martes, 14 de agosto de 2012

Barro tal vez

 "Si no canto lo que siento/me voy a morir por dentro/ he de gritarle a los vientos hasta reventar/ aunque sólo quede tiempo en mi lugar”.  Eso dejó plasmado Luis Alberto Spinetta en la canción que lleva como título el mismo de esta entrada. Pasado el furor mediático después de la muerte del músico, en estos días invernales de lluvias y cielos blancos se recuerda esa canción.  Y más cuando uno camina por las calles del barrio de Belgrano, el mismo que el de Spinetta, aunque un poco lejos de su zona de influencia, que era la cercana a las Barrancas.

   La calle Virrey del Pino entre Forest y Superí, adoquinada, rodeada por casas de techos de tejas, jardines misteriosos, claraboyas que alumbran algún ático y hojas que se agitan como mariposas por el viento de agosto.  Los charcos de agua que nacen en las hondonadas de las veredas reflejan las ramas desnudas de los árboles y el blanco de las nubes.

  Cerca, en una mansión, está la Embajada de Corea del Sur. En otra, una “residencia para mayores”, silenciosa en la hora de la siesta, huérfana de visitas también.  Más adelante, un colegio católico, que tiene en su frente las banderas de Argentina y del Vaticano. Al lado, otro colegio, con los colores nacionales y con los de Armenia. Unos metros más,  pasando la casa que tiene una veleta de hierro junto a la chimenea,  la Embajada de Japón, siempre de blanco brillante sus paredes. Enfrente, la sede diplomática de Libia, otro país ahora de nuevo olvidado por los medios. Y entre todas esas residencias, un muro amarillo, una entrada con techo de tejas, hierros pintados de verde inglés, y una garita en donde una chica morocha de pelo lacio, siempre muy seria, informa que para ver Belgrano Athletic-Atlético del Rosario, hay que pagar 35 pesos.

   Durante muchos años, si la persona que quería ver el partido no quería pagar, ingresaba por un portón de tablas verdes, sobre la calle Superí, y veía el encuentro pegado al alambrado,  frente a la tribuna local techada.  Ya hace mucho que esa puerta la cerraron y hoy todo el mundo paga. Seguirán los cambios, seguramente, porque ni bien uno abona los 35 pesos de la entrada, un cartel de una empresa especializada en identificación informa sobre las bondades de sus productos para controlar el ingreso de personas.  La cartelera del club informa los montos de las cuotas (la más cara es de 520 pesos),  novedades legales y demás.

  Hacia la derecha suelen escucharse los piques de las pelotas de tenis sobre el polvo de ladrillo, y algún “bien”, o un “vamos” de algún jugador cuando acierta un revés o un drive. Hoy no es el caso, y el naranja de las canchas parece más oscuro por el agua, y las pelotas y los tenistas están bien guardados.  Las redes y los flejes son los únicos que permanecen, estoicos, bajo la lluvia.

   Unos metros más, y está una de las entradas al bar del club y a los baños, de puertas de madera impecables. En el hall de entrada, camisetas de Argentina de los jugadores de Belgrano que pasaron por Los Pumas cuelgan desde las paredes, junto con la cartelera de hockey, noticias sobre tenis, bowls, squash y recomendaciones para no insultar a los referees de rugby. También se destaca una guía sobre qué hacer ante una persona que ha tomado alcohol en exceso, tanto si está inconsciente como si no lo está.

  El partido está por comenzar. Es un duelo de fundadores, y el mundo del rugby hace pesar las tradiciones. De hecho, todos los clubes que crearon la primera Unión Argentina de Rugby existen y en buena forma, salvo el Flores Athletic Club, condenado al olvido. Curiosamente, casi todas las instituciones que iniciaron los torneos de fútbol en Argentina ya no se dedican a ese deporte o desaparecieron.

  Así que hoy, se enfrentan dos clubes más que centenarios: Atlético del Rosario nació en 1867 y Belgrano en 1896.  Los dos fueron creados por empleados de las empresas dueñas por entonces de los ferrocarriles, en manos de capitales británicos.  Los rosarinos nacieron como club de cricket, y también se destacaron en fútbol. Belgrano Athletic también brilló durante muchos años como un club de fútbol hasta bien entrado el siglo XX.

  El rugby debe ser el único deporte sobre césped que se juega aun con  el campo de juego embarrado y lleno de charcos. Así, una tarde como esta, en minutos los 30 jugadores parecen monstruos de la laguna, tapizados de barro, agua y césped.  Desde Rosario apenas llegaron unas 20 personas.  De Belgrano habrá unas 300, repartidas entre la tribuna verde de madera y zonas vecinas.

  Un empleado del club local está atento para ir a buscar la pelota cada vez que sale del campo de juego. Lleva un piloto de plástico amarillo, gorra y fuma, mientras mira el juego y cuando la ovalada vuela por el aire, sale de la cancha, y cae de lleno en algún charco, él va, en puntas de pie, con sus botas negras, a buscarla para que los rugbiers sigan con su juego.  

  El partido es una trenza e cuerpos embarrados, en la que predominan los de Belgrano. Uno, dos, tres tries, la cuenta sigue, a favor de los de Virrey del Pino. El público de los partidos de rugby suele conocer de primera mano lo que pasa en los clubes; no es frecuente-aunque hay casos-que alguien que vaya a ver un encuentro de rugby no sea socio de alguno de los dos clubes, o familiar de los jugadores. Es raro encontrar “hinchas” de un club que no sean o hayan sido socios, o que al menos no hayan jugado en su equipo. Eso le da un tono familiar, por momentos íntimo, al público.

  Así, en las tribunas de madera casi vacías de esta tarde de lluvia, un grupito de hombres, paraguas en mano, comentan, entre bromas sobre fútbol, que es el último partido de uno de los alas de Belgrano, Mateo Olivari, porque se va a estudiar.  Otro comenta que “parece” que a Hernán Olivari, primo de Mateo, le llegó la hora de dejar el deporte, pero por lesiones.  El partido se escurre como el agua entre las huellas de los zapatos que quedan grabados sobre la tierra, al costado de la cancha. El referee Ariel Guillén indica con el silbato que el partido termina. Belgrano 46-Atlético del Rosario 0.

  Hay que desandar el camino, adivinar dónde pisar para no hundirse en el barro, pasar por la puerta del bar desde donde salen aromas a café y tortas, pasar por el camino que bordea las canchas de tenis y que a su lado tiene un muro tapizado de enredaderas, salir a Virrey del Pino, caminar hacia la esquina de Forest, pasar por la “residencia para mayores” que sigue sin visitas, hacer dos cuadras por esa avenida y terminar en el cruce con Sucre, para ver dónde estaba la sala de ensayos de Soda Stéreo, ahora vuelta mansión, y cerrar el relato iniciado con Spinetta conectándolo con Gustavo Cerati.  Signos.

miércoles, 11 de julio de 2012

Oro

     Las Olimpíadas están a la vuelta de la esquina, y, como cada cuatro años, los medios, que sistemáticamente ignoran a casi todos los deportes menos al fútbol, básquet, tenis y poco más, esta vez sí se ocuparán de distintas disciplinas, empapados también con la ilusión de que alguna judoca o algún ciclista aporte una medalla para el país. En Rio de Janeiro 2016 volverá el rugby a los Juegos, en modalidad seven, y veremos qué sucede con Argentina.
   Hace 60 años, dos remeros, Eduardo Guerrero y Tranquilo Capozzo, ganaron para nuestro país la medalla de oro en remo en los Juegos Olímpicos de Helsinki. Precisamente Guerrero, al año siguiente de ese triunfo, comenzó a jugar al rugby en Deportiva Francesa, club con el que fue de gira a Europa en 1954 y del que luego fue entrenador. Remero, rugbier y...luchador de catch junto a Martín Karadagián, en el suculento libro de Daniel Roncoli El Gran Martín, aparece la siguiente historia protagonizada por Eduardo, que combina playas de Olivos, Deportiva Francesa, rings, vestuarios...:

   "Teníamos una troupe de amigos, para divertirnos, con algunos de los muchachos que estaban en el Luna Park. Era una troupe que funcionaba a espaldas de Martín (Karadagián). La llamábamos 'La troupe del Burro'. Nos encantaba ir a clubes, toda la ceremonia del viaje, vivíamos inmumerables anécdotas. Casi no ganábamos nada. Los líderes eran el primer Barba Roja, Alejandro Pirotta, que era un personaje. Él era un nene bien, de una familia bastante acomodada, un cajetilla que quería hacerse el ruso, que no hablaba bien el castellano, y era un jodón de novela. Tenía esa barba, esa contextura, ese cuello, y parecía una bestia. El otro era Luisito Gorrini, que era una figuria de la troupe de Martín. Éramos amigos del río, en Olivos. Ellos siempre cerraban el espectáculo yo aparecía como 'Guerrero' o 'El Guerrero', y hacía de bueno. Luchaba con el Porrudo Caruso, que era un tipo muy fuerte y me hacía pegar cada golpazo de novela, porque vos te entregabas y él no te iba: le tirabas un tackle y se corría. No te amortiguaba.
 
    Una vez, como yo iba mucho a Ramos Mejía porque con mi equipo de rugby, Deportiva Francesa, jugábamos ahí, en la cancha de la Ferretería Francesa, aparezco por los camarines y veo que todos empiezan a gritar, Karadagián especialmente: ¡¡Chevalier!, ¡Chevalier!". Yo miraba para atrás y no había nadie hasta que me guiñan el ojo y me avivo y voy hacia ellos. Martín me dijo por lo bajo: 'Te hago pasar por Chevalier, que hoy faltó y si falta alguno del programa de lucha no nos pagan. Hacete el gil'. Me hice el disimulado y una vez que los directivos del club nos dejaron solos en los camarines, me advirtió que Tenenbaum, que hacía de Chevalier, no podía llegar. 'Quedate tranquilo-me aclaró-, vos no te preocupés, yo te llevo'. Él ignoraba que yo sabía de catch y que luchaba en una troupe con muchachos que trabajaban para él, así que en el ring me empezó a dirigir para un lado y para otro hasta que yo le digo: '¡Dejáme!', y le hago tres o cuatro tomas y una patada voladora. Él se sorprendió y se puso contento. En un momento empiezo a cobrar y él a pelearse con el público hasta que de prontom enfurecido, me tira fuera del ring. Yo caí muy aparatosamente y desplomado, al pasar entre las cuerdas, y me di cuenta de que él pensó que me había golpeado mal. Hizo señas a un colaborador para que me asista y se fue haciendo grupo hacia los camarines, peleándose con la gente. Pero yo no tenía nada, estaba haciendo camelo. Así que subí al ring y empecé a buscarlo por un lado, por el otro. Hasta que le hago caso a la gente que bramaba y me voy corriendo para los vestuarios. Ahí la seguimos, empezamos a golpear con las palmas los armarios y de afuera pensaban que nos estábamos matando. Salió bastante linda la cosa y él quedó conforme.

  Y empezó a hincharme para que me sume a la troupe pero yo no quise saber nada. Él era muy vivo, muy astuto, muy piola; quería promocionarme, levantarme bien, el asunto de la medalla olímpica, para después romperme todo. Yo le dije que ni loco. Si quería, aunque me comiera crudo, le aceptaba un desafío, los dos en el ring, pero para nosotros, por amor al arte. Lo gracioso fue que al otro día del espectáculo me tocó jugar al rugby en Ramos Mejía y muchos de los chicos que habían ido al club a ver catch me empezaron a gritar: '¡Chevalier!, ¡Chevalier'. Y yo diciéndoles: 'Qué Chevalier ni Chevalier, yo no soy Chevalier...será un tipo parecido a mí."

viernes, 18 de mayo de 2012

La quimera de los héroes

   Esa película, dirigida por Daniel Rosenfeld, contaba la historia de un club formado por jugadores de origen toba, en la provincia de Formosa, dirigidos por un entrenador peculiar, Eduardo Rossi. Si vienen a la mente fragmentos de esa película, se recuerdan los momentos de esfuerzo de los entrenamientos de los tobas, practicando scrum empujando una aplanadora.  
Todos los martes y jueves, miles de personas, cada una por su lado, cruzan sus ciudades en busca de los lugares de entrenamiento de los clubes donde juegan rugby. Así, cuando uno se sube al colectivo 130 un martes al atardecer y ve a un chico con un bolso grande, en el fondo de la unidad y con ropa deportiva, imagina: “Este pibe debe ir a GEBA a entrenarse”.
  Pero también puede que un viernes te cruces con un grupo de personas que entran a un predio en Open Door, bien al oeste de la ciudad de Buenos Aires, y, a su manera ese día también van a entrenar, aunque no sea ni martes ni jueves. Es que en el Floresta Rugby Club tomaron el último día hábil de la semana como parte del entrenamiento, pero en vez de practicar scrum y line, cortan el pasto y marcan la cancha del predio donde el equipo juega de local en el Grupo IV de la URBA, desde 2009.

  “Open door” pareciera ser el lema de Floresta, porque incorporó a su plantel a muchas personas con poca o nula experiencia en el rugby. Y hasta se sumó un jugador colombiano. El entrenador del equipo es Carlos Federici, y pinta el panorama:

  “Hace dos años me había alejado de la actividad. Sabía que Floresta estaba sin entrenador, me contactaron a través de un conocido mío, que estaba en Floresta, y me dijo de acercarme. Me contacté con la comisión directiva y asumimos este año”.

-¿Cuál fue tu trayectoria como jugador y/o entrenador?

-Empecé en juveniles en Gimnasia y Esgrima de Ituzaingó, GEI. Después seguí en juveniles en Ateneo de Padua, en donde terminé siendo jugador, capitán y entrenador. Después me fui como entrenador a SAPA de Marcos Paz. Hice un parate de 2 años y acá estoy…


-¿Cuáles son las características que suelen tener los equipos de Grupo IV?

-Bueno, en general cuesta mucho tener juveniles, porque no siempre hay la contención correcta y, ante una oferta amplia de actividades, es difícil retener chicos.  Además, hoy por hoy, es más fácil retener a un chico en un ciber 4 horas que 2 horas en un club.  Por otro lado, veo muchos partidos de Grupo IV, y, salvo excepciones, no veo mucho compromiso, algunas personas tienen menos de 2 años de rugby y eso se nota.

-¿A qué apuntás en Floresta?

-A mí me gustan los desafíos.  En Grupo IV hay carencias de recursos, pero todo tiene otro sabor.  Cada escalón que sube el equipo me llena de satisfacción. Arrancamos la pretemporada con 10 personas, hoy hay 25.  Hay algunos altibajos en cuanto al compromiso, en relación al presentismo, pero hoy el plantel lo conforman unos 25 jugadores.  Vamos buscando subir pequeños escalones. Recién el año que viene llegará una camada de juveniles para reforzar a la primera.

-Al ser un equipo con poca experiencia en torneos oficiales, ¿hay que planificar un trabajo especial desde lo técnico?

-Sí,  tenés que hacer un trabajo como de escuelita, buscando mejoras en técnicas individuales. Es un trabajo lento, cuesta, es difícil; es como una juvenil que se recién se inicia, pero con gente de 20 a 30 años.

-¿Y en cuanto al compromiso, qué se pide?

-Fuimos claros con los jugadores en pedir compromiso en todos los niveles. Nos encontramos un escenario este sábado pasado (n. del r: Floresta perdió 177 a 0 con Beromama) con tener que jugar 14 jugadores por situaciones de falta de compromiso. En estos grupos se dice “si no entrenan no juegan” y después juegan igual. Conmigo no es así. Hay un compromiso: el que no entrena no juega, el que no tiene apto, fichaje, cuotas al día, tampoco juega, el que no genera un compromiso hacia el club tampoco.  Tengo jugando a un chico colombiano, de poco rugby, pero con alto compromiso, pero es titular desde inicio de le temporada, aun si por condiciones puede haber mejores. Juega de wing.

-Hablemos del partido del sábado ante Beromama…

- Tuvimos este golpe el sábado, pero creo les va a servir a los jugadores.   Tuvimos una charla sobre que la responsabilidad del partido es mía, pero puertas adentro lo iremos solucionando, las cosas hay que hacerla como corresponde. Hoy Beromama es el mejor equipo.  Me sorprendió en cuanto al juego que proponen y a la dinámica.

-¿Qué le falta a Floresta para mejor su juego?

-Floresta tiene baches durante el partido. Los partidos que puede llegar a ganar los pierde con baches, y esto lo digo sin quitarle méritos al rival. A los jugadores les falta creer que pueden llegar a ganar.  Buscamos un grupo homogéneo, y en la segunda rueda revertir los  partidos que se pueden ganar, aunque la actitud es de ganar siempre.  El año que viene trataremos de incorporar a jugadores que hoy están en M-19.  Y buscar mejoras en tackle y la técnica de pase. Eso, más reforzar la unión y el compromiso.  Eso es fundamental. Tuvimos entrenamientos con 4 jugadores, y hasta un sábado fue uno solo, el colombiano. Viajó en tren y colectivo hasta Open Door.

-A esta altura, hay que mencionarlo con nombre y apellido.

-Se llama Juan Pablo Benavídez.

-¿Qué fue de la vida del rugby del Ateneo de Padua?

-Desapareció la parte de rugby. Era un club que sufrió la mala decisión dirigencial cuando se logró un ascenso a Segunda, por la mala inclusión de un jugador, que estaba suspendido. Salió en la revista, creo que Test Match, una foto en primera plana del jugador, el tema llegó a la por entonces UAR y se sancionó al jugador, y al club, que se lo descendió. Y desde ahí hubo escisiones hacia Casa de Padua, y eso, más carencias de dirigentes…..todos los años había que renovar el plantel. Dos semanas antes de empezar el campeonato, de 25 jugadores se te iban 20. Ante eso y ante la falta de dirigentes, no se pudo sostener el rugby en Ateneo. Hoy en el equipo que juega el interempresarial que se llama Dolce Neve, hay mucha gente del Ateneo. Y entrenan en la vieja cancha de rugby del club, que ahora es de fútbol.

-GEI, Ateneo, SAPA, Floresta….¿qué te mantiene hoy con energía para dedicarte a entrenar rugby?

-Me inicié en GEI como jugador, también como entrenador, era una persona inquieta hasta que mi lugar fue el Ateneo. Lo que aprendí,  bien o mal trato de transmitirlo, y el compromiso es tratar de devolver las satisfacciones del rugby para otra gente que lucha por crecer.  

lunes, 7 de mayo de 2012

Morir en Occidente


   Philippe Ariès, intelectual francés, escribió con ese título un libro en el que analiza cómo se ha ido viviendo-valga lo extraño de la formulación-la muerte en las sociedades occidentales.  Francia, la patria de este historiador, fue una de las potencias europeas que se repartió parte de África como botín. Ahora, desde ese continente, llega una noticia sobre una muerte: Abedeen Shikhoyi, la capitana de la selección de rugby de Kenya, murió como consecuencia de las heridas en la columna vertebral que le causó una contrincante de la selección de Uganda, durante un torneo en la ciudad de Kampala, capital de este último país. Como las muertes de los que nos parecen lejanos pierden valor, y los medios poco o nada hablarán de este caso, hagamos lo contrario y, pensando en la fraternidad y la solidaridad, recordemos a Aberdeen.

  El final de su vida comenzó a tejerse a fines de abril, en el césped de un campo de juego de Uganda, defendiendo la camiseta de Kenya, cuyo seleccionado femenino de autodenomina “Las Leonas”.  El  “accidente” de juego sucedió con Christine Kizito, ugandesa,  de 106 kilos de peso. Algunos testigos hablan de un rodillazo en la espalda, otros de un choque accidental y otros hasta de un pisotón en el cuello. Como siempre en estos casos, sea en Nairobi, en Buenos Aires o en Mendoza, nada se aclara con precisión.

   Abedeen fue trasladada en avión a Nairobi, la capital de su país, para ser atendida.  Ella era además la capitana del único equipo de rugby femenino kenyano, el Mwamba RFC.

  El director general de la Kenya Rugby Football Union, Mwangi Muthee, dijo a la BBC: “Aberdeen era una chica muy, muy valiente, con un carácter muy fuerte. Era una líder natural, y esto hizo que ella muy rápidamente se convirtiera en la capitana del equipo femenino de Kenya y es un equipo que tiene mucho futuro.”

  Una de sus rivales, la jugadora de Uganda Josephine Namayeha, escribió en su muro de Facebook que estaba “todavía devastada por la muerte de nuestra hermana kenyana que murió por su país.  Hoy 7 de mayo será el funeral de Aberdeen, y la Kenya Rugby Football Union estuvo organizando eventos para recaudar fondos y así pagar el sepelio de la jugadora.  Antes del entierro habrá una ceremonia religiosa en la “Friends Church”, de Nairobi.

  En vida, Abedeen, de 27 años,  era robusta, no muy alta, con la piel chocolate y muslos especialmente desarrollados.  Sus amigos le decían “Abesh” o “Abby”.  Al parecer, se interesó por los deportes desde chica, incluido el fútbol, pero potenció ese gusto durante años de la secundaria en la escuela Makhohko Girls. Era la menor de una familia de 11 hermanos. Uno de ellos,  Livingstone Lihanda, reconoció que cuando “Abby” quiso jugar rugby, a su familia no le convencía, por los riesgos propios del juego.

   En pocos años se volvió figura del Mwanba y de los seleccionados de Kenya tanto de 15 como de 7. Sabía que el partido con las ugandesas iba a ser difícil, pero les decía a sus compañeras que estaba bien entrenada en el gimnasio. Un día antes, cantó una canción cristiana y hoy sus amigas de la selección recuerdan ese canto como una despedida...

lunes, 23 de abril de 2012

Mundos paralelos


   Resetear una entrada. Eso hay que hacer, cuando una persona mencionada en esta nota y gracias a los avisos de Google en el mail, se queja y advierte con iniciar demandas con abogados y demás. Así que comencemos de nuevo y digamos que, después de mucho tiempo de su momento de mayor exposición,  ahora ella está de nuevo cerca del río, pero con unos años más, remera naranja, reflejos claros en el pelo y jeans blancos. Y es la “madrina” de AUPA, una institución no gubernamental de Vicente López que agrupa a familiares de chicos con “trastornos generales de desarrollo”, o, para usar un término más conocido, autismo, aunque también hay que mencionar el Síndrome de Asperger,  el de Rett y otros problemas.  Hace calor pese al otoño, ni una nube mancha el cielo y ella, Natalia Denegri, está como una de las organizadoras de un evento deportivo  para integrar a chicos con distintas discapacidades a la actividad deportiva.

   No hay demasiada gente en este mediodía viendo el evento. La locutora trata de motivar el ambiente con el anuncio de famosos que participarán de la jornada, y así resuenan los nombres de Nicole Neumann, Jorge Rial, “los chicos de Casi Ángeles”.  AUPA es una entidad que ayuda a personas con autismo y afecciones semejantes, tanto a través de un hogar de día, campamentos, talleres para padres, salidas y demás.  ¿Ayudará realmente la figura de Natalia Denegri a la institución? A juzgar por la repercusión en los medios y por la presencia de famosos, sí.  Ella dirá también a este blog que está en otra etapa, y que le dedica mucho tiempo a AUPA y a difundir la problemática del autismo. Dicho sea de paso, está en los cines El pozo, película argentina dedicada a contar la historia de una chica autista y de su familia.  
  Natalia Denegri, entonces, está a pasitos del Río de la Plata. Muchos famosos llegan para participar de la jornada. ¿Servirá eso? Quien esto escribe cree que más de uno está ahí por marketing personal.
   Vuelven los  ’90, por momentos, a la playa de Vicente López.  Al lado de Natalia Denegri, aparece, sonriente, el intendente de ese municipio, el dirigente de la centroderecha Jorge Macri, para los flashes.  Otro hombre del rugby es el designado por el jefe municipal para el área de Deportes: Fabián Turnes, ex jugador de Banco Nación, ex Puma, ex entrenador del seleccionado nacional.

  A pocos metros de Jorge Rial, Nicole Neumann, Jorge Macri, “los chicos de Casi Ángeles” y otros famosos,  Banco Hipotecario anota un try.  El amistoso ante Vicente López en una categoría juvenil, está por terminar.

 
  Hay muy pocas personas viendo el partido de rugby entre Vicente López, conocido como Vilo,  e Hipotecario.  En el aire se mezclan los gritos de la locutora del evento, la música que sale de los parlantes para “poner onda” y los sonidos del silbato del referee.  Al lado del partido de rugby, en una cancha de hockey sintético dos equipos femeninos disputan la bocha.  Dentro de un gimnasio cubierto, un grupo de chicos practican handball. En las mesas de piedra, algunos matrimonios toman mate, comen galletitas multicolores y esperan juntar ganas para repetir el ritual del asado en el club.

  Termina el partido con triunfo de Banco Hipotecario, 72 a 10,  sobre los locales. Allegados al equipo visitante recuerdan con nostalgia cuando el club, en su predio de Villa Celina, tenía varias canchas de rugby y de hockey. Hoy apenas conserva una. En realidad, quienes introdujeron el rugby en Banco Hipotecario era un grupo de jóvenes empleados de la entidad que, al comenzar los ’60, practicaban en el Mercado Central y se unieron con otro grupo que era de Ciudad Evita y se llamaba “Los  Vikings”, según recuerda uno de aquellos pioneros en la web  rugbybhn.com.ar.  Se afiliaron a la UAR y así estuvieron entre la segunda y la tercera categoría.

   Cuando en los ’90, el gobierno de aquel entonces vendió a manos privadas el Banco Hipotecario, además de puestos de trabajo, se perdieron terrenos que el club vendió para encarar la nueva situación de no tener un respaldo de la empresa que le había dado origen.  Hoy la gente del rugby del club intenta conseguir unos terrenos por Ciudad Evita, como en un regreso a la zona de “Los Vikings”.

  De Banco Hipotecario salió Martín Scelzo, pilar de Los Pumas y figura del rugby  francés, recuerdan los simpatizantes del club, cerca de la cancha de hockey de Vilo.  ¿Volverá del rugby profesional para jugar aunque sea unos meses con el club que le enseñó a jugar? En Hipotecario también jugó el actual preparador físico de Boca Junios, Gustavo Otero, a mediados de los ’80.  Y uno de los hijos del dirigente social y político Luis D’Elía también jugó con la camiseta oro y celeste de los de Villa Celina.

 A un costado de un salón, casi apretado entre dos paredes y traspirando por el calor de la parrilla, el entrenador de Vilo tiene que encargarse de preparar las hamburguesas para el tercer tiempo.  El sudor le rueda por la pelada mientras él golpea las brasas con el atizador. No hay padres que colaboren.  Hoy tres jugadores le avisaron que no venían porque iban a ver Independiente-Racing. Otro de los entrenadores cuenta que algunos chicos vienen desde José C. Paz a jugar rugby a Vilo, y se lamenta porque los mejores se van al Olivos Rugby Club.

   Unos vasos con gaseosa marca “Manaos” acompañan a las hamburguesas.  En Vilo recuerdan que nunca tuvieron demasiados jugadores en los planteles juveniles y que el club, al tener otros deportes, no prioriza al rugby.  El club se fundó el 15 de julio de 1978, para que los empleados municipales de Vicente López tuvieran un lugar de esparcimiento. En los ’80 llegó el rugby, gracias a un grupo que había jugado en Banco Provincia. A fines de esa década, Vilo sufrió una sangría de jugadores que se fueron a Obras.   

  Hay que vaciar el salón porque tienen que entrar los jugadores de las otras categorías para el tercer tiempo.  Los gritos de la locutora del evento se escuchan a lo lejos, algo ralentizados por la distancia, las paredes y los tinglados.  Ahí siguen los famosos, que capturan las luces de la escena.  Siguiendo ese tema: todos los sábados por la mañana, de 10 a 12, en la sede de Villa Celina de Banco Hipotecario, Daniel Fernández y otros jugadores realizan jornadas de “rugby inclusivo”, en las que chicos con síndrome de down  juegan rugby sin tackles y  fútbol, hacen danza, música y actividades de contacto con la naturaleza.  No hay famosos, pero-o quizá por eso-valga la pena acercarse a Roosevelt y Rizzutto, en Villa Celina, cerca de la Avenida General Paz.  Para los que tienen dudas, busquen en Facebook “Rugby Inclusivo”...

jueves, 22 de marzo de 2012

El vértigo de las listas

  Como el título de la entrada se llama un libro delicioso de Umberto Eco. En esa obra, el semiólogo y novelista italiano recopila listas y listas de cosas, personas, nombres, lugares, e imágenes que dan cuenta de esas enumeraciones. ¿Quién no sintió alguna vez cierto placer en recordar la lista alfabética de sus compañeros de escuela? ¿O la formación de su equipo favorito? ¿O en contar quiénes, de nuestros amigos, estaban esa noche en la fiesta de tal? Listar es proponer un tipo de orden en el mundo caótico en el que vivimos. En las listas, colocamos palabras unidas por determinada propiedad en común. O, si somos más vanguardistas, creamos una en la que justamente lo que une a los términos es que aparentan no tener ninguna relación el uno con el otro. 

  Este listado quizá nadie lo haya hecho, simplemente porque puede haberle parecido irrealizable, inútil o aburrido a mucha gente. Pero, en vísperas del Día Nacional de la Memoria, la Verdad  y la Justicia,  recordemos a los que ya no están, en particular modo a seres quizá intangibles: los clubes.  Hagamos un vertiginoso homenaje a algunos de los equipos que alguna vez estuvieron afiliados a la Unión Argentina de Rugby (UAR) y a la Unión de Rugby de Buenos Aires (URBA) y que hoy sus nombres están en las penumbras del mundo del rugby.

   En vez de un minuto de silencio, hagamos un minuto de lectura y recordemos a:

*YMCA (sí, los de “youuuuemmmciei”, que cantaba Village People)
*Sportivo Barracas, que en los ’20 era un club muy importante, y que en su cancha sobre la Avenida Vélez Sarsfield jugaba de local la selección argentina de fútbol) 
*Yurucas  
*Gimnasia y Esgrima de La Plata  
*Estudiantes de La Plata
*Unión Telefónica 
*Club Cadete Universitario
*Crusaders Rugby Football Club
*Ituzaingó
*Rugby Club Los Charrúas
*Ferrocarril Oeste 
*El Tala 
*Black Cats 
*Asociación Deportiva Lomas 
*Saint George’s  
*Asociación Deportiva del Comercio 
*Central Argentino   
*Regatas de Avellaneda  
*Ateneo de la Juventud 
*Dirección de Alumbrado   
*Kanguru Rugby Club   
*Asociación Ex Alumnos INEF 
*Correos y Telégrafos
*Arquitectura
*Yporá Rugby Club 
*Harrods Gath y Cháves 
*YPF 
*Sucu 
*Lomas Rugby Club  
*H.A.G.A 
*Adrogué  
*El Bosque 
*Escuela Naval 
*Lealtad  
*Tiro Federal  
*Roma Rugby Club 
*Colegio del Salvador  
*Sociedad Alemana de Gimnasia de Vicente López  
*Percivil 
*Los Quilmes   
*Duques Rugby Club  
*Gimnasia y Esgrima de Lanús  
*Ultracanes  
*Atahualpa Rugby Club 
*Padua Rugby Club  
*Los Sauces  
*Los Tábanos   
*Avellaneda Automóvil Club   
*Buenos Aires Rowing Club  
*Greens Club 
*Río de la Plata  
*Manuel Dorrego   
*Escuela Argentina Modelo  
*Nueve de Julio 
*Universidad de Belgrano
*Belgrano Day School 
*La Aguada 
*Nueva Pompeya (cuya camiseta es la de la foto) 
*San Ignacio  
*Tiro Federal de Campana  
*Banco Provincia 
*Pilar 
*Porteño de General Rodríguez
*Central Buenos Aires
*Ateneo de Padua 
*Cardenal Stepinac
*Hans Christian Andersen
...


viernes, 16 de marzo de 2012

Franco


   Cuando se habla de accidentes y se cuentan heridos, de ellos nada más se dice en los medios. ¿Cómo están hoy los 700 heridos del choque del tren en la Estación Once? ¿Murieron algunos de ellos por las heridas? ¿Quedan algunos internados? Y entre los que ya recibieron el alta, ¿cómo estarán? ¿Qué secuelas estarán sobrellevando? ¿Volvieron a trabajar, a estudiar, a disfrutar de sus afectos?

   También se denominan “accidentes” a las situaciones durante un partido de rugby en la que algún jugador sufre una lesión seria. Pero después de los primeros tiempos de revuelo mediático, la espuma baja y queda la persona accidentada, con sus dolores y su historia nueva a cuestas. ¿Qué es de la vida actual de Rodrigo Cortés, jugador de Curupaytí que se lesionó las cervicales en 2008? ¿Y de la de Iñaki Benítez Cruz, a quien le pasó lo mismo con la camiseta de Deportiva Francesa, en 2009, mientras jugaba un partido de una categoría juvenil?  Salgamos de Buenos Aires ¿Cómo está Diego Elías, tucumano, “accidentado” en 1994 en la provincia del azúcar cuando jugaba con los colores de Universitario, de esa provincia? ¿Y Guillermo Bustamante Sierra, también “accidentado” en 1994, en Córdoba, en un partido con su equipo, Colegio Taborín?

 Franco Minotto está del otro lado del teléfono, en la ciudad de Mendoza, en la que vive con su familia. En 2006, una rodilla de un jugador rival golpeó su cabeza de tal manera que le lastimó el cuello al punto de que Franco ya no pudo caminar más. En ese partido, él defendía la camiseta de la categoría Menores de 15 años de Marista.

   “Ahora no voy mucho al club. Cuando lo hago voy a ver a mis amigos, de mi camada. Antes me visitaba más gente, pero se cortó un poco la relación. Al principio estaba todo el mundo.  La dirigencia de Mendoza no, yo con la Unión de Rugby de Cuyo nunca tuve relación. Nunca recibí un llamado de nadie de ellos, todo fue a través de Marista. No sabría decirte por qué”, cuenta Franco.

   Sobre el recuerdo de aquel día de 2006, y el golpe de su cabeza contra un jugador adversario, Minotto no tiene dudas. “Para mí fue un rodillazo con mala intención”. El involucrado nunca se contactó con él.  Durante varios meses quedó directamente con cuadriplejia. Después de mucha voluntad, esfuerzo y rehabilitación, logró recuperar la movilidad de los brazos. “Todo es muy lento, ya me lo dijeron los médicos”, agrega.

  “Recibo una pensión de 25 mil pesos por año, en dos tandas, por gastos míos, de material descartable y medicación. Uno en junio y otro en diciembre,” dice Franco. En Argentina, la Fundación Rugby Amistad reúne a jugadores que quedaron con discapacidad durante partidos o entrenamientos de ese deporte, y canaliza ayuda económica y moral desde 1992, además de buscar mayor conciencia para la prevención de situaciones que provoquen lesiones irreversibles durante el juego.

  Franco sigue haciendo kinesiología tres veces por semana y reconoce: “Es complicado el día a día”. Se levanta por las mañanas, y, con ayuda de su familia, pasa a la silla de ruedas. Recibe a la kinesiología, estudia textos de alguna de las materias de Abogacía, la carrera que cursa,  y a la tarde se para una hora y media, para fortalecer su cuerpo y no mantenerlo en la misma posición.

   También va a la cancha a ver a Godoy Cruz, aunque simpatiza por River. Escucha canciones de Bob Marley y es fanático de Los Simpsons y de El Chavo del 8. Por Facebook se lo encuentra rápido y-lo que no sucede con todo el mundo-responde los mensajes.

  Para ir a la facultad, en la ciudad de Mendoza, tiene algunos inconvenientes. “El transporte deja mucho que desear, tomar un micro para mí es casi imposible”, revela. Va  a la Facultad solo, y una vez ahí algunos amigos lo ayudan a ingresar. No siempre le resulta sencillo escribir, ya que no puede hacerlo por mucho tiempo.

  Con sus compañeros de estudio se lleva muy bien. Había empezado la carrera en una facultad pública, pero se sentía “un número más”. Ahora está más cómodo. Y claro, cómo olvidar a su familia, a su padre médico, a su madre docente, a su hermano de 18 años y a su hermana de 15, que están con él, de cuerpo y alma...


jueves, 16 de febrero de 2012

Una madrugada

    Pilar es un nombre de mujer.  Para la Real Academia Española, uno de sus significados es: “Especie de pilastra, sin proporción fija entre su grueso y altura, que se pone aislada en los edificios, o sirve para sostener otra fábrica o armazón cualquiera.”  También se le dice así a una persona que sirve de amparo a otra.  Y es además el nombre de una ciudad cercana a Buenos Aires, más precisamente a  54 kilómetros de aquella. La persona con buena memoria recordará que hay otra ciudad llamada Pilar, en Córdoba. Pero en este momento la historia se centra en la Pilar bonaerense, en un amanecer dentro del boliche Cuernavaca, después de unas horas de agitación, de pantalones Oxford, minifaldas y cervezas.

   “Era el año 1974, más o menos. Un grupo de amigos con los que íbamos a Cuernavaca empezó a armar los inicios del Pilar Rugby. Entre aquellos que empezaron estaba el dueño del boliche”, recuerda Héctor Romero. En esa barra de amigos, hasta ese entonces el fútbol era el deporte que todos compartían.  “Cuando empezamos a jugar el rugby, al principio llevamos todos los vicios del fútbol, como protestar, reclamar todo”, agrega Romero.

   El predio del colegio Verbo Divino fue el escenario de las primeras prácticas de esos pilarenses atrevidos que querían formar un equipo de rugby con arraigo en la zona. Ya estaba relativamente cerca Deportiva Francesa, pero en la localidad de Del Viso. A Pilar le faltaba rugby.

  Los primeros rivales fueron equipos de zonas vecinas, como de Exaltación de la Cruz, Campana, General Rodríguez y Moreno, que no estaban afiliados a la Unión Argentina de Rugby. Por ese 1974 también jugaron con Sociedad Hebraica, que al mismo tiempo ingresaba en los campeonatos oficiales, y, se construía  una especie de clásico, ya que el club de la colectividad judía tenía y tiene su campo de juego en Pilar, sobre la Ruta 8.  “Los que veníamos del fútbol”-cuenta Romero-“nos encontramos con algo nuevo, que era el famoso tercer tiempo, donde los problemas se olvidaban y había camaradería”.

  En aquellos meses iniciales de 1974 el Pilar Rugby no tenía sede. Los jugadores se juntaban en un boliche del centro de la ciudad alrededor de las 14, y, en distintos autos, iban a la cancha donde les tocaba jugar. Con el tiempo, consiguieron fondos para alquilar un micro que los llevara a los partidos.

“Hasta ese momento no había nada de rugby en Pilar. Éramos en los comienzos 10 o 12 tipos, que corríamos como locos entrenando, que veníamos del fútbol.  Para formar el equipo, también vinieron “foráneos”: personas que Vicente López y San Isidro y que se sumaron al grupo, de la mano del dueño de Cuernavaca, “Tato” Elías, uno de los presentes en la madrugada post baile donde decidieron armar el Pilar.

  Romero medía 1, 65 metro, y sabía que su contextura no lo ayudaba para ese deporte.  “Pero igual me gustó el rugby, el ambiente, la amistad por sobre todo, la unión…el saber que podías golpearte con un adversario y eso no terminaba en una agresión”, dice y recuerda que jugaba de wing.

   Ese 1974 se pasó en partidos de preparación, entrenamientos y en telefonazos y reuniones para sumar más personas al proyecto.  Romero jugó desde 1974 hasta 1979, cuando se casó. “Una vez jugamos con el SIC un amistoso. Nos cansamos de ir a buscar la pelota a nuestro in-goal. Pero les llegamos a hacer un try”, agrega.

   “Después fuimos a torneos regionales en la provincia de Buenos Aires. Uno de ellos fue en la ciudad de Rojas.  Fue un fin de semana largo, íbamos todo un grupete en tren. Vaciábamos la cantina en la segunda estación….también fuimos a jugar a Concepción del Uruguay, en Entre Ríos”, dice, y recuerda algunos nombres de aquellos pioneros: “Juan Antal, Coco Chalteiro, ‘Chochi’ Manfredi, que se encargaban de la parte dirigencial…Sergio Frascalori, Miguel Sainz, Juan Manzanares, ‘Charly’ De Batista, el ‘Gallego’ Paul…algunos de ellos luego se fueron a Deportiva Francesa, que siempre estuvo más armado.”
  ¿Y los colores que defendía? La primera camiseta era a rayas naranja y verde y después pasó a ser blanca, con rayas de aquellos mismos colores.  La cancha que usaban era la del Club Atlético Pilar, sobre la Ruta 8. Ese club quería introducir el rugby entre su oferta de actividades, y el grupo de Cuernavaca tenía la gente pero le faltaba infraestructura. En 1981, como Club Atlético Pilar, se afiliaron a la Unión Argentina de Rugby y en 1982 jugaron su primer campeonato en la última categoría, que se llamaba Preclasificación: ahí jugaron con GEBA, Hebraica, San Marcos, Luján, Los Cedros y Arquitectura. En esa temporada terminaron últimos, con un partido ganado y 17 perdidos. Al año siguiente no presentaron equipo aunque volvieron en 1987, solamente por dos años, cuando volvieron a irse de la UAR . Romero esa etapa ya no la vivió.

 “Pero tomé todo ese tiempo en el Pilar con mucho cariño. Amé y sigo amando al rugby, que me dejó muchos amigos. Pasados los años, con otro chico estuvimos dando clases en otro club para que los pibes no estuvieran en la calle, teníamos una escuelita de rugby con 40 chicos, martes, jueves  y sábados.  Uno de esos chicos, Diego Santos, después fue a jugar de Deportiva Francesa, y el rugby le cambió la vida”, dice y sigue:  “De alma yo era del SIC. A mis hijas que tienen 30 y 31 años las llevé a ver rugby como si a un chico lo llevás a ver fútbol. Una vez llevé en un Fiat 128  a 8 mujeres a que vieran un torneo juvenil de rugby y también las llevé a Ferro a ver a Los Pumas”.

martes, 10 de enero de 2012

Tu querida ausencia

 
   Ese flaco, morocho, que se bañaba poco y andaba siempre desaliñado, caminó por estos senderos en medio del césped.  Había pasado sus años de chico y adolescente repartiéndose entre Rosario, Misiones, Córdoba  y Buenos Aires.  Ya instalada definitivamente su familia en la capital argentina, mientras su padre abría una empresa constructora y después de que esta quebrara, una inmobiliaria, él estudiaba Medicina, leía autores socialmente comprometidos, jugaba al ajedrez…y también al rugby.

   Vivía por Barrio Norte y en Palermo,  zonas de las más exclusivas de la ciudad de Buenos Aires.  Y su primer hogar deportivo porteño fue el San Isidro Club (SIC),  por ese entonces un desprendimiento reciente del Club Atlético San Isidro (CASI), pero que ya cosechaba éxitos en el rugby.  Su padre, 60 años después, escribió:  “ Los médicos me habían dicho que ese deporte para Ernesto era simplemente suicida. Que su corazón no podía aguantarlo. Una vez se lo dije y me contestó: 'Viejo me gusta el rugby y aunque reviente voy a seguir practicando'. Ante tanta insistencia decidí usar otros procedimientos. Mi cuñado Martínez Castro era presidente del SIC y le pedí que sacara a Ernesto del equipo en que jugaba.” Y así parecía terminar el paso de Ernesto Guevara de la Serna por el deporte de la pelota ovalada.

  Pero el estudiante de Medicina y enfermo de asma recaló en otro equipo, llamado Yporá Rugby Club, para seguir jugando rugby, en un torneo paralelo al oficial, llamado “Liga Católica”, aunque luego el equipo se afilió al certamen principal. Cada tanto, Guevara debía salir de la cancha para usar el inhalador “Asmopul”, recuperar fuerzas y seguir en el partido.  El paso por Yporá resultó fugaz. Y sobre finales de los ’40 llegó al Atalaya Polo Club, fundado en 1942 por vecinos de La Horqueta, una zona residencial de San Isidro.

  Este Atalaya que ahora tiene a algunas familias que disfrutan de la pileta, la chica que pasea en bikini negra hiper ajustada con un nene de la mano, cuatro señoras con sombreros Panamá que juegan a las cartas en una mesa colocada a la sombra, un hombre  y una mujer de unos 50 años que piden bondiola de cerdo, otro grupo grande de comensales dentro del buffet del club que se quejan del gobierno. ¿Habrá sido siempre así Atalaya? ¿El “Che” compartía espacios y charlas con, quizás, los padres o abuelos de los comensales de la mesa grande, de la chica del bikini, de la pareja de la bondiola?

    Es domingo, hace mucho calor, los mosquitos revolotean entre el pasto y las mesas, hay pocos socios en el club, y ninguno muy anciano. Es probable que el calor los haya hecho recluirse en sus casas.  Por la web circulan testimonios extraídos de compañeros del “Che” en Atalaya, que dicen que era, más o menos, un buen jugador.  Y que tenía mucha fuerza de voluntad.  ¿El “Che” a sus 22, 23 años, mientras jugaba el rugby, se habrá tomado unos vinos en esta barra de piedra y madera, que está a metros de acá? El buffet tiene varios estantes con copas, ya oscurecidas por el paso del tiempo y la falta de pulido.

  Como su nombre lo indica, Atalaya nació como un club de polo. Pocos años después incorporó al rugby y  le siguieron el fútbol,  el tenis y el squash.  Pero, en sentido contrario, perdió tanto al polo, al vender parte de sus terrenos,  como  al rugby.  Como una rareza, en 1946 se realizó un espectáculo con toros, en el predio.  ¿Habrá sido la clásica corrida en la que un hombre, centro de la escena, hace alarde de su arte de cómo desangrar a un animal?

   En uno de los salones del buffet, las paredes están cubiertas de fotos: están algunos equipos del campeonato de fútbol interno, otros de polo y varios de rugby, con la camiseta marrón y amarilla a cuadros. No se ve en las fotos al “Che” Guevara ni tampoco hay cartel o placa que recuerde que en este mismo lugar, en este mismo club, pasó su tiempo uno de los revolucionarios más importantes de la historia.

    Tiene cierta lógica. No debe ser un orgullo para algunos socios de este club  sanisidrense que “el” guerrillero máximo haya sido socio y jugador de la institución. Ya en 1950, Guevara comenzó con sus viajes por el resto de Argentina y por América Latina, mientras creaba una revista dedicada al rugby, Tackle, donde firmaba notas con el seudónimo “Chang-cho”.  Su etapa de deportista se desvanecía y empezaba, a de a poco, la otra, la conocida.

  La política siempre, de un modo u otro, atravesó a Atalaya. En 1953, cuando el gobierno de aquel entonces intervino el Club Universitario de Buenos Aires (CUBA), este tuvo que dejar de jugar los torneos oficiales de rugby, por lo que sus principales jugadores fueron a Atalaya, que, con ese refuerzo, pudo subir a la primera división.

  Hace pocos meses, el candidato presidencial por el peronismo conservador, Eduardo Duhalde, hizo una reunión política en el Atalaya, junto a ex futbolistas y ex rugbiers.  Allí disfrutaron de un asado y de partidos de tenis, montados para entregarle material a la prensa.  ¿Habrán sido atendidos por la misma chica de pelo lacio largo y castaño, que se confunde de platos, se ríe nerviosa, dice que ya no hay lechuga y que la disculpe por la demora?

  El buffet del  Atalaya se publicita como “restó”, término muy a la moda que parece sugerir algo más fino que aquella palabra, más asociada a lo vulgar. Lo esencial no cambia: es el lugar donde los socios comen, por precios relativamente accesibles, rodeados de fotos de ex jugadores, del escudo del club y del acta fundacional de 1942.  Aquí, a mediados de los ’80 se filmó una publicidad de “Paso de los toros”, esa del slogan “Arrolla la sed”…

   Llama la atención en Atalaya, aparte de la ausencia de cualquier alusión al Che, que, mientras el “restó” se promociona por la red, el club tiene la puerta cerrada. Un portón metálico gris, que tapa la visión hacia el interior, es la “entrada” al club. De por sí llegar a esta parte de La Horqueta no es fácil, entre calles angostas que se cortan, o que serpentean entre árboles y monolitos.  Hay que tocar timbre para anunciarse, y ahí sí, el portón metálico se abre y uno puede ingresar a Atalaya. Por si  hiciera falta, un cartelito indica que el club, más que eso “es una quinta”.