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domingo, 10 de mayo de 2015

Imágenes retro

    Por las vueltas de la vida y gracias a este blog,  conseguí la colección completa de la revista Test Match, verdadera “Biblia” para la gente de rugby en los ’80. Es una de las ventajas del papel: es más fácil de conservar y hoy tengo en mis manos todas las notas de la revista. A modo de debut del rescate, y con el Mundial de Rugby de Inglaterra a meses vista, extraigo datos de Test Match de los números previos al primer certamen internacional jugado en Australia y Nueva Zelanda en 1987, en donde Argentina no pasó de la primera ronda, sorprendida, sobre todo, por la derrota en el primer partido ante Fiji. Así palpitamos el Mundial y recordamos el primero, que parece que sucedió en la Prehistoria.

*“El grupo entrena de manera responsable aunque sin presiones, con esperanzas de que Los Pumas sean la revelación del campeonato que ya empieza”, decía el periodista Alberto Sáenz en uno de los números previos, cuando Los Pumas ya estaban instalados en Oceanía.

*El Mundial comenzaría el 22 de mayo, con el partido entre All Blacks e Italia, que finalmente ganarían los de negro 70 a 6, y terminaría el 20 de junio, ganándole la final de Francia por 29 a 9.

*Por otro lado, en una encuesta entre distintas personalidades del rugby argentino previo al inicio, la mayoría apostaba a que Los Pumas llegaban tranquilamente a semifinales.

*En la encuesta a las mismas personas después de la rápida eliminación del Mundial, casi todos los consultados calificaba la actuación blanquiceleste de “pobre”, “baja”,  “decepcionante”, “un rotundo fracaso” y “siniestra”.

*Otros tiempos, en todo sentido: Los Pumas eran amateurs, y además los campeonatos locales en Argentina se seguían jugando en paralelo al Mundial.

*La televisación del Mundial iba por Canal 2, que en algunos barrios de la Capital se veía pésimo y había que hacer malabares con las antenas de televisión ubicadas en las terrazas para tratar de captar alguna imagen.  Pasaron 28 años pero a muchos nos parece que transcurrieron 100.

*Los relatos y comentarios por Canal 2 estaban a cargo de Guillermo Alonso y Alberto Sáenz, y en los estudios en Buenos Aires figuraba Luis Bavio.


*Eran tiempos sin Internet y con muy poco acceso al cable. Por eso la revista traía datos sobre, por ejemplo, los colores de las camisetas de los seleccionados, como se ve en la foto que ilustra este post, verdadera imagen retro.

*La revista, en la nota de cierre del Mundial, decía que el evento "puso al descubierto a todos los que han dejado de sentir la pureza del amateurismo", ya que se habían visto cómo jugadores de las potencias (Australia, Nueva Zelanda, Francia, Inglaterra), recibían "viáticos" o filmaban publicidades y ganaban plata con ello. Test Match decía que; "o nos movemos todos con las mismas reglas o cada uno se mueve por su lado". A los pocos años, las reglas claramente las instaló el profesionalismo y a nivel internacional es asumido públicamente y no está mal visto cobrar por jugar al rugby en las selecciones o en los clubes de rugby de Europa. En Argentina, a nivel clubes, sigue siendo en 2015 un tema tabú, al menos en el ámbito porteño. ¿Cambiará post Mundial?


miércoles, 17 de septiembre de 2014

Pasado y presente

   Siempre que las yemas de mis dedos recorren las hojas de una revista, pienso en el prodigio que genera el papel; aún hoy uno puede conseguir una publicación de hace 100 años, o un libro de mayor antigüedad. En cambio, solemos perder un archivo de Word en el Triángulo de las Bermudas de nuestra computadora, no podemos asegurarnos de ver nuevamente un noticiero de hace un año y a veces un artículo muy interesante que pescamos en Internet se diluye en la corriente del ciberespacio.  Y, cosa curiosa, desde un blog, comparto las impresiones al palpar, tocar y leer un ejemplar de Rugby Mundial, de 1991. Está en mis manos, sin usar buscadores ni pendrives ni descargas desde sitios misteriosos.  

  La moneda todavía era el austral. Poco tiempo después, llegaría el peso, en el contexto de la Convertibilidad. En la tapa de la revista de 1991 -que sigue saliendo, y que es altamente recomendable- aparece Guillermo Holmgren, jugadorazo del Olivos Rugby Club y también Puma, entrevistado por ese gran periodista que es Jorge Búsico. De Holmgren, que jugaba de medio scrum, aparte de su talento, se destacaba su miedo  a volar en avión, lo que le impidió formar parte de giras con el seleccionado nacional en más de una ocasión.  Valiente el jugador de Olivos: reconocía un temor que muchos tienen y que por el nefasto “qué dirán”, ocultan como si fuese una peste.

  En el editorial de la revista, los directores (Adolfo Echegaray, Mariano Molina Berro y Luis y Julio Gindre) anunciaban la visita inminente de los All Blacks, todo un acontecimiento en épocas en donde algo parecido a participar en el Rugby Championship era impensado para Los Pumas. Otra sección pedía: “Eduquemos a los padres y mejoraremos el rugby”, y daba cuenta de lo inoportuno de los “papás” despotricando contra los referees, y de las presiones sobre los chicos que sean “ganadores” a toda costa. “No quiera fabricar un campeón”, decía la nota. ¿Le habrán  hecho caso? Hoy los chicos de 1991 ya están al borde del retiroy más de uno será padre….

  Otra sección dedicada a aconsejar, enfatizaba los cuidados del corazón para los rugbiers. El artículo, firmado por el ex referee y cardiólogo Félix Luzuriaga, resaltaba la importancia de hacerse los controles médicos necesarios antes de cada campeonato. Para ser justos, hoy se piden muchísimos más estudios que en esa época. Y en buena hora.

  El poster color traía una foto de Rolando “Yanqui” Martin, titán del SIC y en la nota balance de la mitad del campeonato, Alejandro Coccia analizaba el rendimiento de Alumni, uno de los punteros del campeonato de Buenos Aires. También había una entrevista a Normando Ferrari, una de las figuras del equipo de Tortuguitas de aquellos años, y otro reportaje a Hernán García Simón, tres cuartos destacado de Pueyrredón, ambos textos firmados por Búsico. Otro entrevistado era José Javier “Tito” Fernández, surgido de Deportiva Francesa, Puma en su momento,  entrenador y padre de Santiago.
  El informe sobre la inminente gira de los All Blacks (que le ganarían los dos partidos a Los Pumas) incluía el fixture de los neocelandeses por el país: además de enfrentar al seleccionado argentino, los “hombres de negro” se iban a enfrentar a Rosario, Córdoba, Tucumán, Buenos Aires, Mendoza, Pumas “B” y Mar del Plata, rivales hoy impensados para esa selección. Faltaban muy pocos años para que el rugby internacional tomara las características comerciales y de hiperexigencia atlética que tiene en la actualidad. ¿Alguien se imagina hoy un Mar del Plata-All Blacks?

  El panorama internacional de la revista se nutría de algunos datos del Mundial que iba a realizar en Inglaterra, Gales, Escoca, Irlanda y Francia. Un informe de una consultora decía que el favorito para ganar la Copa era Nueva Zelanda, seguida de Inglaterra. Sin embargo, sería Australia quien obtendría el certamen, en el que Los Pumas no pasaron de la ronda inicial.

  Rugby Mundial también nos informaba que Lomas cumplía 100 años-ya van por los 125-y comentaba que el club del sur del Gran Buenos Aires tenía a su primera división participando de la tercera categoría, llamada “Ascenso”.

  En la sección dedicada al rugby juvenil, un hasta entonces poco conocido “Bebe” Contepomi, que no había cruzado hacia el terreno del rock, describía la actualidad de las distintas categorías. Como rarezas, en M-17 Banco Nación “A” había goleado a La Plata “B” 172 a 0, y La Plata “A” a San Carlos, por 194 a 0. Por último, una entrevista, hecha por Contepomi, al dirigente del SIC Carlos Barceló, sobre rugby infantil, dejaba estas frases el reporteado:

“Yo siempre les digo a los chicos que no se avergüencen si tienen miedo de tacklear. A veces escuchamos a los padres que se desesperan por ver tacklear a sus hijos. Y los chicos tienen temor, y es un temor fundado y razonable. Para tacklear sin lastimarse, primero hay que saber tacklear”. 


   Cuando las yemas de mis dedos recorren las páginas de revistas viejas, siempre alguna idea interesante renace y comienza a rebotar en la mente.  Es hora de cerrar esa edición de julio de 1991 de Rugby Mundial, y pensar, pensar….

jueves, 29 de agosto de 2013

Touch


   Estoy parado sobre la muralla que divide todo lo que fue de lo que será…no, no. Estoy parado en la esquina de Anchorena y Charcas, barrio porteño de Recoleta,  rodeado de ruidos de bocinas y fragmentos de conversaciones por celular. Una chica de trajecito azul camina apurada con una bolsa grande bajo uno de sus brazos, mientras que con el otro sostiene su teléfono y discute con alguien. En sentido contrario, un hombre mayor, de saco gris y pantalones color marrón, se desplaza en otra velocidad, apuntalado por un bastón de madera y con la cabeza inclinada hacia adelante, como si necesitara ese gesto para avanzar. Yo sigo en la misma esquina. Cuando se cruzan las tres posiciones, miro hacia el edificio de ladrillos rojos y ventanas con rejas negras. Camino unos metros, y una enorme puerta de madera se encuentra ante mis ojos. Sobre el vano de la misma, hay un escudo grabado en piedra, con dos guerreros esculpidos. A los costados, dos bestias entre laureles, grises por el material, el humo y los años.  Toco el timbre, me abren la puerta, me anuncio ante un empleado de seguridad y pido por la persona que me indicó la escritora Anna Kazumi. “Te va a caer muy bien”, me había dicho Anna, autora de los libros Catástrofes naturales y Flores de un solo día, con su tono de voz siempre suave.

  Y aparece bajando las escaleras Rob Mumford, flaco, vestido de negro, ojos algo rasgados.  Nos saludamos, salimos del lugar, le damos la espalda al escudo, las bestias y los laureles de piedra, cruzamos Anchorena y entramos a un bar. “Jugué al rugby en Stokes Valley, ese es mi club, en Nueva Zelanda. Es cerca de Wellington, la capital. Jugaba de centro y de wing, y en el colegio también jugaba de ala, aunque era muy livianito. Es que allá hay categorías por peso, en los torneos colegiales”, dice. ¿Cómo es eso de “categorías según el peso de cada jugador”?

  “Claro,  se arman las divisiones por peso; mi colegio tenía más o menos 10 equipos, e iban desde equipos para chicos que pesaban no más de  40 kilos, otros entre 40 y 50, después entre 50 a 60, y después era abierto.  Si llegabas por habilidad, no importaba el peso, era para dividir a los más jóvenes. Un chico no sigue jugando con rugby si solo tiene que tacklear chicos más grandes, y hay chicos que no crecen de la misma manera.  Hasta en los clubes hay una división de rugby pero para los que pesan menos de 85 kilos.  Eso ayuda a la gente de tamaño  más normal, de disfrutar sin tener que tacklear a unas bestias” (risas).

   Rob se fue de viaje a Inglaterra, y allí su hermano le propuso viajar a América del Sur. Él tenía pensado ir a África, pero, recuerda: “Caminando por el Hyde Park de Londres, le dije a mi hermano: ‘ok, vamos a América Latina”. Ya en esta parte del continente, “conocí gente, un país…increíblemente bello  y una gente repositiva, que sabe disfrutar lo que tiene, con un espíritu generoso…uno siente ese cariño”. Años más tarde regresó a Argentina, con un amigo, para hacer una travesía  a bordo de un Ford Torino V8, modelo 1971, auto exótico para estas tierras. Partieron de Buenos Aires y y llegaron hasta Ushuaia. Como apunta Rob, la banda de sonido de ese viaje fueron The Killers,  Massive Attack, Portishead y Stellar, un grupo pop neozelandés. Él creó una página, www.challengeeverything.com.ar ,en la que se puede bucear entre sus historias, datos, letras de canciones y fotos.

  En Argentina conoció una mujer, tuvieron una hija, vivieron en Nueva Zelanda y  allí se separaron. “Cuando nos separamos, ella quería volver, y yo dije: ‘Voy a venir también, para estar con mi hija’.   Era un desafío personal vivir en otra cultura. Hace 15 años que vivo acá”, agrega.  Y formó pareja con otra argentina. “Bueno, las argentinas, comparadas con las neozelandesas, son más cariñosas, más demostrativas, y, físicamente, la mezcla latina es linda. Pero también son más celosas y calentonas, mientras que en Nueva Zelanda son más tranquilas e independientes”.

  Ese rasgo de pasión lo encuentra Rob en el deporte. “En Nueva Zelanda no hay hinchadas, inclusive si juegan los All Blacks casi que hay silencio. Ahora no tanto, pero igual nada que ver con lo que es acá. Allá son más de poner carteles ingeniosos, creativos. Pero canciones de hinchada, por ejemplo, no existen”.

   ¿Otras diferencias? Rob, en medio del ruido del bar, logra decir: “Hay menos diferencias sociales en Nueva Zelanda, no está todo tan marcado como acá. Y allá se juega fútbol, pero no es lo que es acá, en Nueva Zelanda ves canchas de rugby por todos lados. Me gusta el fútbol, jugaba con mis amigos en la calle, porque en la calle más que una tocata no podés jugar rugby. Igual, a veces practicábamos pateando la pelota de rugby por encima de los cables de electricidad, y el otro tenía que agarrarla”.

  “Y en cuanto al rugby, en Nueva Zelanda jugás primero en el club, hasta más o menos 10 años. Después lo jugás en el colegio hasta los 18, y ahí volvés a jugarlo en los clubes. Un deporte que se juega mucho es el ‘touch rugby’.” ¿Y en qué consiste esa disciplina, poco o nada conocida entre los argentinos?

  Explica Rob: “se juega con 6 jugadores por cada equipo, no hay haches, ni scrums, ni mauls ni se puede patear la pelota. La pelota se pasa con la mano, y al sexto toque que te hace un contrario, tenés que dejar la pelota en el piso y pasa al otro equipo. El referee es el que cuenta cada toque, o el jugador que toca va diciendo: ‘Touch one’ y así”. Uno se imagina al jugador argentino ventajeando….”Y, una vez jugamos con mi equipo de acá un torneo en el Luján Rugby Club, y algunos partidos eran un lío, vivían discutiendo todo el tiempo” (risas). Ahora están en plena búsqueda de un campo de juego para volver a practicar...

   Al compás de la mayor exigencia física que plantea el rugby actual, surgen alternativas, como el “touch rugby”. Rob se entusiasma: “Es un deporte lindísimo, das pases, corrés con la pelota, trabajás en equipo… pueden jugar hombres y mujeres  juntos, no hay golpes. Hoy no todos pueden tener el físico para jugar rugby, pero todos pueden jugar 'touch'. En los colegios se juega 'touch' en los almuerzos, y los All Blacks juegan al 'touch' en casi todos los entrenamientos, para entrar en  calor. Eso desarrolla mucho las habilidades, por eso los pilares neozelandeses dan los pases que dan”.

  El almuerzo se agota, y el tiempo de la charla, también. Rob debe regresar a su trabajo en la administración de la sede porteña de la Universidad de Nueva York, en el edificio de los laureles de piedra. Se acerca el fin de semana y este Licenciado en Administración por la Victoria University de Wellington, recomienda buenas bandas neozelandesas, aparte de Stellar: Bic Runga, The Feelers, Shihad, Tim Finn, Dave Dobbyn, The Datsuns, los clásicos Crowded House…

  Rob asegura: “Los contrastes te enriquecen. Yo cuando me iba de Nueva Zelanda y no sabía cuándo volvía, me despedía de mi papá con un ‘handshake’ (apretón de manos). Ahora, cuando mi papá viene a la Argentina-ya vino 13 veces, le encanta el país-, siempre le doy un abrazo antes de que se vaya a dormir”. Dentro de pocas horas, en el Waikato Stadium, el “handshake” se lo darán los capitanes de Los Pumas y de los All Blacks. ¿Cuánto contraste habrá?

jueves, 25 de octubre de 2012

Todos somos héroes anónimos

  ...decía una hermosa canción de Metrópoli, en la voz dulce de Isabel de Sebastián, mucho antes de que la reversionara Catupecu Machu. ¿Pero todos somos héroes anónimos? ¿O en realidad solamente hay algunos?  Con el Río de la Plata a las espaldas y la mañana despertándonos de a poco, nos metemos en la Avenida General Paz, una cinta de asfalto, bordeada de pasto, que en minutos nos deja ver: la sede del Club Banco Nación, la cúpula ocre y blanca de la Iglesia San Isidro Labrador, en Saavedra, la naciente de la Panamericana, Tecnópolis, el Parque Sarmiento, hondonadas de césped donde las familias apuran sándwiches, estaciones de servicio, corralones de materiales, los orígenes del Acceso Oeste,  bingos, monoblocks. Al rato, una colectora de la General Paz nos deposita en Villa Celina. Girar a la derecha, al llegar el cuarto semáforo y tomar Roosevelt, es la indicación.
  Roosevelt en La Matanza. Al menos de nombre, el ex presidente estadounidense atraviesa Villa Celina, con edificios de rejas verdes a su alrededor y kioscos metálicos de diarios y revistas. A unos cientos de metros de la colectora está el Club San Cirano. Pero si se gira a la izquierda, se encuentra un portón que dice “Club de Empleados del Banco Hipotecario”. Al caminar unos pasos y entrar al predio, aparece Pablo, remera blanca, pelo negro corto, con un chico de la mano, y dice: “Sí, acá es lo de Rugby Inclusivo”. Ya por abril habíamos mencionado ese proyecto, después de un mediodía en Vicente López. Para recordar esa historia, entrá acá.
   Nos acercamos a un quincho de paredes blancas. En la entrada, besos y saludos. De a poco, llegan chicos y madres, padres, hermanos o hermanas.  Todos los sábados, de 10 a 12, en este lugar, pibes con síndrome de Down y sus familiares participan de actividades recreativas que  incluyen nociones básicas y juegos relacionados con las destrezas que se necesitan en el rugby. 
   Stella vino con Tomás, uno de sus hijos. Mientras él comienza a formar una ronda con otros chicos, guiados por Pablo, el hombre de la entrada, y una música terapeuta,  Stella cuenta que es de Villa Madero y que vienen todos los sábados a la mañana a Banco Hipotecario. Ella hace mermeladas que están a la venta y que es una de las formas que tiene el grupo para financiarse. También recaudan dinero con la venta de chocolates que aporta otro papá. Los padres pagan 20 pesos por mes para solventar los gastos de comida. No hay otra exigencia económica.  “La cabeza de todo esto es Daniel”, dice Stella, y alude a Daniel Fernández, jugador de Hipotecario durante muchos años.

   Que aparece pocos minutos después, acompañado de su mamá, de uno de sus hermanos y de Joaquín, un hijo suyo por el que hizo nacer “Rugby Inclusivo”. Dice Daniel, sentado en uno de los bancos largos de madera, adentro del quincho: “Yo llevaba a Joaquín a la Fundación Bacigalupo, que hace un muy buen trabajo, para que hiciera deporte, pero quería que se sintiera parte de un club y que fuera algo más cerca, además de que lo conocieran los socios, los jugadores, la persona que está en la entrada del club. Y, volanteando por la zona y con la difusión y ayuda de Rugby Sin Fronteras, fuimos convocando gente”.

    Entre 20 y 30 personas, sumados adultos y chicos, comparten las actividades, incluidas dos jugadoras de hockey del club, como voluntarias.  Primero hay una parte recreativa; después, se comparten gaseosas y facturas. Y en tercer orden viene el entrenamiento de nociones de rugby. Así, los chicos forman un maul con sus padres, como se ve en la foto,  o practican pasarse la pelota.  Se acerca el mediodía y también los rayos del sol que caen verticales sobre todos.

  Tomás viene con sus padres; Lautaro, con su hermana Jimena; Joaquín, con Daniel, y sus tíos y hasta su abuela, que da una mano grande en el proyecto. Otro Tomás, con su mamá Stella, la mujer de las mermeladas. También están con sus familiares Agustín, Enzo, Elías, Martín, que se viene desde Don Torcuato, y muchos chicos más.
    Rugby Inclusivo ya  tiene más de un año de existencia. Han pasado cumpleaños, campamentos, idas a ver a Los Pumas, encuentros con All Blacks, partidos de rugby junto a otros chicos de Banco Hipotecario y Club Italiano. “Lo que sigue es seguir creciendo y sumando más chicos”, anticipa Daniel.
    Las risas de todos retumban en el quincho.  Hay abrazos, carcajadas, chistes, corridas. Las gaseosas se escurren de los vasos, las galletitas desaparecen de las bandejas. Signo de otros tiempos: en una foto enmarcada, colgada en la pared, aparece una formación de Banco Hipotecario de los ’80, en donde Daniel Fernández aparece como líder en la tabla de goleadores.  Ahora él está en ese quincho, con Joaquín y el resto de los compañeros y familiares de los chicos, en la organización, en los juegos, en la risa, con  la pelota ovalada que pasa entre muchas manos.
    De a poco, el encuentro de cada sábado comienza a terminar. Los chicos juntan sus cosas y se retiran, en auto, en colectivo, en remises. Cuando se van, caminan al lado de una canchita donde precalientan los jugadores de Banco Hipotecario, que están a punto de jugar un partido clave  ante San Marcos.  Pero esa es otra historia y hoy no es la que más importa...

viernes, 28 de octubre de 2011

Pequeño recordatorio del poder negro


La jira de los “All-Blacks”

  Desde la última vez que me ocupé en esta página de la jira que actualmente realizan por las canchas británicas los jugadores representativos de Nueva Zelanda, éstos han proseguido su actuación en forma por demás lucida y ya cuentan en su haber con otra victoria en un encuentro internacional.
  Mucho han escrito los comentaristas deportivos ingleses en los últimos meses sobre la supuesta inferioridad de estos “All-Blacks” de 1935 con respecto a los conjuntos de 1905 y 1924 que dejaron de su paso por esas canchas un recuerdo imborrable. En síntesis, los comentarios asignan escaso valor a los delanteros, sosteniendo que, malogrado su gran gran peso y corpulencia, no han constituido en ningún momento el pack completo y pleno de recursos que hay derecho a esperar en una selección neozelandesa. En cuanto a los backs la crítica es más benévola, pero no deja de señalar que estos jugadores no han demostrado ninguna técnica  nueva ni su juego ha tenido mayor brillo ni originalidad, aunque algunos hombres, en especial C.J. Oliver y T.H.C. Caughy, son reconocidos por todos como estrellas de primera magnitud. Anotados estos reparos, el lector se preguntará, con sobrado motivo, ¿si tienen estos defectos, cómo es que ganan sus partidos? Un pesimista podría extraer de ello una conclusión nada halagüeña  sobre el actual estado del rugby británico, peor la generalidad de los críticos atribuyen sus triunfos a dos factores fundamentales. El primero es la forma intensiva en que los “All Blacks” practican el “backing-up”, o sea el apoyo al hombre que lleva la pelota. Esto ha sido siempre la base fundamental del juego neozelandés y el equipo actual, no obstante sus defectos, ha sabido conservar esa virtud, en tal forma que ha hecho decir a un cronista “que siempre parece que hubieran más jugadores neozelandeses en la cancha que sus adversarios”. En segundo lugar se atribuyen sus éxitos al oportunismo de sus backs, pues una gran parte de los tantos que han obtenido lo han sido mediante el aprovechamiento rápido y certero de un error cualquiera cometido por un jugador contrario.
   Sería vana pretensión en quien no los ha visto jugar ensayar un juicio sobre el acierto de los comentarios que he reproducido más arriba, pero hay dos hechos objetivos y ciertos que merecen ser destacados. Sean o no sean un gran equipo, los “All-Blacks” han cumplido una campaña magnífica y a menos que les suceda algún desastre inesperado en los muy pocos partidos que les quedan por jugar, terminarán su jira con una foja de servicios perfectamente comparable con las que ostentaron sus predecesores de 1905 y 1924 y los conjuntos sudafricanos de 1912 y 1931. En efecto, han jugado hasta ahora 26 partidos, de los que han ganado 24, perdiendo 1 y empatando 1.
   En segundo lugar es indiscutible que los resultados de los encuentros revelan un gran equilibrio de fuerzas ente los “All-Blacks” y los diversos conjuntos que le han sido opuestos, puesto que los scores abultados han sido la excepción y no la regla como en jiras anteriores. Los partidos definidos por muy escaso margen han sido muchos y debe admitirse que en algunos de ellos, por lo menos, el factor suerte ha influido en el triunfo obtenido por los visitantes. Al releer lo escrito más arriba se me ha ocurrido que hay una gran semejanza entre lo que se comenta de este equipo neozelandés y lo que se decía aquí de San Isidro en la época del gran predominio de ese club alrededor de 1927. Tenía entonces San Isidro delanteros extraordinariamente pesados, pero de escasa técnica y que no sacaban todo el partido posible de su peso; sus backs eran sólidos, pero no brillantes, y el gran poderío del equipo residía en su habilidad para el “backing-up” y la forma en que aprovechaban todas las oportunidades que se les presentaban en el transcurso de los partidos y especialmente los errores de los adversarios. También ellos solían ganar bastantes partidos por escaso margen de puntos y, para que nada faltara en paralelo, era también costumbre en el ambiente atribuir muchos de sus triunfos a la intervención de la suerte a su favor.
Su actuación en Irlanda

   El programa preparado para la jira de los “All Blacka” comprendía solo dos partidos en Irlanda, uno contra Ulster en Belfast y otro contra el seleccionado nacional irlandés en Dublin. De paso cabe anotar que la separación política entre Ulster y el Estado Libre de Irlanda no ha implicado su separación en el rugby y que la Unión Irlandesa del Rugby sigue gobernando el deporte en todo el país; la selección irlandesa es, pues, representativa de toda Irlanda.
   El primer encuentro se jugó el 30 de noviembre, día de frío glacial con lluvia y viento helado. Estos factores perjudicaron el desempeño de los neozelandeses, nada acostumbrados a tales calamidades meteorológicas, y el resultado final fue un empate en tres puntos por bando, siendo éste el primer partido que los visitantes no conseguían ganar desde su primera y única derrota sucedida en Swansea dos meses antes.
   Tal resultado no hizo sino aumentar la expectativa alrededor del match con Irlanda que se jugó en Dublin el sábado siguiente, pues se esperaba que la selección irlandesa, lógicamente superior a la del Ulster, aunque integrada en parte por los mismos jugadores y que, además, es el actual detentor del campeonato internacional británico, opondría gran resistencia a los visitantes, no faltando quienes opinaban que los derrotaría, resultado que hubiera tenido gran resonancia.
   El partido se encargó de descartar tales esperanzas, pues si bien fue reñido en todo su desarrollo, los “All-Blacks”, demostrando su habitual capacidad para “agrandarse” cuando hace falta, se posesionaron de la delantera a los tres minutos de iniciada la lucha y no la abandonaron más. En el primer tiempo los visitantes anotaron tres tries por intermedio de Gilbert, Oliver y Harte, todos a raíz de corridas de tres cuartos, convirtiendo Gilbert  uno de esos tries, mientras que los irlandeses descontaron ventajas con un try marcado por Beamish y no convertido  y un “penalty-goal” que convirtió A. Bailey, terminando el período con ventaja neozelandesa de 11 puntos a 6. El segundo tiempo fue menos interesante, y los únicos tantos se marcaron a raíz de “penalty-kicks”; Gilbert acertó dos tiros de esta naturaleza a favor de los visitantes, mientras que Siggins hacía lo propio con uno otorgado a los locales. El score final de 17 a 9.
 Por Free-Lance, revista El Gráfico, 21 de diciembre de 1935.