semana en el club y juegan el
torneo anual de la URBA que comenzó a principios de mayo. Queda un nombre en el recuerdo: “Sí, Flavia
Pugliese, la mataron hace dos años”, rememora Aurore, y cuenta que el 14 de
julio se hará una maratón en la localidad de Villa Sarmiento, en homenaje a
aquella jugadora de DAOM y en reclamo de justicia para ese crimen.
Aurore juega de
medio scrum (en la foto es quien pasa la pelota desde el suelo) y se sorprende por el crecimiento del rugby femenino en Argentina
durante los últimos años. “Es impresionante, porque también están creciendo las
destrezas de las jugadoras.”. ¿Y algo malo de Argentina? “Ah, sí, que los
hombres sean chamuyeros mal”, afirma, mientras el bar comienza a llenarse de
gente…
sábado, 2 de marzo de 2013
Gabinete de curiosidades
“…mezclados con el mundo cotidiano, se mueven extraños mundos
ignorados por el común de la gente. Lazos ocultos de deseos y hábitos afines,
rastros secretos de necesidades coincidentes, que la mirada común no advierte,
conectan de pronto a seres solitarios, aparentemente distantes entre sí,
entremezclando fugazmente sus vidas”. Eso dice Juan José Sebreli en Buenos Aires. Vida cotidiana y alienación.
Y en el Tren de la Costa, un jueves por
la tarde, se cruzan una bandada de chicos del Colegio San Andrés, de Olivos,
con algunas parejas de jubilados o pares de amigas que pasan la tarde quizá de
visita por alguna de las ferias de anticuarios de la zona o con alguna caminata
cerca del río. En la Estación San Isidro se baja casi todo el pasaje. Los
chicos del San Andrés se desparraman por la zona y las parejas de jubilados, con
ritmo pausado, deciden cómo seguir el paseo, algunas hablándose mediante quejas
mutuas, otras con cariño y dándose la mano.
Una vez que parte el
tren, lo que resuena es el silencio. Muy poca gente camina por la estación a
esta hora de la tarde. Unas chicas imitan coreografías y se sacan fotos, un
empleado de seguridad, aburrido, las mira, un par de cafeterías están abiertas
y casi vacías. La fuente del centro de la estación domina la escena, con sus
chorros de agua y el murmullo de sus caídas. De un lado, las vías y más allá
del Río de la Plata; del otro, la plaza de San Isidro vecina a la catedral, que
desciende hacia la estación.
Después de recorrer
algunas escalinatas y desniveles, hay un local con puerta de vidrio y ropa
deportiva en la vidriera. Un hombre
escribe concentrado en la computadora. Las chicas, en el piso superior, siguen
con sus coreografías. El empleado de seguridad ya se retiró. Un cajero de un
maxikiosco cercano cuenta el cambio en billetes y monedas.
Ni de Nike ni de
Adidas ni de Puma ni de Topper. La ropa de la vidriera no está a la venta. Está
para contemplar, imaginar, recordar; es el primer contacto visual que se ve
desde el exterior, del Museo del Rugby, en el corazón de San Isidro. Se abre la
puerta de vidrio, y, muy amablemente, el señor de la computadora nos tiende la
mano, se presenta como Jorge Luccioni y nos introduce en un tiempo que parece
distinto al corriente, un tiempo suspendido, una galería de objetos que marcan
la presencia de otras personas, clubes, historias.
“Por iniciativa del museólogo Nicolás Montiel, de La Plata
Rugby, y otros ex jugadores, surgió la idea de hacer este museo. Por eso se formó la Asociación Civil
Amigos del Museo del Rugby de Argentina, para hacerlo viable. El 2003 se
inauguró oficialmente, en otra sede, también en San Isidro”, explica Luccioni,
desde detrás de un escritorio, con libros sobre rugby a sus espaldas y una foto
de un plantel de Los Duques (equipo ya desafiliado) a su derecha, colgada en la
pared.
El Museo tiene secciones: interior, referees,
rugby femenino, clubes desafiliados, Pumas, clubes de la URBA. “El Museo tiene
más de 6600 piezas, dentro de su catálogo. Claro que por cuestiones de espacio,
no podemos mostrar todo y vamos rotando el material de exhibición”, cuenta
Luccioni.
Todo museo tiene el
encanto del surtido, de una antología de cuentos, de un “grandes éxitos”,
combinado con la sensación de hacer un viaje en el tiempo; o, mejor dicho, un
viaje a diferentes tiempos, según el espacio que se recorra. Así, una pelota de rugby de metal, apoyada
sobre una base, nos lleva a la década del ’20, en la localidad santafecina de
Cañada de Gómez. “Es una copa que se puso en disputa entre dos equipos
ferroviarios de la zona”, acota Jorge. A pocos metros, dentro de un exhibidor
de vidrio, una remera blanca, muy vieja, con un escudo ovalado a la altura del
corazón, que contiene el gorro frigio, el sol, los colores de la bandera. Si
uno mira de cerca a la camiseta, cuya imagen ilustra esta nota, ve apenas
insinuadas unas rayas, que fueron celestes. Se trata de la casaca de la
selección argentina que se usó en 1932 ante los Junior Springboks. El yaguareté
como símbolo todavía no había nacido.
Dando una vuelta
corta, en una vidriera se exhiben objetos de los clubes desafiliados: una camiseta
azul y blanca, de Central Buenos Aires-donde jugó el propio Luccioli-otra negra
con mangas rojas del Roma Rugby Club, una foto de Los Charrúas, un escudo de
YPF y un banderín y un chopp con el escudo de Old Georgian’s. “Estos dos los
tengo que sacar y ponerles en el otro sector”, dice Jorge sonriendo, ya que el
equipo de remera blanca y dragón rojo en el pecho volvió a los torneos
oficiales.
Hay camisetas de
Defensores de Glew, de Alumni, de CASA de Padua, de Los Matreros, de la
selección de Escocia, de la francesa, una histórica de Irlanda, una exótica del
seleccionado soviético sub19 que jugó el mundial de la categoría de 1991,
corbatas de distintos clubes, y la de los fundadores de la River Plate Rugby Union
Championship, primera entidad “madre del rugby nacional: Belgrano, Buenos
Aires, Atlético del Rosario y Lomas.
-Falta la de Flores.
-Sí, lo sé, la tengo que mandar a hacer, pero no consigo
quien me haga una sola camiseta. Flores tenía remera blanca con una banda
diagonal negra, en el sentido contrario a la de River, y jugaba en lo que hoy
es la cancha de Ferro-explica Luccioni.
Los referees tienen
su sector, en donde se exhibe la ropa que usó Efraim Sklar durante los partidos
de la Copa del Mundo de 1991 en Inglaterra, y vestimentas actuales de Francisco
Pastrana, uno de los referees jóvenes argentinos de más proyección. Y un cartel
antiguo del Lomas Athletic, pidiendo que los simpatizantes respeten las
decisiones del juez.
-Cuando vienen chicos de visita, les digo que la seña más
importante es la de ‘silencio’. Al referee no se le protesta, en el rugby, dice
Jorge.
-Ya no se los respeta tanto, ahora…
-Es cierto. Pero yo siempre digo…”los jugadores se equivocan
miles de veces…¿por qué el árbitro no puede equivocarse?-agrega este museólogo,
que durante años tuvo un cargo muy importante en el Museo de Luján y después
trabajó en el área de museos de la ciudad de Buenos Aires.
“Hemos hecho muestras del material del museo durante los
mundiales de Francia y de Nueva Zelanda, y también en los partidos en Argentina
de la Rugby Championship y en la finales del torneo de la URBA en La Plata.
También hemos llevado material a las provincias, por ejemplo a Santa Fe y Chaco”,
cuenta Luccioni, y señala la camiseta blanca y azul de Sixty, de Resistencia,
el equipo de rugby femenino chaqueño, colocada sobre un maniquí. De cerca, un
conjunto de Estudiantes de Paraná y un banderín de La Puna Rugby, de La Quiaca.
Hay una remera naranja de Gnomos, de Mar
de Ajó, y otra muy percudida, blanca y roja a franjas horizontales, de Tumbas,
de Carlos Casares. Y especialmente una
remera amarilla, de CURNE, brilla contra la pared. “Esa remera perteneció a un
chico que, por una lesión cervical y las complicaciones posteriores, murió.
Cuando fuimos a Resistencia la mamá del chico nos dio esa remera, que es la que
usaba él. No sabés lo que fue ese momento….”, recuerda Jorge, y la emoción lo
calla. Habla de Gonzalo Federico Acosta, accidentado en un partido de su
categoría M-17. Después de su muerte, el 1 de diciembre de 2004, su mamá Gloria
junto a otras madres, crearon la “Red Solidaria Federico Acosta”, que colabora
en la mejora del servicio de rehabilitación del Hospital Perrando, de
Resistencia, y organiza el ciclo Camino a Ser Puma, destinado, entre otras
cosas, a prevenir lesiones en el rugby.
Nos quedamos unos
segundos con la mirada fija en la remera amarilla que usaba Federico, que tiene
las firmas de todos sus compañeros. Nos miramos a los ojos y seguimos la
recorrida.
Luccioni conoce
historias, resultados, datos. Es un gran guía. El material está bien
clasificado y tiene carteles indicativos. Pero hay un objeto misterioso: una
escultura en madera del Quijote, sosteniendo una lanza y un libro, con una
inscripción en francés en la base, que todavía nadie puede determinar el
origen. “Me vuelvo loco buscando y todavía no sé qué es. Ya lo voy a encontrar.
Estaba medio arrumbada en la Unión Argentina de Rugby (UAR)”, dice el director
del museo.
Más rarezas: una
silla que se usaba en el CASI, metálica y de color celeste, de la década del ’20;
una foto del puma “Yerua”, mascota de los sanisidrenses que hacían entrar a la
cancha antes de los partidos; otra foto, pero del Atalaya Polo Club, con el “Che”
Guevara en la formación, en la fila interior y con la pelota ovalada bajo sus
manos; un remo de mando maorí, tallado en madera, traído de Nueva Zelanda; un
libro escrito especialmente para el Museo, con la historia del Club Sucu,
formado por vecinos de la esquina de Sucre y Cuba, del barrio de Belgrano…
Está un juego de camiseta, pantalón y medias
que Agustín Pichot usó con Los Pumas en el Mundial de 2007, ante Namibia; la
que usó Fernando Morel con Sudamérica XV para ganarle a Sudáfrica en 1982; y
una camiseta de Los Pampas, de aquel plantel que ganó la Vodacom Cup en 2011. Y
como todo museo, hay tesoros que no se exhiben momentáneamente, para hacerles
lugar a otros objetos. Dice el director: “Hay de todo...una remera original de Hurling cuando era
verde, blanca y naranja….¿fotos?, miles, cuadros…una camiseta de Los Pumas de
1971 cuando fueron a Sudáfrica… un banderín hecho por negros sudafricanos para
alentar a Los Pumas en el ’65, porque los negros querían que perdieran los
Springboks, si a ellos ni los dejaban entrar a la cancha…”.
“Este local pertenece
a la Municipalidad de San Isidro, que lo cedió a la Asociación para que
funcione el Museo. Como tenemos muchas cosas, estamos viendo de tratar de abrir
una subsede en Capital. O en otro lado; escuchamos ofertas”, revela Luccioni. “El
museo abre de martes a domingo, de 10 a 18 y la dirección es Lasalle 653,
Estación San Isidro del Tren de la Costa. Y no es obligatorio pagar entrada. El
que quiere, paga lo que puede” dice, y señala una alcancía transparente que
aloja billetes de 5 y de 10 pesos,
dólares, algunos euros, libras.
-¿Y hay alguna prenda que siempre deja exhibida?
-Sí, la remera amarilla de Federico Acosta. Esa no la saco
nunca.
Es hora de cerrar el
Museo. La tarde comienza a diluirse. Jorge se despide cordial, y hay que subir
escaleras, ganar el andén, las parejitas que se acurrucan en los bancos de la
estación, el sonido del tren que llega, la ciudad enorme tan lejos y tan cerca, tantos mundos distintos que se superponen...
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sábado, 9 de febrero de 2013
Buena madera-Volumen II
Leicester, Parma,
Leeds, Agen, Worcester, L’Aquila, Perpignan, Calvisano, Brive. Por todas esas
ciudades europeas anduvo Alejandro Moreno jugando al rugby. Ahora, de regreso a Río Negro, la provincia
en la que nació, viaja por Viedma, Bariloche, Ingeniero Jacobacci, Choele Choel
y hasta cruza la cordillera y toca Temuco, en Chile. Pero su base de
operaciones es General Roca, donde nació en abril de 1973 y se formó como
jugador en el Roca Rugby Club, ese del predio bordeado de álamos en las afueras
de la ciudad y que tuvo sus orígenes a fines de los ’50, en lo que era un
baldío en donde hoy está la capilla Cristo Resucitado, como recordamos en la
primera parte de esta historia.
En el Bar 43 están
las camisetas que usó en Los Pumas, la selección italiana y el Roca Rugby, que
acompañan desde las paredes del local las tardes y noches de quienes comparten
unas cervezas o pizzas en el local, quizás como previa antes del boliche, quizá
para cortar el día antes de retornar al hogar.
Pero esas imágenes son flashes de enero, y ya en febrero la ciudad de
Buenos Aires, calurosa y húmeda como nunca, nos retiene en su nudo de ruidos y
nervios. Mejor volver a aquellos flashes y recordar el sabor de la cerveza en
el 43, las camisetas de Alejandro Moreno, y, ¿magia?, él está del otro lado del
teléfono.
“Yo me retiré en
diciembre de 2010 en el Leeds Carnegie, de Inglaterra. Estuve entrenando allá y
a fines de 2011 me volví. Y en febrero de 2012, junto a mi amigo Gabriel
Villalba, comenzamos a armar ‘Rugby en Acción para la Inclusión Social’. Se lo habíamos anticipado el gobernador Carlos
Soria, pero bueno…pasó lo que pasó, pero él lo había dejado registrado,
digamos, y seguimos adelante. Gabriel y
yo no somos políticos, así que en el 2012 tuvimos que remar directamente en el
dulce de leche repostero. Pero el proyecto camina, ahora le dimos forma de asociación
civil y podremos recibir donaciones”, dice.
-¿Qué es concretamente "Rugby en Acción para la Inclusión
Social"?
-Es un programa que depende de la Secretaría de Deportes de Río Negro, pero ahora además es una asociación civil. Surge
con la idea de acercar el rugby a los chicos de los barrios. Yo escuchaba gente
en el Roca que decía “no hay pibes, “no hay pibes”. Y no se quieren mover, los
pibes están en el barrio, andá al barrio, no te sentés esperando a que vengan.
Es un laburo de locos, eso sí.
Empezamos el barrio
Quinta 25, acá en Roca, tomando como base un merendero y un comedor. Ahora
estamos con 40 pibes en uno y 50 en otro. Y ya hicimos encuentros de rugby en
toda la provincia. En El Cóndor había 300 pibes, en Dina Huapi 500 y en uno que
hicimos en Roca, fueron 800.
-¿Cómo te acercás a los barrios?
- Vamos barrio por barrio...voy a comedores, a
fundaciones...me paro en el barrio en un potrero y ahí arrancamos con pelotas y
conos a enseñar rugby a los chicos que quieren jugar. Después viene el tema
clubes…a los chicos que realmente se interesan, los contactamos y los mandamos
a los clubes, tratando de que tengan cierta contención. También trabajamos con
una psicóloga social, para saber bien la problemática de la zona en la que nos
metemos. Al principio los padres mucho no nos querían, decían “eh, el rugby es
para chetos”. Pero ahora ya nos quieren, nos felicitan por el trabajo.
-Hay chicas también…
-Sí, un montón. Yo les decía al principio: “Miren que tienen
hockey”. Y me contestaban: “Naah, queremos jugar rugby” (risas). Además en Roca
hay un equipo de rugby femenino, son creo que unas 40 jugadoras, y la capitana
jugaba en la selección argentina de fútbol (nota del r: habla de Valeria
Cotelo).
-¿Pero cómo surge en vos la inquietud por fusionar el
deporte con el trabajo social?
-Siempre me gustó ser entrenador, en Inglaterra hice hasta
el nivel 4 de la IRB y entrené allá. Y en Europa, tanto en Perpignan como en
Leeds, me habían ofrecido dar una mano con equipos en cárceles de menores. Y
ahí empecé. Cuando volví a Roca, pensamos con Gabriel en este proyecto. Por eso
también estamos armando equipos de rugby en cárceles. Con la de Roca ya
empezamos, tenemos unos 90 jugadores. El
grupo mejoró mucho dentro de la cárcel, cambiaron de actitud, mejoraron en
disciplina, hay menos droga y menos quilombo. Les pusimos pautas claras: el que
hace algún quilombo no juega, no hay vuelta. También nos apoyamos en psicólogos
y abogados. La idea es llevar el
proyecto a las otras unidades de la provincia. Esto depende del Ministerio de Gobierno
de Río Negro.
-Hablaste de Europa; ¿es cierto que había rivalidad entre
los jugadores argentinos que jugaban para la selección italiana y Los Pumas?
-No, para nada. Bah, al menos yo nunca sentí eso. Nos
conocíamos todos…salíamos juntos, nos juntábamos para las Fiestas…
-Tuviste la oportunidad de ser dirigido por Marcelo
Loffreda, cuando él dirigió al Leicester Tigers y vos jugabas ahí…
-Sí. Fue difícil para él porque el equipo venía de ganar
tres finales y él llegó solo, sin nadie propio de su staff. Yo creo que con el
staff que tuvieron Los Pumas en el 2007, en Leicester, le hubiera ido mucho
mejor. Marcelo es súper profesional,
propone un rugby genial, es un tipo súper comunicativo…pero estaba muy solo
allá, y en ese tipo de clubes pesan mucho las estrellas..
-¿Este año entrenarás algún equipo?
-No sé, tengo que ver, porque la asociación lleva muchísimo
tiempo. El año pasado dirigí la M-17 de Roca Rugby, pero este año no sé qué voy
a hacer.
-El año pasado fue la “juntada” de madera por parte de los
chicos…
-Claro. Tenía un grupo medio reacio a ir al gimnasio.
Entonces les dije: “Bueno, ok, entonces vamos a juntar leña. Y juntamos miles de kilos de leña. La idea la
había acercado un padre, que hace laburo social en Línea Sur (nota del r: una
región al sur de General Roca), para llevarles leña a la gente que vive allá.
El grupo se súper unió con eso. Terminamos el último día comiendo un asadito en
las orillas del Río Negro…
Es la hora de terminar la llamada, y que cada
uno vuelva a sus ocupaciones, a más de mil kilómetros de distancia. Moreno agradece y se despide y uno piensa en
el día que en las paredes del Bar 43 de Roca también esté una foto como la que
ilustra esta nota, tomada en esa ciudad durante los encuentros de "Rugby en
Acción por la Inclusión Social"
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