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miércoles, 14 de octubre de 2015

Fuera de juego


*Un ex luchador de Titanes en el Ring que da clases de tango
*Un ex militar israelí que vive en Florida
*Un gasista de Bolivia que vive en la Villa 31
*Un museólogo que fue policía y tiene un hermano desaparecido.
*Una dueña de un bazar en San Antonio de Padua
*Una locutora de una fm de San Fernando, madre de 9 hijos.
*Un estudiante de Abogacía en Mendoza, que se traslada en silla de ruedas.
*Un zarateño  detenido en la cárcel de Campana.
Y muchos personajes más, dan forma a "Fuera de juego. Crónicas sociales en la frontera del rugby"....

domingo, 9 de agosto de 2015

El pasado es otro país

   Hace 50 años, los jugadores de la selección argentina de rugby, después de un viaje interminable en aviones “lecheros”, que paraban en Senegal,Liberia, Nigeria y Congo,  se convirtieron en “Los Pumas”, cuando los periodistas sudafricanos transformaron el yaguareté del logo del equipo en aquel animal. Cuenta Jorge Búsico, en su excelente, imprescindible y bien documentado “El rugido. Sudáfrica 1965. El nacimiento de Los Pumas”(publicado por Club House) cómo la delegación apenas tuvo 25 jugadores, 3 entrenadores y un solo dirigente. También, que el traje oficial para la gira se lo tuvieron que costear los jugadores, aunque con un descuento conseguido por la Unión Argentina de Rugby en una sastrería. Como dice la escritora Alma Guillermoprieto, “el pasado es otro país”, y, por lo tanto, visitemos de la mano de Búsico aquellos recuerdos.

   Con los ecos de la victoria nacional ante los Springboks, por 37 a 25, vale la pena repasar aquella semilla, tan bien recreada por el autor de “El rugido” en su libro. Búsico, periodista deportivo experimentadísimo, y creador del necesario y masivo blog denominado “periodismo rugby”,  recuerda los lazos rugbísticos entre argentinos y sudafricanos, que incluyen a un jugador del otro continente, Fairy Heatlie,  que se radicó en Argentina y que en 1910 llegó a jugar un partido par aun combinado argentino, y que en 1932, la selección nacional debutó con una camisera celeste y blanca a rayas, en un partido jugado en la cancha de Ferro ante los Juniors Springboks, un equipo “B” pero muy poderoso para la época. Ese mismo combinado visitaría Argentina en 1959, en donde jugaría varios partidos, hoy impensados, como ante Deportiva Francesa, Buenos Aires Cricket & Rugby Club y Olivos, entre otros.

Los avatares de la época, en donde el rugby en Argentina era absolutamente amateur, hacían que los jugadores seleccionados tenían que pedir permiso en sus trabajos para ausentarse dos meses, con motivo de la gira, que incluía muchos partidos. Uno de aquellos deportistas, Guillermo McCormick, estuvo solo un mes con el equipo porque en el trabajo no le autorizaban más días. Ni hablar de cobrar por jugar. Roberto Cazenave, del SIC, recuerda: “Yo no llevé nada. No tenía un mango”. Una vez en el continente africano, las autoridades deportivas locales les acercaban mensualmente a los jugadores un viático mínimo. El seleccionado, en tanto, estaba conformado por jugadores de distintas procedencias, y, algo no frecuente hasta entonces, había de Duendes, de Rosario, de Pucará, de Burzaco , uno de Universitario de Córdoba, uno de San Martín, otro de San Fernando, otro de Los Tilos. Ser parte del mejor combinado argentino ya no era un patrimonio exclusivo de los clubes tradicionales.

   Por otra parte, otro acierto de Búsico es contar cómo las autoridades sudafricanas trataban de estrechar lazos puntuales con algunos países, porque con el correr de la segunda mitad del siglo XX, sus seleccionados iban siendo dejados de lado de las competencias internacionales, como boicot al régimen racista de ese país, aliado histórico de Gran Bretaña y Estados Unidos. Bajo el “apartheid”, tal como que se denominaba a esa forma de gobierno, los blancos concentraban todo el poder, y la población negra, que era la mayoría en el país, no podía gobernar y tenía todo tipo de restricciones económicas, sociales y culturales. Por esos años, Nelson Mandela era encarcelado, como líder del Congreso Nacional Africano (CNA), un movimiento popular opuesto al gobierno basado en criterios raciales de los afrikaaners.

  “El rugido”  describe cómo durante la gira, las personas negras que osaban ir a ver los partidos de rugby tenían que amontonarse en un rincón de la cancha, rodeados de alambrados de púa, mientras que las plateas eran para los blancos. Obviamente, los sudafricanos negros deseaban que Argentina le ganara a la selección de su país, que por esas épocas representaba, en la práctica, solamente a la población que descendía de los colonizadores holandeses, ingleses, franceses y alemanes. “Please, master, win tomorrow”, recuerda en el libro el Puma Adolfo Etchegaray, que le decían los habitantes originales del país.

  Así llegó el día, en el que, como se sabe, los flamantes Pumas derrotaron a Juniors Springboks 11 a 6 y se metieron en la agenda internacional del rugby. Nicanor González del Solar, Marcelo Pascual, Ronald Foster, Luis García Yáñez,  Héctor “Pochola” Silva y Arturo Rodríguez Jurado fueron algunos de los que lograron ese éxito. Era la primera victoria en el exterior ante un rival de peso, inclusive, en los papeles, muy superior. Cuando regresaron al país, 4 mil personas recibieron a la delegación en Ezeiza, y El Gráfico, Clarín, Gente, Crónica y el desaparecido diario El Mundo, aparte de La Nación, La Prensa y La Razón, cubrieron con holgura la llegada.


  Otro acierto del libro es colocar datos contextuales para entender qué pasaba en Argentina y en el mundo, en el medio de esa gira. Así, se recuerda la lucha por los derechos civiles de las personas negras en Estados Unidos, el plan de estrangulamiento económico en Argentina, diseñado por Álvaro Alsogaray, las huelgas de cañeros y metalúrgicos en el país,  el golpe militar que dio Juan Carlos Onganía y demás. Por último, el volumen contiene varias fotos de la gira y de programas de los partidos (seguramente acopiados por Guillermo Illia, uno de los Pumas del ’65) y un completo anexo con minibiografías de todos los participantes de esa gira histórica, además de los resúmenes de todos los encuentros. La investigación documental estuvo a cargo de Oscar Barnade y Víctor Raffo y la producción periodística, de Sergio Renna. En síntesis, un gran viaje al otro país que es el pasado, y que se conecta con este presente.

domingo, 10 de mayo de 2015

Imágenes retro

    Por las vueltas de la vida y gracias a este blog,  conseguí la colección completa de la revista Test Match, verdadera “Biblia” para la gente de rugby en los ’80. Es una de las ventajas del papel: es más fácil de conservar y hoy tengo en mis manos todas las notas de la revista. A modo de debut del rescate, y con el Mundial de Rugby de Inglaterra a meses vista, extraigo datos de Test Match de los números previos al primer certamen internacional jugado en Australia y Nueva Zelanda en 1987, en donde Argentina no pasó de la primera ronda, sorprendida, sobre todo, por la derrota en el primer partido ante Fiji. Así palpitamos el Mundial y recordamos el primero, que parece que sucedió en la Prehistoria.

*“El grupo entrena de manera responsable aunque sin presiones, con esperanzas de que Los Pumas sean la revelación del campeonato que ya empieza”, decía el periodista Alberto Sáenz en uno de los números previos, cuando Los Pumas ya estaban instalados en Oceanía.

*El Mundial comenzaría el 22 de mayo, con el partido entre All Blacks e Italia, que finalmente ganarían los de negro 70 a 6, y terminaría el 20 de junio, ganándole la final de Francia por 29 a 9.

*Por otro lado, en una encuesta entre distintas personalidades del rugby argentino previo al inicio, la mayoría apostaba a que Los Pumas llegaban tranquilamente a semifinales.

*En la encuesta a las mismas personas después de la rápida eliminación del Mundial, casi todos los consultados calificaba la actuación blanquiceleste de “pobre”, “baja”,  “decepcionante”, “un rotundo fracaso” y “siniestra”.

*Otros tiempos, en todo sentido: Los Pumas eran amateurs, y además los campeonatos locales en Argentina se seguían jugando en paralelo al Mundial.

*La televisación del Mundial iba por Canal 2, que en algunos barrios de la Capital se veía pésimo y había que hacer malabares con las antenas de televisión ubicadas en las terrazas para tratar de captar alguna imagen.  Pasaron 28 años pero a muchos nos parece que transcurrieron 100.

*Los relatos y comentarios por Canal 2 estaban a cargo de Guillermo Alonso y Alberto Sáenz, y en los estudios en Buenos Aires figuraba Luis Bavio.


*Eran tiempos sin Internet y con muy poco acceso al cable. Por eso la revista traía datos sobre, por ejemplo, los colores de las camisetas de los seleccionados, como se ve en la foto que ilustra este post, verdadera imagen retro.

*La revista, en la nota de cierre del Mundial, decía que el evento "puso al descubierto a todos los que han dejado de sentir la pureza del amateurismo", ya que se habían visto cómo jugadores de las potencias (Australia, Nueva Zelanda, Francia, Inglaterra), recibían "viáticos" o filmaban publicidades y ganaban plata con ello. Test Match decía que; "o nos movemos todos con las mismas reglas o cada uno se mueve por su lado". A los pocos años, las reglas claramente las instaló el profesionalismo y a nivel internacional es asumido públicamente y no está mal visto cobrar por jugar al rugby en las selecciones o en los clubes de rugby de Europa. En Argentina, a nivel clubes, sigue siendo en 2015 un tema tabú, al menos en el ámbito porteño. ¿Cambiará post Mundial?


domingo, 14 de diciembre de 2014

El secreto de sus ojos

  Este vagón del Mitre parece que tuviera como destino Villa Gesell o Pinamar; muchas parejitas, ellas con musculosas y shorts con tela de jean, ellos con remeras y cargando equipos de mate. Los que viajan solos también apenas pasan los 20 años, como la chica de labios pintados de rojo intenso que contrastan con la blancura de su piel, o el chico de rastas que teclea frenético su celular. Este convoy es cómodo, con aire acondicionado, carteles indicadores que funcionan y asientos en estado perfecto. ¿Tendrán el mismo servicio las personas que viajan a Quilmes en el Roca, o a González Catán en el Belgrano Sur? Por lo pronto, mientras a los costados de las vías crecen las violetas en flor y se ven paredes con pintadas que dicen “Defe Campeón”, el tren sale de Capital y se mete en las estaciones de Vicente López, Olivos, La Lucila, Beccar, Martínez. Y nadie baja. Recién los primeros que descienden lo hacen en San Isidro.  El resto se presume que seguirá viaje para pasar el domingo por Tigre o alrededores.  Pero yo bajo en territorio sanisidrense.

   Las calles están silenciosas como los parquímetros que están sembrados por todo el centro de la ciudad. A las pocas cuadras de la estación, está una de las entradas del Club Atlético San Isidro (CASI), fundado en 1902 y símbolo deportivo de la zona, en general, y del rugby, en particular. Se ven grupitos de chicas ir y venir, el clima no parece el de un clásico CASI-SIC. Mientras  el 168, siempre vestido de rojo, azul y negro, lleva a sus pasajeros de regreso a Capital, tomo la calle Martín Fierro  y después Labaradén, que desemboca en una rotonda. Otra vuelta más, ya por la calle Juan Cruz Varela, y llego a la entrada a la cancha, en donde hay 150 metros de cola, formada por, sobre todo, chicas de entre 15 y 20 años, aunque también hay padres, madres  y algunos varones jóvenes.  Es el comienzo de la jornada que la ong Audela, que lucha porque la sociedad se concientice acerca de las necesidades y derechos de las personas con discapacidad, realiza en el CASI.

   A los pocos metros de ingresar al club, uno se topa con el “Gallito Ciego Móvil”: un container negro, en donde la ong difunde la experiencia de comer a oscuras, con platos elaborados por personas ciegas o con una disminución importante en la vista.  Más allá de ser algo semejante a lo que vive alguien que no tiene visión,  quizá lo significativo sea poner de relieve la importancia de generar puestos de trabajo para todos, porque quien tiene una discapacidad está en muchas peores condiciones para que le den una posibilidad laboral. Más de 100 personas, en su mayoría chicas, esperan su turno para ingresar al móvil.  

   ¿A qué se debe tanta presencia de nenas y no tan nenas? A que uno de los platos fuertes será un desafío de hockey sobre césped entre algunos Pumas versus jugadoras del seleccionado femenino “Las Leonas”. Por eso se ven chicas con los colores de sus clubes: se ven jugadoras de Laferrere, Olivos, Defensores de Gaboto, Liceo Naval, San Albano, Liceo Militar, Náutico Hacoaj. La simbiosis entre rugby y hockey sobre césped es muy fuerte, y el estadio del CASI representa esa combinación.
El predomino de mujeres quizá explique que en los puestos de comida y se vendan ensaladas de frutas y chocolates. Aunque hay, claro, espacio para los choripanes. Las jugadoras de hockey del CASI recorren las instalaciones para ofrecer rifas para Audela, con el premio de una remera de Las Leonas, otra de Los Pumas, ropa deportiva, pelotas de rugby y palos.

     Audela realiza charlas de sensibilización para fomentar la integración de las personas con discapacidad tanto en escuelas como en empresas. Y además, lleva adelante el “Gallito Ciego Móvil”, verdadero restorán ambulante gestionado por no videntes. Desde 2010, realiza para diciembre el desafío en hockey entre Leonas y Pumas.

   Por todas las canchas del CASI se realizan clínicas básicas para practicar destrezas en hockey y rugby, a cargo de jugadoras y jugadores de los seleccionados argentinos. Esta vez, el hockey domina: cada vez que la conductora del acto pregunta a la multitud quién quiere que gane el Desafío, la mayoría abrumadora grita: “Las Leonassss”.  También hay agradecimientos públicos para la Municipalidad de San Isidro y  los sponsors.

  Después de las clínicas, tocan Los Bonnitos, una banda del estilo de Agapornis, formada por rugbiers del CASI.  Luego dijo unas palabras la directora de Audela, Mónica Espina, lo que ayuda a que no se desdibuje el perfil solidario del evento, riesgo siempre latente cuando hay deportistas muy conocidos. 

  Acto seguido, los jugadores de fútbol para ciegos de Huracán ofrecen una exhibición de ese deporte.  Seguramente es un  domingo de gloria para ellos, tanto porque pudieron mostrar lo que saben hacer ante miles de personas como porque el club de Parque Patricios volvió a Primera “A” en el fútbol profesional.

  Antes del Desafío de hockey, Sandra Mihanovich canta el Himno Nacional, que además es interpretado en lengua de señas.  Ya en plena noche, con la iluminación artificial de CASI a pleno, y miles de personas en las tres tribunas del club, se juega el partido entre Pumas y Leonas. Para los primeros participan Belisario Agulla, Felipe y Manuel Contepomi, Juan Martín Hernández (en la foto, tomada por Federico Castro Olivera, junto a una Leona), Lucas Borges, Lucas Ponce, Martín Landajo, Matías Moroni, Santiago González Iglesias, Javier Ortega Desio, Matías Vila, Bici Querejeta (estos dos últimos, jugadores de hockey).  Por las Leonas están Belén Succi, Carla Rebecchi, Cecilia Rognoni, Rosario Luchetti, Claudia Burkart, Delfina Merino, Inés Arrondo, Jorgelina Bertoni, Agustina Albertario, Jorgelina Rimoldi, Magdalena Aicega, Noel Barrionuevo, Vanina Oneto y Silvina D'Elia. El partido termina  1 a 1, pero eso es apenas un detalle.

  Las chicas del CASI, con pasión,  corretean a todo el mundo para conseguir que les compraran rifas para Audela. Quien esto escribe, al retirarse, escucha el siguiente diálogo:

-Señor, ¿no me compra una rifa para Audela?
-Es que ya compré cinco.
-¿Y si compra seis….?,, dice, con una sonrisa.

martes, 22 de julio de 2014

Nosotros y los miedos







“Me pregunto quién cuidará mis caballos /cuando caiga la antena/me pregunto quién cuidará mis caballos/cuando cruces mi frontera”. Se escucha Phonalex por la radio con “Quién cuidará mis caballos”, y en esta mañana llamativamente soleada y tibia de invierno, cruza un camión plateado que lleva animales al hipódromo.  Siguen cuadras con árboles de todo tipo: casuarinas, jacarandás, tilos, fresnos, plátanos.  Esta zona debe de ser la de más árboles por metro cuadrado del Gran Buenos Aires.  El sol riega las parcelas de césped de las veredas,  un hombre descarga un bolso con palos de golf de un auto bordó, tres chicos con equipo de gimnasia azul y blanco almuerzan en un banco de piedra de una esquina.

  A lo lejos crepitan los sonidos de los autos que vuelan por Panamericana. Cerca, una pared tapizada de enredaderas verdes, distraídas del invierno por el calor sorpresivo. A un costado, una puerta. Timbre, y pocos segundos después, se abre la puerta y una mujer rubia, vestida con ropas claras, que hacen juego con la luz del día, invita a ingresar a su casa. Un perro macizo, que parece tallado en madera, merodea por el jardín.  Ya bajo techo, el ambiente tiene más sombra. Unos pocos pasos, otra puerta que se abre y se cierra, un estudio. Y, sentada al lado de un escritorio, en un ambiente muy ordenado, con hebras de sol que se filtran por las cortinas blancas a sus espaldas, la anfitriona, la psicóloga Julia Álvarez Iguña, quien aparece en la foto al comiezo de este escrito,, especializada en deporte de alto rendimiento y en particular en rugby, se dispone a conversar. Michel Foucault decía que ir al psicólogo tiene algo de semejante con la confesión ante un sacerdote; la intimidad, las cosas que se dicen porque ya no se pueden ocultar más, las confidencias….Álvarez Iguña ha recibido y recibe a jugadores de rugby, entrenadores, preparadores físicos, en este mismo espacio, que debe tener impreso las huellas dejadas por cada secreto que se revela…


-¿Cómo se acerca al mundo del rugby?


- Empecé primero a atender a golfistas; trabajé con más de 15 profesionales y también aficionados. Y después empecé a escribir en una revista de golf y en una de polo. Entonces se empezó a acercar gente del polo, y como iba a Hindú, a través de estos artículos conocí a Rodrigo Quesada; le conté a lo que me dedicaba, me dijo que era interesante.  Y me invitó a escribir artículos en www.rugbytime.com hace 5 años. Y empezaron ahí a acercarse muchas personas del rugby.


-¿Encontró algún cambio respecto de quienes juegan polo o golf?


-Bueno, en el polo y en el golf hay mucho narcisismo. En esos deportes, cuando llegan a un nivel se creen que las saben todas. Hay que ser muy humildes para poder trabajar con el “yo”. En los deportes individuales es muy fuerte mirada del otro, el valor social que tienen esos deportes, cómo me miran los demás… en el deporte grupal se pierde más el tema de los egos. No tiene que existir el ego en un equipo, en cambio sí tiene que existir un “yo” cohesionado, que haga que todos tiren para el mismo lado. Hay, es cierto, un narcisismo reinante en la sociedad, esto de “Yo valgo de acuerdo a como el otro me mira y no como yo me juzgo”.


-¿Miedo a qué le confiesan los jugadores, cuando vienen a su consultorio?


-Miedo al error. En chicos se ve poca tolerancia el error y a la frustración. Esto tiene que ver con poca capacidad de esperar. No te podés perdonar un error, no podés tolerar una falta. Muchos jugadores se quedan “pegados” mentalmente en esa falta, en ese error, cuando en realidad ya pasó, hay que seguir adelante. “Hago una jugada mala, por lo tanto, soy malo”…no, esto no es así. Es un (enfatiza) jugador que hace jugadas buenas o malas. Se suele arrastrar el “soy malo, soy malo, soy malo” y empiezan a pensar  “qué va a decir el entrenador, me va a sacar”. Se hace un espiral. Se juega como piensa. Hay que trabajar con visualizaciones Como la técnica de Johnny Wilkinson, que no pensaba en pegarle a los palos. Se imaginaba que estaba parado frente a los palos, y que detrás, en el medio, había una chica llamada Doris, con unas papas fritas en una mano y un vaso de Coca en la otra, y él pensaba que con la pelota tenía que acertarle a una cosa u a otra. Eso es algo neutro, porque nunca hay que pensar palabras relacionadas a un resultado. Resultado es evaluación, y evaluación únicamente  bueno o malo.


-¿Hay jugadores que le plantean su miedo a lesionarse?


-No, el miedo a lesionarse en general se produce una vez que te lesionaste. Porque está esta idea de “si me lesiono no pertenezco más al grupo”.  Se ven una cantidad de lesionados antes del Mundial de fútbol o antes de que comience el torneo de la URBA porque muchos van más allá de sus límites, con este de querer seguir jugando u jugando aunque el cuerpo te vaya dando otros mensajes.


-¿Ninguno le plantea miedos a tener lesiones de columna?


-No. Lo tienen oculto, “a mí nunca me va a pasar”, dicen o piensan. Es más un miedo de los padres de los chicos. Son negadores con eso.  Deberían saber que cuando el referee aplica una ley, te está cuidando. Me sorprende de chicos que entrenan días y días muy duro, y  luego se revientan con el alcohol. ¿Cómo es que se cuidan así?


-¿Nota esa situación de abuso de alcohol?


- Lo vi, lo palpé trabajando con chicos. Les dicen: “No tomen, no tomen”, pero en un tercer tiempo hay padres o dirigentes borrachos. Las leyes cuesta imponerlas, pero hay que hacerlo, hay que poner en práctica eso. Que empiecen por no tomar tanto los adultos. O como esos adultos que dicen: “Mi hijo se pasa todo el día comprando cosas”, y ese padre hace lo mismo. O los que dicen a su hijo: “Vos nunca te tomás un colectivo”…¿y cuándo un padre se tomó un colectivo con el chico?


-Un tema del que se habla muy poco es de los “bautismos” a los jugadores que llegan a Primera. En algunos clubes, a veces, suelen ser muy crueles…


¬- Es como una iniciación. Sí, algunos “bautismos” son muy salvajes y, los chicos lo toleran por la necesidad de pertenencia. Si no lo aceptás, quedás afuera.  Eso está relacionado con el machismo. Evidentemente, la persona que pone en juego un “bautismo” muy cruel, lo ha sentido en forma pasiva. Está esta idea de “si yo lo viví, que lo viva el otro”. Hay algo de sometimiento. ¿Cuál es el objeto de esas agresiones? Descargar la agresividad que uno siente. Es parte del machismo tonto.


-Volviendo a un tema anterior, ¿cómo se trabaja, psicológicamente, con un jugador lesionado?


- Hay que quitarle el miedo a la lesión y a que tenga otra, trabajando con un equipo interdisciplinario. Y tiene que tener confianza en el médico. Hay que tener un lugar de confianza básica al que recurrir. Si el jugador siente que le hablan como diciéndole: “Sos una rodilla, sos una cadera”, no va. El jugador es una persona con angustia  y con miedos, y a veces por falso machismo no preguntan sus dudas. Hay que poder confiar en el entrenador, en el médico y en el psicólogo.


-Cuando atiende a entrenadores, ¿qué rasgos negativos suele encontrar?


-La falta de comunicación. Por ejemplo, entrenar la parte técnica, de la misma manera, y, sin que la hayan aprendido del todo, pasar a otro ejercicio. Entonces, si sale mal algo, insultan al jugador. No es así, las cosas hay que explicarlas. Explicar, practicar, entender, y recién después agregar cosas. A veces está esta idea de algún entrenador de “Ah, porque yo soy Puma”. ¿Y? Hay que explicar las cosas, o en Juveniles, explicar por qué sacás a un chico o a otro…por la causa que sea: “Porque tenés que practicar más”, “Porque no viniste a entrenar”, o lo que fuere.  Si un chico no está bien de autoestima se destruye. Necesita el “ya te va a salir”, no que lo insulten. Estamos formando chicos, no ejércitos. El chico en ese caso va a sufrir, no a divertirse. Con amenazas del entrenador nadie se divierte.


-Dejando de lado otros factores (distancia, problemas de horarios), ¿qué elementos pesan, psicológicamente, para que un chico deje de jugar rugby?


- En esos casos el abandono puede ser por falta de presencia de los padres o por excesiva presencia de los padres, porque si el padre está obsesivamente encima del chico, también influye para mal, y el chico juega por el deseo del padre, no por el de él. Luego puede estar la poca comunicación con el entrenador. O el “bullying” (maltrato, en castellano, o, como se decía antes, “tomar de punto a alguien”, con violencia verbal y/o física).


-¿"Bullying" en el rugby?


-Claro, a veces lo ves. Los chicos lo sufren cuando en un  club hay  maltrato, porque, por ejemplo, jugás en Primera y creés que dominás todo. O los insultos. En mis consultas me dicen que lo que no soportan es el insulto, dentro de la cancha o fuera. Un jugador me decía que no soportaba que el capitán lo insultara dentro de la cancha, le hacía mal. O la exclusión del grupo. En un club, porque un chico era "negrito" no jugaba, no le daban bola, el entrenador ni lo miraba. Tenía buena posición económica, pero era de tez mate…


-Eso es un antivalor...


-¿Dónde están los valores en esos casos? Los valores se demuestran en actitudes. ¿Cómo enseño valores?  Ayudando al que necesita. O preguntándole al otro si se siente mal, o qué le pasa. No medirlo por lo que tiene. Ser un buen jugador es también ser una buena persona.


-Hablemos de los valores…


-Estuve en un congreso en Mar del Plata en donde se abordó centralmente el rugby como herramienta de inclusión social para personas privadas de su libertad. Es increíble cómo el rugby puede fomentar el escuchar, saber que hay otro al lado, saber esperar tu turno, saber cumplir con normas. Eso, al menos a mí, no me lo mostró ningún otro deporte. O proyectos como el Virreyes, que hacen una tarea increíble. Pero son normas que imparten valores que se están perdiendo en la familia y en la sociedad.  Hay que trabajar en el compartir, en tener confianza en un compañero. Y en respetar el referee. El referee se banca todo solo, sin hinchada. ¿Por qué no respetamos al que tiene que imponer la Ley? Y hay que privilegiar el ser sobre el tener, y trabajar para no inflar el ego.



  El sol siguió con su camino esta hora y media y los rayos que entran por la ventana tienen otra angulación. Es hora de saludarse y de partir, de caminar por el jardín y ver al perro casi de madera que mira curioso. La puerta que se abre y, como al principio, se cierra enseguida. En pocas horas, quizá, ingrese algún jugador de Grupo I, o II, o un entrenador, a derramar sobre el escritorio de madera sus angustias y miedos, esos para los que las épocas que corren no suelen ofrecer tiempo ni atención. Por eso, con seguridad, esta casa con su frente engalanado con enredaderas seguirá
registrando el eco de muchas confesiones.  
registrando el eco de muchas confesiones.  

jueves, 29 de agosto de 2013

Touch


   Estoy parado sobre la muralla que divide todo lo que fue de lo que será…no, no. Estoy parado en la esquina de Anchorena y Charcas, barrio porteño de Recoleta,  rodeado de ruidos de bocinas y fragmentos de conversaciones por celular. Una chica de trajecito azul camina apurada con una bolsa grande bajo uno de sus brazos, mientras que con el otro sostiene su teléfono y discute con alguien. En sentido contrario, un hombre mayor, de saco gris y pantalones color marrón, se desplaza en otra velocidad, apuntalado por un bastón de madera y con la cabeza inclinada hacia adelante, como si necesitara ese gesto para avanzar. Yo sigo en la misma esquina. Cuando se cruzan las tres posiciones, miro hacia el edificio de ladrillos rojos y ventanas con rejas negras. Camino unos metros, y una enorme puerta de madera se encuentra ante mis ojos. Sobre el vano de la misma, hay un escudo grabado en piedra, con dos guerreros esculpidos. A los costados, dos bestias entre laureles, grises por el material, el humo y los años.  Toco el timbre, me abren la puerta, me anuncio ante un empleado de seguridad y pido por la persona que me indicó la escritora Anna Kazumi. “Te va a caer muy bien”, me había dicho Anna, autora de los libros Catástrofes naturales y Flores de un solo día, con su tono de voz siempre suave.

  Y aparece bajando las escaleras Rob Mumford, flaco, vestido de negro, ojos algo rasgados.  Nos saludamos, salimos del lugar, le damos la espalda al escudo, las bestias y los laureles de piedra, cruzamos Anchorena y entramos a un bar. “Jugué al rugby en Stokes Valley, ese es mi club, en Nueva Zelanda. Es cerca de Wellington, la capital. Jugaba de centro y de wing, y en el colegio también jugaba de ala, aunque era muy livianito. Es que allá hay categorías por peso, en los torneos colegiales”, dice. ¿Cómo es eso de “categorías según el peso de cada jugador”?

  “Claro,  se arman las divisiones por peso; mi colegio tenía más o menos 10 equipos, e iban desde equipos para chicos que pesaban no más de  40 kilos, otros entre 40 y 50, después entre 50 a 60, y después era abierto.  Si llegabas por habilidad, no importaba el peso, era para dividir a los más jóvenes. Un chico no sigue jugando con rugby si solo tiene que tacklear chicos más grandes, y hay chicos que no crecen de la misma manera.  Hasta en los clubes hay una división de rugby pero para los que pesan menos de 85 kilos.  Eso ayuda a la gente de tamaño  más normal, de disfrutar sin tener que tacklear a unas bestias” (risas).

   Rob se fue de viaje a Inglaterra, y allí su hermano le propuso viajar a América del Sur. Él tenía pensado ir a África, pero, recuerda: “Caminando por el Hyde Park de Londres, le dije a mi hermano: ‘ok, vamos a América Latina”. Ya en esta parte del continente, “conocí gente, un país…increíblemente bello  y una gente repositiva, que sabe disfrutar lo que tiene, con un espíritu generoso…uno siente ese cariño”. Años más tarde regresó a Argentina, con un amigo, para hacer una travesía  a bordo de un Ford Torino V8, modelo 1971, auto exótico para estas tierras. Partieron de Buenos Aires y y llegaron hasta Ushuaia. Como apunta Rob, la banda de sonido de ese viaje fueron The Killers,  Massive Attack, Portishead y Stellar, un grupo pop neozelandés. Él creó una página, www.challengeeverything.com.ar ,en la que se puede bucear entre sus historias, datos, letras de canciones y fotos.

  En Argentina conoció una mujer, tuvieron una hija, vivieron en Nueva Zelanda y  allí se separaron. “Cuando nos separamos, ella quería volver, y yo dije: ‘Voy a venir también, para estar con mi hija’.   Era un desafío personal vivir en otra cultura. Hace 15 años que vivo acá”, agrega.  Y formó pareja con otra argentina. “Bueno, las argentinas, comparadas con las neozelandesas, son más cariñosas, más demostrativas, y, físicamente, la mezcla latina es linda. Pero también son más celosas y calentonas, mientras que en Nueva Zelanda son más tranquilas e independientes”.

  Ese rasgo de pasión lo encuentra Rob en el deporte. “En Nueva Zelanda no hay hinchadas, inclusive si juegan los All Blacks casi que hay silencio. Ahora no tanto, pero igual nada que ver con lo que es acá. Allá son más de poner carteles ingeniosos, creativos. Pero canciones de hinchada, por ejemplo, no existen”.

   ¿Otras diferencias? Rob, en medio del ruido del bar, logra decir: “Hay menos diferencias sociales en Nueva Zelanda, no está todo tan marcado como acá. Y allá se juega fútbol, pero no es lo que es acá, en Nueva Zelanda ves canchas de rugby por todos lados. Me gusta el fútbol, jugaba con mis amigos en la calle, porque en la calle más que una tocata no podés jugar rugby. Igual, a veces practicábamos pateando la pelota de rugby por encima de los cables de electricidad, y el otro tenía que agarrarla”.

  “Y en cuanto al rugby, en Nueva Zelanda jugás primero en el club, hasta más o menos 10 años. Después lo jugás en el colegio hasta los 18, y ahí volvés a jugarlo en los clubes. Un deporte que se juega mucho es el ‘touch rugby’.” ¿Y en qué consiste esa disciplina, poco o nada conocida entre los argentinos?

  Explica Rob: “se juega con 6 jugadores por cada equipo, no hay haches, ni scrums, ni mauls ni se puede patear la pelota. La pelota se pasa con la mano, y al sexto toque que te hace un contrario, tenés que dejar la pelota en el piso y pasa al otro equipo. El referee es el que cuenta cada toque, o el jugador que toca va diciendo: ‘Touch one’ y así”. Uno se imagina al jugador argentino ventajeando….”Y, una vez jugamos con mi equipo de acá un torneo en el Luján Rugby Club, y algunos partidos eran un lío, vivían discutiendo todo el tiempo” (risas). Ahora están en plena búsqueda de un campo de juego para volver a practicar...

   Al compás de la mayor exigencia física que plantea el rugby actual, surgen alternativas, como el “touch rugby”. Rob se entusiasma: “Es un deporte lindísimo, das pases, corrés con la pelota, trabajás en equipo… pueden jugar hombres y mujeres  juntos, no hay golpes. Hoy no todos pueden tener el físico para jugar rugby, pero todos pueden jugar 'touch'. En los colegios se juega 'touch' en los almuerzos, y los All Blacks juegan al 'touch' en casi todos los entrenamientos, para entrar en  calor. Eso desarrolla mucho las habilidades, por eso los pilares neozelandeses dan los pases que dan”.

  El almuerzo se agota, y el tiempo de la charla, también. Rob debe regresar a su trabajo en la administración de la sede porteña de la Universidad de Nueva York, en el edificio de los laureles de piedra. Se acerca el fin de semana y este Licenciado en Administración por la Victoria University de Wellington, recomienda buenas bandas neozelandesas, aparte de Stellar: Bic Runga, The Feelers, Shihad, Tim Finn, Dave Dobbyn, The Datsuns, los clásicos Crowded House…

  Rob asegura: “Los contrastes te enriquecen. Yo cuando me iba de Nueva Zelanda y no sabía cuándo volvía, me despedía de mi papá con un ‘handshake’ (apretón de manos). Ahora, cuando mi papá viene a la Argentina-ya vino 13 veces, le encanta el país-, siempre le doy un abrazo antes de que se vaya a dormir”. Dentro de pocas horas, en el Waikato Stadium, el “handshake” se lo darán los capitanes de Los Pumas y de los All Blacks. ¿Cuánto contraste habrá?

jueves, 20 de junio de 2013

Otra copa de ron


 Dice el periodista Ernesto Schoo en su libro Cuadernos de la sombra: “…la muchacha de la que se había enamorado se llamaba Georgia, bailaba en un cabaret y era bellísima. Yo, a mi vez, me enamoré de Georgia”.  Cierro el libro y pienso en ese nombre…claro, este sábado Los Pumas juegan con la selección georgiana, por la Copa Bacardi, en San Juan.  Un grupo de personas de un país del este de Europa, que tiene un alfabeto único, cruza el globo para jugar en una provincia montañosa argentina, por un trofeo con nombre de ron.

  En Georgia, un deporte ancestral se llama “Lelo”, como se contó acá, y tiene ciertas semejanzas con el rugby. Quizá eso haya ayudado al buen desarrollo de este deporte en ese país.  Nos cuenta el georgiano Giorgi Gamtsemlidze, quien jugó rugby en su país, en Bélgica y hasta en Jordania y trabajó como manager en la Unión Georgiana de Rugby (cuyo logo aparece en la foto de esta entrada): “En realidad, no creo que el Lelo haya ayudado al desarrollo del rugby en Georgia, pero la verdad es un deporte parecido. El Lelo se juega una vez por año, en Pascuas, en la aldea de Shukuti. Después está el Leloburti, que es una versión más aggiornada del Leloi”.

  En el Lelo original, dos equipos, representativos cada uno de un pueblo distinto, jugaban un partido generalmente en el terreno ubicado entre dos ríos, y ganaba el que más veces apoyaba una pelota sobre la orilla del curso del agua del contrario.  La pelota podía patearse o llevarse con las manos. Y, a veces, hasta podían usarse caballos para llevarla.  En la antigüedad, el terreno de juego podía tener ¡kilómetros! de extensión, e incluir valles, arroyos, bosques.

  Ya bajo dominio soviético, el “Lelo” fue reglamentado, y se decidió que cada equipo tenga 15 jugadores, que se pueda pasar la pelota (rellena de pasto o lana de oveja) hacia adelante, y que cada jugador puede tener el balón no más de cinco segundos.  Los participantes pueden sacarle la pelota de las manos a sus rivales, pero no deben obstruirlos sin la pelota, ni empujarlos deliberadamente. 

 El rugby unión llegó al país a fines del siglo XIX, cuando, como en tantos lados, empleados ingleses de una compañía y amantes del deporte, se unieron a georgianos que jugaban “Lelo”. En 1967, la visita de coachs franceses reactivó el progreso del rugby georgiano.

   Gamtsemlidze asegura que “el rugby es el segundo deporte después del fútbol y es el seleccionado deportivo más exitoso; tenemos 6000 jugadores fichados, muchos de ellos profesionales que juegan en Francia.” En cuanto a la organización de las competencias del rugby local, cuenta: “Tenemos 3 ligas, la principal con 10 equipos, la segunda división y una amateur. En la primera división el gobierno financia a los clubes, y los jugadores cobran un pequeño salario”. Eso sí: “los referees son muy pocos, tenemos un problema importante con eso”, agrega.

  Georgia ganó a principios de año la Copa Europea de Naciones  (una especie de “6 Naciones B”), superando a Bélgica, España, Rusia y Portugal y empatando con Rumania. Pero en la reciente Copa Tbilisi (nombre de la capital georgiana), que se realizó por primera vez, quedó tercero entre cuatro equipos, dejando atrás  a Uruguay pero abajo del campeón, South Africa President’s XV y del segundo, Emerging Ireland.  Según Gamtsemlidze,  dos de los titulares georgianos para enfrentar a Los Pumas,  Vasil Kakovin y Dazil Zirakashvili, son figuras de su país y juegan en el Toulouse y en el Clermont, respectivamente.

  Si bien las potencias siguen siendo las mismas, la pelota ovalada pica más y más en distintos países.  ¿O quién imaginaba hace 20 años que Finlandia, Camboya o Costa Rica tuvieran selección de rugby? Georgia, con mucha más historia, quiere seguir pisando fuerte. ¿Qué harán ante Los Pumas,  en el oeste argentino?

 

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lunes, 10 de junio de 2013

Aurore


 
En la esquina de Guido y Ortiz, de frente a uno de los muros de ladrillos del Cementerio de la Recoleta, estaba el restorán “Lola”, lugar súper sofisticado,  en el que se congregaban empresarios, políticos y sibaritas, especializado en comida francesa. Allí, con vista a las cúpulas de las bóvedas de familias poderosas,  se ofrecían platos como magret de pato, paté de ave y  tournedos de lomo, y postres como créme brulée y crepe Suzette. “Lola” cerró sus puertas definitivamente hace pocos meses, y apenas quedan fantasmas y recuerdos de aquel restaurante afrancesado, nacido en 1985, el año de “Una luna de miel en la mano” y del primer partido de rugby femenino en Argentina.


  A pocos metros de lo que queda de “Lola”, sentada en un banco, hay una chica rubia de pelo lacio y largo. Lleva puesta una polera blanca sobre una remera negra, y jeans.

-Hola, ¿cómo andás?-,dice, en un castellano impecable.

  Minutos después, en un bar sobre la calle Vicente López, también con vista al cementerio, Aurore Bar, francesa de Lille, ciudad del norte de ese país, nacida en….¡1985! cuenta su historia.

  “En Francia estudiaba Administración de Empresas, y tenía que hacer una residencia en el exterior para recibirme. Ya había hecho un viaje en 2006 a Perú, Bolivia y Ecuador, y me dije: ‘Ya que lo tengo que hacer, lo hago en América Latina’. Encontré una pasantía en Guadalajara, otra en Caracas y otra en Buenos Aires, y terminé acá. Mis amigos franceses ya me habían dicho que era una ciudad muy linda, parecida a Europa en algunas cosas, pero con otras de América Latina”, dice, mientras se pide una Quilmes. “Me encanta la cerveza, soy del norte de Francia y allí se toma mucho y se sabe mucho de cerveza”, agrega.

  De fondo, Bob Marley. Una camarera va de acá para allá, haciendo slalom con porrones, daiquiris y cafés.  “Allá en Lille habíamos armado un equipo con amigas, en la Universidad. Un amigo que estaba lesionado, nos dijo: ‘Si quieren yo las entreno’. Éramos todas más o menos deportistas. Le dijimos: ‘Bueno, dale’, pero medio en joda. Y así empezó.  Pero se desarmó el equipo, porque yo me vine para acá, otra chica se fue a Singapur, y así…”

  Ya en Buenos Aires, quiso seguir con el rugby en su sangre. “Al llegar acá busqué un equipo de rugby femenino. Quería hablar mejor español, y conocer más a la Argentina, y cuando practicás un deporte entendés más la cultura del país. Busqué club y me acuerdo que cuando llamé a Ciudad de Buenos Aires, la persona que me atendió al teléfono, al darse cuenta de que era francesa, me dijo: ‘Ah, querés aprender las técnicas argentinas para enseñarlas en Francia’” (risas). Ese llamado había sido pocos meses después del Mundial de 2007, con los dos triunfos de Los Pumas sobre la selección francesa.

  Suenan los celulares, y los ringtones de chocan con las voces de las personas, de las copas y de los taconeos de la camarera que sube y baja las escaleras. “Así llegué a Arpías, el equipo de rugby femenino de Ciudad de Buenos Aires, en abril de 2008, y estuve hasta fines de 2009, cuando el equipo se disolvió.  Nos quedamos sin club, pero seguimos entrenando en los Bosques de Palermo, hasta que fuimos a jugar el Seven de Olivos. Ahí apareció un chico que jugaba y entrenaba en DAOM, y se ofreció a proponerle al club tener rugby femenino”.  Y así llegaron esa chica de Lille y sus compañeras de esa época al club del Bajo Flores, cuyos colores son los mismos que los de la bandera de Francia y que jugó en la primera división del rugby porteño a principios de los ‘70.

  Nacieron entonces “Las Panteras” de DAOM. Y siempre con presencia internacional.  “Sí, de Canadá y de Estados Unidos,  hay una chica colombiana….pero de aquel grupo original de Arpías que vino a DAOM quedé yo nada más”, recuerda Aurore. “DAOM nos apoya mucho, el presidente del club conoce el nombre de cada jugadora. Con los varones de la primera división también está todo más que bien”, dice. Ahora “Las Panteras” son 18, entrenan dos veces por semana en el club y juegan el torneo anual de la URBA que comenzó a principios de mayo.  Queda un nombre en el recuerdo: “Sí, Flavia Pugliese, la mataron hace dos años”, rememora Aurore, y cuenta que el 14 de julio se hará una maratón en la localidad de Villa Sarmiento, en homenaje a aquella jugadora de DAOM y en reclamo de justicia para ese crimen.

  Aurore juega de medio scrum (en la foto es quien pasa la pelota desde el suelo) y se sorprende por el crecimiento del rugby femenino en Argentina durante los últimos años. “Es impresionante, porque también están creciendo las destrezas de las jugadoras.”. ¿Y algo malo de Argentina? “Ah, sí, que los hombres sean chamuyeros mal”, afirma, mientras el bar comienza a llenarse de gente…

sábado, 2 de marzo de 2013

Gabinete de curiosidades


“…mezclados con el mundo cotidiano, se mueven extraños mundos ignorados por el común de la gente. Lazos ocultos de deseos y hábitos afines, rastros secretos de necesidades coincidentes, que la mirada común no advierte, conectan de pronto a seres solitarios, aparentemente distantes entre sí, entremezclando fugazmente sus vidas”. Eso dice Juan José Sebreli en Buenos Aires. Vida cotidiana y alienación.  Y en el Tren de la Costa, un jueves por la tarde, se cruzan una bandada de chicos del Colegio San Andrés, de Olivos, con algunas parejas de jubilados o pares de amigas que pasan la tarde quizá de visita por alguna de las ferias de anticuarios de la zona o con alguna caminata cerca del río. En la Estación San Isidro se baja casi todo el pasaje. Los chicos del San Andrés se desparraman por la zona y las parejas de jubilados, con ritmo pausado, deciden cómo seguir el paseo, algunas hablándose mediante quejas mutuas, otras con cariño y dándose la mano.

 Una vez que parte el tren, lo que resuena es el silencio. Muy poca gente camina por la estación a esta hora de la tarde. Unas chicas imitan coreografías y se sacan fotos, un empleado de seguridad, aburrido, las mira, un par de cafeterías están abiertas y casi vacías. La fuente del centro de la estación domina la escena, con sus chorros de agua y el murmullo de sus caídas. De un lado, las vías y más allá del Río de la Plata; del otro, la plaza de San Isidro vecina a la catedral, que desciende hacia la estación.

  Después de recorrer algunas escalinatas y desniveles, hay un local con puerta de vidrio y ropa deportiva en la vidriera.  Un hombre escribe concentrado en la computadora. Las chicas, en el piso superior, siguen con sus coreografías. El empleado de seguridad ya se retiró. Un cajero de un maxikiosco cercano cuenta el cambio en billetes y monedas.

  Ni de Nike ni de Adidas ni de Puma ni de Topper. La ropa de la vidriera no está a la venta. Está para contemplar, imaginar, recordar; es el primer contacto visual que se ve desde el exterior, del Museo del Rugby, en el corazón de San Isidro. Se abre la puerta de vidrio, y, muy amablemente, el señor de la computadora nos tiende la mano, se presenta como Jorge Luccioni y nos introduce en un tiempo que parece distinto al corriente, un tiempo suspendido, una galería de objetos que marcan la presencia de otras personas, clubes, historias.

“Por iniciativa del museólogo Nicolás Montiel, de La Plata Rugby, y otros ex jugadores, surgió la idea de hacer este museo. Por eso se formó la Asociación Civil Amigos del Museo del Rugby de Argentina, para hacerlo viable. El 2003 se inauguró oficialmente, en otra sede, también en San Isidro”, explica Luccioni, desde detrás de un escritorio, con libros sobre rugby a sus espaldas y una foto de un plantel de Los Duques (equipo ya desafiliado) a su derecha, colgada en la pared.

    El Museo tiene secciones: interior, referees, rugby femenino, clubes desafiliados, Pumas, clubes de la URBA. “El Museo tiene más de 6600 piezas, dentro de su catálogo. Claro que por cuestiones de espacio, no podemos mostrar todo y vamos rotando el material de exhibición”, cuenta Luccioni.

  Todo museo tiene el encanto del surtido, de una antología de cuentos, de un “grandes éxitos”, combinado con la sensación de hacer un viaje en el tiempo; o, mejor dicho, un viaje a diferentes tiempos, según el espacio que se recorra.  Así, una pelota de rugby de metal, apoyada sobre una base, nos lleva a la década del ’20, en la localidad santafecina de Cañada de Gómez. “Es una copa que se puso en disputa entre dos equipos ferroviarios de la zona”, acota Jorge. A pocos metros, dentro de un exhibidor de vidrio, una remera blanca, muy vieja, con un escudo ovalado a la altura del corazón, que contiene el gorro frigio, el sol, los colores de la bandera. Si uno mira de cerca a la camiseta, cuya imagen ilustra esta nota, ve apenas insinuadas unas rayas, que fueron celestes. Se trata de la casaca de la selección argentina que se usó en 1932 ante los Junior Springboks. El yaguareté como símbolo todavía no había nacido.

  Dando una vuelta corta, en una vidriera se exhiben objetos de los clubes desafiliados: una camiseta azul y blanca, de Central Buenos Aires-donde jugó el propio Luccioli-otra negra con mangas rojas del Roma Rugby Club, una foto de Los Charrúas, un escudo de YPF y un banderín y un chopp con el escudo de Old Georgian’s. “Estos dos los tengo que sacar y ponerles en el otro sector”, dice Jorge sonriendo, ya que el equipo de remera blanca y dragón rojo en el pecho volvió a los torneos oficiales.

 Hay camisetas de Defensores de Glew, de Alumni, de CASA de Padua, de Los Matreros, de la selección de Escocia, de la francesa, una histórica de Irlanda, una exótica del seleccionado soviético sub19 que jugó el mundial de la categoría de 1991, corbatas de distintos clubes, y la de los fundadores de la River Plate Rugby Union Championship, primera entidad “madre del rugby nacional: Belgrano, Buenos Aires, Atlético del Rosario y Lomas.

-Falta la de Flores.

-Sí, lo sé, la tengo que mandar a hacer, pero no consigo quien me haga una sola camiseta. Flores tenía remera blanca con una banda diagonal negra, en el sentido contrario a la de River, y jugaba en lo que hoy es la cancha de Ferro-explica Luccioni.

  Los referees tienen su sector, en donde se exhibe la ropa que usó Efraim Sklar durante los partidos de la Copa del Mundo de 1991 en Inglaterra, y vestimentas actuales de Francisco Pastrana, uno de los referees jóvenes argentinos de más proyección. Y un cartel antiguo del Lomas Athletic, pidiendo que los simpatizantes respeten las decisiones del juez.

-Cuando vienen chicos de visita, les digo que la seña más importante es la de ‘silencio’. Al referee no se le protesta, en el rugby, dice Jorge.

-Ya no se los respeta tanto, ahora…

-Es cierto. Pero yo siempre digo…”los jugadores se equivocan miles de veces…¿por qué el árbitro no puede equivocarse?-agrega este museólogo, que durante años tuvo un cargo muy importante en el Museo de Luján y después trabajó en el área de museos de la ciudad de Buenos Aires.

“Hemos hecho muestras del material del museo durante los mundiales de Francia y de Nueva Zelanda, y también en los partidos en Argentina de la Rugby Championship y en la finales del torneo de la URBA en La Plata. También hemos llevado material a las provincias, por ejemplo a Santa Fe y Chaco”, cuenta Luccioni, y señala la camiseta blanca y azul de Sixty, de Resistencia, el equipo de rugby femenino chaqueño, colocada sobre un maniquí. De cerca, un conjunto de Estudiantes de Paraná y un banderín de La Puna Rugby, de La Quiaca.  Hay una remera naranja de Gnomos, de Mar de Ajó, y otra muy percudida, blanca y roja a franjas horizontales, de Tumbas, de Carlos Casares.  Y especialmente una remera amarilla, de CURNE, brilla contra la pared. “Esa remera perteneció a un chico que, por una lesión cervical y las complicaciones posteriores, murió. Cuando fuimos a Resistencia la mamá del chico nos dio esa remera, que es la que usaba él. No sabés lo que fue ese momento….”, recuerda Jorge, y la emoción lo calla. Habla de Gonzalo Federico Acosta, accidentado en un partido de su categoría M-17. Después de su muerte, el 1 de diciembre de 2004, su mamá Gloria junto a otras madres, crearon la “Red Solidaria Federico Acosta”, que colabora en la mejora del servicio de rehabilitación del Hospital Perrando, de Resistencia, y organiza el ciclo Camino a Ser Puma, destinado, entre otras cosas, a prevenir lesiones en el rugby.

  Nos quedamos unos segundos con la mirada fija en la remera amarilla que usaba Federico, que tiene las firmas de todos sus compañeros. Nos miramos a los ojos y seguimos la recorrida.

   Luccioni conoce historias, resultados, datos. Es un gran guía. El material está bien clasificado y tiene carteles indicativos. Pero hay un objeto misterioso: una escultura en madera del Quijote, sosteniendo una lanza y un libro, con una inscripción en francés en la base, que todavía nadie puede determinar el origen. “Me vuelvo loco buscando y todavía no sé qué es. Ya lo voy a encontrar. Estaba medio arrumbada en la Unión Argentina de Rugby (UAR)”, dice el director del museo.

  Más rarezas: una silla que se usaba en el CASI, metálica y de color celeste, de la década del ’20; una foto del puma “Yerua”, mascota de los sanisidrenses que hacían entrar a la cancha antes de los partidos; otra foto, pero del Atalaya Polo Club, con el “Che” Guevara en la formación, en la fila interior y con la pelota ovalada bajo sus manos; un remo de mando maorí, tallado en madera, traído de Nueva Zelanda; un libro escrito especialmente para el Museo, con la historia del Club Sucu, formado por vecinos de la esquina de Sucre y Cuba, del barrio de Belgrano…

   Está un juego de camiseta, pantalón y medias que Agustín Pichot usó con Los Pumas en el Mundial de 2007, ante Namibia; la que usó Fernando Morel con Sudamérica XV para ganarle a Sudáfrica en 1982; y una camiseta de Los Pampas, de aquel plantel que ganó la Vodacom Cup en 2011. Y como todo museo, hay tesoros que no se exhiben momentáneamente, para hacerles lugar a otros objetos. Dice el director: “Hay de todo...una remera original de Hurling cuando era verde, blanca y naranja….¿fotos?, miles, cuadros…una camiseta de Los Pumas de 1971 cuando fueron a Sudáfrica… un banderín hecho por negros sudafricanos para alentar a Los Pumas en el ’65, porque los negros querían que perdieran los Springboks, si a ellos ni los dejaban entrar a la cancha…”.

“Este local  pertenece a la Municipalidad de San Isidro, que lo cedió a la Asociación para que funcione el Museo. Como tenemos muchas cosas, estamos viendo de tratar de abrir una subsede en Capital. O en otro lado; escuchamos ofertas”, revela Luccioni. “El museo abre de martes a domingo, de 10 a 18 y la dirección es Lasalle 653, Estación San Isidro del Tren de la Costa. Y no es obligatorio pagar entrada. El que quiere, paga lo que puede” dice, y señala una alcancía transparente que aloja billetes de 5  y de 10 pesos, dólares, algunos euros, libras.

-¿Y hay alguna prenda que siempre deja exhibida?

-Sí, la remera amarilla de Federico Acosta. Esa no la saco nunca.

  Es hora de cerrar el Museo. La tarde comienza a diluirse. Jorge se despide cordial, y hay que subir escaleras, ganar el andén, las parejitas que se acurrucan en los bancos de la estación, el sonido del tren que llega, la ciudad enorme tan lejos y tan cerca, tantos mundos distintos que se superponen...

  

sábado, 9 de febrero de 2013

Buena madera-Volumen II


Leicester, Parma, Leeds, Agen, Worcester, L’Aquila, Perpignan, Calvisano, Brive. Por todas esas ciudades europeas anduvo Alejandro Moreno jugando al rugby.  Ahora, de regreso a Río Negro, la provincia en la que nació, viaja por Viedma, Bariloche, Ingeniero Jacobacci, Choele Choel y hasta cruza la cordillera y toca Temuco, en Chile. Pero su base de operaciones es General Roca, donde nació en abril de 1973 y se formó como jugador en el Roca Rugby Club, ese del predio bordeado de álamos en las afueras de la ciudad y que tuvo sus orígenes a fines de los ’50, en lo que era un baldío en donde hoy está la capilla Cristo Resucitado, como recordamos en la primera parte de esta historia.
  En el Bar 43 están las camisetas que usó en Los Pumas, la selección italiana y el Roca Rugby, que acompañan desde las paredes del local las tardes y noches de quienes comparten unas cervezas o pizzas en el local, quizás como previa antes del boliche, quizá para cortar el día antes de retornar al hogar.  Pero esas imágenes son flashes de enero, y ya en febrero la ciudad de Buenos Aires, calurosa y húmeda como nunca, nos retiene en su nudo de ruidos y nervios. Mejor volver a aquellos flashes y recordar el sabor de la cerveza en el 43, las camisetas de Alejandro Moreno, y, ¿magia?, él está del otro lado del teléfono.
  “Yo me retiré en diciembre de 2010 en el Leeds Carnegie, de Inglaterra. Estuve entrenando allá y a fines de 2011 me volví. Y en febrero de 2012, junto a mi amigo Gabriel Villalba, comenzamos a armar ‘Rugby en Acción para la Inclusión Social’.  Se lo habíamos anticipado el gobernador Carlos Soria, pero bueno…pasó lo que pasó, pero él lo había dejado registrado, digamos, y seguimos adelante.  Gabriel y yo no somos políticos, así que en el 2012 tuvimos que remar directamente en el dulce de leche repostero. Pero el proyecto camina, ahora le dimos forma de asociación civil y podremos recibir donaciones”, dice. 
-¿Qué es concretamente "Rugby en Acción para la Inclusión Social"?
  -Es un programa que depende de la Secretaría de Deportes de Río Negro,  pero ahora además es una asociación civil. Surge con la idea de acercar el rugby a los chicos de los barrios. Yo escuchaba gente en el Roca que decía “no hay pibes, “no hay pibes”. Y no se quieren mover, los pibes están en el barrio, andá al barrio, no te sentés esperando a que vengan. Es un laburo de locos, eso sí. 
  Empezamos el barrio Quinta 25, acá en Roca, tomando como base un merendero y un comedor. Ahora estamos con 40 pibes en uno y 50 en otro. Y ya hicimos encuentros de rugby en toda la provincia. En El Cóndor había 300 pibes, en Dina Huapi 500 y en uno que hicimos en Roca, fueron 800.
-¿Cómo te acercás a los barrios?
- Vamos barrio por barrio...voy a comedores, a fundaciones...me paro en el barrio en un potrero y ahí arrancamos con pelotas y conos a enseñar rugby a los chicos que quieren jugar. Después viene el tema clubes…a los chicos que realmente se interesan, los contactamos y los mandamos a los clubes, tratando de que tengan cierta contención. También trabajamos con una psicóloga social, para saber bien la problemática de la zona en la que nos metemos. Al principio los padres mucho no nos querían, decían “eh, el rugby es para chetos”. Pero ahora ya nos quieren, nos felicitan por el trabajo.
-Hay chicas también…
-Sí, un montón. Yo les decía al principio: “Miren que tienen hockey”. Y me contestaban: “Naah, queremos jugar rugby” (risas). Además en Roca hay un equipo de rugby femenino, son creo que unas 40 jugadoras, y la capitana jugaba en la selección argentina de fútbol (nota del r: habla de Valeria Cotelo).
-¿Pero cómo surge en vos la inquietud por fusionar el deporte con el trabajo social?
-Siempre me gustó ser entrenador, en Inglaterra hice hasta el nivel 4 de la IRB y entrené allá. Y en Europa, tanto en Perpignan como en Leeds, me habían ofrecido dar una mano con equipos en cárceles de menores. Y ahí empecé. Cuando volví a Roca, pensamos con Gabriel en este proyecto. Por eso también estamos armando equipos de rugby en cárceles. Con la de Roca ya empezamos, tenemos unos 90 jugadores.  El grupo mejoró mucho dentro de la cárcel, cambiaron de actitud, mejoraron en disciplina, hay menos droga y menos quilombo. Les pusimos pautas claras: el que hace algún quilombo no juega, no hay vuelta. También nos apoyamos en psicólogos y abogados.   La idea es llevar el proyecto a las otras unidades de la provincia. Esto depende del Ministerio de Gobierno de Río Negro.
-Hablaste de Europa; ¿es cierto que había rivalidad entre los jugadores argentinos que jugaban para la selección italiana y Los Pumas?
-No, para nada. Bah, al menos yo nunca sentí eso. Nos conocíamos todos…salíamos juntos, nos juntábamos para las Fiestas…
-Tuviste la oportunidad de ser dirigido por Marcelo Loffreda, cuando él dirigió al Leicester Tigers y vos jugabas ahí…
-Sí. Fue difícil para él porque el equipo venía de ganar tres finales y él llegó solo, sin nadie propio de su staff. Yo creo que con el staff que tuvieron Los Pumas en el 2007, en Leicester, le hubiera ido mucho mejor.  Marcelo es súper profesional, propone un rugby genial, es un tipo súper comunicativo…pero estaba muy solo allá, y en ese tipo de clubes pesan mucho las estrellas..
-¿Este año entrenarás algún equipo?
-No sé, tengo que ver, porque la asociación lleva muchísimo tiempo. El año pasado dirigí la M-17 de Roca Rugby, pero este año no sé qué voy a hacer.
-El año pasado fue la “juntada” de madera por parte de los chicos…
-Claro. Tenía un grupo medio reacio a ir al gimnasio. Entonces les dije: “Bueno, ok, entonces vamos a juntar leña.  Y juntamos miles de kilos de leña. La idea la había acercado un padre, que hace laburo social en Línea Sur (nota del r: una región al sur de General Roca), para llevarles leña a la gente que vive allá. El grupo se súper unió con eso. Terminamos el último día comiendo un asadito en las orillas del Río Negro…
   Es la hora de terminar la llamada, y que cada uno vuelva a sus ocupaciones, a más de mil kilómetros de distancia.  Moreno agradece y se despide y uno piensa en el día que en las paredes del Bar 43 de Roca también esté una foto como la que ilustra esta nota, tomada en esa ciudad durante los encuentros de "Rugby en Acción por la Inclusión Social"